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A 70 años de la fundación de la IV Internacional

La derrota del proletariado alemán y la lucha por nuevos partidos y una nueva Internacional

En septiembre de 1938, León Trotsky y su corriente fundaban la IV Internacional, ante la debacle de la Internacional Comunista, disciplinada totalmente a Stalin. Este fue el resultado inevitable del proceso iniciado en Rusia en 1923, con el comienzo de la burocratización del partido bolchevique y del Estado obrero. Durante todo 2008, con motivo del 70° aniversario de la fundación de la IV Internacional, damos a conocer su historia desde los orígenes de la Oposición de Izquierda en Rusia hasta el asesinato de su fundador a manos de un sicario stalinista, en 1940.

3 de julio 2008

En las elecciones parlamentarias del 5 de marzo de 1933 -Hitler ya había sido designado canciller (jefe de gobierno), el partido nazi ganó abrumadoramente1. El triunfo de Hitler fue conseguido sin resistencia por parte del proletariado alemán2. El sectarismo de la III Internacional y el seguidismo burgués tradicional de la II Internacional, fueron las pinzas que paralizaron al movimiento obrero más poderoso de Europa3.
Recordemos que los trotskistas consideraban que la traición del Partido Comunista alemán significaba, por la magnitud y las consecuencias de la derrota para el proletariado alemán e internacional, un crimen comparable al cometido por la II Internacional en 19144, mostrando su desbarranque como organización revolucionaria y por lo tanto la necesidad de crear un nuevo partido revolucionario: “Hay que decirlo claramente, llanamente, abiertamente, el estalinismo ha tenido en Alemania su 4 de agosto. En adelante, los obreros avanzados sólo hablarán del período de la dominación de la burocracia estalinista con un ardiente sentido de vergüenza, con palabras de odio y maldición. El Partido Comunista alemán oficial está sentenciado. De ahora en adelante, sólo se descompondrá, se desmoronará y se deshará en el vacío. El comunismo alemán sólo puede renacer sobre una nueva base y con una nueva dirección (…) El proletariado alemán se levantará de nuevo, el estalinismo, jamás. Bajo los terribles golpes del enemigo, los obreros avanzados alemanes tendrán que construir un nuevo partido. Los bolcheviques-leninistas dedicarán todas sus fuerzas a esta labor”5.

La necesidad de construir nuevos partidos comunistas y una nueva internacional

El hundimiento del Partido Comunista alemán dejaba todavía pendiente el problema del destino de la Internacional Comunista (IC), ante el cual a la burocracia estalinista podía adoptar dos caminos: una revisión completa de su política y del régimen de partido, o, por el contrario, la estrangulación completa de toda señal de vida en las secciones de la IC.
La respuesta pronto corroboró el pronóstico que la Oposición de Izquierda barajaba como más probable: “la dirección de Moscú no sólo proclamó como infalible la política que garantizó el triunfo de Hitler, sino que también prohibió toda discusión de lo ocurrido. Y esta prohibición vergonzosa no fue ni violada ni echada abajo”.6 De esta manera, Alemania no sólo había decidido el futuro del PCA sino también de la IC. A partir de ese momento la Oposición de Izquierda dejaba de ser fracción de la IC, sus secciones pasaban a constituir embriones de nuevos partidos para preparar la construcción de una nueva Internacional, la Cuarta.

La desastrosa política de los grandes partidos de la clase obrera abrió distintas discusiones entre la vanguardia y los grupos de izquierda. Uno de ellos, fue el SAP alemán (del que ya hablamos en la nota anterior). El programa que levantaba la dirección de ese partido se reducía a una propaganda abstracta sobre el frente único que los liberaba de la lucha práctica, mientras que sus críticas al PCA eran hechas desde una posición vacilante, más cercana a una visión socialdemócrata - tradición de la que provenía gran parte de su dirección y militantes- disidente, ocultándose de ello, en un supuesto “independientismo”. La dirección del SAP, formada por viejos políticos acostumbrados a dirigir un gran aparato, bajo la crítica cierta de los intereses mezquinos de los viejos partidos, señalaba que los “intereses de clase están por encima de los intereses de partido”. Trotsky que consideraba esta posición fruto de un sentimentalismo político o peor aún, el disimulo, bajo frases sentimentales, de sus propios intereses partidarios, enfrentó esa posición: “El partido es el órgano histórico por medio del cual el proletariado accede a la conciencia de clase (…). La progresión de la clase obrera hacia la toma de conciencia, es decir, el resultado del trabajo del partido revolucionario que arrastra tras de sí al proletariado, es un proceso complejo y contradictorio. La clase no es homogénea. Sus distintas partes accederán a la toma de conciencia por caminos diferentes y a ritmos diferentes. La burguesía toma una parte activa en este proceso. Crea sus órganos dentro de la clase obrera y utiliza los que ya existen para oponer ciertas capas de obreros a otras. Diferentes partidos actúan simultáneamente en el seno del proletariado. Es por esto por lo que continúa dividido políticamente durante una gran parte de su camino histórico. Esto explica que se presente, en ciertos períodos particularmente graves, el problema del frente único. Cuando sigue una política correcta, el partido comunista expresa los intereses históricos del proletariado. Su tarea consiste en ganar a la mayoría del proletariado: solamente así será posible la revolución socialista”7.

