Partido de los Trabajadores Socialistas

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14 de julio de 2020

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Marx y el proceso revolucionario en Francia - Segunda Conferencia (Parte IV)

26 Oct 2006 | Realizamos hoy la sexta entrega del seminario “Marx y las revoluciones del siglo XIX” dictado por Christian Castillo en el Instituto del Pensamiento Socialista “Karl Marx”. La Verdad Obrera publicará íntegramente las cuatro charlas del seminario.   |   comentarios


Veiamos en la entrega anterior como la indecisión de la nueva Montaña, que llamó a lanzarse a las calles sin ningún tipo de preparación ante la negativa de la Asamblea Legislativa de condenar a Bonaparte por el bombardeo a Roma, permitió al “partido del orden” inflingirle una dura derrota y abrir una situación claramente reaccionaria.
Marx señalaba: “El 13 de junio cerró la primera etapa en la vida de la república constitucional, cuya existencia normal había comenzado el 28 de mayo de 1849, con la reunión de la Asamblea Legislativa. Todo este prólogo lo llenó la lucha estrepitosa entre el partido del orden y la Montaña, entre la burguesía y la pequeña burguesía (…). A partir de este momento, la Asamblea Nacional no es más que el Comité de Salvación Pública del partido del orden”1 .
Las consecuencias del giro reaccionario
El giro reaccionario no se expresó solamente en las nuevas leyes reaccionarias -como las de prensa, de asociación y sobre el estado de sitio-, en las prisiones abarratodas y en el aumento de los emigrados políticos. El clima político pasó a estar dominado por la exteriorización sin pudor alguno de las ideas monárquicas por parte de los integrantes del “partido del orden”, que no dudaban en tildar a la revolución de febrero de “calamidad pública”. Orleanistas y legitimistas se lamentaban de haber conspirado los unos contra los otros. La Asamblea Legislativa premiaba con estruendosos aplausos cada frase pronunciada contra la república, contra la revolución, contra la Constituyente o a favor de la monarquía y la Santa Alianza. Es el período de la república constitucional dominado por el “monarquismo ignorante”, como lo llama Marx.
Luego del parate de poco más de dos meses, de mediados de agosto a fines de octubre de 1849, la Asamblea Nacional volvió a reunirse. Pero para entonces, el paisaje político se había ido modificando. La prédica abiertamente reaccionaria del “partido del orden” y las atrocidades cometidas por los contrarrevolucionarios en Hungría, Baden y Roma fueron empujando paulatinamente a las descontentas clases medias y al campesinado hacia la izquierda. “Ningún socialista hizo más propaganda revolucionaria que Haynau”, va a decir Marx respecto del general austríaco que reprimió brutalmente al movimiento revolucionario en Italia y Hungría. Mientras, las sociedades secretas crecían en influencia y extensión y las cooperativas obreras se convertían en medios de organización del proletariado.
Bonaparte, por otro lado, comenzaba sus enfrentamientos con los partidos monárquicos que dominaban la Asamblea Legislativa, reemplazando al Ministerio Barrot-Falloux (ver LVO N° 209) por otro con hombres que le eran fieles y el general Alphonse d’Hautpoul como ministro de Defensa y principal figura. Por su parte el banquero Achille Fould, un hombre directo de la Bolsa de París, es nombrado ministro de Hacienda.
La ironía de la historia muestra que en este período tanto Bonaparte como los partidarios de ambas fracciones monárquicas, “cada una de las cuales tiene in petto2 su propio rey y su propia restauración, hacen valer en forma alternativa, frente a los apetitos de usurpación y de revuelta de sus rivales, la dominación común de la burguesía, la forma bajo la cual se neutralizan y se reservan las pretensiones específicas: la república.
Estos monárquicos hacen de la monarquía lo que Kant hacía de la república: la única forma racional de gobierno, un postulado de la razón práctica, cuya realización jamás se alcanza, pero a cuya consecución debe aspirarse siempre como objetivo y debe llevarse siempre en la intención.
De este modo, la república constitucional, que salió de manos de los republicanos burgueses como una fórmula ideológica vacía, se convierte, en manos de los monárquicos coligados, en una fórmula viva y llena de contenido. Y Thiers decía más verdad de lo que él sospechaba, al declarar: «Nosotros, los monárquicos, somos los verdaderos puntales de la república constitucional»”3 .
