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Espionaje, una actividad estratégica del Estado

El reconocimiento de la existencia del “Proyecto X” puso al desnudo a la Gendarmería como una de las fuerzas represivas del Estado que conspira contra los intereses de los trabajadores que luchan por sus derechos.

Miguel Raider

1ro de marzo 2012

El reconocimiento de la existencia del “Proyecto X” puso al desnudo a la Gendarmería como una de las fuerzas represivas del Estado que conspira contra los intereses de los trabajadores que luchan por sus derechos. De esa cloaca de espías y represores ya saltó una astilla en marzo de 2006, cuando el CELS denunció la actividad de una red de espionaje instalada en la base militar Almirante Zar de Trelew, que hacía inteligencia en el movimiento estudiantil y sobre trabajadores de prensa. Los espías de la Armada regían su actividad según el “Plan Básico de Inteligencia Naval 2005”, firmado por el almirante Jorge Godoy1, titular de la fuerza y quien fuera separado recién a fines de 2011, a pesar de las denuncias presentadas por su rol genocida durante la dictadura militar.

Esta perspectiva es compartida por gobernadores e intendentes en los estados provinciales y municipios. El “Macrigate” de 2009 reveló por un lado las escuchas ilegales obtenidas mediante la pinchadura del telefóno de Sergio Burstein, dirigente de una agrupación de familiares de víctimas de la AMIA, y por otro el espionaje sobre los docentes de UTE que peleaban por la educación pública. Los macristas intentaron montar una central de inteligencia paralela bajo los oficios del ex comisario Jorge “Fino” Palacios, el espía Ciro James y cien efectivos que provenían de la Federal.
En consecuencia, sean derechistas o progresistas, sean partidarios de la “mano dura” o de la “seguridad democrática”, todos espían, una actividad estratégica del Estado basado en una elite de hombres armados que ejercen el monopolio de la violencia y un conjunto de instituciones coercitivas para garantizar la dominación social y política de los capitalistas sobre los trabajadores y el pueblo pobre. Una democracia para ricos sostenida sobre la propiedad privada de los medios de producción y cambio en manos de los capitalistas.

Un poco de historia

Ya en el año 500 anterior a nuestra era, Sun Tzu trazó las líneas directrices del espionaje como “información previa imprescindible”2 para lanzar una iniciativa de guerra. Sin embargo es recién después de la Segunda Guerra Mundial que adquiere todo su desarrollo en pos de conspirar contra las clases subalternas3, sobre la base de la derrota del fascismo a manos del Ejército Rojo y el fortalecimiento de los PCs en el movimiento obrero internacional. EE.UU. e Inglaterra tomaron la iniciativa y crearon la CIA y el MI-5, las primeras instituciones profesionales para infiltrar a los sindicatos.
En nuestro país, entre infinidad de políticas represivas que llevaron los sucesivos gobiernos de turno, enunciamos sólo algunas. En 1946, el general Perón instauró la Secretaría de Coordinación de Informaciones del Estado con la finalidad central de perseguir a sus opositores políticos. Pero tras la “Revolución Libertadora” de 1955, la dictadura del general Aramburu la reformuló bajo el modelo de la CIA y el MI-5 para iniciar la cacería de dirigentes y obreros peronistas, seguida de la intervención del Correo, donde se secuestraba la correspondencia que mantenían los militantes de izquierda. La Libertadora marcó un corte al adecuar los organismos de seguridad bajo la guía del imperialismo norteamericano. Con el desarrollo de las telecomunicaciones, en 1967 el general Onganía instrumentó la primer oficina de escuchas ilegales de la SIDE, mediante la cual se armaban las pruebas para encarcelar a cientos de activistas, acusados de desafiar la Ley 17.401 de Defensa contra el Comunismo. Tras el Cordobazo, Onganía cambió la fisonomía de la SIDE incorporando a cientos de militares y extendiendo las escuchas ilegales a las oficinas de ENTEL. En el gobierno de Héctor Cámpora la SIDE fusionó a los militares con los activistas de la derecha peronista, probados en la masacre de Ezeiza contra la izquierda peronista. Perón, Isabel y López Rega no vacilaron en seleccionar de esas filas a los sicarios de la Triple A, en tanto los agentes restantes comenzaron a diseñar los planes del genocidio con los primeros grupos de tareas. Con la dictadura se produce un nuevo salto adoptando la Doctrina de Seguridad Nacional impartida desde la Escuela de las Américas por EE.UU., transformando la SIDE en una policía secreta que operaba junto a la burocracia sindical en la detección del activismo obrero y estudiantil. La más brutal orgía de sangre y plomo de nuestra historia fue descargada en nombre de la “civilización occidental y cristiana”, segando la vida de los elementos más avanzados de la vanguardia.
Caída la dictadura, Raúl Alfonsín dejó la SIDE en manos de los jóvenes de la Junta Coordinadora, los que codo a codo con los agentes que provenían del genocidio infiltraron las movilizaciones de los trabajadores, generando provocaciones, entre ellas la destrucción del local de Modart en una marcha de la CGT. Durante el menemismo, aunque apoyada sobre la CIA y el Mosad, la SIDE constituyó la principal herramienta de encubrimiento del atentado a la AMIA, en tanto el gobierno de La Alianza se sirvió de ella para pagar las coimas a los legisladores que votaron la Reforma Laboral y para infiltrarse en las asambleas populares durante diciembre de 2001. Otra vuelta de tuerca le dio Duhalde al utilizarla en la masacre del Puente Pueyrredón, adjudicando el asesinato de Kosteky y Santillán a “un enfrentamiento entre piqueteros”, la versión que habían hecho rodar el jefe de la SIDE, Carlos Soria, y el secretario de Presidencia, Aníbal Fernández.

Con una partida de $100 millones, los gobiernos de Néstor y Cristina incrementaron cualitativamente el poder de este cubil de represores triplicando su presupuesto entre 2003 y 2009, e incorporando a su titular, Héctor Icazuriaga, a la mesa chica de las decisiones del Ejecutivo. Los Kirchner siempre hicieron gala de fomentar los organismos de inteligencia y su profesionalización en agencias norteamericanas que difunden la Doctrina Antiterrorista de Bush. No por nada, el jefe de Gendarmería, Héctor Schenone, es un hombre de la DEA, como admitió el periodista Horacio Verbitsky4.

Es necesario luchar por la disolución de todos los servicios de inteligencia y de todas las fuerzas de seguridad, enemigas irreductibles de las organizaciones obreras y populares.

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