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La clase obrera ante el bicentenario

Los que ganaron con el “modelo nacional y popular”

El gobierno de los Kirchner contó con una situación internacional muy favorable durante el mayor tiempo de sus dos mandatos, expresada en lo que hace a nuestro país en una fuerte suba de los precios de los productos agrarios destinados a la exportación. Esto, mas la brutal caída del costo salarial provocada por la devaluación, es central para entender el crecimiento del PBI que se produjo en este período y la disponibilidad de recursos producto de los superávit comercial y fiscal con que contaron tanto Néstor como Cristina.

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13 de mayo 2010

El gobierno de los Kirchner contó con una situación internacional muy favorable durante el mayor tiempo de sus dos mandatos, expresada en lo que hace a nuestro país en una fuerte suba de los precios de los productos agrarios destinados a la exportación. Esto, mas la brutal caída del costo salarial provocada por la devaluación, es central para entender el crecimiento del PBI que se produjo en este período y la disponibilidad de recursos producto de los superávit comercial y fiscal con que contaron tanto Néstor como Cristina.

Hasta fines de 2007, los Kirchner tuvieron su momento más favorable, permitiendo a las distintas fracciones capitalistas ganancias de gran envergadura, mientras permitían una recuperación del salario real hasta los niveles previos a la devaluación. Ya en el 2007 el salario real se estanca y comienza un leve declive. En marzo de 2008 se produce el conflicto con las patronales agrarias por el aumento de las retenciones, cuestión que expresaba la necesidad del gobierno de conseguir nuevos fondos para seguir manteniendo simultáneamente el pago de la deuda externa y los subsidios a los diversos sectores patronales. Lo cierto es que esta disputa mostró que fue justamente uno de los sectores que más ganó durante el kirchnerismo quien exigía una redistribución de fuerzas al interior del bloque dominante y mayor peso político a la hora de decidir la política económica. En este objetivo los patrones agrarios lograron encolumnar a la gran mayoría de las clases medias y lograr el fortalecimiento de un variopinto arco de oposición política al kirchnerismo.

Luego, en el 2009, se combinaron la crisis económica internacional con la derrota política del gobierno en las elecciones del 28 de junio, que lo dejó con minoría en la Cámara de Diputados y en un virtual empate en el Senado. Sin embargo, otra vez el auxilio llegó desde afuera. Una nueva burbuja de las materias primas y un aumento de la producción automotriz destinada a la exportación a Brasil y México permitieron la recuperación económica de estos últimos meses. Los sectores centrales de la burguesía prefirieron así aprovechar el momento para materializar altas ganancias y limitar por ahora el embate “destituyente”.

Esta situación le ha permitido al kirchnerismo en la coyuntura una cierta recomposición política. Aunque los K tienen una alta imagen negativa, en estos meses han avanzado en dar un discurso más homogéneo a los sectores que forman parte de su base política: el grueso de los gobernadores e intendentes del PJ, el sector moyanista que encabeza la CGT y el de Yasky que lidera la CTA y amplios sectores del llamado progresismo, que agrupan artistas e intelectuales, los organismos de derechos humanos y parte importante del aparato universitario. Para aglutinar a estos últimos sectores, los K han recurrido al mecanismo de polarizar con diversas corporaciones, como el Grupo Clarín, la justicia, la Sociedad Rural, etc.

Los Kirchner persistentemente tratan de demostrar que su política ha sido favorable a los intereses de los trabajadores y los sectores populares, a diferencia de lo que habría ocurrido en los ’90. Para ello recurren al artilugio de comparar la situación actual con la que se vivía en el 2002 o en el 2003. Una comparación de este tipo, sin embargo, es similar a la que hacía el menemismo en 1994 o en 1997 y contrastaba los datos sobre pobreza o salario con los de 1989 en plena hiperinflación de Alfonsín.

Si por el contrario contrastamos históricamente los resultados de los gobiernos K, vemos que son las patronales las grandes beneficiarias y que a la clase trabajadora buscan conformarla con migajas.

