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Internacional

EGIPTO HACIA JORNADAS DECISIVAS

Entre la movilización popular y la trampa del “diálogo” ¡Abajo Mubarak y el régimen de la dictadura!

El inicio de conversaciones con algunas mezquinas ofertas de “apertura” de parte del gobierno no han desactivado las protestas.

Eduardo Molina

10 de febrero 2011

El inicio de conversaciones con algunas mezquinas ofertas de “apertura” de parte del gobierno de Mubarak y Suleiman no han desactivado las protestas. El martes 8/2 cientos de miles de manifestantes se concentraron en El Cairo y otras ciudades desde Alejandría a Asuán al grito de “¡Fuera Mubarak!” mientras los trabajadores de numerosas empresas y fábricas, entre ellos los del estratégico canal de Suez, entraban en huelga y en algunos lugares se producían choques con la policía, reportándose al menos 5 muertos. Es la tercer semana de movilizaciones que, conmoviendo a Egipto hasta los cimientos, abrieron un proceso revolucionario de inmensos alcances. Con el empuje de esa primera fase, y pese al costo de al menos 300 muertos, 1.500 heridos y miles de detenidos o golpeados por la cruenta represión, las masas quebraron el estado de emergencia y pusieron contra las cuerdas al gobierno del viejo dictador. Pero después de la gran concentración del 4/2 llamada “día de salida”, Mubarak no renunció y se produjo un momento de impasse que la camarilla gobernante intenta utilizar a su favor con el respaldo del imperialismo, el alto mando militar y la gran burguesía egipcia.

El gobierno Mubarak-Suleiman y la trampa del diálogo

Se formó de hecho un nuevo gobierno. El viejo dictador mantiene la presidencia, pero sin concentrar personalmente la suma absoluta del poder, renunciando a la reelección y a sus sueños “dinásticos”. El recientemente nombrado vicepresidente Suleiman, que dirigió los servicios secretos, que tiene estrechos lazos con el imperialismo y parece contar con el apoyo de los principales jefes militares, es quien asume el rol activo rodeado de un nuevo gabinete para proponer un “diálogo” a la oposición, jugándose así a ganar tiempo, esperar el desgaste de la movilización y recomponerse, lo que permitiría imponer una solución claramente continuista.

Desde el domingo 4/2, Suleiman comenzó a montar un escenario de conversaciones con la oposición. Como parte de estas maniobras, el lunes se puso en funciones un nuevo gabinete e intentó mostrar un comienzo de “retorno a la normalidad” con la reapertura parcial del sistema bancario tras 9 días de cierre y otras medidas similares.

Pero el “diálogo” mostró la mezquindad de las ofertas, tardías e insuficientes a esta altura del proceso como para engañar a las masas y que la oposición, a pesar de su voluntad conciliadora, no pudo aceptar.

Suleiman pretende que “se ha fijado una clara hoja de ruta con un calendario para llevar a cabo un pacífico y organizado traspaso de poder” y que el dictador “ha firmado un decreto en virtud del cual forma una comisión que tendrá como misión aportar reformas a la Constitución” pero no han cedido ni su renuncia ni el levantamiento de la Ley de Emergencia que rige desde 1981 ni la disolución del Parlamento oficialista surgido de las fraudulentas elecciones pasadas.

La oposición le concedió “aire” al gobierno

Aunque rechazó hasta ahora los términos de Suleiman, la oposición otorgó “credibilidad” participando del diálogo, en un momento de extrema debilidad de Mubarak, sembrando ilusiones desmovilizadoras entre las masas. El Baradei, que ha ganado popularidad en sectores medios y a quien el imperialismo le ha reconocido sus buenos servicios, busca una “democratización” moderada.

