Partido de los Trabajadores Socialistas

Buenos Aires
22 de julio de 2019

La Verdad Obrera N° 402

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TRABAJO INFANTIL EN ARGENTINA

Ningún juego de chicos

25 Nov 2010 | Ezequiel Ferreyra nació en 2004, durante la presidencia de Néstor Kirchner. Comenzó a trabajar en 2008, mientras Cristina Fernández y las patronales sojeras se peleaban por la repartija de los millones de dólares que se ganan a costa del trabajo en condiciones de esclavitud de familias como la de Ezequiel. La madrugada del 17 de noviembre murió cuando los tumores cerebrales no le dieron más chance. Vivió esclavizado durante todo el tiempo que Cristina Fernández “profundizaba el modelo” de hiperganancias para los exportadores de la agroindustria (entre otros sectores empresariales). A Ezequiel no lo salvaron ni la Presidenta, ni la Mesa de Enlace, ni Moyano, ni Clarín, ni la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación, todos ellos parte de un mismo entramado de superexplotación.   |   comentarios

Trabajar de sol a sol. Dormir hacinados en galpones o talleres. Pasar horas interminables en ambientes donde falta el aire. O a la intemperie, con el frío crudo o el brutal sol del norte. Sin ropa que proteja de venenos, insectos, cortes causados por hojas y tallos, polvo o tinturas tóxicas. No hablamos de un remoto país asiático. No pasó hace 100 años. Sucede hoy (y mañana y pasado) en muchos pueblos argentinos. Y en Buenos Aires, la ciudad de los teatros, la de Puerto Madero.

Así viven miles de niños en Argentina, un drama que se entrecruza con otros. Como la migración desde el interior o de países limítrofes tras la promesa de una vida mejor, enterrada luego bajo ropa de marca que los niños bolivianos deshilachan en los talleres, o bajo hojas de yerba que los chicos misioneros cosechan bajo un sol agobiante. Junto a toda su familia, para apenas sobrevivir. Ilusiones enterradas como las raíces del ajo que recogen tantos otros niños en Mendoza.

Ramas enteras de la economía basan parte de sus ganancias en las condiciones de semiesclavitud de familias completas, muchas viviendo vigiladas en los mismos establecimientos, donde deben “pedir permiso” para salir. Y no ocurre sólo en el campo. Las enormes ganancias de estos sectores responden a una cadena productiva perversa, donde los niños son el eslabón más débil. Los que más ganan son los grandes empresarios, pero también hay intermediarios beneficiados en el negocio: funcionarios municipales, provinciales y nacionales que encubren y hasta avisan cuando hay inspecciones para que todo esté “en regla”; cuadrilleros que reclutan y trasladan a las familias hasta el lugar de trabajo; productores rurales que aprovechan la mano de obra barata para hacer la diferencia cuando le venden a grandes empresas e hipermercados.

Encubrimiento y cinismo

En 2007 el Ministerio de Trabajo lanzó la Red de Empresas contra el Trabajo Infantil junto a 50 grandes empresarios, con el supuesto objetivo de “lograr la inexistencia de mano de obra infantil en toda la cadena de valor”. Un cinismo ilimitado, cuando entre las empresas estaban Carrefour (que sigue comprándole huevos a los asesinos de Nuestra Huella), Monsanto (denunciada por aliarse a explotadores de trabajo infantil), Nobleza Piccardo (que mantiene cautivos a los productores familiares que ven afectada su salud por los agroquímicos), la Sociedad Rural, Techint, Arcor y otros exponentes del desprecio por la vida de sus trabajadores.

La CONAETI (Comisión Nacional para la Erradicación del Trabajo Infantil), que pertenece al Ministerio, habla del trabajo infantil como si fuera una tragedia sobrenatural. Alegan que no se puede saber mucho sobre el trabajo infantil, citando como fuente argumental nada menos que a la UATRE, el sindicato que es cómplice directo de la superexplotación en el campo. Éstos últimos afirman que la ausencia de “indicadores que midan la real magnitud” del trabajo infantil se debe a “las características que asume”, “alejados de las ciudades, distantes de rutas o accesos, o en lugares impenetrables”. Pero los 200 chicos que, como Ezequiel, viven y trabajan para Nuestra Huella lo hacen en granjas enclavadas en centros urbanos de Pilar o Córdoba. Otros tantos lo hacen en los talleres textiles en plena ciudad.

Peor aún es la justificación “natural” que dan estos cómplices al decir que “para las familias rurales, por la tradición cultural, es natural que sus hijos menores ayuden en las tareas laborales y, muchas veces, se considera que trabajando de niño se aprenderá mejor el trabajo”. Si algo faltaba para entender por qué el trabajo esclavo infantil no se erradica, el “Momo” Venegas y el Ministerio de Tomada nos aclaran el panorama.

La complicidad entre patronales, burocracia sindical y funcionarios garantiza estas prácticas aberrantes que se llevan la salud y la vida de miles de niños, que nunca podrán abrir la puerta para ir a jugar si no se cambia de raíz este sistema perverso que destruye vidas como la de Ezequiel, día a día, en el campo y la ciudad.

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