Partido de los Trabajadores Socialistas

Buenos Aires
Sábado 20 de Septiembre de 2014
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Del "Fraude patriotico" al peronismo

13 May 2010   |   comentarios

Luego del golpe de 1930, la relativa legalidad que habían conquistado las organizaciones obreras bajo Yrigoyen fue liquidada por el régimen golpista y por los gobiernos del “fraude patriótico” que le sucedieron. Al mismo tiempo, el estallido de la crisis capitalista mundial en 1929, luego del crack bursátil de Wall Street, golpea principalmente sobre la clase trabajadora, que en esos años sufre por primera vez la desocupación de masas. Sin embargo, la crisis pone también al desnudo los límites del “modelo agroexportador”, imponiendo su replanteo. Para ello, la oligarquía argentina profundizará la sumisión del país en defensa de sus intereses, transformándolo en una semi colonia directa de Gran Bretaña gracias al infame tratado “Roca-Runciman”, firmado el 1º de Mayo de 1933. El entonces vicepresidente argentino, Julio Argentino Roca (hijo), llegó a afirmar entonces sin pudores que la Argentina era “la joya más preciada de la corona británica” y que constituía “desde el punto de vista económico, una parte integrante del Imperio Británico”. Pero mientras se entrega al imperialismo inglés, obligada a producir internamente lo que ya no podía conseguir afuera, la clase dominante impulsa en este período una industrialización pragmática y limitada del país, en lo que se llamó el “proceso de sustitución de importaciones”. A pesar de su limitación, al calor de este proceso las fuerzas objetivas de la clase obrera crecen notoriamente, formándose así un fuerte movimiento obrero que combinará sus nuevas fuerzas con viejas tradiciones de lucha. Esta clase obrera es la que, pese a la represión y la persecución política, puso en pie en esos años fuertes sindicatos por industria y protagonizó grandes acciones de combate, entre las que se destaca la huelga general en apoyo a la huelga de la construcción de enero de 1936, encabezada por obreros comunistas.

Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, en septiembre de 1939, la burguesía argentina se encontraba dividida entre un sector que quería seguir siendo aliada privilegiada de la corona británica y los que querían cambiar de amo, orientándose hacia el imperialismo norteamericano. En ese marco es que tiene lugar el golpe de estado del 4 de junio de 1943, del que saldría como figura relevante el entonces coronel Juan Domingo Perón. Este, desde la Secretaría de Trabajo y Previsión, tuvo una política activa para ganar influencia entre una clase obrera que se expandía numéricamente, combinando concesiones materiales con la cooptación de dirigentes sindicales. En ese entonces, Perón expresaba los intereses de una burguesía nacional que daba concesiones a la clase obrera con el fin de negociar en mejores condiciones cuál era su relación con el imperialismo yanky, que venía avanzando en su control de la región. Un fenómeno que había explicado Trotsky respecto del gobierno de Cárdenas en México:

“En los países industrialmente atrasados el capital extranjero juega un rol decisivo. De ahí la relativa debilidad de la burguesía nacional en relación al proletariado nacional. Esto crea condiciones especiales de poder estatal. El gobierno oscila entre el capital extranjero y el nacional, entre la relativamente débil burguesía nacional y el relativamente poderoso proletariado. Esto le da al gobierno un carácter bonapartista sui generis, de índole particular. Se eleva, por así decirlo, por encima de las clases. En realidad, puede gobernar o bien convirtiéndose en instrumento del capital extranjero y sometiendo al proletariado con las cadenas de una dictadura policial, o maniobrando con el proletariado, llegando incluso a hacerle concesiones, ganando de este modo la posibilidad de disponer de cierta libertad en relación a los capitalistas extranjeros” (“La industria nacionalizada y la administración obrera”, 12-05-1939, en León Trotsky, “Escritos Latinoamericanos”, CEIP, Buenos Aires, 2007, 3ª edición). La política de Perón en sus dos primeros gobiernos expresaba esta segunda orientación.

