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Revolución y contrarrevolución en Alemania - (Parte I)

02 Nov 2006 | Realizamos hoy la séptima entrega del seminario “Marx y las revoluciones del siglo XIX” dictado por Christian Castillo en el Instituto del Pensamiento Socialista “Karl Marx”.   |   comentarios

Como vimos a lo largo de la segunda conferencia, en febrero de 1848 comenzaba la revolución en Francia con el pueblo derribando a la monarquía constitucional de Luis Felipe. A partir de entonces la revolución se extendió como reguero de pólvora a lo largo y ancho de Europa. En la llamada Confederación Germánica el 13 de marzo estallaba la insurrección en Viena; dos días después comenzaba la revolución contra la opresión austríaca en Hungría; el 18 del mismo mes se produce una insurrección en Berlín; y una semana más tarde, en Italia, Milán se levanta contra la ocupación austriaca.
Recordemos que, en el Manifiesto Comunista, Marx preveía que un proceso revolucionario estallaría prontamente en Alemania. No se equivocaba: Alemania estaba efectivamente al borde de la explosión. Sólo que el contexto revolucionario es desde un comienzo más amplio, a partir de los hechos que se desarrollan tras los acontecimientos franceses de febrero. Ahora bien, ¿cuáles eran las características fundamentales de Alemania antes de la revolución?
 
Las características de Alemania en 1848
El territorio que en la época abarcaba Alemania no era un Estado nacional unificado, sino una confederación de treinta y ocho Estados que conformaban la Confederación Germánica, creada en 1815 en el Congreso de Viena, cuando se diseñó un orden político reaccionario para Europa luego de la caída de Napoleón. Junto al Imperio Austríaco y el reino de Prusia, las principales fuerzas políticas de la Confederación, formaban parte de la misma otros cuatro reinos –Baviera, Hannover, Sajonia y Württemberg-, ocho grandes ducados, diez principados y cuatro ciudades libres. En 1834, dieciocho de estos Estados y Prusia habían llegado a un acuerdo por el cual constituían el Zollverein o Unión Comercial y Aduanera. Esto significaba que en esa parte del territorio había libre circulación de mercancías. Pero esto por sí mismo no bastaba para constituir un mercado nacional unificado que fuera la base para el desarrollo de una industria potente. Esta ausencia de unidad nacional era expresión del predominio en Alemania de los rasgos feudales, cuestión que hacía a estos Estados más atrasados aún que Francia; que a su vez, también era bastante atrasada en relación a la potencia capitalista por excelencia en la época, Gran Bretaña. 
Aunque con desigualdades entre sí, en los Estados de la Confederación Germánica primaban entonces los aspectos de carácter feudal sobre los incipientes elementos del desarrollo capitalista. Pese a esto, en la zona occidental de Alemania que limitaba con Francia, hubo un importante desarrollo industrial en la década que va de 1835 a 1845. Fundamentalmente, a partir de la expansión de los ferrocarriles se potenció el desarrollo de la industria metalúrgica y textil. Lo que en Inglaterra había comenzado en las últimas décadas del siglo XVIII –el proceso de revolución industrial-, en Alemania empezaba recién a fines de la década de1830. 
Estas condiciones de atraso no eran sólo económicas sino políticas. En Prusia –el principal Estado de la Confederación Germánica–, reinaba desde 1840 Federico Guillermo IV. Cuando asumió la burguesía liberal tenía la expectativa que el nuevo monarca llevara adelante reformas de tipo democráticas. Pero, lejos del establecimiento de un parlamento, de la libertad de prensa y de otras medidas propias de la revolución francesa, el nuevo monarca mantuvo la vieja constitución estamental y se negó a dar concesiones democráticas. 
El otro Estado importante de la Confederación era Austria, gobernado por la dinastía de los Habsburgos y, entre otras naciones oprimidas, ejercía su dominación sobre Hungría. El gobierno de Fernando I y su canciller Metternich era un gobierno retrógrado que había prohibido la difusión de la literatura que venía del extranjero, para evitar que la agitación de las ideas socialistas utópicas penetrasen en la clase trabajadora austríaca –todavía limitada, pero ya actuante- que vivía bajo condiciones brutales de explotación. 
No había derechos políticos, ni derechos sociales universales, ni derechos de ciudadanía. Ni siquiera un parlamento votado. La nobleza tenía una representación especial separada de la burguesía, la única clase que tenía algún derecho de voto. La clase obrera, aún minoritaria y el campesinado, que expresaba a las grandes masas, no tenían prácticamente derecho al sufragio. 
Cuando asumió Fernando I, también la burguesía liberal tenía expectativas en que haría una especie de reforma; que algunas de las conquistas que habían sido arrancadas en Francia por métodos revolucionarios iban a ser realizadas, desde arriba, por el nuevo monarca. Pero, al intentar mantener el viejo régimen, el monarca no hizo más que atizar el fuego de la revolución. Con la salvedad, claro está, de que la burguesía liberal ya había visto en acción al proletariado: en Francia en julio de 1830 y en la acción de los tejedores de Silesia, en la propia Alemania, en 1844. 
 