Dado que tanto la socialdemocracia como el partido comunista, surgidos separados por medio siglo y ambos provenientes de la teoría marxista, tuvieron como final tan funesta traición, se planteó otro debate con quienes, escépticos, desconfiaban de la posibilidad de un nuevo agrupamiento revolucionario: ‘¿Qué garantía hay de que la nueva camada revolucionaria no correrá la misma suerte?’. Trotsky enfrentaba el pesimismo de sectores de la vanguardia: “Las causas del derrumbe de la socialdemocracia y del comunismo oficial no deben buscarse en la teoría marxista ni en los defectos de quienes la aplicaron sino en las circunstancias concretas del proceso histórico. No se trata de la contraposición de principios abstractos sino de la lucha de fuerzas históricas vivas, con sus inevitables flujos y reflujos, con la degeneración de las organizaciones, con la desaparición de generaciones enteras y con la necesidad que ello supone de movilizar fuerzas nuevas en una nueva etapa histórica. Nadie se ha tomado la molestia de allanarle al proletariado el camino del alza revolucionaria. Es necesario avanzar con estancamientos y retrocesos inevitables, por un camino plagado de innumerables obstáculos y de la escoria del pasado. Los que se asustan ante esta perspectiva harán bien en hacerse a un lado”8.

Por último, militantes de la Oposición de Izquierda se preguntaban si era el momento de romper con la IC que aún agrupaba a millones de obreros de vanguardia. Otros grupos de izquierda, que habían roto mucho antes, en cambio, consideraban tardía la ruptura. Con estos últimos la diferencia estaba en que la decisión de la OII de romper con la IC no respondía a la “propia desilusión” subjetiva sino a la marcha objetiva de la lucha de clases. Tomando este último criterio -y el factor tiempo en política- la orientación de la burocracia estalinista en China había sido tan nefasta como en Alemania, sin embargo, había ocurrido a espaldas del proletariado mundial y las posiciones de la Oposición difícilmente se conocieron más allá de la URSS. En Alemania, las posiciones de los trotskistas pudieron ser conocidas en cada fase hasta el triunfo de Hitler, permitiendo anunciar por adelantado todo su curso y demostrar, a los ojos del proletariado mundial, la traición histórica del PCA. Pero este combate ya no podía darse en las filas de la IC: su destino había sido sellado, tras la derrota de Alemania, por la camarilla burocrática estalinista, que imposibilitaba la más mínima expresión disidente en su interior.

Lo cierto es que la desintegración de ambas direcciones, provocó que cientos de miles de obreros, especialmente en Alemania se alejaran del comunismo hacia el fascismo o el indiferentismo, mientras en el terreno internacional, millones de obreros mayoritariamente provenientes de la socialdemocracia, bajo el impacto de la propia derrota, evolucionaban hacia la izquierda.

El centrismo de masas y los grupos centristas

Trotsky percibió, como nadie, la aparición de un nuevo fenómeno político, surgido luego del triunfo del nazismo en Alemania en 1933: el centrismo de masas. Resultado del triunfo del nazismo en Alemania, las masas europeas comenzaron a tomar conciencia del peligro que pendía sobre sus cabezas y se dispusieron para el combate en defensa de sus conquistas democráticas estrechamente ligadas a la revolución social para lograrlo. La orientación a izquierda de las masas, un movimiento de enorme dimensión característico de las situaciones de revolución y contrarrevolución, tuvo su reflejo en los partidos de masas, sobre todo en los de la II Internacional de manera centrífuga y centrípeta. Por un lado, surgieron nuevos grupos y partidos de vanguardia a lo largo y ancho de Europa de la ruptura con los partidos de dicha Internacional, y en menor medida con los partidos comunistas. Por el otro, con la afluencia de sectores de masas, surgieron tendencias radicalizadas de decenas de miles de obreros y de la juventud al interior de los partidos socialistas, cuestión que se hará patente en España y Francia, como veremos en próximos artículos.

