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MUJER

JUEGOS OLÍMPICOS LONDRES 2012

Princesas

Ana se detiene. La respiración entrecortada y el sudor frío corriendo por la espalda se mezclan con una sensación de alivio momentánea. Sabe que esto recién empieza.

Verónica Zaldívar

2 de agosto 2012

Princesas

Ana se detiene. La respiración entrecortada y el sudor frío corriendo por la espalda se mezclan con una sensación de alivio momentánea. Sabe que esto recién empieza.

Acaba de terminar lo más duro de la rutina de entrenamiento diario para competir en los Juegos. A pesar de su juventud, que esté ahí es fruto de años de esfuerzo y un poco de suerte: estar en el lugar indicado, en el momento indicado, como se dice. Espera volver a su casa con la preciada medalla dorada, sabe que hay muchas expectativas depositadas en ella.


Nadia se detiene. La respiración entrecortada y el sudor frío corriendo por la espalda se mezclan con una sensación de alivio momentánea. Sabe que esto recién empieza.

Acaba de zafar de una nueva redada de la policía en el “barrio olímpico” de Stratford. Ahora que cerraron el prostíbulo busca clientes en la calle; son muchos los peligros, y el peor es siempre la policía, con su hostigamiento constante. A pesar de su juventud, que esté ahí es fruto de años de abandono, pésimas condiciones de vida y un poco de mala suerte: estar en el lugar equivocado, en el momento equivocado, como se dice. Espera volver a su casa con lo que le falta para pagar el alquiler, sabe que hay muchas expectativas depositadas en ella, porque su hijo tiene que alimentarse bien e ir a la escuela.


Entre 40 y 42 millones de personas son prostituidas hoy en todo el planeta. El 80% son mujeres o niñas, mayormente de entre 13 y 25 años de edad. Este es el perturbador dato que arroja el Primer Informe Mundial sobre Explotación Sexual realizado por la Fundación Cselles, una ONG francesa que investiga y denuncia el proxenetismo y la explotación de personas con fines sexuales. La mayoría son inmigrantes y muchas son víctimas de redes de trata. Durante los grandes eventos deportivos, las redes encuentran terreno fértil para multiplicar sus ganancias exponencialmente. Esto se ve mucho más claro durante los campeonatos mundiales de fútbol, con auditorio predominantemente masculino, donde las redes refuerzan su “plantel” para satisfacer una demanda creciente. Esto ocurrió tanto en el mundial de Vancouver como en el de Sudáfrica, donde se calcula que hubo 40.000 personas prostituidas que se sumaron a las 100.000 habituales. En el Mundial de Alemania 2006, directamente se instalaron “centros sexuales” cerca de los estadios, con autorización oficial.

Londres no es la excepción; más allá de las “notas de color” de los medios acerca de si hay o no sexo entre los competidores en la Villa Olímpica, ya se levantaron voces alertando acerca de un problema que los organizadores de los Juegos quieren ocultar. Las autoridades londinenses, a tono con la política de “máxima seguridad” que están implantando con miles de efectivos en las calles, cerraron 80 prostíbulos sólo en la zona de Stratford (Newham), sede de la mayoría de los recintos olímpicos. Podría pensarse que esta medida es progresiva; pero las asociaciones que luchan contra el proxenetismo y los trabajadores del sistema de salud advierten que en realidad se está dejando a esas mujeres en la calle, expuestas a mayores riesgos, entre ellos las redadas de las fuerzas represivas. Arrestaron a 58 de ellas en pocos meses, imponiéndoles alejarse de la zona como condición de fianza. Ya en 2010 se denunciaba que se estaba llevando a cabo una política de “limpieza social” en la ciudad, principalmente en el este obrero e inmigrante, de cara a los actuales Juegos. Desde 2009 la Policía Metropolitana viene acosando mediante grandes operativos a las mujeres en situación de prostitución, llegando a hacer una campaña de escrache contra ellas, publicando sus fotos, nombres completos y otros datos en su página web (información que fue replicada en algunos diarios de tirada masiva). En pos de dejar el barrio “limpio” a la vista de las cámaras de TV y los miles de espectadores de los Juegos, la policía viene hostigando sistemáticamente a estas mujeres y también a las personas sin techo, mendigos y a los jóvenes, que sufren requisas cotidianamente.


“Las princesas de los Juegos” lee Ana en la portada de un diario. Le parece casi divertido que su foto aparezca ahí; lejos de los lujos de la realeza, su familia se endeudó de por vida para que pudiera competir a nivel olímpico.


“Chau, princesa” le dice al oído el último cliente de la noche a Nadia, antes de dejar dinero en la mesa de luz y abrir la puerta para irse del hotel barato. Cansada, enciende el televisor; están pasando la competencia de gimnasia artística. Una de las atletas rompe en llanto cuando por un mal movimiento se cae al piso, sin terminar la coreografía. Nadia se conmueve. Cierra los ojos y se imagina presentándose ahí, deslumbrante, igual que aquella gimnasta legendaria a la cual le debe su nombre, la que llenó de gloria a su país, hace más de dos décadas… muchas chicas de su edad se llaman como ella en su honor. Abre los ojos; es tarde y tiene que buscar a su hijo en la casa de una vecina. Sólo espera poder sortear con éxito a los uniformados que invaden el barrio. La noche es profunda y se interna en ella librando su propia batalla contra el miedo.

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