Partido de los Trabajadores Socialistas

Buenos Aires
19 de noviembre de 2017

Movimiento Obrero

Apuntes para un primer balance

Lear, una lucha ejemplar contra viento y marea

06 Mar 2015   |   comentarios

Este lunes 9 de marzo, los trabajadores de Lear vuelven a la lucha luego del nuevo fallo adverso de la Sala X. Presentamos estos apuntes para un primer balance de una lucha histórica cuando aún no ha concluido, porque son muchas las lecciones que se pueden sacar luego de 9 meses de lucha y llamamos a todos a apoyar a estos trabajadores en las acciones que definan de ahora en (...)

Este lunes 9 de marzo, los trabajadores de Lear vuelven a la lucha luego del nuevo fallo adverso de la Sala X. Presentamos estos apuntes para un primer balance de una lucha histórica cuando aún no ha concluido, porque son muchas las lecciones que se pueden sacar luego de nueve meses de lucha y llamamos a todos a apoyar a estos trabajadores en las acciones que definan de ahora en más.

El conflicto de Lear comenzó producto de un ataque brutal por parte de la empresa, con ayuda de la Ford, a quien Lear provee de cables, del SMATA, del Gobierno que le permitió la importación sin límites, del Ministerio de Trabajo que avaló todas las maniobras de la empresa, de las Policías (Federal y Bonaerense) y de la Gendarmería que reprimieron a los trabajadores y organizaciones que los apoyábamos de manera sistemática durante meses.

Este ataque tenía el objetivo de derrotar a una Comisión Interna y a un activismo cada vez mejor organizado que se había opuesto a que la empresa, con el aval el SMATA, pudiera implementar un plan flexibilizador que bajaba las categorías de los nuevos trabajadores que ingresaran. Al mismo tiempo, los trabajadores de Lear se unían a los demás sectores combativos de la zona norte que protagonizaron el gran piquete obrero durante el paro nacional del 10 de abril y se organizaron en el Encuentro Sindical Combativo que se reunió en Benavídez, donde estaban las internas de Kraft, Donnelley, PepsiCo, Rioplantense, Printpack, Gestamp, Unilever, junto con el Suteba Tigre y obreros y delegados de FATE (con la ausencia de la dirección el SUTNA San Fernando) y otras.

Fue un ataque a esa vanguardia que se desarrolla en la zona norte, que tiene una fuerte implantación dentro de la Alimentación, Gráficos y docentes y que comenzaba a hacerse fuerte en el gremio más poderoso del país en el corazón de la industria automotriz.

Fue el temor a que ese fenómeno se extienda lo que llevó al ataque primero en Gestamp, cuando el 7 de abril dispusieron suspensiones masivas discriminatorias y posteriores despidos, y luego en Lear, que suspendió a más de trescientos obreros el 27 de mayo, y luego despidió a 240 de ellos a fines de junio, pocos días antes del comienzo de Mundial de Fútbol. Pero si el primero se hizo sin acumular stock, y por lo tanto sin una gran preparación por parte de la empresa, en el caso de Lear todos los poderes fácticos y políticos del país se unieron para preparar con anticipación una batalla totalmente desigual contra los trabajadores, el activismo y su Comisión Interna, empezando por la acumulación de stock para meses de producción desde tiempo antes del ataque.

Una lucha defensiva. La persistencia como factor clave del combate

Los objetivos de la empresa eran claros: quería destruir de conjunto la organización gremial independiente y barrer con todo el activismo, y contaba para ello tanto con apoyo político y con stock para meses acumulado en una empresa dentro de la Ford como con la vía libre dada por el Gobierno para importar sin límites. Este tipo de ataque fue imponiendo un tipo determinado de lucha.

Los despidos afectaron no solo al activismo, sino también a sectores de la base “celeste” (por el color de la lista antiburocrática que había ganado dos elecciones de CI). A pesar de esto, el 30/6, primer día posterior a los despidos, los delegados logran, con todo el activismo afuera, que se vote parar la producción, y así se hace. Al día siguiente, la empresa no les permite el ingreso y mantiene esa actitud por semanas, a pesar de las órdenes judiciales. Logran imponer así un clima conservador en una parte de los despedidos (la política de la burocracia fue “Quedate en el molde si querés volver” o cobrar la indemnización -recordemos que los despidos fueron con causa, es decir, sin indemnización-) y de terror en los no despedidos (por si fueran pocos los 240 despidos, posteriormente echan a cuatro trabajadores más que se negaron a firmar el petitorio de destitución de los delegados que hacían firmar los propios gerentes). Impedidos de parar adentro por el terror y porque la Interna y el activismo estaban afuera, los delegados y los activistas despedidos buscan todo el tiempo una política hacia la base y para golpear a la fábrica: votan en asamblea el bloqueo de portones, para afectar la producción que en los años anteriores era “just in time” con Ford. El bloqueo de portones buscaba el mismo efecto que la toma o el paro total, pero con diálogo con la base, ya que una toma hubiera sido solo del activismo, sin la base, y, por lo tanto, impotente, el camino más rápido a la derrota (ver abajo). Este bloqueo de camiones hacía imposible la producción y sobre todo su utilización. Esa medida se mantiene durante varios días y enfrenta el primer intento serio de represión de la Bonaerense, que finalmente no logra sacar el piquete. Será por la madrugada, en operativos con cientos de policías, como la patronal logrará ir sacando algunos camiones con mazos de cable para llevarlos a la Ford.

Pese a que los pocos mazos de cable que salían eran muchos menos de los que necesitaba Ford, la producción de esta no se ve alterada. Comienzan los rumores de que había cables importados por la propia Lear de Honduras y Filipinas. Luego logramos conocer, por informes conseguidos, que tenían “canilla libre” de importación (a pesar de que en ese momento el Gobierno estaba “en guerra” con los importadores en general, y de autos en particular, para evitar la salida de dólares). Era posible intentar bloqueos más duros, donde cientos de compañeros estuvieran las veinticuatro horas, pero el “descubrimiento” de la existencia de un stock enorme hacía imposible que por esta vía se pudiera quebrar a la empresa. La patronal y la burocracia habían sacado “lecciones” del conflicto del 2013: frente al despido de dieciséis activistas, la empresa no contaba con stock, por lo que con “solo” un mes de lucha, que incluyó la paralización total durante una semana y el bloqueo de portones, el conflicto se ganó.