Los Hermanos Musulmanes son la corriente política opositora más importante y con amplia base social. Sin embargo, es una corriente islamista “moderada” que incluye a sectores burgueses y sus líderes se muestran cada vez más conciliadores con el imperialismo, afirmando que “ningún cambio en Egipto debe ser radical respecto del vínculo que actualmente el país construyó con sus socios (...) Temen que un cambio de autoridades no respete la paz con Israel. Todo eso es un error. Por supuesto que se respetará la paz con Israel y se seguirá apostando a los vínculos con los socios internacionales actuales de Egipto” (Página/12, 8/2).

Es que los partidos opositores quisieran negociar una “transición” aceptable con el menor “caos” posible en las calles y temen que la caída del dictador bajo el embate de masas haga incontenible el desborde revolucionario.

Por otra parte, existen otros agrupamientos, como el “6 de abril”, que reúne sindicatos, movimientos sociales y grupos diversos bajo la bandera de Fuera Mubarak y viene jugando un importante rol en las protestas. Levantan posiciones más a la izquierda pero no parecen tener una política alternativa concreta para que el desarrollo de la movilización pueda dar un salto, derribar a Mubarak y al régimen.

¿Hacia jornadas decisivas?

Aún así, parece difícil que la ecuación Mubarak-Suleiman-Alto Mando, pese al respaldo imperialista y de la gran burguesía pueda descomprimir la situación con sus maniobras o lograr comprometer el apoyo de la oposición a un plan básicamente continuista y cuyas medidas son demasiado miserables y tardías como para conformar a las masas en ebullición.

El gobierno ha empezado a endurecer sus gestos, Mubarak amenazó con una “intervención militar” y podría intentar nuevas acciones represivas. Pero pasar de las amenazas a los hechos significaría recurrir a los militares para reprimir y arriesgarse a un enfrentamiento abierto con las masas por el control de calles, plazas y puentes. Hasta ahora, el Ejército, pilar clave del régimen y cuyo papel será esencial para cualquier plan de transición, desplegó tropas y tanques en las calles pero sin reprimir. Con ello busca preservarse para cumplir el papel de gran árbitro nacional y como reaseguro del orden burgués, tanto como evitar los riesgos de una división al enfrentarse con los trabajadores y el pueblo. La política de Mubarak-Suleiman lleva a un test de fuerzas con el movimiento de masas que pondrá a prueba a todos los actores, pero la relación de fuerzas no le es favorable y es posible que en estas circunstancias ni el conjunto de los militares ni el imperialismo –cuya política principal es la de reformas para una “transición ordenada”- estén dispuestos a acompañarlos hasta el final en lo que podría convertirse en un “autogolpe” de consecuencias imprevisibles. Robert Gates, el responsable del Pentágono acaba de alabar el papel del Ejército egipcio en las protestas como “ejemplar” en su “contención” y ratificó el pedido de una “transición democrática” en línea con la insistencia de Obama.

Es posible que se estén gestando jornadas decisivas para el desarrollo del proceso revolucionario en Egipto, lo que pone a la orden del día la encrucijada entre la necesidad de dar un salto en los métodos, objetivos y organización de la lucha, para forzar la caída de Mubarak y neutralizar o dividir al Ejército y el peligro de que la camarilla gobernante, la burguesía y el imperialismo logren recomponer el frente burgués y avanzar en una “transición” ordenada, sea en las variantes más continuistas y represivas, sea en un plan de “contrarrevolución democrática” con mayor dosis de concesiones y engaño cuyo objetivo no será sino estrangular el proceso revolucionario.

