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A 70 años de la fundación de la IV° Internacional

Trotsky y la revolucion latinoamericana

El exilio mexicano de Trotsky coincide en el tiempo con momentos muy importantes de la historia del siglo XX. Fueron también años muy importantes de su propia vida militante.

28 de agosto 2008

El exilio mexicano de Trotsky coincide en el tiempo con momentos muy importantes de la historia del siglo XX. Fueron también años muy importantes de su propia vida militante.

En enero de 1937, cuando Trotsky llegaba a México, ya estaban en marcha los preparativos de las potencias imperialistas para la que sería luego la Segunda Guerra Mundial. La revolución española se encontraba en un denodado esfuerzo contra el franquismo y contra la acción del stalinismo que hegemonizaba el “campo republicano”, saboteando la revolución para no asustar a la burguesía “democrática”.

En la URSS, Stalin liquidaba en los juicios de Moscú a las principales figuras del partido bolchevique que quedaban vivas.
En este contexto por demás difícil, Trotsky buscó dar respuestas políticas, programáticas y estratégicas a todos estos problemas, junto con su actividad dedicada a refutar las falsas acusaciones de los tribunales stalinistas.

En abril de 1937, la Comisión Dewey, conocida por ese nombre por la participación del filósofo norteamericano John Dewey, sesionó en México, constatando, a través de numerosas declaraciones, incluida por supuesto la de Trotsky, que las acusaciones de los Juicios de Moscú eran una farsa.

Mientras escribía sobre la guerra civil española y se publicaba la primera edición de Adónde va la URSS, más conocido como La Revolución Traicionada, Trotsky debatía con los principales dirigentes de la Liga Comunista Internacional de cara a la fundación de la IV Internacional que se realizaría en París el mismo año. En este contexto, cuestiones como la aplicación concreta del Programa de Transición, junto con todos los problemas derivados de las tensiones que llevaban hacia la guerra, estarán en la agenda de Trotsky a lo largo de todo su exilio en México hasta su asesinato en 1940 a manos de un agente de Stalin. Tiene particular importancia, entre esos muchos debates, la polémica con un sector del Socialist Workers Party estadounidense sobre el carácter de clase de la URSS.

Trotsky acometía su tarea con la convicción de que en ese momento jugaba un papel insustituible para el marxismo y la clase obrera, dado que solamente él contaba con la claridad teórica y la continuidad de una experiencia que iba desde los años de preparación del marxismo ruso hasta el advenimiento del fascismo, pasando por las revoluciones de 1905, febrero y octubre de 1917 en Rusia, la oleada posterior de la primera postguerra y las derrotas que le siguieron, incluida la de la propia Oposición al interior de la URSS.

Por su parte, Trotsky estaba convencido de que, “hay que tomar a la historia tal como se presenta, y cuando ésta se permite ultrajes tan escandalosos y sucios, debemos combatirla con los puños”, como diría en una carta desde México a una vieja colaboradora retirada de la política. No obstante los asesinatos de sus hijos y la persecución a la que estaba sometido, mantuvo siempre una actitud activa y combativa.

Los años del exilio mexicano serán, en consecuencia, años de combate programático, ideológico, político, estratégico y también físico contra el fascismo y el stalinismo.

La novedad latinoamericana

Si bien la teoría de Trotsky sobre la revolución permanente tiene como un componente central la reflexión sobre el carácter de la revolución en los países de la periferia capitalista, la realidad latinoamericana plantearía nuevos problemas para dilucidar, frente a los cuales, la teoría de la revolución permanente daba las herramientas para un análisis marxista, pero a condición de no transformarla en un esquema abstracto.

Trotsky ubicaba a América Latina dentro de la lucha revolucionaria a nivel mundial. Como señalaba en una polémica contra un intelectual de la Alianza Popular Revolucionaria Americana del Perú, consideraba al proletariado internacional y a los pueblos oprimidos, las dos corrientes fundamentales de lucha contre el capitalismo en su fase imperialista. Partiendo de la reivindicación de la lucha contra el imperialismo, fascista o democrático, Trotsky asignaba un rol central a la clase obrera en esa lucha. Contra el nacional-populismo aprista, reivindicaba la comunidad de intereses entre la clase obrera latinoamericana y la clase obrera mundial.

