Partido de los Trabajadores Socialistas

Buenos Aires
28 de julio de 2017

La Verdad Obrera N° 513

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Soviet y Partido (II)

07 Mar 2013 | Una vez más sobre las lagunas estratégicas del PO   |   comentarios

En su respuesta a nuestra crítica a Altamira y a Rath, el profesor Coggiola se indigna porque para el PTS “el partido revolucionario debería declarar, de antemano, su compromiso con una ‘arquitectura institucional’ correcta: la democracia obrera y la auto-organización de las masas”. No vemos cuál es la novedad que lo conmueve, al igual que Trotsky, sostenemos que “los soviets son los órganos de preparación de las masas para la insurrección, los órganos de la insurrección y, después de la victoria, los órganos del poder.”1

No deja de ser extraño que sosteniendo la “teoría” de que “el partido es el programa”, el PO tenga tantos pruritos en establecer una norma programática, más teniendo en cuenta las enormes consecuencias estratégicas que tuvo para el desarrollo de la revolución durante todo el siglo XX. Según Coggiola, en vez de plantear que los revolucionarios luchamos por una dictadura del proletariado basada en Soviets, tendríamos que conformarnos con “caminar preguntando”.

Por suerte Lenin tenía un método un poco más marxista y por eso sostenía que: “La destrucción del poder del Estado es un fin que se han planteado todos los socialistas […]. La verdadera democracia, es decir, la igualdad y la libertad, es irrealizable si no se alcanza ese fin. Pero a él sólo lleva prácticamente la democracia soviética, o proletaria, pues, al incorporar las organizaciones de masas de los trabajadores a la gobernación permanente e ineludible del Estado, empieza a preparar inmediatamente la extinción completa de todo Estado.”2

Es decir, que la democracia soviética como elemento fundamental del programa revolucionario, no es una elucubración “surgida de la cabeza de un ‘pensador’ bonaerense” sino un elemento fundamental para preparar la extinción completa de todo Estado. Nada más ni nada menos.

¿Tenía razón la crítica liberal?

Según Coggiola, el problema sería que el “modelo” del PTS “se salta, sin embargo, un paso fundamental: que los soviets también degeneran y que la autoorganización se convierte en su contrario”. Luego agrega que “en 1921, en Rusia, cuando los soviets estaban vaciados, después de la guerra civil, si se hubiesen convocado elecciones libres (de los soviets), los bolcheviques las habrían perdido”; y nos alerta que la “democracia obrera” era la bandera de la contrarrevolución capitalista.

Con tal de despachar del programa a los Soviets como base de la dictadura del proletariado, Coggiola acepta sin beneficio de inventario las chicanas de la “sovietología” liberal. O ¿qué otra cosa puede significar “convocar a elecciones libres” cuando hay 5 millones de personas movilizadas militarmente para combatir a la contrarrevolución, entre ellos lo principal de la vanguardia obrera? O ¿quién puede sostener seriamente que las banderas de la “democracia obrera” estaban en manos de la contrarrevolución?

Lamentablemente tenemos que aclarar que los mencheviques así como los socialrevolucionarios (que hasta mediados de 1918 habían participado del gobierno) habían pasado a la oposición armada contra los Soviets y como resultado de esto, para 1920, casi todos los delegados soviéticos eran representantes bolcheviques, quedando como el único partido que defendía la revolución contra la burguesía y sus aliados.

Sin embargo, no hubo partido como el bolchevique que en medio de una guerra civil haya discutido públicamente en los Soviets, en la prensa y en reuniones de todo tipo, teórica y políticamente, desde los problemas que hacían a la propia supervivencia del Estado (como la discusión sobre el papel de los sindicatos) hasta aquellos relacionadas con la ciencia y el arte.

La suspensión de las fracciones adoptada en el X Congreso en 1921 fue explícitamente una medida excepcional en el marco de esta tradición del bolchevismo y producto de una situación donde la revolución parecía tener los días contados. A su vez, al mismo tiempo que luchaba por imponer la suspensión de las fracciones, dejando abierta la posibilidad de presentar plataformas para el próximo congreso, Lenin daba la discusión con los miembros de las fracciones opositoras para aceptasen ser parte de la dirección del partido. De hecho Shliapnikov, del que se ríe Coggiola, entró en el X Congreso junto con otros opositores como miembro del nuevo Comité Central.

No es llamativo que el PO, que aborrece por definición cualquier crítica tildándola de “faccionalismo”, no entienda a Lenin. Lo llamativo es que a esta altura a ninguno de los que intervinieron del PO en este debate se les haya caído una frase, aunque más no sea, de delimitación del stalinismo.

Excepción y norma

El hecho es que Coggiola siembra confusión sobre la diferencia entre aquello que fue “excepción” (suspensión de las fracciones en el marco de la guerra civil) y aquello que fue “norma” (democracia obrera) para el partido bolchevique conducido por Lenin y Trotsky.