Ahora esta vía no era posible.

Al mismo tiempo, el clima de terror lleva a que “los de adentro” (recordemos que allí quedaba lo más débil de la base celeste y toda la base “verde”) no quieran quedarse a realizar asambleas conjuntas con los despedidos.

Se llega a una situación difícil, ya que no era posible parar adentro y los bloqueos tenían estos límites fuertes.

Cuando se consiguen los fallos por la reinstalación de los delegados se hacen nuevos bloqueos más duros, que se combinan con cortes de Panamericana al quedar la empresa a la defensiva, donde directamente se impide el ingreso de los trabajadores. Durante días esto se hace de forma intermitente pero continua. La base de la fábrica apoya a su manera, retirándose sin acercarse al piquete. El propio informe oficial de la Policía establecerá que los propios obreros se niegan a ingresar y que no se ejercía fuerza alguna sobre ellos. Los despedidos se acercan diariamente a ellos y les entregan sus boletines, hechos de manera exclusiva para la base de la fábrica. Finalmente el 29 de julio el SMATA organiza a un sector de su base y trae la patota. La Bonaerense rompe el piquete y permiten el ingreso de los “verdes” atrás. Luego de esto el piquete se endurece más aún frente al escándalo de la represión y de las detenciones que hace la Policía. Esta situación dura hasta que la patronal organiza un lockout durante doce días y amenaza con irse del país. La vuelta a la fábrica se hará con un verdadero ejército que ocupará toda la zona, y en esas condiciones, al día siguiente, el 20 de agosto, se organiza una nueva asamblea trucha, donde la burocracia lleva a la patota, que ostensiblemente filma lo que vota cada trabajador cuando formulan la “moción” para destituir a los delegados. El Ministerio de Trabajo la bendice.

En esta situación, uno podía retirarse y abandonar la lucha o bien determinar que, como se puede ver, era imposible una lucha rápida que definiera el conflicto de manera favorable, y buscar más alternativas de lucha.

Se impuso un conflicto largo, realmente prolongado, donde la clave de la fuerza obrera iba estar en su capacidad de persistir, en golpear de forma continua, para buscar influir en la dificilísima relación de fuerzas interna desde un conflicto con enorme repercusión pública. Hacía falta temple para lograrlo. El conflicto continuó y tuvo muchos más capítulos con nuevos triunfos parciales por parte de los trabajadores, como la caída de Galeano luego del escándalo del "gendarme carancho", la decadencia de Berni y finalmente la salida de Gendarmería, además del logro de que los delegados que habían sido puestos en una jaula dentro de la planta pudieran volver a sus puestos de trabajo y se los deje de hostigar. Las organizaciones que se retiraron o se “semirretiraron” luego de la asamblea no podrán explicar por qué un conflicto “muerto” siguió dando pequeños pero significativos triunfos.

Lejos de dar todo por concluido, era necesario pensar qué nuevos métodos de lucha se podían utilizar. El carácter defensivo de la lucha hace necesaria y justa la utilización de todos los medios que se encuentren al alcance de los trabajadores de acuerdo a cada momento del conflicto. Si el plan del enemigo es la liquidación de las posiciones de manera completa, retacear los esfuerzos no es más que una forma de capitulación. No se trata de una lucha ofensiva para conquistar nuevas posiciones o demandas, ni siquiera de un fuerte ataque parcial, sino de impedir la destrucción de la organización obrera y del activismo. En estos casos y mientras exista voluntad de lucha por parte de los trabajadores, toda acusación de voluntarismo esconde una decisión de dejar pasar el ataque.

Un bloque patronal duro imponía una lucha desigual, asimétrica. Como no hay salida rápida, se impone golpear de forma sistemática a ese bloque con todas las medidas al alcance de los trabajadores, desde adentro en la medida de lo posible, y desde afuera, sin descanso, pero sin desesperación, sabiendo que en esa pelea desigual iba a haber golpes y bajas, pero que también íbamos a poder golpear y conseguir triunfos, abrir brechas, generar crisis en el campo enemigo y ver si de esa manera, permaneciendo como una gota que horada una piedra, se puede abrir paso a una posibilidad de triunfo o al menos un límite al golpe sufrido. Esa era la única estrategia posible para buscar la victoria.

Una gran batalla de clases. Una lucha política

Definido esto, la Panamericana y otros lugares públicos se convertirán en un lugar central del campo de batalla, buscando cambiar “de afuera hacia adentro” la relación de fuerzas que los despedidos y los delegados no habían logrado modificar en la fábrica a pesar de todos los intentos. Los cortes sistemáticos de la principal ruta del país (veintiún veces en los nueve meses) buscaban golpear sobre el Gobierno, que es donde se apoyaba la empresa, mostrar frente a millones su doble discurso, ya que una de sus banderas, la defensa del empleo, se mostraba como una farsa. Luego, con la represión demostrarán que su otra bandera histórica no era tampoco más que un relato, pisoteado por el carapintada Berni semana a semana. Éramos conscientes de que, sin la posición del Gobierno, la empresa no podía sostenerse, y sabíamos que su posición tenía contradicciones.

Los obreros de Lear, junto a los de Donnelley, levantaron las banderas de “Familias en la calle nunca más” cuando aún está fresco como un trauma social para millones el recuerdo de la hiperdesocupación de los 90 y el 2001. De esta forma conquistaron y sintieron el apoyo de millones que querían el triunfo de su lucha como una barrera contra los despidos. La represión no hizo más que acrecentar el apoyo a los trabajadores y el repudio a sus enemigos de clase. El doble discurso quedaba también al desnudo con la denuncia de los trabajadores, que señalaban que, mientras Cristina Kirchner enarbolaba un discurso contra los fondos buitres, las multinacionales buitres como Lear o Gestamp que operan en el país contaban con todo su apoyo contra los trabajadores.

