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Malvinas

La posición de los revolucionarios frente a la guerra de Malvinas

Malvinas siempre fue (y continúa siendo) una gran causa nacional. Recordemos que el 20 de diciembre de 1832 una operación militar del Reino Unido tomó el control de las islas luego de que la corbeta estadounidense USS Lexington destruyera las defensas militares del asentamiento argentino de Puerto Soledad.

Ruth Werner

16 de febrero 2012

Malvinas siempre fue (y continúa siendo) una gran causa nacional. Recordemos que el 20 de diciembre de 1832 una operación militar del Reino Unido tomó el control de las islas luego de que la corbeta estadounidense USS Lexington destruyera las defensas militares del asentamiento argentino de Puerto Soledad. El 3 de enero de 1833 los británicos desalojaron a la guarnición argentina y establecieron su presencia militar, expulsando a la población civil. Desde entonces, a excepción del breve período de la guerra de Malvinas, las islas han estado bajo dominio británico. Su recuperación siempre fue un reclamo de soberanía contra el colonialismo inglés, muy sentido por el pueblo argentino.

El 2 de abril de 1982

Pero cuando el 2 de abril de 1982 el gobierno militar liderado por Leopoldo Fortunato Galtieri, ocupa Puerto Argentino, lo que estaba haciendo era largarse a una aventura militar. La dictadura genocida argentina tenía un objetivo: aprovechar una causa justa, como era el genuino odio anticolonialista, para contrarrestar la situación tambaleante que vivía el gobierno militar, fuertemente cuestionado por amplios sectores de la población.

En 1979 el país estaba inmerso en una crisis económica, caracterizada por la fuga de capitales y una recesión que incrementaba los despidos de trabajadores. La dictadura enfrentaba los primeros embates importantes de la lucha popular. El 27 de abril de ese año, bajo el gobierno de Videla, se produce la primera huelga general en repudio al régimen. Convocada desde la clandestinidad por un sector de la CGT, “los 25”, el paro logra gran repercusión. Sus principales dirigentes caen presos y llegan numerosas muestras de solidaridad de organizaciones de trabajadores de todo el mundo. En junio de 1981, estando Viola al frente de la camarilla militar, los metalmecánicos van al paro general protestando contra los cierres de automotrices, y el 7 de noviembre, la Iglesia de San Cayetano es desbordada cuando miles de trabajadores y estudiantes superan la convocatoria cegetista, protagonizando un gran hecho político contra los militares genocidas.

Para el 30 de marzo de 1982, el poder de la dictadura tambaleaba. Ese día una enorme movilización convocada por la CGT Brasil hacia Plaza de Mayo, y que se repite en las ciudades más importantes del país, reunirá a más de 50.000 trabajadores y jóvenes. Fue la mayor expresión de lucha obrera del período dictatorial contra el régimen genocida. Los militares responden con una gran represión y centenares de compañeros caen presos.

Tres días después, la Junta Militar decide jugar la carta “nacional” para sobrevivir en el poder, y ordena el desembarco en Malvinas a fin de reconquistar el apoyo popular perdido. No faltaron las apelaciones a la “unidad nacional” que serán respondidas por los principales partidos políticos burgueses, empezando por el PJ y la UCR, que avalan el desembarco.

Esa es la explicación de la aventura militar del 2 de abril. Sirviéndose de un motivo justo, como era la expulsión de Inglaterra de las islas, Leopoldo Fortunato Galtieri, el jefe de la Junta Militar, se jugaba a recuperar legitimidad. Pero además elucubra la peregrina idea de que EE.UU. iba a propiciar una negociación de soberanía compartida favorable a Argentina. Creían que por sus “servicios” prestados a las bandas paramilitares de Centroamérica (promovidas por los norteamericanos), que desangraron a la revolución sandinista y salvadoreña, la neutralidad de EE.UU. estaba garantizada.

El 3 de abril Londres amenaza con aplicar sanciones económicas y resuelve el envío de la Task Force (fuerzas de tareas) al Atlántico Sur. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas aprueba la Resolución 502, que exige el retiro argentino de las islas y la iniciación de negociaciones. Votan a favor de la resolución y en contra de Argentina: EE.UU., Francia, Guayana, Irlanda, Japón, Jordania, Togo, Uganda, Zaire, y Gran Bretaña. Se abstuvieron: Unión Soviética, China, Polonia y España. En contra sólo votó Panamá. El 12 de abril las naves de la Task Force bloquearon las islas. Arribaron 120 buques de guerra y unos 17.000 soldados.