Las elecciones
de marzo de 1850, la abolición del sufragio universal y el fin de la II República
El campesinado, en particular, se va a radicalizar a partir de su oposición a la mantención del impuesto al vino. Mientras la Constituyente había declarado que el impuesto debía caducar al comenzar el año1850, Fould, el nuevo ministro de Hacienda propuso su continuidad. Charles Montalembert, el jefe de los jesuitas, fue el encargado de defender la mantención del impuesto en la Asamblea Legistaliva, desatando el descontento campesino: “El campesino francés, cuando pinta al diablo, lo pinta con la apariencia del recaudador de impuestos. Desde el momento en que Montalembert elevó el impuesto a la categoría de dios, el campesino renunció a dios, se hizo ateo y se echó en brazos del diablo, en brazos del socialismo”4 . A ésto se sumó la sanción de una ley de enseñanza completamente retrógrada. Poco a poco, los descontentos se van agrupando alrededor del proletariado.
Finalmente, el 10 de marzo de 1850, se va a producir un acontecimiento que expresaba el cambio de clima político. Frente a la renovación parcial de bancas para cubrir los puestos de los diputados presos o en destierro, y para sorpresa general, París elige todos diputados socialistas, encabezados por el blanquista Paul De Flotte que había estado preso luego de participar activamente en los sucesos de mayo y en la insurrección de junio del ’48. De Flotte encabezaba una lista que incluía al socialista pequeñoburgués Fran˜çois Vidal y al ex ministro de Educación del Gobierno Provisional, Lazare Carnot, hijo del célebre organizador de la defensa de Francia frente a los ataques de los gobiernos europeos contrarrevolucionarios: “Era, como en febrero, una coalición general contra la burguesía y el gobierno. Pero esta vez estaba el proletariado al frente de la liga revolucionaria”5 . Incluso, el propio ejército votó en París por el insurrecto de junio contra la candidatura del general Jean La Hitte, ministro de Bonaparte. De ahí que Marx afirmase sobre el 10 de marzo de 1850: “Detrás de las papeletas estaban los adoquines de las barricadas”6 . A su vez, en las elecciones departamentales eran electos diputados “montañeses”. Era la primera vez que el sufragio universal había sido usado contra el interés de la burguesía. Por eso, al día siguiente del triunfo, comienzan las conspiraciones burguesas para liquidarlo.
Contradictoriamente, la posibilidad de repetir el triunfo electoral desarmó a las filas socialistas y de la clase obrera: “en vez de empujar … al adversario a la lucha en el momento de entusiasmo popular y aprovechando el estado de espíritu favorable del ejército … dejó que las pasiones populares excitadas se extenuasen…, que la energía revolucionaria se saciase con éxitos constitucionales, se gastase en pequeñas intrigas, hueras declamaciones y movimientos aparentes, que la burguesía se concentrase y tomase sus medidas…”7 . El bloque socialista-republicano se ilusionaba con una victoria en las próximas elecciones de 1852, sin advertir que la burguesía estaba preparándose justamente para evitar otro triunfo electoral de la izquierda. Sin dudarlo, la Asamblea Legislativa, dominada por el “partido del orden”, borró de un plumazo a tres millones de electores extendiendo a tres años el plazo mínimo de residencia fija que permitía votar, y en el caso de los obreros con el agregado de que el domicilio debía ser certificado por el patrón.
Marx prevé inicialmente que el ataque al sufragio universal podía dar lugar a un levantamiento popular encabezado por el proletariado. Su razonamiento era que la lucha tendría luego un motivo universal y no uno particular, como ocurrió durante la insurrección de junio de 1848 contra los cierres de los talleres nacionales, donde la pequeño burguesía había estado del lado contrario de la barricada. Ahora, sin embargo, era posible que fuese diferente.
Pero ésto finalmente no sucede. Con el recorte del sufragio universal, se inicia una disputa entre la coalición de ambas fracciones monárquicas y Bonaparte por el control del ejército, que es minuciosamente analizada por Marx en las páginas de El 18 Brumario de Luis Bonaparte, cuestión en la que no nos detendremos. ¿Cómo termina este capítulo del proceso francés, signado por el enfrentamiento entre la buguesía parlamentaria y Bonaparte? Luis Napoleón el 2 de diciembre de 1851, sin enfrentar mayor resistencia, disuelve la Cámara Legislativa y se proclama emperador, terminando con la Segunda República.

