Partido de los Trabajadores Socialistas

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Los países imperialistas, Rusia y China: Una alianza mundial para mantener el orden

22 Oct 2001 | El desafío al poderío norteamericano tras los atentados del 11 de septiembre, que actuó como catalizador de las enormes contradicciones que se acumulaban en la situación internacional, ha significado un giro en la política exterior norteamericana que ubica la lucha contra el terrorismo como prioridad insoslayable. La clave de esta nueva política implica la formación de una alianza antiterrorista con Rusia, China e India, así como con la OTAN, Japón y otros países que colaboran. Esta alianza intenta constituirse en un verdadero “partido del orden mundial” . Esto es una novedad con respecto a la guerra del Kosovo, donde tanto Rusia como China se opusieron al ataque de la OTAN planteando que vulneraba la soberanía de Yugoslavia para resolver un conflicto interno. En esta ocasión estos dos países decidieron cooperar con Washington contra el terrorismo islámico que constituye una amenaza para sus regímenes.   |   comentarios

EE.UU. con esta alianza pretende, en primer lugar, disciplinar a los gobiernos de los países semicoloniales, en particular a los del mundo islámico, detrás de su “cruzada” antiterrorista. Busca también, aprovechando la solidaridad lograda entre las grandes potencias, impulsar medidas para revivir la economía mundial, que luego del 11/9 ha profundizado sus tendencias recesivas, como muestra la intención de Bush de mantener la reunión de la Organización Mundial del Comercio en Qatar, aunque este objetivo es todavía más declamatorio que efectivo. Sus objetivos en el plano interno norteamericano son mantener un fuerte respaldo a su presidencia, que había asumido fuertemente deslegitimado por el escándalo electoral y presentar un frente unido detrás de las medidas reaccionarias que significan importantes recortes a los derechos democráticos.

Como resultado de esto, a cambio de la colaboración contra los terroristas antiestadounidenses debe oponerse en igual medida a los “terroristas” enemigos de China y Rusia, lo que implica silenciar antiguas prioridades de su política exterior como las críticas a la intervención rusa en Chechenia o la exigencia de respeto de los “derechos humanos” en China. Este ha sido el significado del abrazo de Bush con el presidente chino Jiang Zeming en la reciente cumbre de la APEC en Shangai, y del encuentro amistoso con Putin.

Algunos analistas de pluma ligera han calificado esta cumbre como el intento de reeditar un “nuevo orden de Yalta”. Esta caracterización es disparatada. El orden de Yalta, que impuso el dominio indiscutido norteamericano sólo pudo establecerse después que en la Segunda Guerra Mundial, los EE.UU. resolvieran a su favor la pelea por la hegemonía con las otras grandes potencias que salieron de la guerra derrotadas (Alemania y Japón) o exhaustas (Francia e Inglaterra). A su vez contó con la colaboración contrarrevolucionaria del stalinismo que dirigía la ex URSS, que salió fortalecido de la guerra, y que era un poderoso factor de contención de los procesos revolucionarios en el mundo. El Orden de Yalta, aunque incluía fricciones entre Estados Unidos y la URSS (“guerra fría”), mantuvo una estabilidad bastante duradera en el sistema internacional de estados, garantizando la “invulnerabilidad” de los países centrales, en particular los EE.UU.

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El intento de constituir un “partido del orden mundial” actual tiene un carácter defensivo. Busca transformar la debilidad de Estados Unidos (un atentado que produjo en unos minutos el 10% de las víctimas de la guerra de Vietnam) en fortaleza, tratando de recomponer su prestigio gravemente dañado. Aunque hoy la alianza signifique la colaboración estrecha de diversos estados, en particular de Rusia, que dio el visto bueno para el estacionamiento de tropas norteamericanas en las ex repúblicas soviéticas de Asia central, no significa una carta blanca a los objetivos políticos y militares de la actual cruzada antiterrorista de EE.UU. y mucho menos una aquiescencia con sus objetivos estratégicos de más largo plazo. Por ejemplo un eventual ataque a Irak, que es sindicado por sectores de la derecha norteamericana como un “estado terrorista”, puede alejar no sólo a los gobiernos árabes reaccionarios sino también a Rusia, o incluso a países imperialistas como Francia que tienen intereses petroleros con el régimen de Saddam Hussein. La misma cumbre de la APEC ha mostrado la continuidad de las divergencias frente al tratado ABM, de control de armamento nuclear, y el proyecto de escudo antimisiles de Bush, tanto por parte de Rusia como fundamentalmente de China, que sigue en sordina el enfrentamiento con EE.UU. en múltiples frentes, especialmente en la cuestión de Taiwán. Menos aún esta alianza significa un camino de rosas hacia el control de las riquezas petrolíferas y gasíferas del Asia central, como plantean algunos izquierdistas y analistas geopolíticos. Todos estos elementos muestran que, lejos de expresar un nuevo orden mundial dominado por EE.UU., esta “alianza antiterrorista” es por ahora un intento de contener las enormes contradicciones que se han abierto en la situación mundial. Para encaminarse hacia objetivos ofensivos (como por ejemplo la recolonización completa de la ex URSS y la apropiación de sus riquezas naturales) Estados Unidos deberá obtener previamente una serie de derrotas contundentes sobre las masas y países oprimidos en lugares claves del planeta y arreglar cuentas a su vez con las potencias imperialistas rivales.

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Hoy, sólo dos semanas de incesante acción militar (y diplomática) estadounidense, han llevado al exacerbamiento de muchos conflictos regionales de larga data. Este es el caso del conflicto en Palestina (ver nota). La disputa por Cachemira entre la India y Pakistán, que hoy se encuentran -al menos formalmenteen el mismo bando, volvió a encenderse, durante la visita de Colin Powell, con el agravante de que Islamabad puso en alerta a sus Fuerzas Armadas en el marco de confusas escaramuzas entre esos dos países y acciones terroristas en esa región en disputa. Pero fundamentalmente la dureza de los bombardeos con el consiguiente incremento de las víctimas civiles y la amenaza de una larga campaña militar, aumentan las contradicciones y agravios políticos y económicos en esta región del mundo, desatando el resentimiento de millones de musulmanes para los cuales la dominación norteamericana es sinónimo de miseria y sufrimientos. Este es el caso en primer lugar de Pakistán, donde frente a una creciente resistencia de sectores islámicos, el general Musharraf ha exigido desde el primer día de los ataques que la campaña militar sea “breve y con objetivos”. Las expresiones de descontento, aunque todavía minoritarias, se extienden al conjunto del mundo islámico donde se multiplican las movilizaciones y expresiones de ira contra los Estados Unidos. Desde El Cairo hasta Nigeria en el Africa Central, pasando por las calles de Yakarta donde el último viernes 10000 manifestantes, incluidos sectores medios, se manifestaron al grito de “nuestra sangre hierve”. Estas manifestaciones son el anticipo de lo que vendrá si la campaña militar no logra algunas victorias categóricas en forma relativamente rápida. En el caso del gobierno de Pakistán, principal aliado en la zona del conflicto, al temor ante la potencial irrupción de las masas, se le suma la preocupación geopolítica de perder su influencia en un gobierno post-talibán. La eventual caída del actual régimen de Kabul puede llevar al poder a la Alianza del Norte compuesta por militantes de repúblicas del Asia central enemigos mortales del régimen paquistaní. Hay que tener en cuenta que las negociaciones sobre el futuro gobierno en Afganistán, afectan en primer lugar a Pakistán- que aún mantienen relaciones diplomáticas con los talibanes - pero también a diversas potencias regionales como la India, Irán, Rusia y China, y por esto son tan complicadas como la ofensiva militar misma.

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Si en el plano internacional la acción norteamericana transita por una difícil cornisa que amenaza a cada paso con provocar nuevos problemas que multipliquen aún más los crecientes desafíos a su poderío imperial, en el frente interno norteamericano la paranoia colectiva generada por el ántrax, ha encontrado a un gobierno desconcertado. Que se cierre el Capitolio por una semana por la amenaza de ántrax, decisión que fue duramente cuestionada por algunos legisladores y sectores de la prensa imperialista, presenta una respuesta muy defensiva que no se compadece con la imagen de fortaleza que debería dar la única superpotencia mundial.

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Todo esto muestra que se ha abierto una nueva situación internacional de crisis, tensión y polarización entre los estados, de potencial entrada de grandes masas en escena en especial en el mundo islámico, y que puede combinarse con un fuerte movimiento contra la guerra en los propios países imperialistas.
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Como vemos, la represalia de EE.UU. está plagada de obstáculos. Es por eso que Bush y su gobierno han delineado los términos de su “cruzada” antiterrorista como una “campaña larga”. De ninguna manera consideran el triunfo asegurado. Sólo sobre la base de eventuales triunfos, como la derrota de los talibanes en Afganistán, se propondrán objetivos superiores. Sin embargo aún no han pasado esta difícil y complicada primera prueba. Es tarea de los trabajadores y todas las fuerzas verdaderamente democráticas y antiimperialistas del mundo evitar que la campaña imperialista afirme un nuevo “orden mundial” reaccionario.

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