logo PTS

Internacional

OBAMA’S TOUR 2011

Una agenda imperialista con muchas pretensiones y pocas ofertas

El recorrido del presidente estadounidense por Latinoamérica era aguardado con grandes expectativas en todos los medios burgueses de la región, pues se especulaba con grandes anuncios para relanzar las relaciones hemisféricas. Sin embargo, el desencanto fue creciendo en cada una de las escalas -Brasil, Chile y El Salvador-.

Eduardo Molina

24 de marzo 2011

Una agenda imperialista con muchas pretensiones y pocas ofertas

El recorrido del presidente estadounidense por Latinoamérica era aguardado con grandes expectativas en todos los medios burgueses de la región, pues se especulaba con grandes anuncios para relanzar las relaciones hemisféricas. Sin embargo, el desencanto fue creciendo en cada una de las escalas -Brasil, Chile y El Salvador-. “Mucho ruido y pocas nueces” terminaron reconociendo analistas burgueses y a fin de cuentas el gesto más claro y contundente en la gira del demócrata “Nobel de la paz” fue la orden de bombardear Libia impartida mientras Obama se distraía del protocolo oficial en Brasilia. Nada podía desenmascarar mejor el contenido de la melosa retórica de “derechos humanos, democracia, cooperación, libre comercio” con que envolvió la presentación de la agenda de intereses económicos y políticos de EE.UU. que vino a exponer el imperial visitante.

Obama en Brasil

En su escala brasileña, Obama y familia fueron recibidos por el gobierno petista en gran forma, apelando hasta a los ex presidentes para mostrar que la aspiración de Brasil a un papel de actor reconocido en los asuntos internacionales no es un capricho petista sino una “política de Estado”. Lula tuvo el prurito de disculparse de asistir para no opacar a la flamante Presidenta ni recordar el agriamiento de las relaciones bilaterales a finales de su mandato (ya que terminó teniendo varios encontronazos con el gobierno de Obama, desde el golpe en Honduras al veto norteamericano a la mediación con Irán). Sin embargo, nada de esto conmovió a Obama, que eludió cualquier apoyo a la demanda de un asiento permanente para Brasil en el Consejo de seguridad de la ONU (como sí le había prometido a la India en su reciente vista a ese país), planteó una “asociación” entre “las dos mayores democracias del hemisferio” pero sin referirse de manera concreta al liderazgo brasileño ni describir su política latinoamericana (lo que hubiera mostrado más claramente las diferencias entre la Casa Blanca y el Palacio do Planalto en temas como Honduras y Cuba, las bases en Colombia, las relaciones con Chávez y Cuba, el rol de Unasur o la “seguridad” estratégica del Amazonas).

El llamado a trabajar juntos como socios no esconde que lo que pretende Obama es subordinar más estrechamente a la diplomacia de Itamaraty a los lineamientos de la política mundial norteamericana, mostrando una vez más que considera a Brasil como un país de peso regional pero no como potencia global.

Más aún, siendo que Brasilia se abstuvo en la resolución de la ONU, Obama dio la orden de iniciar los bombardeos aeronavales sobre Trípoli en plena ceremonia oficial.

Dilma debió tragarse éste y otros gruesos sapos, quedando al descubierto la sumisión de su gobierno ante Estados Unidos, incluso en gestos como que la seguridad yanqui sometiera a humillantes cacheos a ministros del gobierno brasileño en su propio país. Otro signo sugerente de que de ninguna manera las declaraciones de “igualdad” deben tomarse al pie de la letra.

El discurso en Santiago

Fue su segunda escala la elegida por Obama para enunciar su política hacia América latina, en un gesto calculado para contraponer el “modelo chileno” de economía abierta, democracia neoliberal y alineamiento imperialista al liderazgo regional brasileño y a los gobiernos “populistas”.

Obama declaró, tomando el antecedente de la Alianza para el Progreso, que “hoy en día, en el continente americano, no hay socios principales ni socios secundarios; hay socios con igualdad de condiciones. Pero las sociedades equitativas, a su vez, exigen un sentido de responsabilidad compartida. Tenemos obligaciones recíprocas, y hoy en día, Estados Unidos trabaja con países en este hemisferio para cumplir con nuestras responsabilidades en varias esferas importantes”.

