PTS
Partido de los Trabajadores Socialistas
    Buenos Aires   |  21 de enero de 2022
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Tradición revolucionaria
24 Jul 2008 | Raúl Godoy, Secretario adjunto del SOECN y dirigente nacional del PTS

Recuerdo que en los ’90, bajo pleno menemismo, en Zanon regía una verdadera dictadura patronal; la productividad a full con jornadas larguísimas de doble turno.

Los contratados conformábamos un sector importante de la fábrica obligados a hacer horas extras para que nos renueven el contrato. Sólo nos quedaban para vivir 6 horas, descontando el viaje de ida y vuelta de la fábrica.

En esa época, en Neuquén éramos un pequeño grupo de 7 u 8 compañeros del PTS, y de alguna manera estábamos abocados a la delimitación teórica y política, intentando consolidar un núcleo militante en la ciudad. En ese tiempo nada era fácil en Zanon y sólo quedaba resistir hasta poder levantar cabeza. Mientras tanto, comenzábamos a organizarnos clandestinamente con algunos compañeros dentro de la fábrica, a la vez que también desarrollaba gran parte de mi militancia fuera de ella.

Justamente en esos días, aprovechando el turno noche, en las líneas de producción, me llevaba algunos libros para leer. En esas lecturas me impactó mucho el libro de James Cannon “La Historia del Trotskismo Norteamericano” y las huelgas que ellos dirigieron en Minneapolis.

Como contara Cannon en esa época, el trotskismo era “una voz gritando en una selva”, confinado a la crítica al PC y a tratar de explicar lo que parecían las más abstractas cuestiones teóricas.

En la URSS, los trotskistas eran duramente perseguidos, encarcelados y juzgados por tribunales de Stalin. En el caso de los Estados Unidos, estaban sometidos a las permanentes campañas de calumnias, provocaciones y ataques que le montaba el Partido Comunista. Esto sin contar las condiciones de vida que ese grupo de revolucionarios debía enfrentar en lo peor de la crisis económica.

Pero los trotskistas norteamericanos tenían una confianza profunda en la clase obrera y estaban armados con la convicción que da el programa y la estrategia del marxismo revolucionario. Ellos sabían la potencialidad que la clase podía desarrollar en momentos de alza y tuvieron la audacia necesaria para intervenir llegado ese momento. Su objetivo era construir una corriente orgánica proletaria bajo sólidos principios clasistas.

Esa es la tradición de la cual yo me siento parte, y la que trato de transmitirles a las nuevas camadas de compañeros que ingresan al partido.

La responsabilidad de dirigir un conflicto de envergadura, sabiendo que el enemigo que enfrentamos está organizado y tiene múltiples recursos, obliga a la planificación al detalle de cada uno de los aspectos a tener en cuenta. Y en esto, los trotskistas de Minneapolis hicieron escuela.

En primer término, contribuyeron a preparar y organizar la huelga minuciosamente, aportando también al surgimiento de un activismo obrero militante. Tomaron las experiencias y los métodos de lucha de otros conflictos como los de Auto Lite en la localidad de Toledo. Allí, una dura huelga fue apoyada por un movimiento de desocupados (“La Liga de Desocupados”, dirigida políticamente por el Pastor Muste y su corriente, el Comité Provisional por la formación de un Partido Obrero de Estados Unidos).

Otro aspecto es que dirigieron la lucha de modo político, sabiendo que ella sería una guerra de clase contra clase. No se preocuparon sólo por su sector, y se esforzaron por lograr la unidad con los desocupados.

Los trotskistas evitaron llevar a los trabajadores a acciones aisladas. Tuvieron política para comprometer a los burócratas sindicales de la AFL local. La simpatía ganada en la base de esos gremios fue el mejor reaseguro para obtener el apoyo de los líderes para con la huelga. (como hicimos en Zanon con la Coordinadora Regional del Alto Valle, en donde los ceramistas confluimos en unidad con los trabajadores desocupados del MTD junto a otros agrupamientos sindicales y políticos. Logrando en momentos críticos tres paros generales provinciales de la CTA).

Al dirigir el conflicto con una estrategia de clase, no se dejaron seducir ni confundir por ninguna de las instituciones que los capitalistas tienen para quebrar las luchas obreras. A diferencia de los sectarios, no ignoraron a los mediadores gubernamentales (Ministerio de Trabajo y sus séquitos de funcionarios), pero tampoco les regalaron nada. Sólo se limitaron a llevar las propuestas que éstos hacían a las asambleas de base y llevaron las negociaciones a la calle, apoyándose en la huelga desatada.
Por último, no dejaron a los huelguistas a merced de la prensa capitalista. Porque comprendían que la publicidad y la propaganda eran muy importantes, editaron un periódico del sindicato para informar diariamente del curso de los acontecimientos al conjunto de los trabajadores.

De esta manera, aportaron a desarrollar nuevas formas de organización y lucha, superando a los viejos y conservadores métodos del sindicalismo tradicional.

Muchas de estas lecciones, las hemos transmitido a la experiencia de Zanon. Cómo no inspirarse en esas duras batallas, donde la patronal, en sus múltiples lazos con el Estado, intenta “engatusar” a los trabajadores con supuestos “árbitros” del ministerio de Trabajo. El aparato judicial procesando trabajadores, las fuerzas represivas, tanto las policiales como los grupos de choque de la burocracia, hacen indispensable la formación de piquetes de autodefensa. La formación de la comisión de mujeres, donde nuestras compañeras se convirtieron en una parte fundamental de nuestra lucha, es otra de las lecciones extraídas .

Los revolucionarios norteamericanos llegaron a ganar la dirección del sindicato. Esa fue una gran tarea, pero no la única. Si bien eran los mejores luchadores sindicales, ellos no eran sindicalistas: tenían la ambición de construir un gran partido revolucionario.

Cannon decía que siempre en el caso de los dirigentes sindicales, especialmente en tiempos de huelga, éstos están bajo el peso y el estress de miles de presiones. Un partido político, por el contrario, se eleva por sobre esos detalles y generaliza a partir de los sucesos principales. Un dirigente sindical que rechaza el consejo político del partido en la lucha contra la patronal y el Estado, es un dirigente ciego, sordo y mudo. Y los dirigentes obreros de Minneapolis no eran de esa clase.

Al mismo tiempo que dirigían la huelga, ellos iban aportando a construir el partido, escribiendo en el periódico partidario las lecciones del conflicto.

En el fragor de los conflictos, sobre todo cuando éstos son muy agudos, en las discusiones estratégicas y tácticas con los trotskistas, varias camadas de obreros hacen la experiencia a pasos agigantados, comprendiendo que la lucha no es sólo local, no es sólo por el salario o los puestos de trabajo, sino que hay algo más en juego. Que la lucha es por terminar de raíz con este sistema de explotación, abrazando la causa de la revolución para ofrecer a las futuras generaciones una sociedad sin explotadores ni explotados.

Fue en las huelgas de Minneapolis donde un grupo de militantes en forma audaz, probando su temple y su programa forjaron las camadas de obreros que, junto a la unificación con la corriente de Muste, serían la base de un futuro partido trotskista, el Socialist Workers Party Norteamericano.

 

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