La respuesta obrera y popular

Las inmensas concentraciones y marchas del día 8/2 dejaron en claro el rechazo popular a la permanencia de Mubarak y mostraron nuevos pasos de radicalización no sólo en la marcha hacia el Parlamento y en consignas como juicio a Mubarak (ya no sólo que se vaya) sino en un salto en la intervención obrera, alentada por la maniobra demagógica del gobierno de ofrecer un 15% de aumento salarial a los empelados públicos, lo que detonó una inmensa oleada de luchas, con paros, concentraciones y marchas, que exigen equiparación, mejora en las condiciones laborales y contra la precarización, lo que ha desbordado completamente a la central oficialista ETUC. Este es un hecho de enorme importancia. Según El País (9/2), “la revuelta se ha ampliado con una dimensión laboral gracias a los paros y sentadas realizados en varias de las mayores empresas privadas de Egipto”. Al Jazeera y otros medios informan de decenas de paros en diversos sectores: petroleros, hospitales, transporte de pasajeros, constructores, electricistas, textiles, ferroviarios, químicos… Pero sobre todo, ha tenido un gran impacto la huelga de miles de trabajadores del Canal de Suez (una de las principales fuentes de ingresos de Egipto y por donde pasan diariamente 2 millones de barriles de petróleo) por mejores salarios y condiciones laborales.

Así mismo, se está fortaleciendo la influencia de sindicatos independientes como el de trabajadores de impuestos.

Esto permite extraer tres conclusiones: 1) las fuerzas de las masas están intactas y dispuestas a hacer un esfuerzo superior para derribar al dictador; 2) la creciente irrupción obrera plantea con fuerza la moción de la huelga general de masas para dar un salto en el movimiento; y 3) la convergencia de sectores avanzados de los trabajadores y la juventud está fortaleciendo a una amplia vanguardia y radicalizando sus consignas pese a la “moderación” de los partidos opositores.

Fuera Mubarak-Suleiman. No a la trampa de la “transición democrática”

El primer punto de un programa para la movilización lo están reafirmando los sectores avanzados que insisten en que Mubarak se vaya ahora. Y para esto, es preciso rechazar el “diálogo” con que el dictador y su socio enmascaran sus planes continuistas así como la tram pa de negociaciones para una “transición” que sólo buscaría evitar la caída revolucionaria del dictador o “acolchonarla” lo más posible para salvaguardar los intereses de la burguesía egipcia y el imperialismo.

El camino para imponera es la puesta en marcha de una verdadera huelga general política de masas que paralice todo el país. La espontaneidad, energía y entusiasmo de las masas necesitan condensarse mediante la más amplia autoorganización –comités en centros de trabajo, barrios populares y lugares de estudio– y su centralización por ciudades y a nivel nacional para dar el golpe decisivo al régimen mediante la huelga general, hacer pesar la voluntad de las masas independientemente de los partidos burgueses y comenzar a edificar un contrapoder obrero y popular frente al poder en crisis de la clase dominante.

Contra toda confianza en el rol de las Fuerzas Armadas, enfrentar los planes de Mubarak-Suleiman y sus amenazas de represión demanda la generalización de la autodefensa de masas hasta constituir una red de milicias obreras y populares, tarea inseparable del trabajo sobre la base del Ejército para aislar a la oficialidad moldeada por la dictadura y el imperialismo y ganar a la tropa, para que se organice y se ligue a la movilización popular.

Ninguna variante de “transición” burguesa resolverá las aspiraciones democráticas profundas del pueblo egipcio y mucho menos las demandas de trabajo, salarios, contra la carestía de la vida o la injerencia imperialista, que son los motores del levantamiento.

Las profundas aspiraciones democráticas del pueblo egipcio podrían expresarse conquistando sobre las ruinas del régimen y sus reaccionarias instituciones, una Asamblea Constituyente revolucionaria, donde los representantes libremente electos de las masas puedan debatir y decidir sobre los grandes problemas del país. Imponer un gobierno provisional de las organizaciones de lucha que construyan los trabajadores y el pueblo pobre será la garantía de su convocatoria. La lucha en esta perspectiva ayudaría a las masas a sacar la conclusión de que deben tomar el poder en sus propias manos, pues para conquistar el pan, el trabajo y la libertad hace falta llevar hasta el final el proceso revolucionario.

Un planteo político así alentaría el reagrupamiento revolucionario de la vanguardia al calor de la lucha, comenzando a forjar los estados mayores que puedan conducir los combates decisivos para el triunfo de la revolución egipcia.

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