Esto no significa sino la exigencia de que los países de la región acepten la agenda que quiere imponer Estados Unidos en los más diversos temas: las políticas policiales más represivas y con mayor injerencia yanqui en temas como el narcotráfico, las migraciones, etc.; el apego al régimen de democracia en términos neoliberales; el respeto a las inversiones extranjeros y el “libre comercio”, entre otros.

Una muestra de esto es que EE.UU. ni siquiera aceptó comprometer la aprobación de los TLC con Colombia y Perú, ni la ampliación del firmado con Chile, decepcionando a los neoliberales locales. Reiterando su política de imponer “apertura democrática” en Cuba, alabó a sus agentes más alineados, los regímenes de países como México o Colombia y ante todo al propio Chile, como ejemplo a seguir. La fraseología sobre DD.HH. no le impidió negarse a reconocer el rol de EE.UU. en el golpe de 1973, ni lo disuadió de saludar la “transición a la democracia” bajo la Constitución pinochetista y con impunidad para los crímenes de la dictadura.

En El Salvador

Aquí, Obama, urgido -como a lo largo de todo su periplo- por los problemas domésticos y las operaciones en Libia, acortó la visita, dejando apenas planteada su política de migraciones (sin acceder a las preocupaciones locales por la situación de millones de emigrantes, muchos de ellos indocumentados) y seguridad para México y Centroamérica. Es decir, mayor injerencia de la Justicia, el FBI y los servicios yanquis en temas como el narcotráfico, las “maras” y las políticas represivas en general, y ningún compromiso sobre las responsabilidades norteamericanas en una “guerra” que pretende llevar a cabo fuera de su territorio y como excusa para una mayor penetración semicolonial.

Como conclusión, la visita dejó pocos resultados y decepcionó a muchos de los políticos y analistas burgueses que esperaban un programa más concreto y favorable. “La visita de Obama terminó pareciéndose a esas fallidas superproducciones de Hollywood que, pese a una impresionante puesta en escena, al inmenso despliegue técnico, a los portentosos preparativos y al destacado elenco, liderado por un actor popular con un desempeño previo histórico, simplemente no cautivan al público” ironizó el diario chileno La Tercera.

“Alianza para el Progreso”… de los intereses imperialistas

Sin embargo, Obama mostró bastante claramente los fines que guían al imperialismo en su intento de recuperar influencia económica y política sobre América latina, fundamento de la ofensiva que viene desplegando desde el golpe en Honduras. Pero mostró también las debilidades y contradicciones de este intento, en un marco general de crisis capitalista internacional y declinación de la hegemonía imperialista norteamericana. Esto se expresó en que no pudo acompañar la agenda económica y política que planteó con propuestas concretas para “entusiasmar” a las clases dominantes locales.

Es ilustrativo de lo que queremos decir la fallida especulación, hecha por varios analistas, de que anunciaría una especie de nueva “Alianza para el progreso” para replantear las relaciones entre EE.UU. y América latina. Aquella fue formulada por John Kennedy en 1963, como respuesta al triunfo de la revolución cubana y al creciente sentimiento antiimperialista en el subcontinente. Entonces, EE.UU. estaba en el cenit de su poder económico, político y militar y los monopolios yanquis avanzaban profundamente y casi sin rivales en la semicolonización de las economías locales. Podía entonces dictar condiciones, ofrecer cuantioso apoyo en “ayuda” y alinear a las burguesías locales a su lado en la “Guerra Fría”, así como encubrir la preparación de golpes de Estado y operaciones “contrainsurgentes”. Las condiciones actuales son muy distintas y no es casual que más allá de la alusión a aquella “Alianza”, no haya podido formular un programa comparable.