La táctica de Marx y Engels al principio de la revolución
Si ustedes analizan la dinámica que Marx y Engels prevén inicialmente para la revolución alemana y la dinámica real de los acontecimientos, verán cómo su táctica se irá ajustando progresivamente. Ambos pronosticaban una tendencia donde la burguesía liberal desarrollaría una revolución del tipo de la francesa, pero, al estar más maduro el proletariado –tanto en parte de Alemania como en el resto de Europa– éste quedaría en mejores condiciones para luego luchar por su propia revolución. 
Como planteaban en el Manifiesto Comunista: “Los comunistas fijan su principal atención en Alemania, porque Alemania se halla en vísperas de una revolución burguesa y porque llevará a cabo esta revolución bajo las condiciones más progresistas de la civilización europea en general, y con un proletariado mucho más desarrollado que el de Inglaterra en el siglo XVII, y que el de Francia en el siglo XVIII, y, por lo tanto, la revolución burguesa alemana no podrá ser sino el preludio de una revolución proletaria”1 . Pensaban, además, que el desarrollo de una revolución democrática en Alemania obligaría a la intervención de los regímenes más reaccionarios, en particular al zarismo ruso. En la hipótesis de Marx, siguiendo la mecánica de la revolución francesa, la intervención extranjera favorecería la radicalización de la propia revolución burguesa y permitiría al proletariado ir ganando un papel dirigente dentro del bloque revolucionario.
Esta era su visión inicial del desarrollo de la revolución en Alemania y su actuación política fue coherente con esta definición. Recordarán que Marx había sido expulsado de Alemania por participar en el movimiento democrático. Cuando estalló la revolución y volvió a Alemania, tuvo una táctica para participar de este movimiento, pero para entonces Marx ya era un comunista. Se instaló con Engels en Colonia, una de las ciudades más importantes de Renania que contaba con una población proletaria numerosa en relación a sus 80.000 habitantes. Colonia era conocida por sus fábricas de perfumes. Allí Marx va a dirigir un periódico democrático, La Nueva Gaceta Renana, que comenzó a publicarse el 1º de julio de 1848, desde donde buscaba una amplificación para sus ideas comunistas. 
A comienzos del ’48 el proceso revolucionario se expandía rápidamente. En el curso de pocas semanas estallaba en Colonia, Viena y Berlín. Los miembros alemanes de la Liga de los Comunistas que se encontraban en el extranjero, al igual que Marx y Engels, una vez estallada la revolución, regresaron a Alemania, pero no todos sostendrían una misma posición táctica ante los acontecimientos. Algunos de sus dirigentes como el tipógrafo Esteban Born o el doctor Gottschalk formaron sociedades obreras en Berlín y Colonia respectivamente. Marx y Engels, como señalábamos, tuvieron otra táctica: participar del periódico La Nueva Gaceta Renana –cuyo subtítulo era “órgano de la democracia”- para, desde allí, promulgar sus ideas mostrando, progresivamente, que la idea de democracia, entendida radicalmente, podía asimilarse a las ideas del comunismo.
En palabras de Engels: “…cuando fundamos en Alemania un gran periódico, nuestra bandera no podía ser otra que la bandera de la democracia; pero de una democracia que destacaba siempre, en cada caso concreto, el carácter específicamente proletario que aún no podía estampar, de una vez para siempre, en su estandarte”2 . 
Sin embargo, la táctica de Marx y Engels, no dio el resultado esperado. En primer lugar, porque apenas empezaron a escribir fue evidente que no eran demócratas sino comunistas. Además en sus artículos denunciaban “la impotencia y la cobardía” de la burguesía liberal alemana, cuyos miembros no tardaron en retirarle el financiamiento al periódico. En segundo lugar, y coherentemente con esto, porque la revolución alemana empieza a mostrar, desde sus primeros pasos, que la conducta de la burguesía liberal era de una total cobardía, oponiéndose a armar al pueblo para levantarse contra la monarquía y el absolutismo. Sumado a esto, la insurrección de junio del ’48 en Francia, que La Nueva Gaceta Renana definía como “la más grande revolución que haya tenido lugar jamás”, había trazado con sangre una línea divisoria entre la burguesía y el proletariado de la que la burguesía alemana no tardaría en tomar nota.
 
