logo PTS

MOVIMIENTO OBRERO

LA RELACION BENDITA ENTRE LA CÚPULA SINDICAL Y DE LA IGLESIA

La Vati-CGT

Omar Viviani no podía estar más satisfecho. No paraba de saludar: cómo le va querida reina, cómo le va señor cardenal. Es cierto que viaja seguido a Roma, donde la central sindical tiene estrechas relaciones con el cardenal Leandro Sandri y Viviani es dueño de algunas pizzerías; pero estar en la segunda fila de la asunción del Papa es un privilegio para pocos.

Lucho Aguilar

21 de marzo 2013

La Vati-CGT

Omar Viviani no podía estar más satisfecho. No paraba de saludar: cómo le va querida reina, cómo le va señor cardenal. Es cierto que viaja seguido a Roma, donde la central sindical tiene estrechas relaciones con el cardenal Leandro Sandri y Viviani es dueño de algunas pizzerías; pero estar en la segunda fila de la asunción del Papa es un privilegio para pocos. Privilegio que comparte con otros capos de la CGT (Antonio Caló y ‘Caballo’ Suárez) y el de la UIA (De Mendiguren), como parte de la comitiva oficial.

No hay sorpresa. No hizo más que ocupar el lugar que le han reservado a la burocracia sindical sus amigos en el Vaticano y la Casa Rosada.
Como tantas veces en la historia…

Perón: idas y vueltas

En los inicios del siglo XX, la Iglesia había sido un puntal en la lucha contra las primeras organizaciones obreras, de signo anarquista y socialista. Primero, lanzando los Círculos Católicos de Obreros, un sindicalismo amarillo, dócil con los patrones y duro con “los rojos”. Luego, participando en la formación de la Liga Patriótica, una banda destinada a romper huelgas y asesinar dirigentes obreros, que contó con obispos y militantes católicos en sus filas.

Tras el golpe de 1930, la relación entre Estado e Iglesia se haría más estrecha. La curia sería beneficiaria de las políticas de gobierno, incluso durante el primer gobierno peronista. A cambio bendeciría a cada uno de los presidentes de turno y ayudaría a regimentar al movimiento obrero.
Pero desde las catedrales se terminaría organizando una violenta oposición a Perón, en su segundo gobierno: los aviones que bombardearon la Plaza de Mayo llevaban pintado “Cristo Vence” y la Iglesia organizó movilizaciones masivas que fueron la base de la Revolución fusiladora. 
 
A esa altura, buena parte de su misión había sido cumplida. Como dice el documento que le entregó la Conferencia Episcopal a la CGT durante la segunda visita de Juan Pablo II, “hasta 1945, un 98% de los dirigentes sindicales en este país eran ‘ateos’ y sólo un 2% católicos, y ninguno era casado por la Iglesia. A partir de 1945, los ‘ateos’ han bajado al 37% y los católicos aumentado al 60%, mientras ya un 76% de ellos es casado por la Iglesia”.

A pesar de las reiteradas conspiraciones de la Iglesia, el peronismo y los sindicalistas hicieron todo lo posible por caerle bien.

La cruz y la espada

Augusto Vandor y la jerarquía eclesiástica coincidirían en el apoyo al golpe de 1966. Cuadros católicos asumirían en el gobierno de Onganía, pero la CGT sería rápidamente marginada. Para cuando esa dictadura era acorralada por el ascenso obrero de 1969, el Vaticano ya se venía “aggiornarnando” con el Concilio Vaticano II (frente a fenómenos como la Revolución cubana y su impacto mundial). Así buscaba evitar la radicalización de los trabajadores y la juventud. Entonces, José Rucci reivindicaría la Doctrina Social de la Iglesia como “una fuerza inspiradora”. Mientras la CGT de los Argentinos de Raimundo Ongaro sería aliada de los “curas tercermundistas”.

Mucho más conocido es el rol jugado por la curia en apoyo al golpe de Estado de 1976. La cúpula eclesiástica encumbró a “guerra santa” el genocidio. Como dijo el Capellán del Ejército que actuaba desde Campo de Mayo, “nuestros enemigos son quienes tienen ideologías marxistas, organizan huelgas, arrojan volantes”.

Cuando la dictadura comenzaba a agotarse, la Iglesia cambiaba su táctica. En 1979 la Pastoral Social del Episcopado se reunía con dirigentes sindicales de la ‘Comisión de los 25’ y apoyaba “el derecho a agremiación”. Se sumaba así al proceso que finalizaría en las elecciones de 1983. Los obispos serían, junto a la CGT y los partidos tradicionales nucleados en la Multipartidaria, una clave para que la “transición democrática” sea lo más ordenada posible, conteniendo el repudio obrero y popular a los milicos.