Sin embargo, en Washington se ve con preocupación el debilitamiento de su influencia política y peso económico sobre América latina, especialmente en Sudamérica, patente en la última década, en que han crecido los márgenes de maniobra de las semicolonias latinoamericanas al calor del crecimiento económico y las relaciones de fuerza sociales que posibilitaron el ascenso de gobiernos de corte centroizquierdista y nacionalista.
Latinoamérica representa un quinto del mercado exterior de EE.UU. y, ante la crisis capitalista internacional y las dificultades de la economía norteamericana, cobra importancia como área en crecimiento, productora de materias primas, reservorio de mano de obra barata y mercado.
Actualmente EE.UU. busca aumentar sus exportaciones industriales y aprovechar el peso decisivo que sus corporaciones tienen en áreas como el agrobusiness, las exportaciones de alimentos y materias primas o la industria automotriz y manufacturera local, haciendo frente a la competencia de transnacionales europeas o asiáticas. También pretende contener y desgastar al nacionalismo representado por Chávez y sus aliados del ALBA y forzar un realineamiento de los países de la región en torno a la política imperialista en aspectos decisivos (por ejemplo, frente a Irán, Libia y otros puntos candentes). Y, en la misma región, alrededor de la aceptación de los temas claves para Washington como son la migración (hay unos 45 millones de personas de origen “latino” en EE.UU.) y la “guerra contra el narcotráfico” según los parámetros norteamericanos. Al servicio de esta ofensiva, ha sostenido al régimen posgolpista en Honduras y viene fortaleciendo el dispositivo militar (IV Flota, facilidades aéreas y militares en Colombia y otros países, ejercicios conjuntos, etc.), cosa de la que no se habló en la visita.

Si quedan bastante claros los fines, también la debilidad y contradicciones en los medios y la situación del imperialismo norteamericano para imponerlos. Los lamentos burgueses por la falta de una “visión estratégica hacia la región” tienen que ver con que para EE.UU., enfrentado a la crisis y declinación de su hegemonía mundial, las prioridades están en otras regiones del globo donde ha concentrado esfuerzos, como son Asia oriental donde busca contener a China, Europa y zonas claves del “Gran Medio Oriente”, mientras está metido hasta el cuello en Irak y Afganistán e interviniendo ahora contra la “primavera de los pueblos árabes” con una mezcla de contrarrevolución democrática, sostén al estado de Israel y a las dictaduras y monarquías aliadas como en Arabia Saudita, Bahrein o Yemen e intervención militar en Libia. Es poco lo que puede ofrecer para “seducir” a las clases dominantes latinoamericanas, pese a que estas se distinguen por su entreguismo.

Servilismo progresista

Las corrientes “progres”, las direcciones sindicales y buena parte de la izquierda dejaron claro su abandono de las más elementales banderas antiimperialistas y no impulsaron ninguna campaña de denuncia y repudio a la visita del jefe imperialista ni a sus acciones contra la “primavera de los pueblos árabes” como el bombardeo aeronaval a Libia.

En Brasil la CUT y el PT se alinearon detrás de la política de buena anfitriona de Dilma y se tragaron con ella todos los sapos. En Chile, como explican los compañeros del PTR, el PC y la CUT vía su seguidismo a la Concertación se disciplinaron al régimen que preparó un gran recibimiento para Obama (ver recuadro). En El Salvador el FMLN con el presidente Mauricio Funes a la cabeza tendió la alfombra roja para el visitante.
Esto permitió que Obama pudiera volver a EE.UU. salvando las apariencias, como una figura “popular” en la región, tras el “besamanos” de las élites en los países que visitó.

Sin embargo la amenaza que la agenda imperialista enunciada por Obama representa para los pueblos latinoamericanos está clara. Más que nunca cobra importancia la lucha por la expulsión del imperialismo como clave de la liberación nacional y social del continente. No es con la política claudicante de los progresistas, “nacionales y populares” y reformistas como se enfrenta al imperialismo. Solamente los trabajadores, con sus métodos y su programa, pueden tomar en sus manos y llevar hasta el final la lucha antiimperialista a escala continental, sentando con la movilización revolucionaria las bases de la unidad económica y política del continente en una Federación de Repúblicas Socialistas de América Latina.

Bajo esta convicción, nuestros compañeros de Brasil y Chile realizaron diversas actividades e intervinieron en acciones con otras fuerzas de izquierda, levantando las consignas de “Fuera Obama” y nuestro programa de apoyo a la rebelión de las masas árabes, rechazo a los bombardeos imperialistas en Libia y por el derrocamiento revolucionario de Kadafi.

Temas relacionados: