Kirchner se lanzó desde el 25 de mayo a imponer en la agenda política nacional las futuras elecciones presidenciales, más de un año antes de los comicios de octubre de 2007. Una táctica que podríamos llamar - aggiornando el discurso de la Juventud Universitaria Peronista de la facultad de Derecho de La Plata de los años ’70 de donde proviene el presidente- la “guerra electoral prolongada”. El objetivo: fortalecer, detrás de su figura, el heterogéneo aparato que va desde la CGT a D’Elía y que vimos debutar en La Plaza, sumando a gobernadores e intendentes de la UCR. ¿Cómo que no se le entiende a Kirchner qué significa la famosa “concertación”? Pejotismo más cooptación.
Pero la candidatura de Lavagna, sponsoreado por Alfonsín y Duhalde, opacó los aires de “hegemonía” con que Kirchner salió del acto de la Plaza. Ahora aparece cuestionado políticamente por alguien que fue del riñón de su propio gobierno. El “crecimiento económico” que Kirchner reivindicó en su balance de los 3 años de gestión, es también obra de Lavagna. No hay diferencias económicas entre ellos. El presidente dice que el ex ministro sostiene que el aumento de salarios provoca inflación y él no piensa eso. Pero entonces, ¿por qué pone un techo a los aumentos en el 19% como pide la UIA? Porque Kirchner y Lavagna tienen el mismo plan de bajos salarios y dólar alto, para mantener la rentabilidad de la “patria empresaria”. Ambos defienden el mismo “modelo” de neoliberalismo con el dólar a tres pesos, pero se disputan la autoría como lo hacían Menem y Cavallo en la época en que la convertibilidad y el ‘uno a uno’ daban votos. Las diferencias son políticas. Lavagna se postula como vocero de un sector del establishment empresario que, aunque conformes con Kirchner, se oponen a los discursos demagógicos que usa el presidente para mantener popularidad. Saben que un fin del ciclo de crecimiento –como preanuncian las tendencias de la economía internacional- significará tomar medidas contra los trabajadores y hay que prepararse para ello en lugar de alentar ilusiones que promuevan los reclamos de los trabajadores y el pueblo. Hay que ver lo que le está pasando a la presidenta “socialista” Bachelet en Chile que subió con el voto de millones que aspiran a que se distribuya la renta que dejó la exportación del cobre con un precio por las nubes en los últimos años. Y ahora los hijos de esos millones de votantes, los estudiantes secundarios, salen a las calles enfrentando la “Concertación a la chilena” porque quieren terminar con la educación sólo para los ricos.
A Lavagna lo promueven figuras impresentables desde el punto de vista de las simpatía populares, empezando por el propio Alfonsín. Pero también es impresentable el aparato que el presidente utilizó para llenar la Plaza y necesita para contener los reclamos salariales y poner en movimiento la maquinaria electoral hacia el 2007. El pasaje abierto a la oposición de un sector de ese aparato es una debilidad del gobierno. Kirchner le debe a Duhalde, al menos, un 22% de su popularidad y los duhaldistas que no se pasaron al kirchnerismo, los que caben en una mesa del Bar “El General” (Juanjo ˜álvarez y otros) le recuerdan que fueron ellos los que lo sacaron de Santa Cruz y lo trajeron a la Capital para ganarle la elección presidencial al cadáver de Menem. Y que ellos también tienen amigos en la CGT como Rodríguez del Smata o Daer de Alimentación, por ejemplo, y otros que ahora están por su reelección para el 2007 pero que en el 2003 ellos referían a Reutemann y cuando Reutemann no quiso ser candidato a presidente, propusieron (como confesó Armando Cavallieri) a... Lavagna. Encima Telerman, heredero de Ibarra, armó un nuevo gabinete en la Ciudad de Buenos Aires separando a los kirchneristas y, fiel a su procedencia del peronismo bonaerense, parece inclinar hacia Lavagna el gobierno de la capital del país.
La crisis del viejo régimen de partidos de la democracia para ricos que abrieron las jornadas revolucionarias de diciembre de 2001 no está resuelta. ¿Alguien puede sostener seriamente que el rejunte de punteros y burócratas sindicales reunidos tanto con Kirchner como con Lavagna son la “nueva política” y un régimen de partidos renovado? Kirchner puede mantener todavía un amplio consenso popular y apoyo del establishment, mientras continúe la recuperación económica, se mantengan los precios y cierta estabilidad en el empleo y, sobre todo, funcione la contención a las luchas obreras que la burocracia sindical le brinda al gobierno. Pero no tiene un cheque en blanco y el PJ, el partido que pudo sobrevivir al 2001, de ninguna manera goza de buena salud. Hay que prepararse desde ahora, hacia nuevas crisis, luchando por promover la ruptura con todos los partidos patronales y por la independencia política de la clase trabajadora. Nuestra propuesta a los trabajadores combativos y la izquierda de un Frente Clasista y de la Izquierda Socialista que ponemos a debate en este periódico, es para alentar esa perspectiva.