Partido de los Trabajadores Socialistas

Buenos Aires
19 de noviembre de 2017

La Verdad Obrera N° 424

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COMO EN EL SIGLO XIX

Perder la vida trabajando

28 Apr 2011   |   comentarios

Algunos les llaman tragedia. Pero morir trabajando, perder la vida en el lugar a donde uno va a “ganársela”, lejos de una ironía es una realidad cotidiana. En la era de la ciencia y la tecnología de punta, dejar de existir aplastado por una máquina, atrapado en una mina, cayendo de un andamio o asfixiado por toneladas de granos son causas habituales de lo que la jurisprudencia llama “accidentes laborales”.

Muerte joven

El 24 de marzo el joven paraguayo César Benítez quedó sepultado en el fondo de un pozo de 13 metros de profundidad, bajo una montaña de escombros y tierra, al desmoronarse uno de los laterales de la excavación. Uno de sus compañeros perdió tres dedos de su mano izquierda al intentar salvarlo. Hacía semanas que trabajaban para la empresa IGM en la construcción de una planta elevadora de granos en Puerto Galván (Bahía Blanca) para la multinacional francesa Dreyfus. Todos hablaron de la tragedia, pero ningún medio dijo que Dreyfus, una de las seis mayores exportadoras de granos del país, destina sólo un 1% de sus ganancias a salarios y menos que eso aún a seguridad.

El 30 de marzo, en Córdoba Capital, Fernando Oviedo, de 24 años, cayó desde el segundo piso de un edificio en construcción mientras limpiaba una chapa de “seguridad” cerca de la medianera. Perdió el equilibrio y acabó dando de lleno su cabeza contra el piso. El boom inmobiliario se tragaba otra vida obrera en pleno barrio General Paz. A pocas cuadras de ahí, otro albañil de 25 años había muerto el 19 de enero al caer de un sexto piso de otro edificio a medio terminar.

El 19 de abril Alberto Vera y Diego Goitea, de 34 y 21 años, limpiaban el interior de un silo de la empresa Viluco en Frías, Santiago del Estero, cuando una boquilla se abrió y más de 4 toneladas de soja cayeron sobre ellos, asfixiándolos en pocos minutos. “Diego se agarraba de una soga que estaba atada desde afuera hacia adentro y Alberto venía detrás”, relató Jorge, quien estaba junto a ellos y pudo sobrevivir. Viluco es una de las mayores operadoras de biocombustibles del país, y con orgullo capitalista suele anunciar que tiene “más de 30 años de experiencia”.

Registros

En Argentina hay casi 12 millones de asalariados, de los cuales un tercio están “en negro”. Según datos de la cámara que agrupa a las Aseguradoras de Riesgos del Trabajo (ART), de los 8 millones de trabajadores registrados en 2010, 830 murieron a causa de “accidentes laborales”. Un fallecimiento cada diez horas. Pero como la estadística sólo comprende a los “registrados”, claramente el número de muertes es mayor. En los papeles oficiales (confeccionados por el Estado y los patrones) no figuran miles de personas condenadas a sufrir y morir en campos, fábricas y talleres con jornadas extenuantes y por salarios de miseria.

Ninguna estadística registró, por ejemplo, a Ezequiel Ferreyra, el nene de 6 años que en noviembre de 2010 murió de un cáncer provocado por la manipulación de Nurvan, el veneno para moscas que la empresa “Nuestra Huella” utiliza en su granja de Pilar. Ezequiel trabajaba junto a sus padres, esclavizado, sin ART, “seguridad”, “higiene” ni futuro.

Tampoco figurará en las estadísticas laborales María Vega, la recolectora de limones que acaba de morir en Tucumán cuando el micro que la llevaba al campo, junto a una veintena de cosecheros, cayó de un puente y quedó dado vuelta a la vera del río Lules. María era una de las miles de “golondrinas” que cada temporada trabajan en las cosechas que llenan los bolsillos de los exportadores.

Como hace 100 años

El crecimiento económico récord de los últimos 8 años es acompañado por otros récords, menos felices. El “modelo de crecimiento con inclusión” que pregona el kirchnerismo resulta, para millones de trabajadores, una verdadera entelequia. Gran parte de los empleos creados durante esta década son mal pagos, inseguros y hasta infrahumanos. Las multinacionales y la “burguesía nacional” que se benefician del “modelo” son las mismas que día a día achican sus “costos” desgastando la salud y la vida de sus trabajadores.

El patético ranking de “accidentes” lo encabezan el agro y la construcción, dos de las ramas económicas más dinámicas.

En la producción cerealera, por ejemplo, el empleo masivo lo realizan contratistas como Manpower, con miles de trabajadores precarizados dedicados a desflorar maíz, cosechar uva, caña de azúcar o papa. Uno de los mejores clientes de Manpower es Mc Cain, la proveedora de las papas fritas de Mc Donald’s.

En la construcción, 7 de cada 10 albañiles están en negro. La mayoría sometidos a una precarización similar a la que rige en el campo. Quienes los contratan prefieren que sean inmigrantes, ya que es más fácil explotarlos y someterlos por el miedo a perder el empleo y tener que volver a sus países. Por si fuera poco, dos tercios de los obreros del gremio fallecen antes de los 55 años y sólo el 0,5% llega a jubilarse.

La misma lucha

En 1886 miles de obreros paralizaron EE.UU. exigiendo el fin de la superexplotación. La represión policial dejó muchos muertos. En homenaje a los “mártires de Chicago” condenados a muerte por aquellas protestas, el 1° de mayo de 1890 en las ciudades más importantes del mundo la pelea por la jornada de 8 horas se transformó en un grito de guerra contra los patrones.

En 1904, en el otro extremo del continente, el ingeniero y médico Juan Bialet Massé redactaba su “Informe sobre el estado de las clases obreras argentinas”. Allí escribía que “en total el tiempo del peón no baja de 15 a 17 horas. Al concluir la temporada es un hombre agotado completamente”. Bialet Massé mostraba la situación de hombres, mujeres y niños trabajando de sol a sol y hasta muriendo por la explotación excesiva, el hacinamiento y los abusos.

En pleno Siglo XXI gran parte de la clase obrera mundial sufre condiciones similares a las de fines del Siglo XIX. Argentina no es la excepción, aunque el gobierno se llene la boca hablando de “inclusión” y haya bautizado a 2011 como el “Año del Trabajo Decente, la Salud y Seguridad de los Trabajadores”.

Quienes sí festejan, como hace un siglo, son el puñado de capitalistas que acopian sus ganancias a costa de la vida de millones.

Como hace 100 años, la clase trabajadora sólo acabará con este sistema explotador y asesino luchando a brazo partido contra los capitalistas, sus gobiernos y los burócratas sindicales cómplices. Sólo así rendiremos homenaje a nuestros mártires. A los de ayer y a los de hoy.

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