Partido de los Trabajadores Socialistas

Buenos Aires
12 de diciembre de 2017

Manifiesto aprobado por la Conferencia Nacional del PTS reunida el 3 y 4 de agosto de 2002.

13 Aug 2002 | Propuesta del PTS a todas las organizaciones, dirigentes y activistas obreros, piqueteros, asambleístas y estudiantes que reivindican la lucha por la revolución obrera y socialista, en especial al PO y al MAS: Organicemos un congreso de fundación de un gran partido de trabajadores revolucionario unificado.   |   comentarios

1. El proceso revolucionario

Los acontecimientos que se sucedieron como reacción en cadena luego del 26 de junio despejan toda duda acerca de las condiciones revolucionarias que vive la Argentina desde las jornadas de diciembre que terminaron con el gobierno "democráticamente electo" de De La Rúa. La Masacre de Avellaneda mostró la furia policial cebada por el odio de la gran patronal nacional y extranjera que no soporta que los desocupados hayan inaugurado en el país una práctica que ya tiene repercusión internacional en la lucha de los explotados: organizarse como piqueteros, cortar rutas, tratar de impedir que por los 150 pesos de los planes "jefas y jefes de hogar" del estado los desocupados se transformen en base clientelar de los políticos patronales. La respuesta al asesinato de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki fueron tres movilizaciones masivas (27 de junio, 3 y 9 de julio) en Buenos Aires y en las principales ciudades del país, donde las asambleas barriales y sectores de los trabajadores rodearon de solidaridad a los piqueteros y devolvieron el golpe reafirmando el categórico "que se vayan todos". A su vez, la campaña de los medios de prensa y el régimen por "más seguridad" apelando al miedo frente a la ola de asaltos y secuestros, tuvo su respuesta en los pobladores del Gran Buenos Aires que quemaron la comisaría de la Policía Bonaerense de El Jagüel, frente a las evidencias de participación policial en el secuestro extorsivo y asesinato de Diego Peralta.
El establishment argentino tiene el triste honor para su clase de encabezar, como diría el ultraliberal Dornbusch, el ranking de "riesgo país" no sólo por la catástrofe económica sino por la elevada lucha de clases: los piqueteros, los ahorristas estafados, los vecinos organizados en asambleas populares y, aunque ahora sean el sector más rezagado, los 8 millones de asalariados que protagonizaron las huelgas generales del 2000 y 2001, son vanguardia de una Latinoamérica en rebelión contra los planes impuestos por las potencias imperialistas encabezadas por Estados Unidos. Los campesinos y trabajadores bolivianos y peruanos que protagonizaron levantamientos de ciudades enteras derrotando proyectos privatizadores, que han llevado a un segundo lugar en las elecciones a partidos campesinos de izquierda en Bolivia y que han hecho entrar en crisis la "transición democrática" de Toledo en Perú, son emergentes de movimientos profundos que se repiten en distintas escalas y características en Ecuador, Paraguay, México o Brasil. En estos días, los trabajadores uruguayos comenzaron a responder con movilizaciones, huelgas y un paro nacional a la crisis que ahora golpea a Uruguay y Brasil.

Argentina no es la "oveja negra" de una economía mundial floreciente. Por el contrario, las grandes corporaciones norteamericanas que han entrado en bancarrota, como la petrolera Enron o el gigante de las telecomunicaciones WorldCom, dejaron en ridículo a todos los charlatanes defensores del capitalismo "saludable" del siglo XXI: ¡directamente mintieron sus ganancias en miles de millones de dólares! Los escándalos empresarios hacen caer las bolsas de todo el mundo porque, en última instancia, ponen en evidencia que la "globalización", las innovaciones tecnológicas y todos los avances de la ofensiva "neoliberal" le han permitido al capitalismo imperialista sobrevivir pero no superar las agudas contradicciones que maduran en sus entrañas y emergen como crisis de zonas enteras del planeta, con repercusiones globales y cada vez más frecuentes. La crisis que ha comenzado en el centro del poder imperialista mundial, combinada con los colapsos económicos que se suceden de país en país en Latinoamérica, exigirá respuestas más contundentes de los trabajadores y pueblos del "tercer mundo", y multiplicar los movimientos huelguísticos que se suceden en Europa en confluencia con las acciones del movimiento "antiglobalización" y la juventud anticapitalista. Si no, la crisis la pagaremos con más saqueo imperialista, más guerras como la que amenazan contra Irak o la criminal ofensiva del ejército israelí contra el pueblo palestino, y el empobrecimiento de las grandes mayorías no sólo en la "periferia" sino también en el centro del sistema mundial.