Fue en ese momento en que la Compañía de Jesús, en la que militaba el hoy papa Bergoglio, puso en pie el Centro de Formación Sindical (CeProSin), para formar a los “jóvenes dirigentes sindicales”.

Saúl Ubaldini, ferviente católico e impulsor de la “doctrina social de la Iglesia”, sería una figura de recambio a la burocracia que había gobernado con Isabel Perón.

El legado de Walesa y Juan Pablo II

Abril de 1987, segunda visita del Papa a la Argentina. “Siendo la CGT la gran agrupación ‘no marxista’ de América Latina, con óptimas relaciones con la Iglesia, se puso mucha atención para que no hubiese infiltraciones rojas en el acto. Saúl Ubaldini pidió que los trabajadores llevasen ante el Papa sólo banderas vaticanas y argentinas. Nada de pancartas ni protestas. Ubaldini es equiparado por la jerarquía argentina con Lech Walesa”. Así comenzaba el corresponsal del diario El País la crónica sobre el acto en el Mercado Central organizado por la CGT y el Episcopado. 

Lech Walesa fue el dirigente del sindicato polaco Solidaridad, que después del golpe militar en 1981 desvió el proceso de oposición obrera al régimen estalinista para convertirlo en apoyo al proceso de restauración capitalista. Argentina no vivía el mismo proceso político ni Ubaldini era igual al líder polaco, pero Juan Pablo II predicaba para los popes sindicales el mismo objetivo: dirigentes capaces de contener y controlar al movimiento obrero, como en Brasil lo hacían con Lula. Por eso finalizó el acto en el Mercado planteando que el “asociacionismo laboral no puede ser identificado con la lucha de clases sociales”.

Sin embargo, aquella tarde los organizadores esperaban una multitud mucho mayor. No tuvieron en cuenta que miles y miles de trabajadores peronistas se negaban a olvidar el apoyo de la Iglesia al golpe de 1976, pero sobre todo a los bombarderos de 1955. Despreciaban a “los conspiradores de la Catedral”.

Los Gordos en su Tierra Santa

En los 90, Monseñor Quarracino era elegido Arzobispo de Buenos Aires, y los Gordos tomaban la conducción de la CGT. La Iglesia sería, a pedido de Menem y la burocracia, ‘mediadora’ en los conflictos contra las privatizaciones, facilitando la aplicación del plan neoliberal del menemismo.

En 1998, Rodolfo Daer viajaría al Vaticano. Sería para “confesar” su último pecado: acababa de entregar la Reforma Laboral. El Papa lo recibió con los brazos abiertos…

Pero Tierra Santa es el monumento más perfecto a la santa alianza de los 90. Menem le cedió a precio vil los terrenos a Armando Cavalieri, que construyó un paseo temático religioso valuado en millones de dólares. Armando, hoy kirchnerista, lo recuerda con orgullo: “Cuando se lo conté a monseñor Bergoglio, me dijo que era un ‘milagro’ y lo declaró de interés religioso”.

Del estallido a la entronización

Pero la Iglesia, vieja zorra, sabría adaptarse a los cambios que venían. Si antes había anticipado el agotamiento de la dictadura militar o el ciclo alfonsinista, ahora se acomodaba al fin de la convertibilidad. Había que evitar que la clase obrera entrara en escena con toda su fuerza: a mediados de 2001 el cardenal Primatesta se reunía con la CGT de Daer y el MTA de Moyano, y les proponía sumarse al Diálogo Social. Allí confluirían la Unión Industrial, los partidos burgueses y las centrales que buscaban una salida pactada a la crisis del gobierno de De la Rúa. 

Ya ocurrido el estallido de diciembre de 2001, la Iglesia se sumaría al desvío que el peronismo y la burocracia sindical llevaban adelante.
Durante estos últimos años, la burocracia sindical recuperó parte de su cuota de poder. El kirchnerismo sostendría todo este tiempo una alianza con el sindicalismo “peronista y cristiano” que ocupa hace décadas los sillones de los gremios. Como primer embajador en el Vaticano nombraría a un sindicalista católico, pero proveniente de la CTA: Carlos Custer. La devoción por el Santo Padre nunca fue exclusiva de la CGT, De Gennaro y Micheli visitaron a Ratzinger y ya felicitaron a Bergoglio.

Esta semana los dirigentes cegetistas estuvieron en la asunción del Papa “argentino y peronista”. Habrán tenido momentos de divergencias, pero nunca perdieron de vista sus acuerdos, más terrenales que “divinos”: sostener al capitalismo contra viento y marea, enfrentar las ideas de izquierda en el movimiento obrero, predicar la conciliación de clases, la resignación y la miseria de lo posible. Y defender sus privilegios, claro. El de los burócratas millonarios y los obispos que caminan sobre oro y mármol.

Temas relacionados: