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Partido de los Trabajadores Socialistas
    Buenos Aires   |  1ro de julio de 2022
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El hambre y la propiedad privada
17 Jul 2008 | Por Juan R. González y Pablo Anino

Marx define a la cooperación como aquélla “forma del trabajo de muchos que, en el mismo lugar y en equipo, trabajan planificadamente en el mismo proceso de producción o en procesos de producción distintos pero conexos”1. En la sociedad capitalista, la “cadena agroalimentaria” despliega una verdadera cooperación social de los trabajadores a escala mundial a partir de la integración de las actividades de producción, transporte y distribución. Pero la enorme potencialidad de la unidad de esfuerzos productivos para la obtención de una cantidad acrecentada de productos, bajo su forma capitalista está limitada y determinada por la búsqueda incesante de mayores ganancias. Como tantas otras características del proceso productivo, los capitalistas se apropian de esta cooperación de los trabajadores convirtiéndola en un recurso más para maximizar sus beneficios.

Un puñado de monopolios multinacionales controla las distintas ramas de la “cadena agroalimentaria” global (ver “¿‘Crisis alimentaria’ o...”) concentrando gran cantidad de medios de producción como tierras, molinos, plantas industriales, puertos, ferrocarriles, etc. Medios de producción antes utilizados en forma dispersa por capitalistas de menor tamaño, ahora al utilizarse colectivamente y producir en escala rinden el efecto útil de importantes ahorros de tiempo de trabajo, es decir una productividad y una cantidad de productos mayor.

La concentración del capital requiere una gran cooperación internacional de millones de trabajadores. Por ejemplo, mientras en Argentina determinados peones rurales se encuentran en cierto momento levantando cosechas, en paralelo obreros fabriles en espacios de tiempo precisos transforman granos en aceites o harinas, y a la vez otros trabajadores portuarios realizan las cargas de buques que marcharán a distribuir la producción efectuada anteriormente.

En otros países, al mismo tiempo, otros obreros portuarios descargan alimentos liberando espacio para recibir la producción en transito y cumplir con la necesidad de tener el alimento, actualmente en el puerto, sobre las góndolas de las cadenas supermercadistas cuando el consumidor pase por allí.

Pero a los capitalistas no les interesa la cooperación ni la coordinación del proceso productivo en sí mismos, sino las ganancias que reditúan. Aunque la cooperación en el proceso productivo aumente constantemente la capacidad de elaborar alimentos y materias primas, a la vez, la cantidad de afectados por hambre crece de forma aberrante, con la mitad de la población mundial sufriendo algún tipo de carencia alimentaria.

Este proceso no lleva a una reducción de la jornada laboral ni a un aumento sostenido del nivel de vida de los trabajadores rurales, portuarios o industriales, sino a la degradación generalizada de la fuerza de trabajo, el aumento de la pobreza y el hambre en el mundo. En Argentina la mayoría de los trabajadores del campo están en negro, trabajan de “sol a sol” y cobran salarios bajísimos, mientras que el conjunto de la clase obrera sufre el aumento en los precios de los alimentos. Los trabajadores se convierten así en víctimas de su propia cooperación, impedidos de gozar de sus frutos.

Otra víctima de la cooperación capitalista son los campesinos. En todo el mundo vienen siendo expulsados de sus tierras por el agrobussines, y terminan viviendo en villas o slums y realizando trabajos de subsistencia. Este fenómeno es particularmente agudo en América Latina y ha dado origen a movimientos de campesinos sin tierras, al zapatismo, etc.

La “crisis alimentaria” pone en evidencia una de las principales contradicciones inherentes al capitalismo: a la vez que la producción adquiere cada vez más un carácter social mediante la cooperación de millones de trabajadores que efectúan en forma cada vez más eficiente sus tareas logrando enormes cantidades de mercancías, la propiedad privada de los medios de producción hace que sólo los capitalistas se favorezcan de la cooperación, incluso los mayores beneficios se concentran en un minúsculo núcleo de grandes multinacionales.
Las consecuencias recaen también sobre el planeta mismo: “todo progreso de la agricultura capitalista no es sólo un progreso en el arte de esquilmar al obrero, sino a la vez en el arte de esquilmar el suelo; todo avance en el acrecentamiento de la fertilidad de éste, [es...] un avance en el agotamiento de las fuentes duraderas de esa fertilidad”2.

Los enormes avances en la producción provocados por las llamadas “revoluciones verdes” de las últimas décadas, trajeron aparejados una degradación de las mejores tierras, destrucción de ecosistemas enteros, cambios climáticos, etc. Marx plantea una conclusión categórica: “la producción capitalista, por consiguiente, no desarrolla la técnica y la combinación del proceso social de producción sino socavando, al mismo tiempo, los dos manantiales de toda riqueza: la tierra y el trabajador”3.

La cooperación conlleva miseria bajo el capitalismo, pero presenta en general enormes potencialidades que muestran por qué la clase obrera debe plantearse la expropiación de tierras, plantas industriales y puertos en manos de los capitalistas, lo cual potenciaría la cooperación mundial de los trabajadores en función de la satisfacción de las necesidades humanas y de la liberación de tiempo de trabajo en la perspectiva de otra sociedad.

 

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