El bonapartismo sui generis

La problemática del bonapartismo había jugado un rol muy importante en el pensamiento de Trotsky, tanto para analizar la situación alemana previa al ascenso del nazismo, como el régimen burocrático del stalinismo. El México de Cárdenas plantearía a Trotsky el trabajo de analizar un fenómeno político peculiar, a partir del cual el revolucionario ruso desarrolló y amplió la problemática del bonapartismo en un nuevo nivel de concreción.

En un contexto de pujas entre el imperialismo inglés en decadencia y el norteamericano en ascenso, con los fuegos de la revolución mexicana que habían dejado huellas profundas en la cultura política del país, el gobierno de Cárdenas, sin salirse de los marcos de la propiedad privada capitalista, había tomado importantes medidas que afectaban los intereses del imperialismo, como la nacionalización del petróleo y en segundo lugar la de los ferrocarriles.

Ubicándose del lado de la nación oprimida contra el imperialismo, Trotsky planteaba que “La expropiación del petróleo no es ni socialista ni comunista. Es una medida de defensa nacional altamente progresista (...) El proletariado internacional no tiene ninguna razón para identificar su programa con el programa del gobierno mexicano. (...) La causa de México, como la causa de España, como la causa de China, es la causa de la clase obrera internacional. La lucha por el petróleo mexicano es sólo una de la escaramuzas de vanguardia de las futuras batallas entre los opresores y los oprimidos.”1

Ahora bien, más allá de este posicionamiento de principios a favor del México obrero y campesino contra el imperialismo, se planteaba el problema de por qué Cárdenas hacía lo que hacía ¿Por qué un gobierno burgués iba tan lejos en atacar los intereses del imperialismo?

La respuesta se concentra en un texto que muchos lectores/as posiblemente conozcan: “En los países industrialmente atrasados el capital extranjero juega un rol decisivo. De ahí la relativa debilidad de la burguesía nacional en relación al proletariado nacional. Esto crea condiciones especiales de poder estatal. El gobierno oscila entre el capital extranjero y el nacional, entre la relativamente débil burguesía nacional y el relativamente poderoso proletariado. Esto le da al gobierno un carácter bonapartista sui generis, de índole particular. Se eleva, por así decirlo, por encima de las clases. En realidad, puede gobernar o bien convirtiéndose en instrumento del capital extranjero y sometiendo al proletariado con las cadenas de una dictadura policial, o maniobrando con el proletariado, llegando incluso a hacerle concesiones, ganando de este modo la posibilidad de disponer de cierta libertad en relación a los capitalistas extranjeros. La actual política (del gobierno mexicano, N. del T.) se ubica en la segunda alternativa; sus mayores conquistas son la expropiación de los ferrocarriles y de las compañías petroleras”.2

Pero no se trataba sólo de definir conceptualmente el fenómeno cardenista. El cardenismo tenía una política muy clara para el movimiento obrero. La injerencia del Estado en la vida sindical, a través de una fortísima burocracia sindical, permitía al gobierno controlar a los trabajadores, haciéndole concesiones muy importantes, pero de forma tal que no implicaran pasos concretos en la independencia política de la clase obrera. Por ejemplo, la política de “administraciones obreras”, a través de las cuales, los sindicatos debían hacerse cargo de la gestión de los ferrocarriles. Era una situación que exigía una respuesta política muy precisa, sin caer en el oportunismo ni el sectarismo. En este sentido se orientaba Trotsky: “¿Cuál debería ser la política del partido obrero en estas circunstancias? Sería un error desastroso, un completo engaño, afirmar que el camino al socialismo no pasa por la revolución proletaria, sino por la nacionalización que haga el estado burgués en algunas ramas de la industria y su transferencia a las organizaciones obreras. Pero esta no es la cuestión. El gobierno burgués llevó a cabo por sí mismo la nacionalización y se ha visto obligado a pedir la participación de los trabajadores en la administración de la industria nacionalizada. Por supuesto, se puede evadir la cuestión aduciendo que, a menos que el proletariado tome el poder, la participación de los sindicatos en el manejo de las empresas del capitalismo de Estado no puede dar resultados socialistas. Sin embargo, una política tan negativa de parte del ala revolucionaria no sería comprendida por las masas y reforzaría las posiciones oportunistas. Para los marxistas no se trata de construir el socialismo con las manos de la burguesía, sino de utilizar las situaciones que se presentan dentro del capitalismo de Estado y hacer avanzar el movimiento revolucionario de los trabajadores”3.