Por estas características es evidente que no se trataba de un conflicto “típicamente sindical” que se termina cuando la base de la fábrica no puede expresarse. Quienes tienen una visión estrecha de la lucha de clases en la que un sector de la clase obrera, pongamos una fábrica, se enfrenta a su patrón mediante los métodos habituales de lucha no estaban preparados para hacerle frente a un desafío como este y por eso desertaron antes de tiempo. Para esta lucha había que generar un gran conflicto de clase que buscara ganar la simpatía de millones de trabajadores y estudiantes, a la opinión pública y a la mayoría de la sociedad para que esto impacte sobre la relación de fuerzas.

La resistencia prolongada de los trabajadores tendría valores muy concretos. Bajo esta estrategia se desarrolló un fenomenal plan de lucha que transformó a Lear en un gran problema nacional. En estos nueve meses ya se han realizado dieciséis Jornadas Nacionales de Lucha, veintiún cortes de Panamericana y acciones en distintas provincias del país, tres cortes del puente Pueyrredon, se organizaron seis cortes en la 9 de Julio y tres de Callao y Corrientes; se ha enfrentado una y otra vez la represión, con veintidós detenidos y más de ochenta heridos; se realizaron marchas al Ministerio de Trabajo, a la embajada de Estados Unidos y a la Cámara de Comercio norteamericana en Buenos Aires; se hicieron bloqueos, actos, se resistieron doce días de lockout patronal y los ataques de las patotas del SMATA en la fábrica, la sede del sindicato y el Congreso Nacional; se editaron cincuenta y ocho números del Boletín de Lucha, se realizó un Encuentro combativo junto a Donnelley, Emfer y otros sectores obreros y, nada menor, se reunió un fondo de lucha de un millón y medio de pesos para sostener toda esta pelea. En todos estos aspectos, desde el PTS tenemos el orgullo de haber sido los que aportamos decisivamente apoyando lo que decidían los obreros. La abrumadora mayoría del fondo de huelga fue reunida por la actividad de nuestro partido, así como la casi totalidad de los heridos, detenidos y hasta los autos rotos y “secuestrados” en Panamericana son de nuestra organización.

Esto se hizo sin ningún sectarismo, sino apelando al más grande frente único posible. Se buscó la participación de todas las corrientes, empezando por las de izquierda, que podían concurrir semanalmente a discutir sus puntos de vista en las reuniones de solidaridad. Se llegó a contar en un par de ellas con la participación de militantes del Movimiento Evita, al que se lo invitó a ser parte. Los delegados recibieron el apoyo en la fábrica de Facundo Moyano y luego fueron recibidos por la CGT. En el ámbito de los derechos humanos, se logró un frente común de la mayoría de los organismos independientes, incluyendo al premio nobel de la paz Adolfo Pérez Esquivel y a las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora. Parte de estos organismos impulsaron, encabezados por Ce.Pro.D.H, la denuncia por coacción contra Pignanelli luego de la primera asamblea.

El CELS, organismo ligado al Gobierno nacional, dio su apoyo a nivel legal con presentaciones propias. Hubo comunicados de apoyo de dirigentes políticos oficialistas y de la oposición, de intelectuales, artistas, periodistas, deportistas, etc. De esta forma, con persistencia y firmeza, y también con amplitud, Lear se transformó en una gran causa de todo el pueblo trabajador, y sus trabajadores, en un símbolo y en un ejemplo de la resistencia contra las patronales y la burocracia, sostenidas por el Gobierno K.

Triunfos parciales y golpes

Bajo esta estrategia se consiguieron los triunfos parciales de la lucha: la reincorporación de 61 trabajadores despedidos y fallos favorables en la justicia, como los que ordenaron el reingreso de los delegados a la planta, que la patota no pueda hostigarlos, el fallo que dictaminó el retiro de Berni y de su Gendarmería de la Panamericana o incluso el dictamen de la Sala X que ordenó la reinstalación de los despedidos. De esta manera, la lucha de Lear logró que después de ella se frenaran los despidos masivos en el país y que el ataque al activismo menguara. El ejemplo más claro de esto es la lucha de Donnelley que comenzó poco después. Toda la energía desplegada convirtió a la lucha de Lear en unos de los ejes de la situación nacional, y el propio Gobierno estaba impedido políticamente de permitir un nuevo ataque de magnitud como el que se preparaba en Donnelley, por lo que la empresa optó por retirarse. Sin dudas, “Donnelley bajo control obrero” es hoy una consecuencia indirecta de la resistencia de los obreros de Lear y de quienes nos jugamos en estos meses junto a ellos esta gran pulseada.

Entre el haber de la lucha se tiene que incluir desde ya lo conquistado por la izquierda obrera. En la pelea misma, decenas de miles de trabajadores y estudiantes sacaban una importante conclusión: mientras el kirchnerismo reprime en apoyo a las patronales que despiden masivamente, la izquierda es la que lucha y defiende a los trabajadores. Los diputados del PTS-FIT Nicolás del Caño y Christian Castillo, que estuvieron en primera fila durante todo el conflicto junto a los trabajadores, fueron el símbolo en este sentido. Es una conclusión política enormemente valiosa para la construcción de la izquierda revolucionaria en el fin de ciclo del kirchnerismo.
Si el resto de la izquierda no saca esta conclusión elemental es porque su estrategia para el “ascenso de la izquierda” pasa por la utilización de los espacios electorales que existen dentro del régimen político (parlamentarios, sindicales o estudiantiles). Pero así no se puede construir una izquierda que sea realmente parte de la clase obrera, sino grupos que se condenan a la propaganda y a la agitación externa y superficial sobre la clase obrera.