Mientras que el salario real, como mostramos en el gráfico que reprodujimos anteriormente, apenas alcanzó en el 2007 los niveles ya bajos del 2001 (y este año ha caído producto de la inflación), la participación de los asalariados en el reparto de la renta nacional es directamente más baja en un 3% que en aquel momento, cayendo de un 31 a un 28% para el 2007 (y no hay ningún dato de que esta situación haya cambiado algo) (Ver Gráfico n° 2).

Otro trabajo (Ver Gráfico n° 3) muestra algo similar, sólo que viendo el proceso a más largo plazo.

Peor es la situación para los trabajadores si lo que contrastamos no es el salario real sino el salario relativo, es decir si comparamos como se movieron los ingresos de los obreros en relación con la ganancia de los capitalistas. A esto se refería Marx cuando decía en Trabajo Asalariado y Capital: “ni el salario nominal (…) ni el salario real (…) agotan las relaciones que encierra el salario. El salario se halla determinado, además y sobre todo, por su relación con la ganancia, con el beneficio obtenido por el capitalista: es un salario relativo, proporcional (…) Puede ser que el salario real continúe siendo el mismo e incluso aumente, y no obstante disminuya el salario relativo”.

Una investigación muestra que “si se considera el acumulado de rentabilidad de las 500 principales empresas para todo el período 2000-2006, el salario relativo ha disminuido comparado con el acumulado de un período que registró años de fuerte crecimiento económico y similar en cantidad de años, tal como el que va entre los años 1993-1999” (Paula Bach, El salario relativo en la Argentina de la devaluación”). El estudio demuestra además que la tasa de explotación arrojó un promedio de 69% durante el período de Menem, pero de 130 % entre 2000 y 2006.

El Gráfico n° 4, elaborado por el equipo de Eduardo Basualdo, muestra el mismo proceso de disminución del salario relativo aunque considerando otras variables.
Esto mismo es reconocido por el economista afín al gobierno Alfredo Zaiat al interpretar el gráfico, cuando afirma que “el costo laboral expresado en moneda extranjera en el sector industrial se redujo drásticamente, con la megadevaluación de 2001, al descender un 75 por ciento. En los años posteriores, el alza de ese costo por unidad de producto ha sido muy leve, ubicándose un 70 por ciento por debajo del registrado en el segundo trimestre de 2001. En tanto, el salario real alcanzó una mejora del 20 por ciento en su máximo en la mitad de 2007, para luego registrar un leve retroceso” (Alfredo Zaiat, “Costos laborales”, Página 12, 28-02-2010).

O sea, que los capitalistas cuentan con un margen de ganancia superior al haber caído drásticamente el costo salarial en dólares con la devaluación y no haber tenido un aumento significativo bajo el kirchnerismo.

Sin embargo, hasta el momento estamos considerando promedios salariales, donde la fracción de los trabajadores que está en blanco y tiene mejores convenios (el sector que año tras año puja para que suban el mínimo no imponible del mal llamado impuesto a las ganancias) empuja todas las cifras hacia arriba. Según las mismas cifras oficiales del INDEK, un 30% de los asalariados gana $1.000 o menos, la mitad gana apenas $1.500 o menos y un 70% de $2.000 para abajo. Alrededor de un 40% de la clase obrera está en negro y son muchos más los que sufren los distintos tipos de contratos basura generalizados en el menemismo y que continúan en vigencia. Entre los trabajadores rurales, la cifra de los que está en negro llega al 75% y entre las trabajadoras domésticas a casi el 95%. El 75% de los jubilados y pensionados, por su parte, percibe la jubilación mínima, que apenas supera los $1000.

Para gran cantidad de trabajadores la jornada de ocho horas es una quimera. O se ven obligados a hacer horas extras por los bajos ingresos o se encuentran bajo el régimen de “turno americano”, que implica trabajar cuatro días 12 horas y luego dos de descanso.
El gobierno K sostiene también que la gran muestra de que defiende los intereses populares es la implementación de la Asignación Universal por Hijo. Sin embargo, los gastos de la misma implican tan sólo un 0,58% del PBI.

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