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A 40 AÑOS DEL GOLPE MILITAR EN CHILE

Una gesta revolucionaria llena de lecciones estratégicas

El 11 de septiembre de 1973, las Fuerzas Armadas chilenas comandadas por Augusto Pinochet bombardeaban el Palacio de la Moneda y tomaban por asalto las principales dependencias del poder estatal, así como las fábricas, barrios populares y centros de estudio. Hizo falta este sangriento golpe, organizado por la patronal chilena junto a la embajada norteamericana y las Fuerzas Armadas, para cortar el proceso revolucionario más profundo dentro del gran ascenso obrero y popular de los 70 en el Cono Sur.

Una gesta revolucionaria llena de lecciones estratégicas
12 de septiembre 2013

El 11 de septiembre de 1973, las Fuerzas Armadas chilenas comandadas por Augusto Pinochet bombardeaban el Palacio de la Moneda y tomaban por asalto las principales dependencias del poder estatal, así como las fábricas, barrios populares y centros de estudio. Hizo falta este sangriento golpe, organizado por la patronal chilena junto a la embajada norteamericana y las Fuerzas Armadas, para cortar el proceso revolucionario más profundo dentro del gran ascenso obrero y popular de los 70 en el Cono Sur.

Un profundo auge obrero y popular

Las promesas del gobierno de la DC (partido de la Democracia Cristiana) en los años 60 de “chilenizar el cobre”, hacer una reforma agraria y resolver el problema de la vivienda no habían resuelto ninguno de estos problemas acuciantes. El descontento social se tradujo en un amplio y profundo ascenso obrero y de masas, con huelgas, paros y tomas de tierras en que avanzaron en su organización y experiencia, creciendo la idea de que para vencer a la patronal había que arrebatarle el poder político.

El ascenso nutre sobre todo a los dos grandes partidos tradicionales de la izquierda chilena, el Partido Socialista (PS) y el Partido Comunista (PC), organizaciones reformistas que subordinan a los trabajadores a acuerdos con la burguesía nacional, con un programa limitado dentro del capitalismo.

La Unidad Popular y la “vía pacífica al socialismo”

Como principal expresión política distorsionada del gran ascenso de masas surge un frente popular, la Unidad Popular (UP), coalición del PS (al que pertenece Salvador Allende) y el PC, con el pequeño Partido Radical, clásico representante de la burguesía liberal, entre otras organizaciones menores.

La mayor parte de las organizaciones de izquierda se encontraban dentro de la UP.
El MIR fue la principal organización de la izquierda que no lo hizo (ver aparte).
Si bien la UP era presentada como la realización de una inédita revolución en democracia, su objetivo limitado era el robustecimiento de un Estado que maneje los recursos económicos estratégicos y fomente el desarrollo de un “capitalismo nacional” recuperando cierta autonomía frente al imperialismo norteamericano.
La negociación con los partidos patronales en el parlamento burgués, mayoritariamente democristiano, así como los acuerdos con el Alto Mando “institucionalista” de las FF.AA., respetando la constitución y las instituciones del estado burgués, encerró el proceso de cambio social en el corset de la democracia burguesa.

La estrategia llamada “vía pacífica al socialismo” suponía la utopía de que los ricos y empresarios renunciarían a su propiedad y sus privilegios y que las FFAA respetarían la “democracia”.

La UP gana las elecciones presidenciales de 1970, con un plan de medidas nacionalistas que incluía la nacionalización de las minas de cobre, hierro y salitre en manos de empresas imperialistas, algunos sectores industriales y grandes latifundios. El gobierno de Allende aplicó medidas parciales que no resolvían los problemas democráticos estructurales: ruptura con el imperialismo, reforma agraria radical, etc., y no liquidaban el poder de la burguesía, aunque la irritaban y afectaban.

1972, la conciliación de clases hace agua

Los empresarios alimentan la crisis económica con el sabotaje y el desabastecimiento. Surgen grupos fascistas como Patria y Libertad. Pero por abajo, los trabajadores avanzan en un proceso de ocupación y toma de centenares de fábricas, y muchas comenzaron a funcionar bajo control obrero. Se organizaron comités de abastecimiento y también el campesinado y los pobladores sin techo ocupan tierras y se organizan.

Hacia mediados de 1972, los trabajadores de las distintas fábricas comenzaron a coordinar zonalmente sus luchas, superando a la dirección de la CUT que se negaba a alentar la organización por abajo.

Surgen así los Cordones Industriales, una forma de organización muy avanzada, embriones de poder obrero y popular, que permitía la unidad de acción de la clase obrera sobre la base de la deliberación y toma de decisiones democrática en las bases. Incluso comenzaron a desarrollarse elementos de armamento obrero como forma de autodefensa.

El duro proceso de lucha por sus reivindicaciones, la experiencia con los límites del gobierno de la UP, junto a la fortaleza que brindaba la coordinación llevó a los trabajadores a exigir al gobierno el pase de las fábricas y talleres a la órbita estatal.
La clase obrera chilena comenzaba a cuestionar la propiedad privada de los capitalistas y en sus asambleas se planteaba que para seguir avanzando había que darle jaque mate a los patrones, y sus organizaciones daban pasos en mostrarse como alternativa al poder del Estado burgués.

El miedo de la burguesía y la conspiración

El miedo de los patrones ante el empuje de las masas y la constatación de que el gobierno de Allende ya no era capaz de contenerlo, aceleraron los preparativos golpistas.

Un primer intento, el “Tanquetazo” de junio de 1973, fracasó, pero Allende, el PS y el PC desoyeron la advertencia y llamaron a las masas a confiar en la solidez de la democracia chilena, en el profesionalismo de los militares.

De esta forma, y a pesar de algunos conatos de resistencia, el golpe del 11/9 encuentra a la clase obrera y a las masas impotentes y desarmadas.

Algunas lecciones estratégicas

La profundidad y alcance del proceso revolucionario chileno deja importantísimas lecciones, que hay que actualizar a la luz de los nuevos fenómenos políticos y de lucha de clases.

1) total independencia política respecto a las organizaciones políticas de la burguesía. Los trabajadores encontrarán sus aliados naturales entre los sectores oprimidos por el capitalismo, y su propia independencia política es la condición para poder agrupar y dirigir la alianza con los sectores populares.

2) la utopía de reformar el capitalismo de la mano de la burguesía nacional es un engaño que solo sirve a esta última, en la medida que desvía la energía de la clase obrera hacia intereses contrarios a los suyos.

3) la estrategia de la “vía pacífica hacia el socialismo”, por más romántica que sea, demostró ser una utopía reaccionaria, al desarmar de una política defensiva a los trabajadores ante el interés vital de la burguesía en la explotación de la clase obrera, lo que la llevó a cometer las mayores atrocidades contra el pueblo. Sólo la toma del poder por los trabajadores puede asegurar la resolución íntegra y efectiva de los problemas nacionales y democráticos, y asegurar la derrota de la contrarrevolución interna.

4) los Cordones demostraron la enorme potencia de la autoorganización democrática de las masas laboriosas, que en sus múltiples corrientes revolucionarias puede desarrollar un frente único capaz de jaquear el poder burgués y su Estado.
Finalmente, que la clase obrera necesita dotarse de una dirección política con una estrategia revolucionaria y un programa para vencer a la burguesía, no solo en el terreno nacional, sino en la arena internacional, que permita organizar la lucha del conjunto de la clase obrera para darle jaque mate al capitalismo y a la burguesía imperialista.

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