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Notas

Una vez más sobre el carácter de la revolución cubana

PTS

2 de octubre 2010

La revolución de 1959 despertó el entusiasmo y la simpatía de los trabajadores, los campesinos, los jóvenes y los oprimidos en América latina y el mundo. Significó la conquista del primer estado obrero del continente a escasos kilómetros del imperialismo norteamericano. Tras la derrota de la rebelión obrera de la década de 1930 y la política colaboracionista con la dictadura del partido estalinista, la dirección política de la lucha contra la dictadura de Batista, iniciada con la toma fallida del cuartel Moncada, fue hegemonizada por el M26 y la guerrilla, cuyo programa era el de una “revolución democrática” y la conciliación con la burguesía y no el establecimiento de un estado obrero basado en el autogobierno de las masas a través de órganos de tipo soviético. Eso explica que sólo después de la fallida invasión de Bahía de los Cochinos, armada por la CIA en 1961, Fidel Castro haya declarado a Cuba un “estado socialista” y que el estado obrero cubano haya nacido burocráticamente deformado, con un régimen basado no en órganos de democracia obrera sino en el aparato del Ejército Rebelde y el M26, y luego en el Partido Comunista Cubano.

A comienzos de la década de 1960, luego de un prolongado proceso de luchas internas y purgas de dirigentes provenientes del viejo PSP y del Movimiento 26 de Julio, Fidel Castro consolidó su hegemonía dentro del partido que en 1965 adoptará el nombre de Partido Comunista. Desde entonces, el PCC monopolizó el dominio del estado, estableciendo una dictadura bonapartista, un régimen de partido único que prohibió toda organización que escapara de su control, ya sea sindical, social o política, y desarrolló una estricta vigilancia ideológica y política sobre la población, por medio de los CDR (Comités de Defensa de la Revolución), devenidos órganos tutelares al servicio del régimen y de aparatos de seguridad estatales.

La burocracia gobernante se fue consolidando como una capa con privilegios materiales, surgidos del control del aparato del estado. Luego de algunas diferencias iniciales, sobre todo tras la crisis de los misiles, Fidel Castro se alineó completamente con la política exterior de la Unión Soviética. Cuba estableció una relación de dependencia económica con la ex URSS que si bien le permitía sostenerse y resistir el bloqueo y la política norteamericana que buscaba aislarla de América Latina, reforzó una estructura productiva basada en el monocultivo de la caña de azúcar. El régimen cubano terminó copiando el modelo de partido único de la burocracia estalinista soviética y adoptando su estrategia de “socialismo en un solo país”.

La subordinación del régimen cubano a Moscú se fortaleció con la muerte del Che Guevara e incluyó el apoyo de Fidel a la entrada de los tanques rusos que reprimieron a sangre y fuego la “primavera de Praga” en 1968 o el golpe contra Solidaridad en Polonia en 1981.

En América Latina, el seguidismo a la política de la URSS que impulsaba la política de “coexistencia pacífica” y la conciliación de clases con la burguesía, significó por ejemplo, adherir a la llamada “vía pacífica al socialismo”, que llevó a la derrota al proceso revolucionario en Chile; o apoyar el proceso contrarrevolucionario de “pacificación” yanqui en Centroamérica en los años ’80 a través del cual se liquidó el proceso revolucionario en esa región. De esta manera, aunque la revolución cubana despertaba y despierta una enorme simpatía entre las masas explotadas y oprimidas del continente y es un ejemplo para toda la región, el PCC nunca tuvo la política de transformar a Cuba en el motor de la revolución socialista en América Latina.

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