Es evidente, en este marco, la crisis orgánica de la burguesía argentina para seguir imponiendo su hegemonía en un país destrozado por la depresión económica, donde la deuda externa ya duplica el PBI, donde la mitad de la población "económicamente activa" tiene problemas de empleo, donde el hambre arrasa los hogares pobres, cuando el país produce alimentos equivalentes a los que necesitan 300 millones de personas. Los partidos patronales que se consideraban con cierta raigambre "popular", como el radicalismo y el peronismo (y el frepasismo como una sombra patética), se convirtieron en las últimas décadas en los ejecutores del peor retroceso estructural del país en toda su historia. Continuaron el genocidio de la dictadura militar con una masacre social. La humillación a la que son sometidos los políticos patronales ni bien salen a la calle, no es nada comparado con la humillación que impusieron al pueblo.
Sin embargo, no sólo la burguesía conserva el poder sino que sus viejos partidos y el régimen del Pacto de Olivos no fueron barridos por una revolución. Las jornadas revolucionarias de diciembre terminaron con el gobierno de la Alianza pero no pudieron derrotar a la policía y la gendarmería en las calles y hacer efectivo en ese momento el "que se vayan todos". Fue decisivo que la burocracia sindical impidiera que los trabajadores ocupados actuaran en una huelga general activa.

Los capitalistas aprovechan esto para intentar nuevas trampas y engaños, retener el poder, derrotar la rebelión de los explotados y buscar una salida reaccionaria, o directamente contrarrevolucionaria, a la crisis. Buscarán que los ahorristas estafados cambien su odio a los bancos y los políticos corruptos por pedidos de "orden" y "mano dura". Pretenderán dividir el país en regiones para "reducir los gastos políticos" con despidos de estatales incluidos. Intentarán contener a los trabajadores desocupados con los 150 lecops, y a los ocupados y "en blanco" con "premios" salariales muy por detrás de la inflación, y seguir así con la caída estrepitosa del salario real. Para aplicar esta política intentan que las elecciones anticipadas a presidente y vice, que podrían incluir la renovación parcial de los diputados, canalicen el odio popular y recreen ilusiones en el régimen "democrático" con sus viejos y nuevos partidos. Apelarán en primer lugar al peronismo, que es cada vez más el partido de la derecha pro-imperialista pero a su vez intenta seguir siendo el "partido de la contención" gracias a que la clase obrera aún no ha ajustado cuentas con los dirigentes peronistas. La búsqueda de un candidato del PJ "de centro" tiene este objetivo. Si el PJ "de los gobernadores" es derrotado y triunfa Rodríguez Saá o Elisa Carrió en las próximas elecciones, intentarán "gobernar juntos" como pretendieron hacerlo con De La Rúa. Pero el establishment sabe que puede perder el control de la situación, y para esto prepara sus dos recursos extremos. Por un lado, el golpe de derecha fujimorista, basado en las fuerzas armadas. Aunque hoy parezca una variante lejana y débil, por la crisis que el "partido militar" arrastra desde la dictadura, la Masacre de Avellaneda, promovida por un importante sector del propio gobierno, vino a recordarnos que allí están sus gérmenes. Por otro lado, el "frente popular", es decir, la colaboración entre los políticos "democráticos" o populistas y los dirigentes reformistas de los trabajadores y las clases medias, los que dicen que es posible "otro capitalismo", y que ahora se verán reforzados por el posible triunfo de Lula en Brasil o por el ascenso de los partidos campesinos de izquierda en Bolivia. La estrecha colaboración entre el ARI de Elisa Carrió, Alicia Castro y los dirigentes de la CTA (y la CCC-PCR con su "gobierno de unidad popular"), o entre la CGT Moyano y Rodríguez Saá o Kirchner, apuntan a ser funcionales de esta alternativa a la que la burguesía puede verse obligada a apelar, ya que estos dirigentes defenderán la propiedad privada e intentarán por todos los medios evitar que los trabajadores confíen en sus propias fuerzas, en su propio poder. Este recurso lo ha utilizado la burguesía (¡y cómo!) en todos los procesos revolucionarios del siglo XX. Su función fue adormecer a las masas, y esto preparó el terreno a salidas directamente contrarrevolucionarias.

Si los trabajadores y el pueblo no preparan e imponen una salida revolucionaria, la burguesía utilizará todos sus recursos para ejercer su dominio, a sangre y fuego si es necesario.

Antes que presenciemos nuevos choques decisivos, antes que sea tarde, los que estuvimos combatiendo juntos en la Batalla de Plaza de Mayo aquel 20 de diciembre en esa ciudad nueva, los que somos parte de cada acción piquetera, los que nos jugamos desafiando la propiedad capitalista en las fábricas y empresas ocupadas, los que construimos las asambleas e interbarriales, los que estamos peleando para evitar que la trampa electoral se imponga, tenemos que avanzar en el desarrollo de nuevas organizaciones de coordinación y democracia directa, y desplegar todas las iniciativas de acción necesarias para ganar a las amplias masas trabajadoras, levantando un programa que permita que las luchas por pan, trabajo y que se vayan todos, avancen en la única perspectiva real, revolucionaria: la expropiación de los expropiadores, un gobierno de los trabajadores. Pero para que esto sea posible, los que hemos impulsado estas luchas y procesos y ya tenemos la certeza de que una revolución obrera y socialista es posible y necesaria, debemos asumir una responsabilidad histórica: dar un paso decisivo en construir una dirección política revolucionaria. No podremos encarar una lucha seria si no somos cada vez más los trabajadores que conscientemente nos organizamos para poner lo mejor de la experiencia nacional e internacional de los explotados al servicio de la lucha revolucionaria por el poder obrero. Y la historia no conoce una forma más adecuada para ello que un gran partido de trabajadores revolucionario e internacionalista, que delibere en forma abierta y honesta pero a la vez pueda golpear como un solo puño.

Una de las cosas que menos han cambiado en la Argentina luego de las jornadas revolucionarias de diciembre han sido las relaciones entre las organizaciones que nos reclamamos socialistas revolucionarias. Es hora de terminar con los "corralitos" y revalorizar a la luz de los nuevos acontecimientos las viejas diferencias. Es hora de demostrar quién quiere verdaderamente construir un partido y quién una secta. Gramsci apuntaba que en la secta (y en la mafia) la asociación es un fin en sí mismo y el interés particular, familiar, es elevado a principio universal. El partido, por el contrario, como vanguardia o "intelectual colectivo" debe ser concebido sólo como un medio, un instrumento indispensable pero cuyo interés debe tender a ser el interés social general, la revolución socialista que termine con la explotación del hombre por el hombre (la razón última de la existencia de los actuales partidos políticos). Hay que dejar de lado todo "interés particular" de secta que impida hacer los máximos esfuerzos para que las organizaciones que nos reclamamos marxistas y revolucionarias discutamos en común con todos los trabajadores y estudiantes revolucionarios, el programa y los métodos para construir el partido de la revolución obrera y socialista en la Argentina. Esa es nuestra responsabilidad actual, y la historia no nos perdonará.

Desde el PTS publicamos este documento para proponer a las organizaciones, dirigentes y activistas obreros, piqueteros, asambleístas y estudiantes que se proponen luchar por la revolución obrera y socialista, en especial al PO y al MAS, organizar un Congreso de fundación de un gran partido de trabajadores revolucionario unificado. Iniciar este camino, permitirá generar un debate que interpelará a muchos movimientos y luchadores obreros y populares que aún no se consideran socialistas y revolucionarios, pero que honestamente se proponen luchar por un cambio social, como muchos trabajadores y trabajadoras de las empresas bajo control obrero, varios MTD (algunos integrantes de la CTD Aníbal Verón) y otros sectores piqueteros, agrupaciones estudiantiles y grupos de las asambleas populares. Esperamos que surjan otras iniciativas, pero es impostergable poner francamente sobre la mesa no sólo el programa y los métodos para el desarrollo de la revolución obrera y socialista, sino las vías de construcción del partido de trabajadores revolucionario e internacionalista sin el cual esa revolución es imposible.

2. Reforma o revolución

Nuevamente cobra vigencia un viejo debate: reforma o revolución. Los reformistas multiplican su variedad. Los que ayer fueron muy comprensivos con el "realismo" de la burocracia stalinista o maoísta, como los dirigentes de la CTA y los dirigentes e intelectuales de centroizquierda, hoy dicen que toda revolución conducirá inexorablemente a nuevas "dictaduras totalitarias". Los marxistas revolucionarios que, desde el trotskismo, fuimos la única corriente internacional socialista y revolucionaria que combatió las monstruosas deformaciones burocráticas en los estados obreros, tanto en la URSS como en China, podemos demostrar, apoyados en todas las enseñanzas de la experiencia histórica, cómo se construye una república obrera que será mil veces más democrática que la más democrática república capitalista, envoltura cada vez más tenue de la feroz dictadura del capital. ¿Cómo pueden defender la democracia capitalista cuando en todos los países del mundo, incluso en los Estados Unidos, caen en la pobreza sectores cada vez más amplios de la población? Conquistar las demandas de diciembre, pan, trabajo y que se vayan todos, mediante elecciones, "regulando" al capital, negociando "bien" con el FMI y el Banco Mundial, es una utopía que sólo puede justificarse como demagogia electoral. Esto postula Elisa Carrió o los dirigentes del peronismo que de gobernadores neoliberales han pasado a balbucear un discurso semi-populista (Kirchner, Rodríguez Saá). Y los dirigentes de la CTA y la CGT, con sus matices, comparten esta estrategia y llaman a confiar en ellos. No hay salidas intermedias: o se imponen los capitalistas o triunfamos los trabajadores.

