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HISTORIA

1940-2012: A 72 AÑOS DEL ASESINATO DE LEÓN TROTSKY

Semblanza de una vida revolucionaria

Hoy el nombre de Trotsky sigue siendo el estigma maldito de la revolución proletaria, una amenaza de la que la burguesía no ha podido deshacerse. El CEIP León Trotsky presenta una nueva versión, revisada y corregida, de su obra "Mi vida".

Hernán Aragón

16 de agosto 2012

Semblanza de una vida revolucionaria

Cubierto por esteras de paja y heno, logró llegar hasta una estación ferroviaria. Allí lo esperaba una valija que unos amigos le habían preparado para completar la fuga. Nada suntuoso había en ella: algo de ropa, una corbata y un tomo de Homero. El joven llevaba en el bolsillo un pasaporte falso que él mismo había fabricado con un nombre estampado al azar.

35 años más tarde, en su último exilio en Coyoacán, Lev Davidovich Bronstein dejaba constancia en actas que aquel apellido escrito azarosamente en 1902, sería el nombre genuino que lo acompañaría por el resto de su vida.

Hoy, el nombre de Trotsky, sigue siendo el estigma maldito de la revolución proletaria, una amenaza de la que la burguesía no ha podido deshacerse.

El “mejor bolchevique” –como lo definiera Lenin- descubría tres años después del Octubre rojo, que el día de su nacimiento coincidía con la fecha de la revolución. Se rió de ese dato fortuito, dejando su análisis a los místicos. No podía esperarse otra cosa de quien sellara en su testamento, el mismo año de su asesinato, que moriría siendo un revolucionario proletario, un marxista, un materialista dialéctico y, en consecuencia, un ateo irreconciliable.

Ya desde temprano, el muchacho de Odesa comprendió que los sucesos de su vida personal estarían insertos en la trama de los hechos históricos y que sería casi imposible arrancarlos de ella.

Cuán chocante suena este pensamiento para el individualismo que la burguesía profesa y cuánto más anheloso se vuelve alcanzarlo.

“Yo miraba fijamente, - escribió sobre sus primeros años en la escuela secundaria - con total confianza y curiosidad, a todos aquellos con los que me encontraba. Pero de golpe, un gran muchacho delgado, de unos trece años –que venía probablemente de un taller, ya que llevaba en la mano un objeto de chapa–, se detuvo delante del resplandeciente “realista”, echó la cabeza hacia atrás, tosió ruidosamente y lanzó un grueso escupitajo sobre mi blusa nueva; me miró despectivamente y, sin decir una palabra, siguió su camino.

¿Qué es lo que lo impulsaba a actuar así? Ahora, lo veo claramente: un muchacho desprovisto de todo, con la camisa harapienta, los pies sólo cubiertos con fajas, obligado a hacer los sucios encargos de sus patrones, mientras que los niños de los señores, presumían con sus bellos trajes de escolares… Y el niño había descargado sobre mí su sentimiento de protesta social”.

Esa “protesta social” sería la tinta indeleble que guiara el compromiso de una vida dedicada a acabar con las injusticias que engendra la sociedad de clases. A Trotsky le molestaba sobremanera los pseudo revolucionarios, la gente dedicada a cultivar su prestigio personal, los diletantes, los espíritus cansados. Sólo exigía para un revolucionario la entrega de su tiempo, sus fuerzas y medios, como él la había entregado al sumergirse, a los 17 años, en las barriadas obreras de Nicolaiev.
En esos primeros pasos de militancia en la “Liga obrera del Sur de Rusia” fraguó su oficio de revolucionario y escritor, pasando semanas enteras con la espalda doblada diseñando con el mayor de los cuidados las letras en que se imprimieran las proclamas y los artículos para los obreros. El movimiento fue creciendo y Trotsky fue arrestado y deportado a Siberia a los 19 años, donde conoció a Alejandra Lvovna con quien el trabajo común por la causa lo había unido íntimamente.

En prisión, abrazó definitivamente la teoría marxista, a la que se dedicaría con total aplicación y cuidadoso estudio. “Mi actividad consciente y activa, ha sido una constante lucha por ideas determinadas”, dirá.
El exiliado regresó a Rusia en 1905 y fue elegido presidente del Soviet de Petrogrado.

En octubre de ese año, las masas que el soviet había rebelado se concentran eufóricas delante de la Universidad de San Petersburgo. El joven que está a punto de cumplir 25 años sube a lo alto de un balcón para dirigirles la palabra. Mirando fijamente a la muchedumbre, toma el manifiesto del Zar y lo rompe arrojando los pedazos al viento. Trotsky reafirmaba que no puede haber reconciliación con los enemigos del pueblo.

Cuando la revolución parecía definitivamente liquidada, escribió que “entre las negras nubes de la reacción que nos cercan, se atisba ya el resplandor triunfante de un nuevo Octubre”.

Su predicción no falló. Pero sobre todo, aquellas palabras indicaban que su confianza en la clase obrera y en el futuro socialista de la humanidad se volvería más potente en el futuro, incluso bajo la larga noche del stalinismo.

En ese periodo, Trotsky fue la expresión de un movimiento de resistencia obrera y popular que hasta en los campos de deportación siguió batallando contra la burocracia soviética. Esa es nuestra tradición y nuestro orgullo. Sin la lucha que diera el fundador de la IV Internacional, hoy sólo quedaría como socialismo los crímenes de Stalin.

Trotsky escribió una vez que todo verdadero orador tiene momentos de inspiración en los que de su boca brota algo más poderoso que las palabras que salen en momentos normales. En el creador del Ejercito Rojo, que también fue el orador de la revolución, esas fuerzas poderosas siguieron latiendo hasta su último suspiro. Y lo hicieron con la misma pasión y alegría con que el joven de Nicolaiev recibía los informes de las fábricas contando cómo “las letras color violeta habían sido ávidamente leídas, transmitidas y ardientemente discutidas por los obreros”.

En la época tumultuosa que nos tocará vivir, los trabajadores y la juventud estamos llamados a tomar esa bandera limpia que dejó el gran revolucionario; para encontrar en ella la inspiración que nos ayude a preparar el porvenir.


A lo largo de 45 capítulos, Trotsky relata su infancia, su juvenil inicio en la vida revolucionaria, cárceles, fugas y exilios, su participación en la Revolución de 1905, sus conclusiones e innovaciones teóricas, sus relaciones con la II Internacional, su ruptura con ella en la I Guerra Mundial, su ingreso al partido de Lenin antes de codirigir con él la conquista del poder en Octubre de 1917, su rol central en la guerra civil, en Brest-Litovsk y, especialmente en la oposición, desde sus inicios, al proceso de burocratización de la URSS.

Siendo una de sus obras más conocidas, esta edición en castellano, además de incorporar otros artículos autobiográficos, es una nueva versión, revisada y corregida, según la edición francesa abreviada publicada por A. Rosmer en 1953, quien le agregó un Apéndice de su autoría, que recorre los últimos años de exilio de Trotsky en Turquía, Francia, Noruega para finalizar en México, donde será asesinado por un sicario de Stalin. Su vida concentra acontecimientos revolucionarios y contrarrevolucionarios de tal magnitud, -que cada uno de ellos puede ser estudiado y profundizado por separado. Su praxis revolucionaria es lo más destacable a lo largo de su vida consciente, más allá de las grandes tragedias personales que le acarrearon. Presentamos, por ello, una de las mayores autobiografías del siglo XX.

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