En el campo militar de la nación oprimida y con una política independiente

Desde el punto de vista de los revolucionarios lo correcto, una vez desatada la agresión imperialista, era ubicarse militarmente en el campo de la nación oprimida, Argentina, pero levantando una política independiente de la de Galtieri y la dictadura.

Para explicar esta posición es útil comparar lo ocurrido en Malvinas y lo que pasó, por ejemplo en la guerra de Irak. En agosto de 1990 Irak se lanza a una aventura militar e invade Kuwait, un país títere de las petro-monarquías. En represalia, Irak es invadido por un conjunto de potencias imperialistas y otros países, liderados por la política de Bush y Estados Unidos.

Los que nos reclamamos antiimperialistas estuvimos del lado de Irak contra el imperialismo norteamericano. Los centenares de miles que marcharon en Europa, en Latinoamérica y Argentina contra Bush y su guerra imperialista, no lo hacían por “amor” a Sadam Hussein, un opresor del pueblo iraquí y un asesino de la nacionalidad kurda. Tampoco porque creyeran que el dictador fuera un genuino antiimperialista. Varias veces, como supo demostrar la guerra entre Irán e Irak (a partir de 1980), Hussein había jugado a favor de los intereses norteamericanos. Los que nos reclamamos antiimperialistas decíamos que aunque la guerra había sido lanzada de manera aventurera, y pese a su conducción, la causa era justa. Esta posición abreva en toda la tradición del marxismo revolucionario (ver página 7). Volviendo a las Malvinas, había un enfrentamiento militar, y lo más progresivo que podía salir de la guerra era la derrota de la potencia imperialista.

Pero ¿por qué había que levantar una política independiente de la Junta Militar? Como ha sucedido tantas veces cuando gobiernos como el de Galtieri o Hussein tienen enfrentamientos parciales con el imperialismo, su objetivo no es la derrota de estas potencias coloniales. Por su propio carácter de clase –burgués- nunca van a tomar todas las medidas necesarias para lograr el triunfo. Por eso, cuando fue la guerra de Malvinas, en ningún momento la dictadura expropió las propiedades inglesas, y menos aún se tocaron sus ganancias y establecimientos financieros (pese a las importantes manifestaciones contra el Banco de Londres). Días antes del 2 de abril, las empresas británicas enviaban remesas de 2000 millones de dólares a sus casas matrices, y así se lo siguieron permitiendo durante toda la guerra. Tampoco se suspendió el pago de la deuda externa a los países que financiaban la agresión militar.

Estaba planteado romper los pactos con el imperialismo como el TIAR1, e impulsar la movilización internacionalista, cuando miles de hermanos latinoamericanos se habían manifestado en apoyo a Argentina. Abrir el alistamiento generalizado del pueblo y que todo hombre y mujer pudiera recibir una adecuada instrucción militar. No lo iba a hacer la cobarde dictadura genocida. Lo tenían que imponer los trabajadores a través de sus organizaciones, los únicos verdaderamente interesados en derrotar a los colonialistas, para lo cual era necesario arrancarle a la dictadura las más amplias libertades democráticas y de organización obrera y popular.

La política vergonzosa de la dictadura contrastaba con la abnegación y voluntad de lucha de los jóvenes soldados y la solidaridad enorme de la población argentina. El ejército argentino se rindió en junio de 1982. El 12 de junio, pocos días antes de que cayera Puerto Argentino, vino el papa Juan Pablo II a la Argentina para negociar la humillación de los militares. Su diatriba por la “paz” no podía significar otra cosa que la derrota de la oprimida Argentina.

La lucha antiimperialista exigía una definición en el campo militar, sí, pero los revolucionarios debíamos levantar una política independiente y opuesta por el vértice a la de la dictadura. Si la Junta Militar genocida no era superada en el trascurso de la guerra no existía ninguna posibilidad de un triunfo. En manos de la casta militar del Estado burgués “nacional” –socia menor del imperialismo– la lucha antiimperialista estaba condenada. La guerra mostró que si no es una dirección obrera revolucionaria la que se pone al frente para llevar adelante las medidas necesarias para triunfar contra los intereses colonialistas se termina en aventuras militares que hicieron que en nuestro país se fortalecieran las cadenas que nos atan al imperialismo.

En Gran Bretaña, a Margaret Thatcher, uno de los pilares del “neoliberalismo”, el triunfo en Malvinas, le sirvió para fortalecer a su gobierno, que en 1982 tambaleaba, inmerso en una crisis económica y social ascendente. La mayoría del partido laborista avaló la ofensiva colonialista2, y luego de la rendición argentina, y con su poder consolidado, la “Dama de hierro” tendrá el poder para jaquear a uno de los bastiones de la clase obrera inglesa: los mineros, derrotando a su heroica huelga.

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