Otros reformistas más "combativos" son los que proponen "gobierno de unidad popular" u otras fórmulas por el estilo, donde la palabra "pueblo" está cuidadosamente elegida para servir de cobertura a empresarios "pymes" o militares "patriotas" que, aunque sean minoritarios, se los llama a jugar un rol dirigente respecto a los trabajadores. El PCR-CCC o Patria Libre basan así su estrategia política en la defensa de la "soberanía nacional" en los marcos del capitalismo, confiando en una supuesta "burguesía nacional" progresista. El PC, integrante de Izquierda Unida, también es tributario de esta estrategia, aunque la disimule con más "socialismo" gracias en parte a la ayuda que le brinda el MST al mantener esa alianza electoral sin principios. Estas corrientes "populistas" quieren reeditar experiencias como la del peronismo, como si no bastara ver la historia para concluir que el nacionalismo burgués es un "fenómeno maldito" para los trabajadores y no para la burguesía. La impotencia del tibio populismo de Chávez en Venezuela es otra prueba que demuestra que los fines de la emancipación nacional sólo pueden ser llevados adelante por los que no tienen nada que perder, los trabajadores y los sectores oprimidos de la sociedad. Es una obligación promover la unidad de acción antiimperialista "con el diablo" si es posible y eficaz. Pero a la vez es necesario quitar la máscara del "gobierno de unidad popular" u otras fórmulas similares para mostrar la estrategia nacionalista burguesa que allí se esconde. Un gobierno así podrá, en el mejor de los casos, tomar alguna medida parcial contra las potencias (y empresas) imperialistas, pero en los enfrentamientos decisivos preferirá postrarse ante ellas a movilizar y armar al pueblo para enfrentarlas. El antiimperialismo sólo puede ser consecuente si es parte del internacionalismo revolucionario de los trabajadores. El triunfo de un proceso revolucionario en Argentina debe ser parte de la lucha por derrotar al imperialismo y sus gobiernos sirvientes en los distintos países, extendiendo la revolución obrera y socialista en el terreno internacional. Tenemos que proponernos la unidad combativa de la clase obrera de toda Latinoamérica con los campesinos y las clases medias empobrecidas. Tenemos que buscar nuestros aliados en los países centrales: allí están los jóvenes anticapitalistas que se movilizaron por decenas de miles, desde Seattle en la costa oeste de los Estados Unidos hasta Génova en Italia, mostrando un sector combativo distinto a los dirigentes reformistas del Foro Social Mundial. Allí están los trabajadores con sus huelgas masivas en distintos países de Europa. Desde esta perspectiva, la integración latinoamericana tan necesaria puede concretarse. Frente al ALCA imperialista, no son progresivos los pactos como el Mercosur que sólo buscan crear áeras rentables para los monopolios o negociar en mejores condiciones con las potencias imperialistas y sus organismos. El antiimperialismo debe conducir a la única integración que beneficiará a los trabajadores y el pueblo pobre: una Federación de Repúblicas Socialistas de América Latina.