Pese al apoyo que consiguió de la mayoría de los trabajadores, Perón siempre le dijo a la burguesía que su política era la mejor contención posible frente a una eventual radicalización política de los trabajadores: “Se ha dicho, señores, que soy un enemigo de los capitales y si ustedes observan lo que les acabo de decir no encontrarán ningún defensor, diríamos, más decidido que yo, porque sé que la defensa de los intereses de los hombres de negocios, de los industriales, de los comerciantes, es la defensa misma del Estado” (Perón, Discurso en la Bolsa de Comercio, 25 de agosto de 1944).

Sin embargo, los núcleos tradicionales del poder burgués querían realizar una política más decididamente antiobrera y de subordinación a los EE.UU., que emergía como la gran potencia vencedora de la Segunda Guerra Mundial junto con la Unión Soviética. El Partido Comunista, sostuvo en esos años la política criminal de aliarse a los verdugos de los trabajadores, incluyendo conservadores y terratenientes y al embajador norteamericano Braden, con el cuento de que formaban parte de una “alianza antifascista”. Cuando el propio Ejército trató de sacar a Perón del gobierno, el 17 de octubre de 1945 se produjo un levantamiento popular que lo restituyó en su puesto y abrió el terreno para su victoria electoral el 24 de febrero del año siguiente, donde fue como candidato del efímero Partido Laborista.

En los primeros años de su gobierno, Perón contó con una situación económica muy favorable, producto de la neutralidad en la guerra mundial, que le había posibilitado a la Argentina acumular una gran cantidad de reservas (“el Banco Central estaba atiborrado de lingotes de oro” se solía decir) y que las exportaciones argentina tenían fuerte demanda. Si bien tuvo un discurso antioligárquico, Perón no tocó la propiedad de los terratenientes, aunque si acaparó parte de la renta agraria para sostener a la industria e incrementar los salarios obreros. En esos años la clase obrera obtuvo muchas conquistas materiales y legales (el aguinaldo, el estatuto del peón, vacaciones pagas, mejores salarios, acceso a la vivienda, etc.), incrementándose la afiliación sindical y desarrollándose las comisiones internas y los cuerpos de delegados, instituciones clave en la lucha diaria contra las patronales por las condiciones de trabajo y por el salario. Pero el precio fue muy alto: los sindicatos y la CGT fueron directamente estatizados y se consolidó a su frente una burocracia que sería un auxilio inestimable para la dominación de la clase obrera por parte de las patronales.

El conjunto de conquistas obtenidas en este período no fueron dádivas que los trabajadores recibieron de Perón, sino la respuesta de éste a demandas planteadas en diversos conflictos, de alguna manera el precio que la burguesía nacional tenía que pagar para lograr subordinar políticamente a los trabajadores. Hacia 1954 esta situación ya se vuelve insostenible y los trabajadores protagonizan varias huelgas en contra no sólo de las patronales sino de las directivas de la CGT y del propio Perón, como la lucha de ese año emprendida por los obreros metalúrgicos, basándose en las comisiones internas y los cuerpos de delegados, que fue reprimida por el gobierno peronista y fue en gran parte boicoteada por la dirección burocrática de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM). Los sectores dominantes de la burguesía, los “gorilas”, que habían ganado el apoyo mayoritario de las clases medias, opinaban sin embargo que Perón no podía garantizar el ataque a las conquistas obreras que querían implementar para aumentar sus ganancias, y prepararon con el apoyo del gobierno norteamericano y del Vaticano (que había pasado de aliado a feroz opositor del gobierno) las condiciones para el golpe de Estado que se termina imponiendo en septiembre de 1955, luego del intento fallido de junio de ese mismo año, donde aviones de la marina ametrallaron y bombardeando en Plaza de Mayo a manifestantes desarmados que habían concurrido a defender al gobierno, provocando cientos de muertos y heridos. Perón prefirió capitular que armar a los trabajadores, la única medida que podría haber evitado el triunfo del golpe.









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