Partido de los Trabajadores Socialistas

Buenos Aires
14 de julio de 2020

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Marx y el proceso revolucionario en Francia - Segunda Conferencia (Parte III)

19 Oct 2006 | De las barricadas de febrero de 1848 al 18 Brumario de Luis Bonaparte   |   comentarios

Luis Napoleón Bonaparte fue proclamado presidente por la Asamblea Constituyente el 20 de diciembre de 1848, designando como primer ministro a Odilon Barrot, quien había visto frustrada su llegada al ministerio por la revolución de febrero. Junto a él fue designado como ministro de cultos el legitimista y jesuita Alfred Falloux y como ministro del interior León Faucher. Rápidamente, los republicanos moderados de El Nacional fueron relevados de los principales puestos de gobierno que habían detentado hasta el momento, reemplazándolos por viejos personajes monárquicos. El legitimista Changarnier obtuvo el alto mando unificado de la Guardia Nacional del departamento del Sena, de la Guardia Móvil y de las tropas de línea de la primer división militar, mientras el orleanista Bugeaud fue nombrado general en jefe del ejército de los Alpes. El grueso de la antigua administración monárquica fue progresivamente restaurada. Los seguidores de El Nacional intentaron atalonarse en la Asamblea Constituyente, aprovechando el hecho de que el nuevo gobierno realizó como primer acto la conservación del impuesto a la sal, una medida que caía sobre los campesinos y que el gobierno provisional había abolido. La Constituyente rechazó el proyecto del Ministerio de Hacienda y redujo el impuesto a la sal a la tercera parte de su aporte anterior, tratando de mostrarse como defensora de los intereses de los campesinos que habían votado en su contra en la elección presidencial y buscando forzar la renuncia del Ministerio encabezado por Barrot. De hecho, los primeros meses de 1849 estuvieron signados por esta confrontación entre la Constituyente y el Poder Ejecutivo. El 29 de enero, en una sesión en la que el edificio donde sesionaba la Asamblea estaba ocupado militarmente, ésta termina aceptando fijar un límite a su actividad constituyente como había demandado el Ejecutivo. El 21 de marzo hay una nueva batalla alrededor del proyecto de ley enviado por Faucher contra el derecho de asociación, que implicaba la disolución de los clubes revolucionarios. Nuevamente los republicanos de El Nacional capitulan. Finalmente, el 8 de mayo, es presentada por Ledru-Rollin un acta de acusación contra el Ministerio y también contra Bonaparte por violar la Constitución con el ataque realizado por las tropas francesas contra los republicanos romanos y a favor del Papa. La acusación es desestimada el 11 de mayo. Marx describe estos enfrentamientos de la siguiente manera: “La segunda mitad de la vida de la Constituyente se resume así: el 29 de enero admite que las fracciones burguesas monárquicas son las superiores naturales de la república por ella constituida; el 21 de marzo, que la violación de la Constitución es la realización de ésta; y el 11 de mayo, que la ampulosamente pregonada alianza pasiva de la república con los pueblos que luchan por su libertad, significa su alianza activa con la contrarrevolución europea”1 . El último acto de la Constituyente fue la negativa a la amnistía a los insurrectos de junio.
En marzo comenzó a desarrollarse la campaña electoral para la formación de la Asamblea Nacional Legistativa, enfrentándose dos grupos principales. Por un lado, el partido del orden, una coalición en un partido común de ambas fracciones monárquicas, orleanistas y legitimistas, una síntesis, como decía Marx, entre “la restauración y la monarquía de julio”, donde los bonapartistas eran entonces un pequeño apéndice molesto. Por otro, el partido demócrata-socialista o partido rojo, una coalición de los republicanos pequeñoburgueses encabezados por Ledru-Rollin con los republicanos socialistas. Entre ambos se encontraban los Amigos de la Constitución, donde se agrupaban los republicanos burgueses de El Nacional. Estos últimos no obtuvieron más que unos 50 diputados sobre un total de 750 miembros de la nueva Asamblea, desapareciendo prácticamente del paisaje político, mientras que la unión entre demócratas y socialistas, que tomaría el nombre de la Montaña como reminiscencia del de la convención de 1793, obtuvo más de 200. El partido del orden había sido un claro ganador, obteniendo una clara mayoría de diputados.