El debate con los sectores autonomistas sobre la revolución es más sofisticado. Dicen que, por los cambios ocurridos en el mundo, la revolución obrera y socialista ya no tiene sentido. No hay estado capitalista que sea necesario destruir, no hay imperialismo que sea necesario derrotar, ni patrones capitalistas que sea necesario expropiar. Sostienen que los cambios en la forma de dominación burguesa han creado un nuevo tipo de sociedad, donde "la multitud" debe rebelarse, organizando "redes difusas", contra "el imperio" y su "biopoder". Pero las modificaciones en la sociedad capitalista ("globalización", nuevas formas de explotación del trabajo asalariado, innovaciones científicas y tecnológicas, etc.) lejos de negar han perfeccionado lo esencial de la dominación burguesa: la combinación de mecanismos de coerción (dominación por la fuerza) y consenso en defensa de la propiedad privada de los medios de producción, distribución y cambio, la organización jerárquica a escala internacional entre los estados, funcionales (aunque contradictorios a la vez) a la internacionalización del capital para maximizar las ganancias de los grandes monopolios financieros, industriales y de servicios, que tienen al mundo como su mercado. El estado "mínimo" neoliberal sigue siendo clave para el capital: ejerce el monopolio del armamento, controla las finanzas, distribuye los impuestos, impone el respeto de las fronteras y las "leyes" internacionales contra todo el que intente rebelarse. No es posible pensar en terminar con el hambre y la miseria sin proponerse enfrentar decididamente al estado burgués en la perspectiva de destruirlo, tomar el poder y expropiar a los grandes capitalistas para poner lo más avanzado de las fuerzas productivas al servicio del conjunto de la sociedad. En Argentina pos 19 y 20, se desarrollaron embriones de democracia directa como las asambleas populares, las asambleas de piqueteros y la organización democrática de los trabajadores que administran las fábricas ocupadas. Si esta democracia obrera se desarrollara y extendiera a las grandes concentraciones obreras y en todo el territorio nacional, abarcando a millones, surgirían nuevos organismos de lucha y autoorganización, embriones de una futura república obrera. Construyendo sus propios organismos de poder democráticos, surgidos de su propia experiencia en síntesis con la experiencia histórica de los explotados (encarnada en partido), los trabajadores y el pueblo pobre pueden crear las condiciones para conquistar un nuevo tipo de estado, como fuera la república de los consejos de obreros, campesinos y soldados instaurada en Rusia en 1917. No se trata de "importar modelos" sino de llevar adelante la tarea histórica de fundar una organización social donde la mayoría trabajadora gobierne: planificando la utilización racional de los recursos productivos al servicio de toda la sociedad, dejando de lado monstruosa irracionalidad capitalista; combatiendo sin tregua a los enemigos internos y externos para acabar con la violenta resistencia de los antiguos explotadores; liquidando el abismo que hoy existe entre la economía, la política y la cultura, adquiriendo innovadoras formas de democracia de los productores y consumidores. Luchando por la revolución socialista internacional (contra toda ilusión de "socialismo en un solo país") y contra todo lo que pueda conducir a la degeneración burocrática del gobierno revolucionario, se podrá iniciar la construcción del socialismo, donde la razón de ser del mismo estado obrero tenderá a desaparecer.

Muchos autonomistas oponen al reformismo la "conquista de espacios alternativos" pero subestiman la potencialidad de lucha y organización revolucionaria de los trabajadores y el pueblo, mientras sobrestiman la posibilidad de mantener y desarrollar "proyectos alternativos" que verdaderamente afecten a la burguesía sin que use la fuerza su estado. Aunque exaltan de la "potencia de la multitud", transforman los obstáculos reales que existen para la lucha revolucionaria (que los trabajadores de las grandes empresas no hayan irrumpido con sus métodos y programa de lucha propio, que la burocracia aún domine las grandes organizaciones obreras, que la degeneración stalinista haya desprestigiado a los ojos de las grandes masas las perspectivas de transformación socialista) en barreras absolutas que limitan toda la acción de los explotados a la resistencia en los márgenes del sistema. En última instancia ayudan a los teóricos de la resignación, ya que sin programa y organización revolucionaria, sin voluntad firme de lucha por destruir el estado burgués, ninguna revolución es posible. Por algo muchos autonomistas de hoy eran totalmente escépticos antes de las jornadas revolucionarias de diciembre sobre la posibilidad de una rebelión generalizada que volteara a De La Rúa. Los "proyectos alternativos", separados de la lucha revolucionaria, no son antagónicos al poder capitalista sobre las grandes empresas industriales, de servicios, del campo y de la banca. En momentos de crisis burguesa en todos los órdenes, hace falta un gran partido de trabajadores revolucionario que diga a viva voz sus objetivos: "aquel que oculta su comunismo ante las masas deja de ser comunista" (León Trotsky).

El movimiento construido alrededor del diputado Luis Zamora es el que más expresa los límites de un proyecto autonomista. Su valiente actitud frente a la represión el 26 de junio en Avellaneda, no puede ocultar que el programa y la organización que propone son equivocados. Más allá de algunas referencias aisladas al socialismo, plantea que es imposible pelear hoy por un gobierno de los trabajadores y, si somos menos pretenciosos aún, la lucha de Autodeterminación y Libertad por una Asamblea Constituyente frente a las maniobras continuistas del régimen ha sido totalmente inconsecuente (por no decir inexistente). ¡Qué mejor oportunidad para "negar la representación desde la representación" (lema de Zamora) que oponer la lucha por una Asamblea Constituyente Revolucionaria a unas elecciones tan tramposas! Cada día que pasa sin que AyL convoque a un gran movimiento de lucha en las calles por una Constituyente verdaderamente libre y soberana, es decir revolucionaria, favorece la maniobra de auto preservación del viejo régimen del Pacto de Olivos.