Obviamente, al calor de los largos meses de resistencia se recibieron golpes y bajas. En primer lugar, la destitución de los delegados de la Interna. Se produjo el retiro de muchos despedidos a medida que el conflicto se prolongaba, cobrando indemnizaciones altísimas en las que se expresaba, a su manera, la relación de fuerzas. Finalmente dos delegados (y en enero, un tercero) que habían logrado el derecho a reingresar a la fábrica decidieron arreglar con la empresa de manera individual, siendo esto un golpe para los despedidos y para los trabajadores que adentro fueron sufriendo una dictadura patronal cada vez más dura.

Diciembre y el fallo de la Sala X

Así se llegó al mes de diciembre luego de siete meses de lucha ininterrumpida. Las fuerzas que quedaban eran escasas y la fábrica iba a entrar en receso, pero el desgaste del campo enemigo era también muy grande. Sobre el final del año toda la energía desplegada terminó expresándose de manera más clara y categórica. Luego de batallar durante meses en el terreno judicial con rechazos y apelaciones, finamente la Sala X de la Cámara Nacional de Apelaciones dictaminó el 16 de diciembre el ingreso de los trabajadores despedidos que persistían en la lucha.

El fallo conseguido en la Sala X ordena la reinstalación de los despedidos porque la empresa no había realizado el Procedimiento Preventivo de Crisis que exige la ley previamente a los despidos masivos. El fallo no cae del cielo ni es obra de la bondad de ningún juez ni de ningún fiscal, sino que cristaliza la relación de fuerzas conquistada, es expresión de las brechas generadas por la misma lucha y genera una situación nueva en el conflicto. Cierto es que el fallo tenía contradicciones y se basaba en la ley que regula los Preventivos de Crisis, que en infinidad de ocasiones fueron utilizados por las patronales para despedir con indemnizaciones por debajo de lo que estipula la ley. Pero lo cierto era que dictaminaba el ingreso inmediato de todos los trabajadores que seguían en conflicto y era la única vía legal de establecer una medida “colectiva”, es decir, común a todos los trabajadores afectados (los juicios de reinstalación por discriminación, por ejemplo, son individuales). No se trataba, como dijo el PO, de un fallo “envenenado” y mucho menos “patronal” (la patronal de Lear al menos puso el grito en el cielo y planteó la inconstitucionalidad del fallo y su voluntad de ir a la Corte), y por esto todas las corrientes de izquierda reconocieron, a pesar de las diferentes apreciaciones, que se trataba de una victoria o triunfo (al menos parcial) de la lucha. Los fallos de la justicia burguesa están basados en la propia legislación patronal. Ahí no hay novedad alguna. Lo reivindicable de la acción de nuestros abogados es haber encontrado en una ley burguesa un derecho obrero y una brecha para mejorar las condiciones de la pelea y un gran punto de apoyo para conseguir la reinstalación efectiva y colectiva (recordemos que los juicios por discriminación son individuales).

Con este fallo los dieciséis obreros que seguían peleando pasan a la ofensiva para hacer cumplir por la vía de la acción directa el fallo. La empresa los inscribe en la AFIP, les paga las vacaciones y firma un acta dentro de la planta citándolos para el 19 de enero.

La acción propatronal del Ministerio de Trabajo K

El triunfo estaba en ese momento a la altura de la mano. Sin embargo, durante enero el Ministerio de Trabajo implementa un nuevo plan antiobrero llevando adelante un Procedimiento Preventivo de Crisis trucho que se hace ocho meses después, entre el 29 de diciembre y el 15 de enero. El 19 de enero la empresa le impide entrar a los trabajadores, y como respuesta se realizan tres cortes de Panamericana en una semana. La empresa mantiene a los trabajadores suspendidos, pero un fallo judicial dice que tienen que entrar. Se los manda a hacer revisación médica y, cuando faltan un par de horas para que termine la función de ese juez (Sudera) en la feria judicial, él mismo saca un fallo donde da por cumplida la cautelar que establecía su reingreso, es decir, le quita a la empresa la obligación de reinstalarlos. Siguen los cortes, pero ya no existe la misma fuerza como para hacer cumplir el ingreso. Luego termina la feria judicial y la Sala X cambia su propio fallo de diciembre, aceptando insólitamente que el PPC se había cumplido ocho meses después de los despidos masivos. Se basa en el fallo de Sudera y en lo que este hecho impuso al debilitar la lucha, dándole a esta lucha histórica un gran golpe judicial y político.

Críticas desde afuera

Lo hecho hasta ahora por estos trabajadores verdaderamente indomables, incansables, es sin duda parte de la historia de la clase obrera argentina. Llevaron adelante una estrategia acorde al ataque que sufrieron, y ahora definirán los pasos a seguir en la nueva etapa de la lucha.

Contra esta estrategia han surgido algunas voces críticas desde sectores de izquierda.

Tomar la fábrica

Por un lado están quienes nos han cuestionado, en nuestro rol de dirección del conflicto, diciendo que era necesario tomar la fábrica. Como surge de nuestra propia historia (Zanon, Brukman, Donnelley, Mafissa), nosotros reivindicamos la toma como un gran método de lucha de la clase obrera, con heroicos ejemplos en nuestro país y a nivel internacional, no solo ocupando las plantas, sino a veces con sus gerentes adentro. Pero el que no analiza las condiciones concretas de cada combate específico está condenado al fracaso. En el caso de Lear, no solo que el conflicto no se dio en el marco de un ascenso de la lucha de clases (fue una lucha defensiva y aislada), sino que, como hemos explicado, la interrupción de la producción por la vía de una toma no era una vía posible para ganar el conflicto de forma rápida contra dos patronales que se habían preparado acumulando stock para un conflicto largo.
La ocupación de la fábrica solo hubiera llevado a que un grupo minoritario de obreros (teniendo en cuenta el amedrentamiento que significa para la base la existencia de despidos masivos) quedara aislado hasta su derrota. No era solo el peligro de un desalojo contra una toma minoritaria, sino también el posible aislamiento de los obreros, ya que no existía urgencia productiva alguna de parte de la empresa. Incluso parte de los despedidos cedieron a la presión de la empresa y de la burocracia que les “recomendaban” que, si querían volver o cobrar la indemnización, se queden en sus casas. Pero “tomadores de fábrica de salón” pululan y hablan con cierta impunidad. Es mentira que la toma “restablecía la relación con la base”. Por el contrario, la hubiera roto más rápidamente y aislado al activismo (recordemos que la acertada subida al puente grúa en Gestamp propuesta por un obrero independiente no garantizó el contacto con la base, que fue retirada por la empresa y la burocracia). Por eso la asamblea de los trabajadores despedidos y de los delegados siempre rechazó esa variante, mientras intentó por todas las vías posibles restablecer la relación con la base.