Bonapartismo sui generis y revolución permanente

Estas posiciones le valieron a Trotsky la oposición de un sector del grupo mexicano, que afirmaba que Trotsky había abandonado la teoría de la revolución permanente para no perder su asilo en México.

Trotsky era acusado incorrectamente de volver al punto de vista de “revolución por etapas”, acusación que era de por sí todo un síntoma de confusión.

Sin embargo, esta discusión, planteada desde un punto de vista sectario, permitió a Trotsky clarificar algunas cuestiones sobre cómo pensar la realidad latinoamericana de ese tiempo con las armas de la revolución permanente: “Que la historia pueda saltar etapas –señalaba el viejo revolucionario- es evidente. Por ejemplo, si se construye un ferrocarril en las selvas de Yucatán, es saltar etapas. Esto a nivel del desarrollo americano de las comunicaciones. Y cuando Toledano4 jura por Marx, también es saltar etapas, porque los Toledano de Europa, en tiempos de Marx, juraban por otros profetas. Rusia saltó la etapa de la democracia. No totalmente, la ha comprimido. Esto es bien conocido. El proletariado puede saltar la etapa de la democracia, pero nosotros no podemos saltear las etapas del desarrollo del proletariado”5.

Trotsky sostenía que era un serio error transformar la teoría de la revolución permanente en una abstracción: “Creo que nuestros camaradas, en México y fuera de él, tratan de manera abstracta, en lo que concierne al proletariado, e incluso a la historia en general, de saltear, ya no con las masas por encima de ciertas etapas, sino por encima de la historia en general, y sobre todo por encima del desarrollo del proletariado. La clase obrera de México participa y no puede más que participar en el movimiento, en la lucha por la independencia del país, por la democratización de las relaciones agrarias, etc. De este modo, el proletariado puede llegar al poder antes que la independencia de México esté asegurada y las relaciones agrarias reorganizadas. Entonces, el gobierno obrero podrá volverse un instrumento de resolución de estas cuestiones (...). En este sentido, durante el curso de la lucha por las tareas democráticas, oponemos el proletariado a la burguesía. La independencia del proletariado, incluso en el comienzo de este movimiento, es absolutamente necesaria, y oponemos particularmente el proletariado a la burguesía en la cuestión agraria, porque la clase que gobernará, en México como en todos los demás países latinoamericanos, será la que atraiga hacia ella a los campesinos.”6

Apoyándose en estos análisis, Trotsky señalaba la particular alianza de clases en que se apoyaban los “populismos” latinoamericanos: “El Kuomintang en China, el PRM en México, el APRA en Perú son organizaciones totalmente análogas. Es el frente popular bajo la forma de un partido.

Correctamente apreciado, el Frente Popular no tiene en América Latina un carácter tan reaccionario como en Francia o en España. Tiene dos facetas. Puede tener un contenido reaccionario en la medida en que esté dirigido contra los obreros, puede tener un carácter agresivo en la medida en que esté dirigido contra el imperialismo. Pero, apreciando el frente popular en América Latina bajo la forma de un partido político nacional, hacemos una distinción entre Francia y España. Pero esta diferencia histórica de apreciación y esta diferencia de actitud sólo están permitidas con la condición que nuestra organización no participe del APRA, el Kuomintang o el PRM, que conserve una libertad de acción y de crítica absoluta”7.

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