La derrota sin gloria de la nueva Montaña
Con el dominio del Poder Ejecutivo, de las fuerzas militares y con la mayoría de la Asamblea Nacional, la burguesía se propuso forzar a la Montaña a medir fuezas en las calles. Para ello utilizaron como trampa el mencionado bombardeo de las tropas francesas sobre Roma. Este violaba el artículo V de la Constitución, que prohibía a la república emplear sus fuerzas armadas contra las libertades de otro pueblo; y el artículo 54, que prohibía toda declaración de guerra por el Poder Ejecutivo sin la aprobación de la Asamblea Nacional. Con estos argumentos, Ledru-Rollin presentó una nueva acta de acusación contra Bonaparte y sus ministros el 11 de junio, que fue desestimada al día siguiente. Ante los hechos, la Montaña declaró a Bonaparte y sus ministros “fuera de la Constitución” y convocó el 13 de junio a ganar las calles. Pero la manifestación fue rápidamente dispersada por las tropas al mando de Changarnier y la Montaña sufrió una dura derrota, con varios de sus miembros huyendo al exilio (como el propio Ledru-Rollin) y otros entregados al Tribunal Supremo; a su vez era declarado el estado de sitio y disuelta la parte democrática de la Guardia Nacional, que se había sumado a la manifestación.
Marx va a señalar la inconsistencia de la política seguida por los montañeses: “Si la Montaña quería vencer en el parlamento, no debió llamar a las armas. Y si llamaba a las armas en el parlamento, no debía comportarse en la calle parlamentariamente. Si la manifestación pacífica era un propósito serio, era necio no prever que se la habría de recibir belicosamente. Y si se pensaba en una lucha efectiva, era peregrino deponer las armas con las que esa lucha había de librarse. Pero las amenazas revolucionarias de los pequeños burgueses y de sus representantes democráticos no son más que intentos de intimidar al adversario. Y cuando se ven metidos en un atolladero, cuando se han comprometido ya lo bastante para verse obligados a ejecutar sus amenazas, lo hacen de un modo equívoco, evitando, sobre todo, los medios que llevan al fin propuesto y acechan todos los pretextos par sucumbir. Tan pronto como hay que romper el fuego, la estrepitosa obertura que anunció la lucha se pierde en un pusilánime refunfuñar, los actores dejan de tomar su papel au sérieux y la acción se derrumba lamentablemente, como un balón lleno de aire al que se le pincha con una aguja.
Ningún partido exagera más ante él mismo sus medios que el democrático, ninguno se engaña con más ligereza acerca de la situación”2 .
El proletariado, por su parte, tenía todavía muy frescos los recuerdos de la represión sufrida un año antes como para no tener una profunda desconfianza contra los jefes del partido democrático y jugarse en una acción decisiva por la mera violación de un artículo de una Constitución que ya había sido varias veces violada y que los periódicos populares habían denunciado como un “enjuague contrarrevolucionario”.
Tras el debilitamiento extremo de las fuerzas de la Montaña, el “partido del orden” festejaba la reconquista de las posiciones de poder que había perdido en febrero de 1848, sentando su dominio con leyes que amordazaban a la prensa, impedían el derecho de asociación y sancionaban como institución orgánica al estado de sitio. Entre mediados de agosto y mediados de octubre, los meses del verano europeo, la Asamblea Nacional suspendió sus funciones, meses en los cuales cada fracción monárquica aprovechó para conspirar a favor de la restauración del trono por parte del sucesor correspondiente a cada dinastía aristocrática, mientras Luis Bonaparte soñaba a su vez con la instauración del Imperio. A poco de la reanudación de las sesiones, éste sorprendió el 1 de noviembre con la destitución del Ministerio Barrot-Falloux, comenzando un enfrentamiento con las dos fracciones mayoritarias del “partido del orden” que, con idas y vueltas, no cejarían hasta el golpe del 2 de diciembre de 1851.

1 Karl Marx, Las luchas de clases en Francia (1848-1850), en Marx-Engels, Obras Escogidas, Tomo 4, pág. 221, Editorial Ciencias del Hombre, Buenos Aires, 1973.

2 Karl Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, en Marx-Engels, Obras Escogidas, Tomo 4, pág. 312-313, Editorial Ciencias del Hombre, Buenos Aires, 1973
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GLOSARIO

Barrot
, Odilon (1791-1873) Político burgués francés; hasta febrero de 1848, jefe de la oposición dinástica liberal; desde diciembre de 1848 hasta octubre de 1849 encabezó el ministerio que se apoyaba en el “partido del orden”.
Bugeaux de la Piconnerie, Thomas Robert (1784-1849) Mariscal francés, miembro de la Cámara de Diputados durante la monarquía de julio; orleanista, en 1848-49 es comandante en jefe del ejército de los Alpes; diputado a la Asamblea Legislativa.
Changarnier, Nicolás Anne Thédoule (1793-1877) General y político francés, monárquico; después de junio de 1848 tuvo a su mando las tropas y la Guardia Nacional de París; participó en la represión de las demostraciones del 13 de junio de 1849.
Falloux, Alfred (1811-1886) Político francés, legitimista y clerical; en 1848 fue el iniciador de la disolución de los talleres nacionales y promovió el aplastamiento de la insurrección de junio de ese año en París; fue ministro de educación de diciembre de 1848 a octubre de 1849.
Faucher, León (1803-1854) Político y economista burgués, orleanista; maltusiano; ministro de interior de diciembre de 1848 a mayo de 1849 y luego en 1851; posteriormente bonapartista.
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El “partido del orden”

En El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Marx explica los intereses de clase que había detrás de la coalición de las dos fracciones principales del “partido del orden”:
“Legitimistas y orleanistas formaban, como queda dicho, las dos grandes fracciones del partido del orden. ¿Qué era lo que hacía que estas fracciones se aferrasen a sus pretendientes y las mantenía mutuamente separadas? ¿Serían tan sólo las flores de lis y la bandera tricolor, la Casa de Borbón y la Casa de Orleans, diferentes matices del realismo o, en general, su profesión de fe realista? Bajo los Borbones había gobernado la gran propiedad territorial, con sus curas y sus lacayos; bajo los Orleans, la alta finanza, la gran industria, el gran comercio, es decir, el capital, con todo su séquito de abogados, profesores y retóricos. La monarquía legítima no era más que la expresión política de la dominación heredada de los señores de la tierra, del mismo modo que la monarquía de Julio no era más que la expresión política de la dominación usurpada de los advenedizos burgueses. Lo que, por tanto, separaba a estas fracciones no era eso que llaman principios, eran sus condiciones materiales de vida, dos especies distintas de propiedad; era el viejo antagonismo entre la ciudad y el campo, la rivalidad entre el capital y la propiedad del suelo. Que, al mismo tiempo, había viejos recuerdos, enemistades personales, temores y esperanzas, prejuicios e ilusiones, simpatías y antipatías, convicciones, artículos de fe y principios que los mantenían unidos a una u otra dinastía, ¿quién lo niega? Sobre las diversas formas de propiedad y sobre las condiciones sociales de existencia se levanta toda una superestructura de sentimientos, ilusiones, modos de pensar y concepciones de vida diversos y plasmados de un modo peculiar. La clase entera los crea y los forma derivándolos de sus bases materiales y de las relaciones sociales correspondientes. El individuo suelto, al que se le imbuye la tradición y la educación podrá creer que son los verdaderos móviles y el punto de partida de su conducta. Aunque los orleanistas y los legitimistas, aunque cada fracción se esforzase por convencerse a sí misma y por convencer a la otra de que lo que las separaba era la lealtad a sus dos dinastías, los hechos demostraron más tarde que eran más bien sus intereses divididos lo que impedía que las dos dinastías se uniesen. Y así como en la vida privada se distingue entre lo que un hombre piensa y dice de sí mismo y lo que realmente es y hace, en las luchas históricas hay que distinguir todavía más entre las frases y las figuraciones de los partidos y sus organismos efectivos y sus intereses efectivos, entre lo que se imaginan ser y lo que en realidad son. Orleanistas y legitimistas se encontraron en la república los unos junto a los otros y con idénticas pretensiones. Si cada parte quería imponer frente a la otra la restauración de su propia dinastía, esto sólo significaba una cosa: que cada uno de los dos grandes intereses en que se divide la burguesía -la propiedad del suelo y el capital- aspiraba a restaurar su propia supremacía y la subordinación del otro. Hablamos de dos intereses de la burguesía, pues la gran propiedad del suelo, pese a su coquetería feudal y a su orgullo de casta, estaba completamente aburguesada por el desarrollo de la sociedad moderna (…).
Los realistas coligados intrigaban unos contra otros en la prensa, en Ems, en Claremont fuera del parlamento. Entre bastidores, volvían a vestir sus viejas libreas orleanistas y legitimistas y reanudaban sus viejos torneos. Pero en la escena pública, en sus grandes representaciones cívicas, como gran partido parlamentario despachaban a sus respectivas dinastías con simples reverencias y aplazaban la restauración de la monarquía in infinitum. Cumplían con su verdadero oficio como partido del orden, es decir, bajo un título social y no bajo un título político, como representantes del régimen social burgués y no como caballeros de ninguna princesa peregrinante, como clase burguesa frente a otras clases y no como realistas frente a republicanos. Y, como partido del orden, ejerciendo una dominación más ilimitada y más dura sobre las demás clases de la sociedad que la que habían ejercido nunca bajo la Restauración o bajo la monarquía de Julio, como sólo era posible ejercerla bajo la forma de la república parlamentaria, pues sólo bajo esta forma podían unirse los dos grandes sectores de la burguesía francesa, y por tanto poner a la orden del día la dominación de su clase en vez del régimen de un sector privilegiado de ella. Si, a pesar de esto y también como partido del orden, insultaban a la república y manifestaban la repugnancia que sentían por ella, no era sólo por apego a sus recuerdos realistas. El instinto les enseñaba que, aunque la república había coronado su dominación política, al mismo tiempo socavaba su base social, ya que ahora se enfrentaban con las clases sojuzgadas y tenían que luchar con ellas sin ningún género de mediación, sin poder ocultarse detrás de la corona, sin poder desviar el interés de la nación mediante sus luchas subalternas intestinas y con la monarquía. Era un sentimiento de debilidad el que las hacía retroceder temblando ante las condiciones puras de su dominación de clase y suspirar por las formas más incompletas, menos desarrolladas y precisamente por ello menos peligrosas de su dominación”.

