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Lucha de Clases N° 6

La crisis del ’30 y la lucha obrera en Norteamérica

“La gente viene con redes a pescar al río y los vigilantes se lo impiden; vienen en coches destartalados para coger las naranjas arrojadas, pero han sido rociadas con kerosene. Y se quedan inmóviles y ven las patatas pasar flotando, escuchan chillar a los cerdos cuando los meten en una zanja y los cubren con cal viva, miran las montañas de naranjas escurrirse hasta rezumar podredumbre; y en los ojos de los hambrientos hay una ira creciente. En las almas de las personas las uvas de la ira se están llenando y se vuelven pesadas, listas para la vendimia” (John Steinbeck, Las uvas de la ira, 1939)

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1ro de octubre 2008

“La gente viene con redes a pescar al río y los vigilantes se lo impiden; vienen en coches destartalados para coger las naranjas arrojadas, pero han sido rociadas con kerosene. Y se quedan inmóviles y ven las patatas pasar flotando, escuchan chillar a los cerdos cuando los meten en una zanja y los cubren con cal viva, miran las montañas de naranjas escurrirse hasta rezumar podredumbre; y en los ojos de los hambrientos hay una ira creciente. En las almas de las personas las uvas de la ira se están llenando y se vuelven pesadas, listas para la vendimia” (John Steinbeck, Las uvas de la ira, 1939)

De repente, el precipicio y caer. Fue un 24 de octubre de 1929 cuando Norteamérica despertó sin poder abrir los ojos. Aquel jueves fatídico, el país quedó preso de la mayor pesadilla de toda su historia: la bolsa de New York, el mayor mercado de valores del planeta, se hundía arrastrando con él a miles de inversores. La Gran Depresión de los años ’30 se preanunciaba.

Una de las características de la recuperación económica de los años 20 en EE.UU. había consistido en el desarrollo de la especulación financiera con una permanente recurrencia al crédito fácil y a la venta a plazos para que las mercancías producidas encontrasen compradores. Así, la economía y el ciudadano estadounidense se endeudaron sin más.
Se adquirían grandes cantidades de acciones a bajo precio, para venderlas ni bien subía su cotización. Los bancos prestaban dinero con la sola garantía de las acciones adquiridas. Y todo el mundo invertía en la Bolsa. “Negocios fáciles y rápidos”, parecía ser la fórmula del gran sueño americano.

“Muy pronto, un negocio mucho más atractivo que el teatral – relata Groucho Marx en sus memorias - atrajo mi atención y la de mi país. Era un asuntillo llamado mercado de valores (...). Si uno compraba ochenta mil dólares de acciones, sólo tenía que pagar en efectivo veinte mil, el resto se le dejaba a deber al agente (...). El mercado seguía subiendo y subiendo (...) nadie vendía una sola acción. La gente compraba sin cesar (...). El fontanero, el carnicero, el hombre del hielo, todos anhelando hacerse ricos arrojaban sus mezquinos salarios –y en muchos casos los ahorros de toda la vida – en Wall Street (...)”1.

Pero el final llegó cuando ciertos inversores, intranquilos por los indicios de debilidad del mercado, decidieron vender.

Súbitamente, se entró en pánico. Todos quisieron desprenderse de sus valores a cualquier precio, pero la oferta masiva no encontró compradores y los títulos se devaluaron vertiginosamente: las acciones ya no valían nada. De repente, más de un millón de familias quedaron en la ruina total.

Los ahorristas retiraron sus depósitos bancarios y los bancos vendieron sus propias acciones con el fin de obtener liquidez. Anulada su capacidad crediticia, 600 de ellos fueron a la quiebra. Las empresas quedaron privadas de financiación y las que no cerraron (32.000 firmas desaparecieron entre 1929 y 1932), redujeron sensiblemente la producción junto con su personal.

La combinación de restricción de créditos, quiebras bancarias y cierre de empresas originó una desocupación descomunal (más de 15 millones de desempleados). El valor de los salarios cayó de modo abrumador.
“(...) La nación entró vacilante al segundo invierno de la depresión y el desempleo comenzó a volverse una forma de vida (...) el frío era terrible en las viviendas sin calefacción, en las posadas que olían a sudor y desinfectantes, en los parques, en los furgones vacíos y a lo largo de los muelles. Sin dinero para el alquiler, los hombres sin trabajo y todas sus familias comenzaron a levantar barracas donde encontraban tierra desocupada. A lo largo de los terraplenes de los ferrocarriles, al lado de los incineradores de desperdicios, en los basureros de las ciudades, aparecieron poblados de cartón embreado y hojalata, cajas viejas de empaque y carrocerías de automóvil inservibles (…)2.

El alcoholismo y la delincuencia cobraron un vigor inusitado y las diferencias raciales se convirtieron en racismo declarado. Las organizaciones de caridad (como la Cruz Roja o el Ejercito de Salvación) brotaron por todas partes. Pero lejos de ser una solución, reforzaron el patetismo del paisaje: los brazos fuertes que antes producían, ahora desfilaban abatidos en largas colas para recibir una miserable taza de caldo o un pedazo de pan.

La situación en el campo no era mejor. Mientras se destruían cosechas enteras para mantener los precios agrícolas, los campesinos hambrientos y desposeídos, emigraban en masa a las ciudades. EE.UU. se había convertido en un país fantasmal.

En 1932, Franklin Roosevelt llegaba a la presidencia. Con el New Deal (Nuevo Trato) busca superar la crisis mediante una fuerte intervención estatal, inyectando dinero, subsidiando empresas y a los grandes productores rurales. Se implementa un plan de obras públicas, seguros de asistencia social y se otorgan concesiones a sectores del movimiento obrero, como leyes de sindicalización. Sin embargo, aunque se logra una recuperación parcial de la economía (especialmente entre 1936 y 1937) persiste un desempleo elevado del 18% en 1935, 14% en 1936 y 12% en el 37 volviendo al 20% en 1938 (había llegado al 25% en 1933).

Roosevelt logra cooptar a una nueva dirigencia sindical. A los trabajadores se les reconoce el derecho a organizarse, pero allí donde existen conflictos duros, el gobierno interviene para salvar a los patrones y quebrar a los obreros, “de manera sutil por mediadores codificados del gobierno, o de manera brutal, por gángsters privados, la policía o la milicia”3

La demagogia gubernamental con sus promesas ilusorias o las concesiones otorgadas, no alcanzaron para apaciguar el descontento.
En 1933, la clase obrera norteamericana comenzaba a salir de su letargo. Es el preludio de un fuerte proceso de insubordinación, cuyo resultado serán las dos oleadas huelguísticas (1934 - 1936/37) más grandes de toda su historia. Las uvas de ira habían madurado y estaban listas para la vendimia.

A continuación presentamos la lucha de los desocupados de 1932, la huelga de Toledo de 1934 y la de Flint de 1936. Ellas, junto con Minneapolis de 1934 (proceso al que le dedicamos el número 4 de este suplemento) y la huelga del puerto de San Francisco, fueron hitos sobresalientes de este período.

Con estas gestas, donde sobresale por primera vez el papel desempeñado por los desocupados, la radicalidad en las acciones y la huelga dura y las ocupaciones, la clase obrera de Estados Unidos escribe una página sobresaliente de la historia de la lucha de clases mundial.

Prensa

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