Producto de la experiencia de la revolución rusa, la conclusión de Trotsky fue erigir en “norma programática”: no solo que los Soviets eran la base del Estado Obrero sino la existencia legal de múltiples partidos soviéticos, aclarando que “los mismos obreros y campesinos, con sus votos libres, señalarán a los partidos que reconocen como partidos soviéticos”3.

Para esto no le fue necesario renegar de las medidas excepcionales de 1921, ya que lo que estaba haciendo no era ni más ni menos que transformar en programa lo que para los bolcheviques en el poder había sido una práctica concreta, que era el fundamento que le había dado la legitimidad a Lenin para proponer en un momento crítico suspender excepcionalmente las luchas fraccionales.

La conclusión de Coggiola parecería ser la inversa: la crisis de 1921 negaría la importancia de los soviets, por ende saquémoslos del programa. Como enmienda concreta tendría que proponer que borremos del Programa de Transición la parte que dice que “la consigna de los soviets es el coronamiento del programa de reivindicaciones transitorias”.

Una vez más: partido y soviets

Si revisamos el programa como propone Coggiola y ponemos a los Soviets en una nota al pie, hay una concepción de partido que nos viene al pelo, y casualmente es la misma que se esboza en Prensa Obrera en la síntesis de un curso de formación sobre Lenin, a saber: que la construcción de un partido revolucionario “equivale a la formación de un Estado dentro del Estado”4.

Si el desarrollo del partido equivale al de un nuevo Estado al igual que los Soviets, entonces es coherente verlas como dos organizaciones que compiten entre sí. Así lo plantearon en un primer momento la mayoría de los bolcheviques en la revolución de 1905, con la importante excepción de Lenin, quién decía: “Creo que el camarada Radin no tiene razón cuando […] plantea el problema del siguiente modo: ¿Soviet de diputados obreros o partido? Yo pienso que no es así como debe plantearse, que la respuesta debe ser forzosamente: Soviet de diputados obreros y partido”5.

¿Por qué sostiene esto Lenin? Porque no consideraba que la fracción bolchevique fuese un “Estado dentro del Estado”, sino un partido que agrupaba a la vanguardia del proletariado que sostenía un programa socialista. Como no era idealista, no creía que bajo el capitalismo la conciencia socialista pudiese ser conquistada por la mayoría de la clase obrera previamente a la toma del poder.

Frente a esta situación se planteaban dos caminos para conquistar la dirección de la clase obrera. Una opción era limitar el programa del partido a un programa mínimo con una estrategia electoralista y sindicalista para no confrontar con la conciencia media del trabajador y proponerse así organizar a la mayoría de la clase en el partido, para luego hablar de la revolución en los días de fiesta. Una versión de esto fue lo que se plantearon los “economistas” rusos contra los que discutió Lenin en el ¿Qué hacer?, otra fue la que se plasmó en el desarrollo de la socialdemocracia alemana a principios del siglo XX.

La segunda opción era organizar un partido de combate que agrupase a la vanguardia de la clase obrera que estaba por la revolución, que mediante los métodos de la lucha de clases y a través de organizaciones de frente único de masas (soviets, comités de fábrica, etc.) y en lucha política de programas y estrategias contra los otros partidos, conquistase la dirección de la mayoría de la clase obrera y sus aliados para la toma del poder.

Esta última concepción fue la que sostuvo Lenin, por eso su respuesta no era “partido o soviet” sino “partido y soviet”.

Pero ¿de dónde viene la concepción del PO? Ahora que el PO asumió que no nace de un repollo y se propone, aunque con casi 40 años de retraso, discutir el papel de las corrientes trotskistas en los ’70, sería una muy buena pregunta para empezar.

1 Trotsky, Historia de la Revolución Rusa.

2 Lenin, “Tesis sobre la democracia burguesa y la dictadura del proletariado”

3 Trotsky, Programa de Transición.

4 “El estudio del ‘¿Qué hacer?’ un siglo después”, PO 1257.

5 Lenin, “Nuestras tareas y el Soviet de Diputados Obreros” (1905)

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  • Maxlop

    7 de marzo de 2013 15:23 - Soviet y Partido (II)

    Sigo con mucho interés este debate. Y lo veo como la discusión apasionada sobre los planos de una obra a realizar en común. Estas discusiones las tenían los bolcheviques al interior de un único partido, que es a donde creo que avanzan las cosas. Quisiera hacer una pregunta que me parece que viene al caso. Es a raíz de haber leído hace mucho "Kronstad, 1921" de Paul Avril. Este autor, como casi todos los anarquistas, ve en estos sucesos la negación de la democracia soviética, y condena su represión, a manos de Lenin y Trotsky. Y de allí concluyen que hay un hilo de continuidad con el posterior régimen termidoriano de Stalin. La posición del PO la tengo clara: había que aplastar la autonomía del Soviet de Kronstad porque ponía en peligro a la flota y a la Revolución. Me gustaría conocer la visión del PTS, para entender mejor, sobre un ejemplo práctico, el sentido de esta discusión. Un saludo. Gracias.