Los más sesudos nos dicen que es cierto que con la toma no se podía ganar por el stock acumulado, pero que se hubiera logrado hacer “un hecho político”. ¿Un hecho político? ¿Más de veinte cortes de la ruta más importante del país en horario pico no les parece suficiente “hecho político”? Los cortes eran hechos políticos que involucraban al Gobierno nacional, lo ponían en crisis y frente a disyuntivas difíciles. No hubo conflicto donde existieran más hechos políticos que acá, pero hablar después de dedicarle un par de minutos a la reflexión de este conflicto, y sin conocerlo seriamente por participar lo mínimo e indispensable, sigue siendo gratis.

La preparación

Por otro lado, nos han cuestionado una supuesta falta de preparación de la base de la fábrica para el conflicto, y un supuesto sustitucionismo y voluntarismo llevando adelante la lucha desde afuera. Llamativa crítica para una fábrica donde no solo se recuperó la Comisión Interna frente a una de las burocracias más poderosas del país (el SMATA) y se logró la reelección por el 70 % de los votos, sino que también se ganó el conflicto contra los despidos en 2013 e incluso se derrotó aplastantemente al SMATA cuando por vía de uno de sus dirigentes, Manrique, fue a la planta a intentar destituir a la Interna en 2012. Pero vayamos al conflicto. Una vez producidos los despidos masivos, ¡estando afuera 240 obreros dentro de los cuales estaban todos los principales activistas de la fábrica!, los delegados lograron aún en esa difícil situación que se hiciera paro contra los despidos. Asamblea y paro, votado por la base. Deberían todos sacarse el sombrero por este hecho inédito. Pero no. Desde fuera dicen que la preparación no estaba taaan bien como debería. Después, los delegados fueron impedidos de ingresar de forma ilegal. Ya sin delegados y sin activistas dentro de la planta era imposible parar en una empresa que era un campo de concentración de dictadura burocrático-patronal. ¡Perdón! Nos disculpamos en nuestro nombre y en nombre de todos los activistas de Lear que no pudieron parar la fábrica sin delegados ni activistas con una base encerrada en una verdadera cárcel con una patota adentro y cerca de quinientos policías afuera. Pero, como fue una preocupación constante la reorganización de la fábrica, fueron editados cincuenta y ocho números del Boletín de Lucha para mantener el vínculo y la organización entre los despedidos y los de adentro. Como no podía ser de otro modo, la preparación de esos boletines diarios quedó en manos de los militantes del PTS, que los consultaban cotidianamente con los delegados. El resto de la izquierda ni siquiera los difundió.
Por fuera de esto, la realidad también es que nuestros militantes en Lear propusieron una renovación de parte de la CI antes de que sea reelecta en el 2013. Propusieron que ingresen parte de los que hoy siguen peleando, rotando con delegados que luego arreglaron por dinero. Para algunos izquierdistas, este fue un momento de “división” que debilitó la lucha. Para nosotros, una forma de mejorar la organización. Raro que los que nos cuestionan la falta de organización sean al mismo tiempo los que consideran “faccionalista” seleccionar a los mejores hombres para los combates.

¿Voluntarismo?

Los que nos criticaron esto lo hicieron muchos meses antes del fallo de la Sala X, y de hecho nos dicen que no debería haber seguido tanto tiempo el conflicto. Sin embargo, la verdad es que sin la voluntad de lucha de los despedidos que la siguieron (y siguen) peleando, y de nuestro partido que los apoya hasta el final (no “voluntarismo”), no hubiéramos llegado tan lejos, no tendríamos los logros que finalmente conseguimos. Retirarse antes del campo de batalla es una mala opción, un mal consejo cuando luego de ese sermón la lucha siguió avanzando y estuvo cerca del triunfo. Ahora se frotarán las manos y dirán que sabiamente ellos dijeron que ya todo estaba perdido de antemano. Pero no son buenos luchadores quienes se retiran del combate cuando todavía hay energía y voluntad para seguir peleando y brechas en el campo enemigo para buscar el triunfo. Y repetimos que esto lo plantean en una lucha de carácter totalmente defensiva, donde la estrategia del enemigo es la destrucción total de las posiciones obreras, por lo que retirarse no es sinónimo de tregua para ganar fuerzas, como podría ser en un conflicto ofensivo o donde una parte del activismo y de la organización se conserva. En este caso, la retirada es sencillamente irse para no volver más que al trabajo clandestino.

Lo peor no fueron desde este punto de vista sus consejos, que pudieron ser desoídos a tiempo, sino el intento de dejar una enseñanza conservadora para que en las próximas luchas nadie se atreva a desafiar los límites de la relación de fuerzas y poner todas sus fuerzas para ganar. Lo que surge no es el voluntarismo como problema, sino todo lo contrario. Se mostró frente a los ojos de millones el papel que puede tener la voluntad de un grupo de trabajadores peleando en común con un partido y con el apoyo de otras organizaciones que ponen todo de sí y cómo eso abre la posibilidad de derrotar enemigos poderosísimos. Esta es la lección: las patronales más duras, las burocracias más poderosas, apoyadas por el Gobierno, pueden ser enfrentadas y eventualmente derrotadas incluso en situaciones tan difíciles.