Estos nuevos grupos y partidos que rompieron producto de la crisis de los grandes partidos reformistas y de la orientación a la izquierda que asumió el movimiento de masas, eran centristas ya que se caracterizaban por sus posiciones ambiguas que oscilaban entre la reforma y la revolución y que de conjunto abarcaban, al decir de Trotsky, “todos los colores del arco iris”.

Este nuevo fenómeno planteó nuevas tareas a la Oposición de Izquierda Internacional. Trotsky analizó la dinámica de estos agrupamientos centristas, al tiempo que planteaba que era vital intervenir y entablar discusiones con todas las organizaciones, tomando como base el documento programático votado en su Preconferencia,9, para acelerar el proceso de evolución de las organizaciones -más afines a las ideas de la OII-, hacia las ideas revolucionarias: “Las tareas políticas de nuestra época son tan apremiantes, la presión de las clases enemigas es tan poderosa -a ello hay que agregar las intrigas de la burocracia reformista y de la stalinista -que sólo un poderoso vínculo ideológico sobre bases marxistas firmes puede proporcionarle a la organización revolucionaria la capacidad de defenderse de las corrientes hostiles y de conducir a la vanguardia proletaria a una nueva situación revolucionaria10”. Para Trotsky, las bases de una nueva Internacional revolucionaria no podían resolverse ni mediante el oportunismo programático ni a través de la “autoproclamación” en el terreno organizativo: “La Internacional revolucionaria no se puede formar de otro modo que a través de la lucha constante contra el centrismo. En estas condiciones, la intransigencia ideológica y una política flexible de frente único son los dos instrumentos para lograr el mismo objetivo”11.

La táctica del “Bloque de los 4”

Acorde con esta política los trotskistas promueven la formación de un bloque, que finalmente se conoció con el nombre de Bloque de los Cuatro. El acuerdo firmado por la OII con grupos centristas, dos holandeses, el RSP y el OSP, y el SAP alemán, contenía puntos programáticos y un método común para explorar las posibilidades de unificación en una misma organización (la formación de una comisión permanente, con miembros de cada organización, que se propuso la elaboración de un manifiesto programático, entre otras resoluciones)12.
Uno de los puntos programáticos definía que: “Aunque dispuestos a cooperar con todas las organizaciones, grupos y fracciones que realmente evolucionan desde el reformismo o el centrismo burocrático (stalinismo) hacia la política del marxismo revolucionario, los abajo firmantes declaran al mismo tiempo que la nueva internacional no podrá tolerar ninguna conciliación con el reformismo o el centrismo. La necesaria unidad del movimiento obrero no se logrará mezclando las concepciones reformistas con las revolucionarias ni adaptándose a la política stalinista, sino combatiendo la política de ambas internacionales en bancarrota. Para ser digna de este objetivo, la nueva internacional no debe permitir ninguna desviación de los principios revolucionarios en los problemas que hacen a la insurrección, la dictadura proletaria, la forma soviética del estado, etcétera.”

De esta forma, la OII intervino en la Conferencia de las Organizaciones comunistas y socialistas de izquierda realizada a fines de 1933 y en la que se plasmaron básicamente tres posiciones. La de izquierda representada por el “Bloque de los 4”, pero que era una posición minoritaria, otra vacilante, entre la primera y la mayoría: una derecha dirigida por el Partido Laborista Noruego (NAP), que aún abrigaba ilusiones en la II y la III Internacional motivo por el cual se negaba a proclamar la necesidad de construir una nueva Internacional. Dos de los grupos del Bloque de los 4, firmaron también la posición mayoritaria. Trotsky consideraba que las diferencias con los grupos del Bloque de los 4 no se podían dirimir mediante “ultimatums” o amenazas de expulsión, sino mediante la experiencia en la práctica común, una relación franca donde se discutieran abiertamente las diferencias, convencido que la marcha de los acontecimientos permitiría revelar, por ejemplo, la imposibilidad de participar en ambos bloques.