En el terreno de la organización, como todo aquel que lucha debe enfrentar el accionar permanente de los aparatos del estado y el régimen capitalistas, la misma acción política les exige una organización centralizada (en el caso de Autodeterminación y Libertad, evidentemente lo que hace Zamora es la actividad central). Pero su feroz oposición a la construcción de un partido revolucionario, apoyado en algunas justas críticas a los métodos burocráticos del viejo MAS, lo empujan a construir otro aparato, el propio, sólo útil en el terreno parlamentario, sin debate interno sistemático y disciplina en la acción (sobre todo de los dirigentes). La forma partido que propuso Lenin combinaba la más amplia libertad en la discusión política con la acción revolucionaria centralizada, en pos de una estrategia, un programa y una teoría corroborados por la praxis colectiva. Los que desprecian el partido de tipo leninista porque sólo lo ven en el espejo monstruoso de la deformación stalinista, la lucha de clases los condenará (si es que pretenden dedicarse a la política) a construir y reproducir aparatos burocráticos incapaces de emprender la lucha política necesaria para permitir el triunfo contra los enemigos contrarrevolucionarios.

Uno de los sectores más combativos del movimiento piquetero, como los MTD que integran la CTD Aníbal Verón a los que pertenecían Darío Santillán y Maxi Kosteki, sectores del Bloque Piquetero o compañeros y agrupaciones que participan en las asambleas barriales, junto con poner el cuerpo en los cortes de rutas más duros y solidarizarse con muchas luchas como las de las fábricas ocupadas como Zanon y Brukman, impulsan distintos tipos de emprendimientos (tomas de bares abandonados para transformarlos en comedores; panaderías, "bloqueras" u otros obradores) entendidos como construcción de "contrapoder". Con ellos queremos luchar en común y discutir cómo "construir contrapoder" en las grandes empresas que son el corazón de la economía capitalista, en base a las lecciones no sólo de experiencias históricas sino presentes, como la toma y puesta en producción de una empresa mediana como Zanon. Queremos discutir cómo actuar frente a las maniobras del régimen, como ocurre hoy con las elecciones anticipadas, para oponer "contrapoder" cuando el "poder" pretende ganar consenso. Queremos debatir si es indispensable ganar a las masas trabajadoras y cómo, y si la forma partido está perimida o renunciar a ella nos impedirá derrotar a los traidores y triunfar.

3. Demandas democráticas, programa obrero y revolución

Duhalde intentó retomar la iniciativa con el adelantamiento de las elecciones presidenciales, pero esta maniobra está amenazada: por un lado, el propio peronismo no encuentra candidato potable luego de la renuncia de Reutemann, quien de todos modos apuntaba a ser el De La Rúa del PJ; por otro lado, las limitaciones de los decretos de convocatoria a la elección de presidente y vice y las internas abiertas, han generado el rechazo de un amplio sector "opositor" y un juego de presiones entre los personeros peronistas, radicales y frepasistas del "viejo régimen", atornillados a sus sillones, que los pone en peligro. Estamos ante la posibilidad de nuevas crisis. Si no fuera por la negativa del ARI, AyL, el Frente por el Cambio (Alicia Castro) y la CTA a convocar la más mínima movilización popular para enfrentar los decretos de Duhalde; si no fuera por canallesca sumisión de los dirigentes de las CGT que no sólo sostienen al gobierno peronista sino que dejan inermes a los trabajadores ocupados frente a la ofensiva patronal y el terror de los despidos, ya podría estar en preparación una huelga general activa hasta echar a Duhalde e imponer una Asamblea Constituyente Revolucionaria sobre la ruinas del régimen del Pacto de Olivos. Los revolucionarios tenemos que levantar la demanda de Asamblea Constituyente verdaderamente libre y soberana, es decir, revolucionaria, para transformar el "que se vayan todos" en lucha frontal contra el actual gobierno y su trampa electoral, a la vez que combatimos toda ilusión de lograrla por mera presión en los marcos del régimen burgués (como lo plantea el MST) o que se transforme en un poder "intermedio" entre el poder burgués y el poder obrero (como a veces plantea el PO). Proponemos imponer con la huelga general activa una Asamblea Constituyente Revolucionaria que rompa con el FMI, que nacionalice sin pago la banca, que imponga el reparto de las horas de trabajo para terminar con la desocupación, que renacionalice la empresas privatizadas y expropie toda empresa que cierre o despida, y las ponga a funcionar bajo control o administración obrera, que disuelva la policía y convoque a la formación de comités de trabajadores con derecho a armarse para hacerse cargo de la seguridad y la autodefensa, entre otras medidas iniciales para responder a la crisis con un programa obrero. Luchar por estas demandas significaría preparar las condiciones para que gobiernen los que nunca gobernaron, los trabajadores, construyendo sus propios organismos democráticos de poder, pues permitiría agotar toda ilusión en los mecanismos parlamentarios (burgueses) de gobierno, del cual la Constituyente es el más democrático posible, ya sea porque la burguesía se oponga a convocarla o porque, convocada, estará en discusión quién gobierna para aplicar las demandas planteadas.