“Ultraizquierdistas”

La crítica anterior está ligada a cuestionar la pelea desde afuera, centralmente en la Panamericana. Nos han dicho “ultraizquierdistas” y hasta “foquistas”. La medida no era ultraizquierdista en primer lugar porque por todos los medios intentamos evitar la represión. La utilización de autos para hacer los cortes para proteger a nuestros militantes y a los trabajadores lo demuestra. Tuvimos heridos de cierta gravedad, lo que incluyó la operación de dos obreros de Donnelley producto de las heridas en el pico más alto de la represión, pero, de conjunto, porque la lucha contra los despidos tenía un enorme apoyo popular, la represión tuvo que autolimitarse y, finalmente, ante la denuncia que hicimos desde el PTS, la jueza Arroyo Salgado decidió retirar a la Gendarmería. Al mismo tiempo, los detenidos no lo fueron por largo tiempo, ninguno más que horas. En esta sintonía, hasta nos han criticado el fuerte apoyo que dimos desde el PTS poniéndole el cuerpo a todas y cada una de las medidas de fuerza durante nueve meses. ¿Se supone que debíamos dejar solos a los obreros librados a su suerte contra un frente único enemigo poderosísimo? Quizás la explicación debería ser la inversa: ¿por qué el resto de las corrientes de la izquierda acompañó con tan poca fuerza la principal lucha obrera en años?

¿Legalismo?

Como extraño complemento de lo anterior (porque se trata de decir “todo lo malo posible” sobre el PTS), algunos grupos nos han criticado un supuesto legalismo. Como también hemos explicado en otras ocasiones, nuestras disputas en las instituciones del régimen, sea la justicia, sea el parlamento, sea el Ministerio de Trabajo, no son más que el complemento de la intervención en la lucha de clases, la fábrica y la ruta, buscando alguna brecha donde se pudiera expresar la relación de fuerzas conquistada. Quien no se propone utilizar los resquicios del régimen que circunstancialmente puedan ser usados a favor de los obreros peca de un infantilismo incurable. La combinación de lucha de clases y brechas judiciales permitió, por ejemplo, como ya dijimos, el reingreso de los delegados y el retiro de la Gendarmería de la Panamericana. Frente a una empresa dura y a un Ministerio cómplice era necesario buscar un lugar donde pudiera expresarse la relación de fuerzas, como fue la Justicia. Pero, una vez conseguidos los fallos (tanto los que marcaban el ingreso de los delegados como el de la Sala X), nadie esperó pasivamente a que “se cumpla con el fallo”, sino que se bloqueó la fábrica en un caso y se cortó la Pana y el puente Pueyrredon en el otro. ¿Qué medida de lucha dejamos de tomar por “confianza en la justicia”? Los trabajadores y los que los apoyamos, ninguna. La mayoría de las corrientes de izquierda, por desconfianza en la fuerza obrera, dejaron de a poco de ser parte de las medidas de lucha.

También nos han acusado de "triunfalismo" frente al fallo de la Sala X obtenido en diciembre. Si hay un fallo que dice que los obreros tienen que ser reinstalados, corresponde marcar el triunfo que significa y, al mismo tiempo, denunciar las maniobras que van a intentar para incumplirlo, como lo hicimos luego del fallo. Pero salir a plantear que el fallo está “envenenado” o que es “patronal” (es decir, una derrota para los trabajadores) es facilitar la tarea de la patronal para imponer su “interpretación” del fallo. Lo peor es que esta “opinión” no se lleva a discusión con los despedidos para sugerir algún curso de acción alternativo, sino simplemente se enuncia en un periódico con un fin mezquinamente fraccionalista contra los obreros en lucha y contra el PTS. El fallo de la Sala X decía de forma clara que tenían que ingresar los “indomables”, con cada uno de sus nombres, y que los despidos eran ilegales. La clave en ese momento pasa por la pelea por hacer que se concrete el fallo apelando a la acción directa.

Nos dicen que dijimos que ya era un triunfo “histórico” y que finalmente no lo fue. ¡Un error gravísimo! Después de todo lo hecho osamos pensar que iba a concretarse el resultado de tantos golpes. Sí, pensábamos que íbamos a poder efectivizar el fallo con la lucha y no fue así. Pero alertamos las posibles maniobras desde el día siguiente y no nos quedamos de brazos cruzados ni un minuto, sino que cortamos seis veces la Panamericana y dos el puente Pueyrredon para enfrentar las maniobras.
Nuevamente contamos con desganadas delegaciones del resto de los partidos.
Insistimos en este punto, que parece haber molestado las vacaciones de tantos: estaríamos frente a un error grave “triunfalista” si caracterizar el fallo como un gran triunfo hubiera llevado a no realizar más acciones de lucha, políticas e incluso legales y a esperar pasivamente que “se cumpla”. Nuestra actitud, como ya explicamos, fue todo lo contrario, sin parar ni un día, ni en las fiestas. Los que tanto critican el “triunfalismo” no pueden decir una sola medida concreta que deberíamos haber hecho y no hicimos. Sencillo: para ellos la lucha ya estaba derrotada desde mucho tiempo antes.

Los de adentro

Alguna corriente de izquierda dice que sin la participación activa de “los de adentro” nunca iba a ser posible lograr la reinstalación. Ya explicamos la situación de “los de adentro”. Pero esto no nos llevó a la postración, ya que sería medir la relación de fuerzas en los límites de una fábrica. Error elemental. Ahí están las reinstalaciones efectivas de Shell, Kromberg, Firestone y tantas otras empresas donde “los de adentro” están impedidos de hacer ninguna acción porque los delegados o el sindicato responden a la burocracia propatronal, y sin embargo las empresas se ven obligadas a cumplir los fallos.

Más elementos de balance: un año de lucha de la vanguardia obrera

La pelea que comenzó a principios del 2014 tiene ya un resultado provisorio y muchas conclusiones. El activismo de la zona norte buscó organizarse como un solo cuerpo con encuentros y piquetes comunes, apoyando cada lucha como si fuese propia. Y así vimos en su momento al piquete de Lear y Donnelley en la puerta de Gestamp, a pesar del boicot de algunas organizaciones de izquierda. Las patronales quisieron aprovechar la crisis para destruir a esta vanguardia y comenzaron por su eslabón más débil, el SMATA. Solo la magnitud de la lucha desplegada en Lear y nada más que en Lear es lo que puede explicar el efecto disuasorio que finalmente tuvo. Si no se animaron a más fue porque se vio el costo que podía tener para las patronales cada lucha si era encarada con la misma fuerza que en Lear. En ese sentido fue sin duda una barrera contra los despidos y contra el ataque al conjunto de la vanguardia.

Esa pelea por desarrollar y extender una vanguardia obrera en norte y en el país sigue en pie hoy en parte gracias a esta lucha. Desde este punto de vista vamos a seguir también peleando con los compañeros que quieran seguir luchando por ingresar a Lear, y a defender a Rubén Matu (PTS), que se encuentra dentro de la fábrica. Hay compañeros que van a hacer juicio de reinstalación para ingresar, buscando apuntalar la posición de Rubén Matu, porque en ningún lado está dicho que Lear va a ser conducida por la Verde del SMATA y que los obreros aceptarán el aumento de ritmos y la prepotencia patronal que se busca imponer hoy. Lear es un gran combate dentro de la guerra por desarrollar a la izquierda clasista en el movimiento obrero, en las fábricas y en el SMATA en particular en momentos preparatorios, sin que haya aún ascenso revolucionario. Porque el SMATA es uno de los gremios más poderosos de la Argentina y sus dirigentes kirchneristas plantean, con un lenguaje que recuerda a la Triple A, su “Fuera zurdos”. La lucha por reorganizar Lear es entonces parte de la lucha revolucionaria por construir una oposición clasista en uno de los gremios más importantes del país.

Dentro del balance hay que incluir el surgimiento de obreros que pelean con una garra envidiable. Sin embargo, el resto de la izquierda retaceó sus apoyos en función de especulaciones sectarias. Sobre el final, un grupo importante de compañeros “se bajó” y arregló sus indemnizaciones, un día antes del fallo de la Sala X. Nosotros comprendimos a estos compañeros, porque la responsable de su situación era la empresa, y mantuvimos con ellos una relación de solidaridad. Sin embargo, en un hecho inédito de la historia de la izquierda internacional, todas las corrientes de izquierda publicaron su carta, donde explicaban que no seguían con la lucha, mientras que a los dieciséis que quedaron hasta el final nadie los reivindicó con todas las letras porque muchos de ellos son del PTS: se trataba de dieciséis obreros que querían ingresar a una fábrica con una Interna destituida luego de que casi todos los delegados (salvo Matu del PTS, y Chiqui Maidana, que se encuentra de licencia médica) se habían retirado ya, donde había una patota liberada por la patronal, con el “único” fin de ayudar a Matu a organizar la fábrica en condiciones dificilísimas. Esto solo es un hecho para el movimiento obrero y la izquierda. No se trata de ser reinstalados en fábricas donde la izquierda conserva la dirección, como Kraft, sino de entrar a dar una pelea desigual enfrentando a una patota. Pero esto no merece atención para la enorme mayoría de las corrientes de izquierda. Mejor que la izquierda “ascienda” independientemente de estas batallas y por fuera de estos compañeros y de estas compañeras. Nunca un nombre estuvo tan bien puesto: indomables.

El rol del PTS. La lucha de clases en el centro

El PTS puso y pone todos sus recursos como ninguno. El hecho de que el PTS tenía peso en la dirección de la interna no es la explicación profunda de esta opción. No nos volcamos de esta forma al conflicto porque fuese “nuestro conflicto”. Después de todo, un solo militante del PTS estaba en la CI. La realidad es que el PTS es el único partido que considera que el centro de su actividad práctica tiene que estar en la lucha de clases. Siguiendo las tesis de la Tercera Internacional en su época revolucionaria, el PTS considera que una organización que quiera ganar peso en la vanguardia y en las masas obreras tiene que compartir sus luchas, desde las más pequeñas hasta las más vastas. Siguiendo a Lenin consideramos a las luchas obreras como “escuelas de guerra” donde la vanguardia y el propio partido se preparan y se templan para los grandes acontecimientos revolucionarios. No hay otra forma de preparar un verdadero partido de combate capaz de estar a la altura de situaciones verdaderamente revolucionarias o contrarrevolucionarias. Lo demás, como decía Rosa Luxemburg, es “solo parlamentarismo”. Toda nuestra organización se puso en movimiento para el combate. Desde la dirección nacional hasta el último de sus militantes y simpatizantes, pasando por nuestros parlamentarios, abogados y referentes de organismos de derechos humanos. Todos los recursos políticos, materiales y morales fueron puestos al servicio de convertir esta lucha en una gran batalla de clase. Los que critican tal o cual error, los que consideran que si se hubiera hecho tal cosa el curso de la lucha sería distinto, pero nunca pudieron convencer a los trabajadores en el momento que según ellos correspondía (y siempre hubo reuniones abiertas a todas las corrientes desde el primer momento del conflicto), y aprovecharon esto para borrarse, no pasan de la charlatanería. La gran mayoría de las “críticas” solo se plantearon en periódicos y luego de los hechos. En luchas como esta lo primero que se define es la estrategia y, si esta impone la persistencia como necesidad, lo primero que hay que determinar es quién tiene, por concepción y práctica real, la voluntad de encarar un combate de nueve meses y quiénes desde el costado o con apoyo intermitente consideran a la lucha de clases como un problema secundario y accesorio y no fueron más que un apoyo circunstancial con el que no se hubiera podido llegar tan lejos como se llegó.

