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Internacionales

Judaísmo y Sionismo

27 de julio 2006

Los sionistas y los halcones neoconservadores del gobierno de Bush sostienen que toda crítica dirigida hacia el Estado de Israel encierra una ideología antisemita en potencia. Quien se opone al Estado de Israel también se opondría a la existencia de los judíos. De ese modo se desprende una relación de identidad apoyada sobre un supuesto vínculo “natural” entre las personas de origen judío y el Estado de Israel. Esta relación de equivalencia no es más que una falacia que se propone un objetivo ideológico: asociar a todas las personas del mundo que profesan la religión judía como soportes materiales de un Estado colonialista y racista.
El sionismo es un movimiento político que surgió a fines del siglo XIX a partir del recrudecimiento del antisemitismo sobre Europa. Mientras gran parte de los trabajadores de origen judío se enrolaban en los partidos socialistas, destacando importantes dirigentes como León Trotsky o Rosa Luxemburgo, el minoritario movimiento sionista buscaba el apoyo de las potencias imperialistas para promover la colonización de Palestina mediante el establecimiento de un Estado judío. Con dicha finalidad, los sionistas no vacilaron en buscar acuerdos con célebres antisemitas como el ministro Plehbe, quien desde la autocracia zarista azotaba con furiosos pogroms a las aldeas judías. El genocidio de millones de judíos durante la 2° Guerra Mundial generó las condiciones para que el sionismo se transformara en la ideología “natural” de las comunidades judías. Gran Bretaña primero, y EE.UU. después, hicieron el resto de la tarea financiando la construcción del Estado sionista, asentado sobre la expropiación de las tierras y la masacre del pueblo palestino.
Pero el sentido común de la ideología sionista se disuelve cuando el propio Estado de Israel hace a un lado las necesidades de las personas de origen judío para mantenerse como una maquinaria de guerra permanente contra los pueblos árabes, acorde a los dictados de EE.UU. Con motivo del 12° aniversario del atentado contra la AMIA, el embajador israelí, el Congreso Judío Mundial y la DAIA se reunieron con el gobierno para exigirle su alineamiento con el Estado de Israel en la escalada bélica lanzada contra Hezbollah y sus socios de Iran y Siria, como presuntos autores del atentado contra la mutual judía. Sin haber presentado ninguna prueba, los representantes de las instituciones sionistas dan por terminada la investigación del atentado terrorista más brutal de la historia argentina, consagrando la impunidad y preparando así el camino para una pronta prescripción de la causa. Burlando el dolor de los familiares de las víctimas, los representantes del sionismo desplazaron la legítima demanda de establecer justicia en aras de las necesidades inmediatas del Estado de Israel, los EE.UU. y la cruzada antiterrorista contra el mundo árabe. Así vuelven a repetir el papel que desempeñaron durante el gobierno de Menem, cuando mediante la figura de Rubén Beraja fueron cómplices del encubrimiento de la investigación fraguada por el ex juez Galeano, la SIDE, Corach y toda la runfla menemista.
Sin embargo, no era la primera vez que el Estado de Israel actuaba contra los reclamos de la comunidad judía. Durante los años de plomo, el Estado judío apoyó públicamente a la dictadura militar, proporcionándole armamento e instruyéndola en la profesión de la tortura. Numerosos testimonios relatan que los genocidas practicaban una peculiar predilección por la tortura sobre los desaparecidos de origen judío, humillándolos con marchas nazis y banderas inscriptas con cruces esvásticas, aún a sabiendas del Estado sionista que prestaba en silencio su consentimiento.
Los “árabes israelíes” y los palestinos de Gaza y Cisjordania constituyen la mano de obra barata y los sectores más brutalmente discriminados por el Estado sionista. Sin embargo, este Estado no duda en exponer la vida de su propia población judía cuando se trata de imponer orden y disciplina a los pueblos árabes. Hace pocos días dos obreros judíos de la zona de la Galilea murieron camino a sus trabajos, producto del chantaje de los funcionarios estatales que exigían el retorno a las tareas laborales de aquellos que escapaban de los misiles buscando resguardo en las ciudades del sur. El Estado sionista cubre los salarios equivalentes a los dos meses anuales de reserva que deben prestar los ciudadanos judíos al ejército, pero hoy se niega a compensar los días de trabajo caídos de aquellos que debieron huir a consecuencia de la espiral de violencia generada por su iniciativa asesina sobre la población civil del Líbano. La vida de los judíos vale para el Estado sionista en tanto y en cuanto sirva para reproducir su política colonial y guerrera. Precisamente por este motivo, durante la 2° Guerra Mundial los colonos sionistas abandonaron a su suerte a los 6 millones de judíos que fueron exterminados en los campos de concentración de Auschwitz, Bergen Belsen, Dachau, Treblinka, Maydanek, etc. Menajem Begin, Ariel Sharon, David Ben Gurión y todo el movimiento sionista dedicaron sus esfuerzos a construir las bases del Estado colonial montando las bandas paramilitares y terroristas del Irgún, Etzel, Leji y Haganá con la finalidad de expulsar al pueblo palestino de sus tierras mediante quemas de cosechas, asesinatos y masacres sin par, mientras millones de sus “hermanos” eran asesinados bajo la ignominia de la bestia nazi.
El Estado de Israel se construyó asimilando la herencia de los nazis desde su simiente porque fue fundado sobre la limpieza étnica del pueblo palestino. Los judíos como minorías oprimidas de los distintos países, que sufren en carne propia el antisemitismo, y que a su vez se manifiestan por la paz, deben repudiar la acción criminal de ese Estado sostenido a punta de fusil y romper sus lazos con el sionismo. La población judía mayoritaria del Estado de Israel jamás podrá obtener la paz si actúa sellando una alianza alrededor de ese Estado racista basado en un ejército de ocupación permanente contra el pueblo palestino. Ningún pueblo que oprime a otro puede ser libre, decía Marx a los trabajadores ingleses respecto a la Irlanda oprimida. La convivencia pacífica entre judíos y árabes en Medio Oriente exige destruir las bases materiales de ese Estado teocrático y colonial, basado en la religión y la raza, como instrumentos de influencia decisiva del imperialismo norteamericano.

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