Partido de los Trabajadores Socialistas

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Sábado 1 de Noviembre de 2014
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El Señor K y el intento de restablecer la autoridad y los negocios capitalistas

El estado peronista

24 Nov 2003   |   comentarios

En Argentina el discurso neoliberal que nos hablaba de las virtudes de las privatizaciones de los servicios públicos, la entrega del patrimonio nacional y el libre accionar del mercado quedó derrotado, rebelión de diciembre de 2001 mediante. El famoso “derrame” “hacia abajo” que iba a producir el desvergonzado crecimiento de las ganancias de los capitalistas, resultó en el empobrecimiento generalizado, la destrucción de fuerzas productivas nacionales, la desocupación lisa y llana, el saqueo descarado y la concentración de la riqueza en una “nueva” oligarquía burguesa. El paradigma neoliberal está quebrado y en su reemplazo, fundamentalmente desde la asunción de Kirchner, se intenta proyectar la idea del retorno a un “estado fuerte”.
El presidente se presenta a sí mismo como representante de un cambio político: la reconstrucción del “estado nacional” limitando al capital monopólico y las privatizadas, preocupado por los ciudadanos y su seguridad, que ataca a la corruptela, centrando su atención en la “agenda social”. Es esta retórica la que despierta simpatía e ilusiones entre los trabajadores esperanzados en que “desde arriba” se le ponga un límite a la prepotencia patronal, se aumenten los salarios y se generen puestos de trabajo.
El neoliberalismo fue la avanzada del neocolonialismo en nuestros países. Mediante el desguace de la propiedad pública se generó una orientación estatal centrada en garantizar la rapacidad de los grupos capitalistas, el enriquecimiento de la casta política y la destrucción sistemática de las conquistas de los trabajadores. La “vuelta” del estado nacional (burgués) es presentada como la superación de esa “vieja” realidad.
Al estilo K. se lo puede describir con la imagen del encantador de serpientes: con la música de la “soberanía” encandila a unos y otros. Pero lo que se presenta como “dignidad” y “dureza” frente al imperialismo y el gran capital extranjero es una partitura bien distinta. Así las negociaciones con el FMI fueron presentadas, como firmeza del gobierno frente a los acreedores, cuando en realidad era la aceptación de un trato neocolonial por el cual se le impone al país el porcentaje de superávit que regirá al cabo de la peor depresión de su historia. Lo mismo con relación al nuevo “Alca light”, donde se continúa por la senda de las relaciones de vasallaje con los EEUU. Por último, la supuesta reestatización del Correo, tiene como fin sacársela a Macri para volverla a privatizar (según la noticia lanzada por Marcelo Bonelli en A dos voces el nuevo adjudicatario sería... ¡Federal Express!).
La reconstrucción estatal que quieren poner en marcha se basa en la reestructuración de un capitalismo “nacional” –identificado en las agroexportadoras y los grupos locales más concentrados (tipo Techint)- con la esperanza de inversiones norteamericanas en detrimento del viejo establishment. Junto a este cambio, expresión del predominio de otra facción burguesa en la economía, Kirchner se propone recomponer la autoridad del poder político y la legitimidad de las instituciones del viejo régimen. La idea de un estado regulando al mercado es la cobertura de una política dirigida a buscar nuevos negocios para los capitalistas. No olvidemos que mantener los salarios planchados es cuestión de estado.
Autoridad estatal
El discurso del “estado fuerte” es un engaño a los trabajadores para fortalecer un aparato de coerción y dominio. La reciente prórroga de los superpoderes al gobierno, presentados como una forma efectiva para agilizar las políticas sociales, muestra la tendencia a acumular poder detrás del Ejecutivo. El reciente intento de crear una brigada antipiquetera y la reglamentación de los cortes de calle y rutas que se pretende a cambio de un indulto a los luchadores, son una pista de hacia dónde se puede querer utilizar las facultades otorgadas. Es que Kirchner, continuando por la senda iniciada por Duhalde, busca aceitar los mecanismos de una nueva orientación estatal, que contenga mediante un aparato clientelar –como el plan Jefas y Jefes- la posible protesta de los más pobres. Para esto, necesita constituir una burocracia adicta que cumpla el papel de agente del poder político en las organizaciones obreras y populares. La fragmentación actual de los movimientos de lucha, acompaña la cooptación de los dirigentes de los movimientos sociales, con la formación de una burocracia piquetera (FTV-CCC) y también en las fábricas recuperadas con nuevas burocracias cooperativistas. El intento de recomponer a la burocracia sindical, buscando la unidad de las CGT, entre los “gordos” -ex menemistas- y el moyanismo -hoy kirchnerista- es otra de las patas del plan del gobierno.
Por último, la “renovación” de las instituciones encarada por Kirchner, no pasa de ser un cambio parcial de figuras (las más conflictivas) -mientras mantiene su alianza con los barones provinciales del PJ- con el objetivo de relegitimar al régimen ante la población.
En síntesis, cooptación de los movimientos sociales, sostenimiento de la burocracia sindical, continuismo de la oligarquía política, es el mapa de lo “nuevo”. Pero, a lo que se mantenga independiente, a la vanguardia y a la izquierda, aislamiento y llegado el caso aplicación de toda la “fuerza de la ley”, es decir represión. El estilo K. de reconstrucción de la autoridad estatal, hay que reconocerlo, hace honor a la tradición histórica del peronismo.
Peronismo y poder
El peronismo en su origen (1946/1955), surgido de la crisis del régimen conservador, representó a un movimiento nacionalista burgués que estructuro la alianza, alrededor de un estado fuerte, entre la llamada burguesía nacional y la clase obrera, integrada a la vida política alrededor de la estatización de sus organizaciones. Cooptación de dirigentes y represión de los elementos independientes y de izquierda –como por ejemplo los dirigentes del Partido Laborista- fueron parte constitutiva de los dos primeros gobiernos del General Perón. La concesión de grandes conquistas para los trabajadores, la formación de la CGT, de las comisiones internas, el otorgamiento de los convenios colectivos de trabajo fueron la base material de la adhesión obrera al peronismo, contemporáneo a la formación de una nueva burocracia estatal y de una burguesía ligada al mercado interno, que fueron los actores de un Pacto Social tácito, que caracterizaron a la primer etapa del peronismo en el poder.
El segundo peronismo en el poder (1973-1976), viene de la mano de la crisis del régimen libertador, como recurso de la burguesía para contener el ascenso obrero y popular desatado tras el Cordobazo. Otro factor de crisis en ese entonces era la declinación del modelo de acumulación basado en la sustitución de importaciones. Este peronismo fue un intento de domesticar la lucha de clases, primero bajo un breve período de formas frentepopulistas con Cámpora, y luego directamente como un partido del orden. Así, combinando una burocracia sindical gangsteril y lanzada a terminar –sea como sea- la lucha obrera y esencialmente, después de la muerte de Perón, con López Rega y el terror de las Tres A. En este período el peronismo no había venido a resistir las pretensiones imperialistas, sino a negociar las nuevas relaciones entre Argentina y el capital financiero que pugnaba por imponer su hegemonía.
La década menemista (1989-1999) fue la expresión de un peronismo que llega al poder en medio de la crisis terminal del viejo estado-nación producto de la ofensiva neoliberal. Como dijimos más arriba, se caracterizó por ser el agente directo del capital financiero y el establishment. Este peronismo, borró de su discurso las banderas históricas de “justicia social”, “soberanía política” e “independencia económica” imponiendo las “relaciones carnales” apoyado en una alianza social inédita, erigida en torno a la convertibilidad, entre los más ricos, la clase media alta, los trabajadores y los más pobres. La burocracia sindical se incorporó a la concertación con el estado en su nuevo papel de gerenciadora de negocios capitalistas.
El peronismo kirchnerista retoma el discurso del primer peronismo pero para negociar –como el segundo peronismo- las condiciones del vasallaje con los EE.UU. Sin embargo, el discurso renovador choca con la realidad de que más allá de la retórica y los gestos, las conquistas capitalistas logradas bajo el menemismo –ganancias para los patrones y pérdida de derechos para los trabajadores- seguirán en pie. El kirchnerismo recoge un poco de toda la herencia histórica del peronismo en el poder.
En conclusión, el peronismo encarna en torno al estado una voluntad de orden guiada por el pragmatismo político. La trayectoria que va desde el nacionalismo burgués al actual grado de sumisión frente al imperialismo, nos hablan del fracaso histórico de los movimientos burgueses para defender la Nación. Por la negativa, de la necesidad de los trabajadores, de romper con este partido patronal y conquistar su independencia política y la de sus organizaciones. La propuesta de un movimiento político de los trabajadores que hacemos desde el PTS, apunta a hacer real esta premisa.
Contra las pretensiones de reconstruir la autoridad y el estado burgués, la idea de liberación nacional, que fuera parte del imaginario histórico de la clase obrera peronista, solo es posible pensarla en la perspectiva de la expulsión del imperialismo y la expropiación de la gran propiedad capitalista, como parte de un plan obrero y popular de reorganización económica, política y social. Esto significa luchar por destruir el estado burgués mediante una revolución que imponga un nuevo ordenamiento político y social que basado en la autodeterminación obrera y popular, en instituciones de democracia directa, construyan un estado de los trabajadores, para sentar los cimientos de una nueva sociedad.

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