La insurrección de Viena y la cuestión nacional húngara
Como señalamos, la onda expansiva de la revolución de febrero en Francia había llegado rápidamente a Alemania. La efervescencia política se apodera rápidamente de los Estados de Baden, Württemberg, Bohemia y Sajonia. Sin embargo, el primer gran hecho de la revolución se va a dar en Austria el 13 de marzo de 1848: la insurrección de Viena. Obreros, estudiantes y artesanos se lanzaron a las calles bajo las consignas de “¡Fuera Metternich!” y “¡Basta de monarquía absoluta!”.
Los trabajadores combatieron en las calles y surgió un sector pequeñoburgués, mayoritariamente estudiantil, la Legión Académica, uno de los sectores más valientes en los combates callejeros pero que a su vez impidió el armamento del proletariado. En Austria, la Guardia Nacional estaba bajo control burgués; la Legión Académica expresaba a la pequeñoburguesía (estudiantes, jefes artesanos, miembros de corporaciones, etc.), lo que mostraba el peso que aún tenían las relaciones sociales atrasadas con muchos resabios de feudalismo. El proletariado combatió junto a este último sector, pero la Legión Académica no le permitió un lugar dirigente a la clase trabajadora. 
Ni bien estalló la insurrección en Viena, el pueblo húngaro aprovechó para levantarse y derrotar al ejército monárquico. Era un momento donde prácticamente todos los pueblos oprimidos del continente se levantan contra sus opresores. Los húngaros constituían, dentro del Imperio Austríaco, una minoría oprimida pero con una fuerte tradición revolucionaria. En esta época, junto a los polacos, eran una de las minorías nacionales más combativas, que mantenían viva la llama de la revolución democrática nacional.

Luego del levantamiento húngaro, el príncipe Metternich y el emperador se refugiaron en Innsbruck, una pequeña ciudad alpina, desde donde ordenaron la represión contra los húngaros. Pero esto fue impedido por la acción del pueblo de Viena, que se rebeló y logró evitar que salgan las tropas, ya que preveían que si aplastaban a los húngaros, después los aplastarían a ellos. En ese momento, el principal error político-militar que Marx advierte es que las tropas húngaras –un ejército miliciano organizado a partir de la rebelión popular- no marcharon sobre Innsbruck para terminar con el poder del emperador. Ese momento de indecisión le permitió a éste reagrupar fuerzas y luego sitiar Viena. Pese a un valiente combate, después de unos meses, el levantamiento popular y obrero en Austria fue derrotado. Lo mismo ocurriría con el levantamiento nacional húngaro.
En los escritos de Marx y Engels se encuentran estrechamente ligados los elementos de revolución social de la lucha proletaria de 1848 con los elementos de revolución nacional democrática que protagonizaban los pueblos oprimidos. Por eso saludaban fervorosamente a la revolución húngara en La Nueva Gaceta Renana: “Por primera vez –decían- en el movimiento revolucionario de 1848, por vez primera desde 1793, se atreve una nación cercada por la supremacía contrarrevolucionaria a oponer a la cobarde furia contrarrevolucionaria la pasión revolucionaria…”3 .
Es que para ellos existía una relación recíproca entre las posibilidades de triunfo o derrota de estas revoluciones y la actitud que toman estos movimientos contra la opresión nacional con respecto a la clase obrera y la actitud que toman los trabajadores en el combate por defender la liberación nacional de los pueblos oprimidos. 
Ahora bien, como mencionábamos al principio, simultáneamente al comienzo de estos procesos, el 18 de marzo de 1848 se desata la insurrección de Berlín. Este proceso y las lecciones que de él sacan Marx y Engels serán tema de la próxima nota.
 
1 Marx, K., y Engels, F., Manifiesto Comunista, Ediciones varias.
2 Engels, F., “Marx y la Nueva Gaceta Renana”, citado en Claudín, F., Marx, Engels y la Revolución Alemana de 1848, Ed. Siglo XXI, Madrid, 1985, p. 91.
3 Marx, K., Engels, F., Obras Fundamentales Tomo 5, Ed. FCE, México, 1989, p. 247. 
 
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Glosario
 
Federico Guillermo IV (1795-1861) Rey de Prusia de 1840 a 1861.
 
Fernando I (1793-1875) Emperador de Austria entre 1835-1848, rey de Bohemia y de Hungría. Primogénito del emperador Francisco I, permaneció bajo tutela de un consejo secreto a causa de su debilidad mental. Ello le obligó a abdicar en favor de su sobrino Francisco José I.
 
Metternich, Príncipe Klemens de (1773-1859) Político y diplomático austriaco. Actuó al servicio de los Habsburgo cuando la expansión de la Francia revolucionaria amenazó directamente los intereses de la aristocracia reaccionaria. Las sucesivas derrotas de Austria frente a la Francia napoleónica le llevaron hasta el poder como ministro de Asuntos Exteriores en 1809. Desde entonces puso en marcha su concepción conservadora del equilibrio europeo, destinada a impedir la aparición de una potencia hegemónica mediante el reparto del continente en esferas de influencia entre las grandes potencias del momento.

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