Si esta perspectiva parece aún muy lejana, es porque los millones de explotados y oprimidos, la amplia mayoría de la nación, todavía no han podido sacarse de encima a los dirigentes vendidos; los sectores más avanzados de las luchas no hemos podido generalizar a todos los trabajadores las mejores experiencias de los que luchan por sus derechos con dirigentes combativos a su cabeza, de los que ponen a producir las fábricas que cierran, de los piqueteros y de las asambleas barriales. Para esto, un partido de trabajadores revolucionario unificado tendría la posibilidad de propagandizar y agitar en todo el país, las demandas de un programa transicional hacia el poder de los trabajadores y la necesidad de crear nuevas organizaciones democráticas y masivas para la lucha: coordinadoras, consejos o asambleas de trabajadores y el pueblo.

Es necesario iniciar de forma inmediata una gran campaña unitaria de todas las organizaciones que denuncian la trampa electoral, empezando por las asambleas barriales que hicieron popular el "que se vayan todos, que no quede ni uno solo". El PO y el PTS, que estamos planteando en las últimas semanas en forma muy similar la demanda de Asamblea Constituyente sobre la base de echar con la lucha obrera y popular al gobierno de Duhalde y al régimen del Pacto de Olivos, tenemos que dar el primer paso.

4. La lucha por las masas: clase obrera, coordinadoras y partido

Para avanzar en la lucha de clases en nuestro país, la vanguardia debe plantearse la lucha por las masas. El desafío es generalizar y multiplicar las experiencias más avanzadas de piqueteros, asambleístas, organizaciones estudiantiles combativas y, sobre todo, de las fábricas y empresas ocupadas y los aún pocos sindicatos antiburocráticos. Es necesario profundizar la coordinación de los sectores más combativos del movimiento piquetero, que aún representan una minoría de los desocupados, extendiendo su influencia y construyendo movimientos de desocupados de masas, con libertad de acción y crítica en su interior de todas las tendencias políticas que defiendan los intereses de los trabajadores. Las experiencias de las asambleas barriales, con sus coordinadoras zonales, interbarriales y otras formas de coordinación, también debemos extenderlas. Pero es decisivo para poder vencer, confluir con los trabajadores de las grandes empresas de la industria, la banca, el campo, los transportes, el comercio. Que ellos irrumpan en la lucha y recuperen los sindicatos (o conquisten nuevas organizaciones) es imprescindible para centralizar el combate de todos los explotados y construir un verdadero contrapoder. La burocracia sindical en todas sus alas, es un obstáculo formidable a vencer. Hay que proponer a todos los trabajadores la lucha para que los sindicatos rompan con los gobiernos aplicadores de los planes del FMI y con todos los políticos que se preparan para aplicarlos. Por ejemplo, es necesario denunciar la integración de la dirección de la CTA al ARI de Elisa Carrió, camino en el que se dirigen también sindicatos como Luz y Fuerza de Córdoba (el de mayor prestigio de la provincia). Hay que exigirles que si quieren realmente intervenir en política a favor de los explotados, deberían construir un Partido de Trabajadores basado en las organizaciones obreras, con libertad para los marxistas para pelear por un programa revolucionario (esto no puede aplicarse hoy a todos los sindicatos, pues resulta embellecedor respecto a Moyano y otros dirigentes de los grandes sindicatos enrolados en ambas CGT, y muchos de la CTA, que vienen actuando como "oficialistas", borrándose a ojos vista de toda lucha). A su vez, es necesario promover resueltamente a nuevos compañeros, honestos y combativos, al frente de las comisiones internas, los cuerpos de delegados y los sindicatos, sin dudar en echar por la fuerza a todo burócrata que no acepte la decisión soberana de los trabajadores reunidos en asambleas o en las formas que decidan organizarse. Todo sindicato recuperado podrá levantar bien alto las demandas del movimiento obrero, hacia el conjunto de los oprimidos, y ponerse a disposición de crear organizaciones nuevas.