Gracias a esta concepción que logró imponerse para conducir la pelea, la lucha de Lear pudo llegar tan lejos y ser un factor disuasorio para el resto de las patronales. Y la realidad es que no fue este el único ataque a las posiciones de la izquierda en el movimiento obrero de zona norte. Paty se perdió luego de una toma minoritaria sin resistencia ni preparación, se perdieron las internas de Avon y Amodil sin lucha alguna y la de Sealy con una resistencia que mostró un activismo importante. Pero la dirección del PO no quiso hacer de Sealy un gran conflicto cuando nadie se lo impedía salvo su propio conservadurismo y su concepción de que “el partido” tiene que explicar el programa “desde afuera”, inventando para esta concepción a un “Lenin paquete” que desprecia el barro de los piquetes para la “culta militancia socialista”, totalmente opuesto a las tesis de la Internacional Comunista.

Formar un partido

Esta no es la primera lucha en la que participa el PTS ni mucho menos. Hemos sufrido derrotas previamente y tuvimos nuestros triunfos. Pero en cada caso hemos desplegado todas las energías y fuerzas a disposición para lograr la victoria. Somos los últimos en abandonar el campo de batalla, y eso no cae del cielo, sino de nuestra concepción de partido, de querer construir un partido de combate, preparado para el combate. Así lo hicimos en Kraft negándonos a firmar el acta de capitulación del PCR en el 2009. Luego de la firma del acta seguimos luchando y, aunque no logramos nuestros objetivos, permitimos que el ala combativa y consecuente conquiste la Comisión Interna de la fábrica más grande del gremio de la Alimentación. Años estuvimos peleando con los obreros ceramistas de Zanon hasta poder estabilizar una fábrica, la más grande la provincia, bajo control obrero, y convertirla en un símbolo para la clase obrera argentina y mundial. Meses peleamos en Mafissa y solo salimos cuando enfrente había setecientos policías luego de resistir durante horas. Esa tradición de lucha rabiosa en cada combate, no de voluntarismo, sino de un realismo combativo no derrotista ha dado hombres de carne y hueso que humildemente creemos que existen en el PTS y en ningún otro partido. Es notorio cómo en las luchas de este año los delegados de Lear y Gestamp se fueron de las fábricas a cambio de dinero. Todos los delegados de Gestamp y todos los de Lear, con excepción de Matu (y Graciela Maidana que se encuentra afuera de la fábrica con licencia y apoyó en todo momento el conflicto).Todos arreglaron y abandonaron la lucha antes de tiempo y sacando provecho. Todos menos Matu. Y entre los despedidos, los militantes del PTS siguen peleando por su reincorporación. A todo partido puede sucederle que un dirigente sindical no tenga la fortaleza suficiente o se pase al bando enemigo. Sin embargo, la disposición al combate abierto y pleno por parte del PTS, la educación de sus militantes en esta convicción sin duda reduce la posibilidad de deserciones y da lugar a la formación de dirigentes obreros que no solo se hicieron en los locales, sino en el campo de batalla. De la lucha de Zanon surgen personalidades como las de Raúl Godoy, de la resistencia histórica del ARS compañeros como José Montes, Miguel Lagos y Quique Ferreyra, o de Siderar (ex-SOMISA) referentes históricos como Chiche Hernández; de la de Kraft, Poke Hermosilla y Lorena Gentile, que son hoy parte de la Interna, y también nuestros compañeros echados como Camilo Mones y Oscar Coria; de la pelea rabiosa por los contratados emerge un compañero como Bocha Puddu, delegado de IVECO expulsado por la burocracia del SMATA en Córdoba, como lo hicieron Catalina Balaguer y Leo Norniella en PepsiCo; de la resistencia de Maffisa surge Hernán García y todos el grupo de obreros que resistieron hasta el final y se mantienen hoy organizados con el PTS; de la pelea de los más explotados del norte, del SEOM, un militante como Alejandro Vilca y dirigentes obreros que provienen de otras corrientes de izquierda como el compañero Chopper Egüez del Ingenio La Esperanza; en el mítico puente grúa de Gestamp estaba nuestro compañero Roberto Amador, que sigue peleando hoy por su reinstalación; la gesta de Donnelley está dando lugar a una nueva camada de dirigentes y cuadros obreros como Eduardo Ayala, Jorge Medina, René Córdoba o Martin Killing, que son parte de un extenso grupo de obreros clasistas que se están formando como cuadros obreros. La pelea por organizar las fábricas de La Matanza y de pelear también “contra viento y marea” dio lugar a Franco Villalba de la ex Jabón Federal, y de nuestra concepción y de su disposición al combate surgen dirigentes como Claudio Dellecarbonara en el Subte, para poner los ejemplos más notorios.

Estos nombres, que dejan sin duda injustamente a otros sin nombrar, son solo la cara visible de decenas y decenas de trabajadores que participaron con nosotros en luchas de este tipo, donde el PTS una y otra vez puso todo de sí para el combate. Rescatamos a los compañeros que lograron mantener los puestos de trabajo y siguen su militancia luego de estas luchas, pero también a los que perdieron sus puestos en la lucha y aumentaron su conciencia de clase. Ellos se mantuvieron en muchos casos ligados a nuestra organización o militando en ella, fueron solidarios con los compañeros que siguieron la lucha en cada fábrica de la que fueron expulsados, y una gran parte de ellos fue hacia otras fábricas y se convirtieron en organizadores. ¿De qué otra manera se puede ir formando una nueva camada de obreros revolucionarios si no es siendo parte de la escuela de la lucha de clases?

Como dijimos, todo esto no cae del cielo, sino de una concepción y de la determinación de tomar cada lucha como una gran batalla de clase, de ser indomables en el combate, los que no abandonamos la lucha si hay una posibilidad, por pequeña que sea, de lograr el triunfo. De esta forma estamos construyendo el PTS. No hay otra manera de seguir la tradición revolucionaria, de formar un partido con sus dirigentes, cuadros y militantes preparados para los grandes momentos históricos.

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