La nueva Montaña
La coalición entre demócratas y socialistas

Tambien en El 18 Brumario de Luis Bonaparte Marx desarrolla las características que presentaba la nueva versión de la Montaña, el partido social-demócrata en 1849: 
“Frente a la burguesía coligada se había formado una coalición de pequeños burgueses y obreros, el llamado partido socialdemócrata. Los pequeños burgueses viéronse mal recompensados después de las jornadas de junio de 1848, vieron en peligro sus intereses materiales y puestas en tela de juicio por la contrarrevolución las garantías democráticas que habían de asegurarles la posibilidad de hacer valer esos intereses. Se acercaron, por tanto, a los obreros. De otra parte, su representación parlamentaria, la Montaña, puesta al margen durante la dictadura de los republicanos burgueses, había reconquistado durante la última mitad de la vida de la Constituyente su perdida popularidad con la lucha contra Bonaparte y los ministros realistas. Había concertado una alianza con los jefes socialistas. En febrero de 1849 se festejó con banquetes la reconciliación. Se esbozó un programa común, se crearon comités electorales comunes y se proclamaron candidatos comunes. A las reivindicaciones sociales del proletario se les limó la punta revolucionaria y se les dio un giro democrático; a las exigencias democráticas de la pequeña burguesía se les despojó de la forma meramente política y se afiló su punta socialista. Así nació la socialdemocracia. La nueva Montaña, fruto de esta combinación, contenía, prescindiendo de algunos figurantes de la clase obrera y de algunos sectarios socialistas, los mismos elementos que la vieja, sólo que más fuertes en número. Pero, en el transcurso del proceso, había cambiado, con la clase que representaba. El carácter peculiar de la socialdemocracia consiste en exigir instituciones democrático-republicanas, no para abolir a la par los dos extremos, capital y trabajo asalariado, sino para atenuar su antítesis y convertirla en armonía. Por mucho que difieran las medidas propuestas para alcanzar este fin, por mucho que se adorne con concepciones más o menos revolucionarias, el contenido es siempre el mismo. Este contenido es la transformación de la sociedad por la vía democrática, pero una transformación dentro del marco de la pequeña burguesía. No vaya nadie a formarse la idea limitada de que la pequeña burguesía quiere imponer, por principio, un interés egoísta de clase. Ella cree, por el contrario, que las condiciones especiales de su emancipación son las condiciones generales fuera de las cuales no puede ser salvada la sociedad moderna y evitarse la lucha de clases. Tampoco debe creerse que los representantes democráticos son todos shopkeepers1 o gentes que se entusiasman con ellos. Pueden estar a un mundo de distancia de ellos, por su cultura y su situación individual. Lo que les hace representantes de la pequeña burguesía es que no van más allá, en cuanto a mentalidad, de donde van los pequeños burgueses en modo de vida; que, por tanto, se ven teóricamente impulsados a los mismos problemas y a las mismas soluciones a que impulsan a aquéllos prácticamente, el interés material y la situación social. Tal es, en general, la relación que existe entre los representantes políticos y literarios de una clase y la clase por ellos representada”.

1 Tenderos.

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