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La clase obrera ante el bicentenario

El "ensayo general revolucionario" de los ´70

Gracias a la dirigencia sindical burocrática, la autodenominada “revolución argentina” logró durante un par de años disciplinar a los trabajadores y favorecer los negocios capitalistas, en particular a los sectores del capital más concentrado. Pero a la burguesía la esperanza de doblegar a la clase obrera le duró poco. Como parte de un proceso de ascenso obrero, popular y juvenil abierto a nivel mundial y desatado un año antes (con el mayo francés como símbolo), en mayo de 1969, las acciones de obreros y estudiantes en Corrientes, Rosario y, especialmente, en Córdoba, cambiaron la situación política del país, hiriendo de muerte al onganiato.

PTS

13 de mayo 2010

Gracias a la dirigencia sindical burocrática, la autodenominada “revolución argentina” logró durante un par de años disciplinar a los trabajadores y favorecer los negocios capitalistas, en particular a los sectores del capital más concentrado. Pero a la burguesía la esperanza de doblegar a la clase obrera le duró poco. Como parte de un proceso de ascenso obrero, popular y juvenil abierto a nivel mundial y desatado un año antes (con el mayo francés como símbolo), en mayo de 1969, las acciones de obreros y estudiantes en Corrientes, Rosario y, especialmente, en Córdoba, cambiaron la situación política del país, hiriendo de muerte al onganiato. El general que pensaba quedarse 20 años en el poder tuvo que renunciar un año después de la semi insurrección cordobesa, donde 50.000 manifestantes encabezados por los obreros de las automotrices y de Luz y Fuerza levantaron barricadas y tomaron prácticamente el control de la ciudad durante varias horas. Estos acontecimientos abrieron una etapa revolucionaria en nuestro país que sólo sería cerrada con el golpe genocida del 24 de marzo de 1976. En esos años surgió una numerosa, radicalizada y combativa vanguardia obrera y juvenil, que nutrió las filas de las organizaciones de izquierda, muchas de las cuales optaron por la guerrilla, ya sea en su versión peronista (Montoneros) o guevarista (el PRT-ERP). La guerrilla nunca sostuvo como estrategia de poder que la clase obrera desarrollara organismos de autodeterminación de clase, de tipo similar a lo que fueron los soviets (consejos) en la revolución rusa, sino la construcción de una fuerza militar que se desarrollaría al margen de las organizaciones de masas de la clase obrera. Además tuvo una política contraria a la independencia política de los trabajadores, ya sea planteando una alianza con la burguesía nacional, en el caso de Montoneros, o mediante una política “frentepopulista” en el el caso del PRT-ERP. Por su parte, las corrientes trotskistas de la época, la más importante de las cuales era el Partido Socialista de los Trabajadores (PST), no supieron ser alternativa.

La intensa lucha de clases protagonizada por la clase obrera es el factor fundamental que explica no sólo que la burguesía haya recurrido a la vuelta de Perón del exilio para tratar de actuar como dique de contención de la radicalización obrera y juvenil, sino del crecimiento experimentado en esos años en el salario real y en la participación de los asalariados en la renta nacional, que llegó entre 1974 y 1975 a sus mayores niveles históricos.

Después de valerse de su ala izquierda para llegar al poder, expresada por la llamada Tendencia Revolucionaria del peronismo de la que Montoneros era su principal componente, Perón emprendió una progresiva derechización, apoyando a la burocracia sindical y propiciando leyes represivas como forma de sostener el llamado “pacto social”, que fue el eje de su política económica. Después de la llamada “masacre de Ezeiza” del 20 de junio de 1973 (cuando la derecha peronista organizó la represión contra las columnas de la Juventud Peronista), Perón forzó la renuncia del presidente Cámpora y de los gobernadores que eran considerados afines a la Tendencia Revolucionaria. En la nueva elección presidencial de septiembre de 1973 impuso la presencia de su mujer, Isabel Perón, en la fórmula de gobierno. También alentó el surgimiento de bandas represivas para estatales, que tomaron el nombre de Alianza Anticomunista Argentina (conocidas como Triple A), conformadas por grupos de choque de la burocracia sindical, policías, militares y sectores de la derecha peronista, cobijadas en particular por el entonces ministro de Bienestar Social José Ignacio López Rega. La Triple A asesinó entre 1973 y 1976 alrededor de 1500 luchadores obreros y populares.

La muerte de Perón el 1 de julio de 1974 se produjo en momentos en que la crisis capitalista internacional (conocida como la “crisis del petróleo”) comenzaba a golpear en el país. Después de un momento de fuerte subas de los productos agrarios que Argentina exportaba, los precios se derrumbaron, así como las ventas al Mercado Común Europeo. El “pacto social” hacía agua, cuestionado por izquierda por los trabajadores que querían recuperar la caída salarial y por derecha por los empresarios que empujaban el alza de los precios. A comienzos de junio de 1975, el gobierno peronista de Isabel y López Rega intentó dar un fuerte golpe contra la clase obrera con el llamado Plan Rodrigo (nombre del flamante ministro de Economía), que establecía una fuerte caída en los ingresos de los trabajadores y las clases medidas en beneficio de los exportadores y los sectores capitalistas más concentrados. Esto generó una poderosa respuesta de la clase obrera, que pasó a la historia con el nombre de “jornadas de junio y julio de 1975”, donde cobraron fuerza las coordinadoras interfabriles, y se desarrolló la primera huelga general contra un gobierno peronista.

Las coordinadoras agrupaban principalmente a las comisiones internas y cuerpos de delegados que se oponían a la burocracia sindical y ganaron gran poder de movilización, fundamentalmente en los cordones industriales del Gran Buenos Aires, pero también de Córdoba (donde los sectores combativos se agrupaban en la Mesa de Gremios en Lucha), Rosario y otras ciudades del interior del país. Incluían a muchas de las principales fábricas del país. Ante el temor de ser desbordada, y frente a la negativa del gobierno de Isabel a homologar los aumentos que se habían logrado en las negociaciones paritarias, la propia burocracia sindical, que se había opuesto fuertemente a las primeras movilizaciones, tuvo que llamar a la lucha. López Rega, Rodrigo y otros ministros cayeron, y los convenios fueron finalmente homologados, pero el gobierno de Isabel se sostuvo y la clase capitalista se preparó para una nueva ofensiva. Mientras junto con políticos como el radical Ricardo Balbín llamaban a la represión del activismo obrero al que tildaban de “guerrilla fabril”, la burguesía (que se nucleaba en la Asamblea Permanente de Entidades Gremiales Empresarias -APEGE-, donde estaban el CEA, la Sociedad Rural, la UIA, CRA y la COPAL entre otras) llegó a la conclusión que el peronismo se había vuelto incapaz para contener a la clase obrera. El golpe del 24 de marzo, orquestado por el conjunto de la clase dominante, fue el resultado de esta conclusión. Era necesario disciplinar a una clase obrera que había acumulado numerosas experiencias de lucha y contaba con un numeroso activismo (gran parte del cual sostenía posiciones que tendían al clasismo) y poderosas organizaciones de base. Este fue el principal blanco de los golpistas, que no por casualidad el mismo 24 de marzo rodearon con tanquetas y camiones del ejército y la marina las principales fábricas del país para llevarse detenidos a numerosos delegados y activistas, muchos de los cuales engrosan la lista de los 30.000 compañeros desaparecidos.

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