¿Por qué no hubo insurrección?
Ni frente a la abolición del sufragio universal proclamado por la ley electoral del 31 de mayo de 1850, ni tampoco frente a la abolición de la república, el proletariado va a protagonizar levantamientos insurreccionales. El proletariado había ido acumulando las derrotas del conjunto de los sectores subalternos: “Tan pronto como una de las capas sociales superiores a él experimenta cierta efervescencia revolucionaria –decía Marx en el capítulo inicial de El 18 Brumario de Luis Bonaparte–, el proletariado se enlaza a ella y así va compartiendo todas las derrotas que sufren uno tras otro los diversos partidos”8 .
Valiéndose de estas derrotas, la burguesía francesa, ahora encolumnada detrás de Bonaparte, terminó con la República sin mayores resistencias. Sin embargo, el alineamiento mismo de la burguesía detrás del jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre, junto con la débil respuesta que generó, tenían para Marx una explicación más profunda.
Según Marx, no hubo una nueva insurrección porque había cambiado la situación económica: desde 1849 había empezado una lenta pero persistente recuperación de la economía. A pesar de una breve crisis durante 1851, las clases no estaban prestas a la insurrección. Atacando a un Poder Legislativo que era visto por los campesinos como la expresión de los intereses de sus explotadores, Bonaparte se presentaba como el portador de los intereses de “la Nación” y, en particular, del campesino parcelario, que en el apoyo al emperador expresaba su costado conservador.
Todos los factores que habían irritado y llevado al levantamiento popular, que habían empujado a todas las clases en febrero de 1848 a la insurrección, ya no existían. Se abría un nuevo período de desarrollo de las fuerzas productivas, que duraría tres décadas, mucho más de lo que parecía preverse en aquel momento. El análisis de Marx era el siguiente: “Bajo esta prosperidad general, en que las fuerzas productivas de la sociedad burguesa se desenvuelven todo lo exuberantemente que pueden desenvolverse dentro de las condiciones burguesas, no puede ni hablarse de una verdadera revolución. Semejante revolución sólo puede darse en aquellos períodos en que estos dos factores, las modernas fuerzas productivas y las formas burguesas de producción incurren en mutua contradicción”9 .
Este análisis, que Marx entrevé para el conjunto de la situación europea desde mediados de 1850, dio lugar a una discusión muy importante entre Marx y sus compañeros de la Liga de los Comunistas luego de la derrota de la revolución alemana, de la que trataremos en la próxima conferencia. Había algunos que sostenían que el problema clave pasaba por la organización correcta de la conspiración insurreccional, una concepción que en el lenguaje político del marxismo denominamos “blanquista”, en alusión a las ideas sostenidas en este punto por el gran revolucionario francés Augusto Blanqui (ver recuadro). Pero para Marx, a diferencia de Blanqui, la revolución no dependía sólo de la conspiración, sino también de condiciones objetivas cuya ausencia impedía el desarrollo de la revolución.
El año 1848 había sido producto de una crisis económica general. Era un momento en que parecía que todo se derrumbaba. Fueron dos o tres años en los cuales venía creciendo la pauperización. No era Marx el único observador que veía una crisis terrible, que llega a confundir con el hundimiento del capitalismo. Cuando Marx escribe en el Manifiesto Comunista que el capital ya no puede sostener a sus propios esclavos, está expresando lo que era un cierto estado de ánimo más o menos general. Pero esta situación había cambiado claramente para mediados de 1850 y por ello Marx explica que una nueva revolución no dependía de la voluntad ni de la capacidad de los revolucionarios por provocarla.
En Francia, en febrero de 1848 había una crisis general porque se combinaba un desbande económico con una fuerte ilegitimidad política. La aristocracia financiera se había vuelto completamente impopular y la división entre “los de arriba” facilitó la irrupción de “los de abajo”. Por ende, el aislamiento político del régimen de la oligarquía financiera empujaba a todas las clases a una coalición en la que estaban desde sectores de la burguesía hasta las masas más pauperizadas, con el protagonismo del proletariado en las barricadas. Posteriormente quedó al desnudo que en esta coalición, la de febrero, había intereses sociales antagónicos. Por un lado, la burguesía quería consolidar su poder. Por otro, el proletariado tras la idea de una “república social”, buscaba otra cosa distinta que aquella burguesía con la cual había confluido en el mes de febrero.
En junio de 1848 el proletariado combatió fieramente, desde el punto de vista del heroísmo, fuerza, arrojo, pero aislado socialmente. Pasado un año y medio, cuando la burguesía se propuso terminar con la república las condiciones objetivas que habían dado nacimiento al proceso revolucionario habían desaparecido. No fue sino hasta 20 años después que el proletariado parisino volvió a batirse con su enemigo de clase, pero esta vez contando con la experiencia acumulada en las heroicas jornadas de junio y durante todo el proceso revolucionario.

1 Karl Marx, Las luchas de clases en Francia (1848-1850), en Marx-Engels, Obras Escogidas, Tomo 4, pág. 231-232, Editorial Ciencias del Hombre, Buenos Aires, 1973.
2 En el fondo de su corazón.
3 Karl Marx, Op.Cit., pág. 237-238.
4 Ídem, pág. 242.
5 Ídem, pág. 251.
 6 Ídem, pág. 252.
7 Karl Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, en Marx-Engels, Obras Escogidas, Tomo 4, pág. 323-324 Editorial Ciencias del Hombre, Buenos Aires, 1973.
8 Karl Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Op. Cit., pág. 294.
9 Karl Marx, Las Luchas de Clases en Francia, Op. Cit., pág 256-257.
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Blanqui, Engels y el arte de la insurrección
“De sus observaciones y reflexiones sobre los fracasos de numerosos levantamientos en los que participó o fue testigo, Augusto Blanqui dedujo un cierto número de reglas tácticas, sin las cuales la victoria de la revolución se hace extremadamente difícil si no imposible. Blanqui recomendaba la creación con tiempo suficiente de destacamentos revolucionarios regulares con dirección centralizada, un buen aprovisionamiento de municiones, un reparto bien calculado de las barricadas, cuya construcción sería prevista y que se defenderían sistemáticamente. Por supuesto, todas estas reglas, concernientes a los problemas militares de la insurrección, deben ser inevitablemente modificadas al mismo tiempo que las condiciones sociales y la técnica militar cambien; pero de ningún modo son ‘blanquismo’ en sí mismas, en el sentido que los alemanes puedan hablar de ‘putchismo’ o de ‘aventurerismo’ revolucionario.
La insurrección es un arte y como todo arte tiene sus leyes. Las reglas de Blanqui respondían a las exigencias del realismo en la guerra revolucionaria. El error de Blanqui consistía no en su teorema directo, sino en el recíproco. Del hecho que la incapacidad táctica condenaba al fracaso a la revolución, Blanqui deducía que la observación de las reglas de la táctica insurreccional era capaz por sí misma de asegurar la victoria. Solamente a partir de esto es legítimo oponer el blanquismo al marxismo. La conspiración no sustituye a la insurrección. La minoría activa del proletariado, por bien organizada que esté, no puede conquistar el poder independientemente de la situación general del país: en esto el blanquismo es condenado por la historia. Pero únicamente en esto. El teorema directo conserva toda su fuerza. Al proletariado no le basta con la insurrección de las fuerzas elementales para la conquista del poder. Necesita la organización correspondiente, el plan, la conspiración. Es así como Lenin plantea la cuestión.
La crítica de Engels, dirigida contra el fetichismo de la barricada, se apoyaba en la evolución de la técnica en general y de la técnica militar. La técnica insurreccional del blanquismo correspondía al carácter del viejo París, a su proletariado, compuesto a medias de artesanos; a las calles estrechas y al sistema militar de Luis Felipe. En principio, el error del blanquismo consistía en la identificación de revolución con insurrección. El error técnico del blanquismo consistía en identificar la insurrección con la barricada. La crítica marxista fue dirigida contra los dos errores. Considerando, de acuerdo con el blanquismo, que la insurrección es un arte, Engels descubrió no sólo el lugar secundario de la insurrección en la revolución, sino también el papel declinante de la barricada en la insurrección. La crítica de Engels no tenía nada en común con una renuncia a los métodos revolucionarios en provecho del parlamentarismo puro, como intentaron demostrar en su tiempo los filisteos de la socialdemocracia alemana, con el concurso de la censura de los Hohenzollern. Para Engels, la cuestión de las barricadas seguía siendo uno de los elementos técnicos de la insurrección. Los reformistas, en cambio, intentaban concluir de la negación del papel decisivo de la barricada la negación de la violencia revolucionaria en general. Es más o menos como si, razonando sobre la disminución probable de la trinchera en la próxima guerra, se dedujese el hundimiento del militarismo”.

León Trotsky
Historia de la Revolución Rusa, capítulo 43, “El arte de la insurrección”.

Glosario
Carnot, Larzare Hippolyte (1801-1888) Publicista y político francés, republicano burgués; miembro del gobierno provisional en 1848; diputado a la Asamblea Constituyente y a la Asamblea Legislativa durante la Segunda República, después de 1851 uno de los jefes de la oposición republicana al régimen bonapartista.
De Flotte, Paul (1817-1860) Oficial de la marina francesa, adepto de Blanqui, participó activamente en los acontecimientos del 15 de mayo y en la insurrección de junio de 1848 en París; diputado a la Asamblea Legislativa en 1850-1851.
Fould, Achille (1800-1867) Banquero francés, orleanista, posteriormente bonapartista; de 1849 a 1867 fue varias veces ministro de Finanzas.
Hautpoul, Alphonse Henri d’ (1789-1865) General francés, legitimista, posteriormente bonapartista; ministro de Guerra de 1849 a 1850.
Haynau, Julius Jakob (1786-1853) General austríaco; en los años 1848-1849 reprimió cruelmente el movimiento revolucionario en Italia y en Hungría.
La Hitte, Jean Ernest (1789-1878) General francés, bonapartista, diputado a la Asamblea Legislativa de 1850 a 1851; ministro de Relaciones Exteriores de 1849 a 1851.
Montalembert, Charles (1810-1870) Escritor francés; en el período de la Segunda República fue diputado a la Asamblea Constituyente y a la Asamblea Legislativa; orleanista y jesuita, jefe del partido católico.
Vidal, Fran˜çois (1814-1872) Economista francés, socialista pequeñoburgués; en 1848 secretario de la Comisión de Luxemburgo; de 1850 a 1851 diputado a la Asamblea Legislativa.

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