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Egipto: la clase obrera y el proceso revolucionario

Una vez más miles de personas salieron a las calles en Egipto.
Tras la caída de Mubarak, la clase obrera protagonizó una oleada de huelgas y ocupaciones, combinando demandas económicas y políticas, desde aumento salarial hasta la lucha contra las privatizaciones y por que se vayan los directores de empresa que Mubarak había puesto a dedo.
Y se aceleró el proceso de reorganización de nuevos sindicatos, liquidando a la vieja central burocrática.

Celeste Murillo

22 de diciembre 2011

Egipto: la clase obrera y el proceso revolucionario

A casi un año de las movilizaciones de enero-febrero de 2011 que acabaron con la dictadura de 30 años de Hosni Mubarak, una vez más miles de personas salieron a las calles en Egipto para exigir el fin del gobierno del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (que gobierna el país desde la caída de Mubarak). El desencadenante de esta segunda ola de protestas fue el intento del Ejército de perpetuarse en el poder y garantizarse el derecho a vetar cualquier modificación en la Constitución. A pesar de las masivas protestas, ninguno de los principales partidos que participan del proceso electoral ha cuestionado la política de los militares y así muestran que no son ninguna alternativa para la clase obrera y la juventud.

Un proceso revolucionario
Egipto vive un proceso revolucionario: las masas con su lucha terminaron con la dictadura, enfrentaron a las fuerzas represivas durante días, causando una crisis política que obligó la caída del dictador Mubarak el 11 de febrero de 2011. Después de esta caída, el Ejército, que se mostraba como “amigo del pueblo” durante las protestas, encabezó una “transición” con la promesa de avanzar hacia una reforma constitucional y elecciones libres.
El proceso revolucionario abierto el 25 de enero tuvo como precedente años de resistencia obrera y popular. Especialmente las trabajadoras y los trabajadores textiles protagonizaron dos importantes oleadas de huelgas con ocupaciones entre 2006 y 2008 en la ciudad de al-Mahalla. Estas luchas fueron muy importantes porque la industria textil emplea el 48% de la fuerza laboral del país y al-Mahalla alberga fábricas como la Compañía Hilos y Tejidos de Egipto, que emplea 24.000 personas (su mayoría mujeres). Con estas huelgas y luchas surgió un proceso de reorganización, nacieron sindicatos independientes de la central sindical burocrática (transporte, empleados fiscales, docentes, entre otros).
Aunque las y los trabajadores no fueron el centro de las protestas de enero y febrero jugaron un rol importante con huelgas, protestas y bloqueos y la amenaza del cierre del estratégico Canal de Suez, que fueron el trasfondo de la caída de Mubarak.
La incipiente experiencia previa, aun bajo condiciones laborales muy malas, hizo que las y los trabajadores egipcios hayan tenido un protagonismo importante antes, durante y después de la caída de Mubarak. En contra de los deseos del Ejército y el imperialismo, esto sólo alimentó la protesta obrera una vez liberada del control policial de la burocracia sindical proMubarak.
Quienes no tenían nada, ni siquiera derecho a protestar, encontraron en el proceso revolucionario un terreno fértil para sus luchas y sumaron así su fuerza a la imponente movilización de masas. Por eso, cuando muchos sectores se retiraron de las plazas y las calles después de la caída de Mubarak la clase obrera se mantuvo en pie de lucha junto a un sector de la juventud.

Una transición de migajas y represión
Durante la “transición” el gobierno militar no solamente desoyó las demandas de los trabajadores y la juventud que se habían movilizado sino que impuso nuevas leyes antidemocráticas como la prohibición de las huelgas. Aunque el gobierno militar había prometido derogar el “estado de emergencia” mantuvo vigentes todas las prohibiciones de esa ley represiva vigente desde hace 30 años. Y aunque el gobierno militar debió hacer concesiones (disolución del partido de Mubarak, de la Policía Secreta, legalización de partidos opositores), intenta limitar con leyes y decretos reaccionarios los derechos más elementales. También el viejo régimen sobrevive en los tribunales militares, que siguen en funcionamiento: desde la caída de Mubarak han juzgado a 12.000 jóvenes, obreros y mujeres por participar de huelgas, manifestaciones y por criticar al Ejército, mientras siguen impunes los asesinatos de más de 1.000 personas que murieron a manos de la represión.
El decreto que prohíbe las huelgas dice que es un crimen participar de cualquier acción que afecte el desarrollo de la economía. Es decir, cualquier acción, ya que todos sabemos que una medida de fuerza que no afecte el desarrollo de la economía carece de efectividad como medio de acción obrera.

La participación obrera
Luego de la caída de Mubarak, la clase obrera continuó luchando: una oleada de huelgas y ocupaciones que combinaban demandas económicas y políticas, es decir, que iban desde el aumento salarial hasta la lucha contra las privatizaciones y por que se vayan los directores de empresa que habían sido puestos a dedo por Mubarak. También se aceleró el proceso de reorganización de nuevos sindicatos y se liquidó la vieja central sindical burocrática.
Mientras se les exige paciencia a los trabajadores, en las fábricas y empresas se ve la enorme brecha entre los salarios de miseria y las ganancias millonarias de la patronal. Además, el Ejército no es neutral en esta disputa: ¡ellos son dueños de una gran parte! Son propietarios de empresas de agua mineral, aceites, pesticiditas, tienen plantas de tratamiento de aguas, hoteles y otros servicios.
Es por eso que, desafiando el decreto antihuelgas, entre agosto y septiembre se desarrolló una oleada de luchas: por primera vez en 60 años pararon los médicos y los/as trabajadores/as de la salud de todo el país, las y los docentes y se realizó una huelga muy importante del transporte público. Durante el mismo período un sector de la vanguardia obrera se organizó en torno a una federación de sindicatos independientes.
Se ocuparon fábricas y empresas exigiendo su renacionalización, aumento salarial, la equiparación de las condiciones de las mujeres (que cobran salarios más bajos) y el derecho a organizarse.
En empresas como la textil Shebin El-Kom se consiguió la renacionalización; también hubo casos como la Compañía Hilos y Tejidos de Egipto donde el Ejército debió ceder ante la huelga y la ocupación de los trabajadores y echar al director de la empresa (aliado de Mubarak). Por otro lado, los trabajadores del Canal de Suez ya habían mostrado en febrero su poder al amenazar con parar por tiempo indeterminado el funcionamiento del canal por donde pasan diariamente 2 millones de barriles de petróleo y representa una de las principales fuentes de ingreso del país. Estos ejemplos muestran en pequeña escala la gran potencialidad de la acción de los trabajadores como parte de un proceso revolucionario a la vez que se unen a la movilización y la lucha de la juventud y el pueblo en general.
Una de las lecciones que dejaron estos meses de movilizaciones en Egipto es que ninguna de las demandas democráticas elementales, que fueron motor del proceso revolucionario, puede alcanzarse en los marcos del capitalismo (ya sea bajo la dirección del Ejército o bajo los partidos que hoy pactan con la Junta Militar). Solamente la clase obrera, tomando en sus manos el conjunto de las demandas de los sectores explotados y oprimidos, puede llevar hasta el final la lucha por sus demandas. Como mostró la caída de Mubarak, el fin de la dictadura significó solamente el comienzo de una lucha más profunda para terminar con la opresión y la explotación.

* Artículo tomado del periódico Nuestra Lucha N°8

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