Lo decisivo: la nueva revolución necesita demandas audaces para demostrar la necesidad de enfrentar cada vez más decididamente al régimen burgués, y nuevas formas de organización (coordinadoras, asambleas o consejos) que superen los límites que separan hoy a las organizaciones de los ocupados, los desocupados, las asambleas barriales y las organizaciones estudiantiles, que sean prestigiosas a los ojos de las amplias masas para que puedan depositarles su confianza. Todo acuerdo de tendencias debe ponerse al servicio de organizaciones que funcionen con delegados revocables, mandatos de asambleas de base y libertad de discusión para todo agrupamiento que sea parte de la lucha. La historia de las revoluciones del siglo XX muestra que estos organismos deben surgir si el proceso revolucionario madura. Así fue en nuestro país en los 70 con las coordinadoras, experiencia que vino a cortar de cuajo el golpe militar. Por esto, es necesario impulsar desde su inicio todo organismo que apunte en esa dirección.
Este es el camino que está comenzando a recorrer la Coordinadora del Alto Valle (Neuquén y parte de Río Negro), que agrupa al Sindicato Ceramista, al MTD, a la rama salud de ATE, seccionales del sindicato docente y la Naranja de la UOCRA, y a partidos de izquierda. La Coordinadora le exige, a su vez, una Asamblea Regional de Trabajadores a la principal central obrera neuquina, la CTA y a los principales sindicatos rionegrinos, en primer lugar a la UNTER (docentes). Debemos proponer que todo reagrupamiento nacional de ocupados y desocupados, como han sido las Asambleas Nacionales de Trabajadores que se reunieron en febrero y en junio, profundice el justo objetivo de unir a piqueteros, ocupados y asambleas barriales, y levantar un programa y una perspectiva clasista nacional, dejando de lado todo burocratismo (como se expresó en la preparación de la segunda) y construyendo esta coordinación a nivel regional y nacional.
En las luchas que tenemos por delante, habrá que ejercer el derecho a armarse para la autodefensa formando comités de trabajadores que asuman la seguridad y la defensa frente a la represión.
Profundizar las experiencias de democracia directa de los explotados es la forma de tender a crear un doble poder. Será esta la forma de mostrar en germen la democracia de la nueva sociedad.
Sin la lucha por las masas, sin la construcción de organismos democráticos que abarquen sectores cada vez más amplios de los explotados y oprimidos en lucha, llámense coordinadoras, consejos o asambleas, hablar del "problema del poder" es sólo un discurso vacío. A su vez, un poderoso partido de trabajadores revolucionario es indispensable para combatir en esos organismos por su programa y perspectiva, para lograr una mayoría revolucionaria derrotando a los reformistas y centristas que pretenderán que esas nuevas organizaciones sean conciliadoras con el poder burgués. Sin partido, caemos en el "consejismo" impotente.

Para construir un puente entre la vanguardia y las masas, no sirven falsas teorías como la del "sujeto piquetero" (esgrimida en varias oportunidades por dirigentes del PO y otros sectores del Bloque Piquetero) donde los movimientos piqueteros combativos vendrían a ser la dirección política ya reconocida de la clase obrera en su conjunto. Esto es falso en los hechos, y lejos de fortalecer a los movimientos de desocupados, los aísla del conjunto de los trabajadores ocupados. Es impensable una reorganización social progresiva sin que esta sea encabezada por los que tienen en sus manos las palancas fundamentales de la estructura productiva del país, los que pueden hacer realidad, mediante una revolución social, terminar con el hambre y la desocupación, repartir las horas de trabajo para reducir las jornadas extenuantes y embrutecedoras actuales, permitir el acceso de las grandes masas a los beneficios de la ciencia, el arte y la cultura. La teoría del "sujeto piquetero" devalúa el rol de la huelga general activa como la más poderosa medida de lucha de la clase obrera para desorganizar el poder burgués.
El desafío de un partido de trabajadores revolucionario unificado será influir en la vanguardia piquetera, de las asambleas barriales y de las fábricas ocupadas, para que pongan todo su prestigio y combatividad al servicio de ganar a las grandes masas trabajadoras en ruptura con la burguesía y sus representantes políticos, conquistando la independencia política necesaria para que la clase obrera levante un programa que permita forjar la alianza de las grandes masas explotadas y oprimidas. La perspectiva de la revolución obrera y socialista es impensable sin que los trabajadores (ocupados y desocupados) señalen un camino y organicen a su alrededor al pueblo pobre de la ciudad y el campo, a los estudiantes, pequeños comerciantes y productores, chacareros empobrecidos, pequeños ahorristas estafados, a los profesionales y mujeres y hombres de la cultura que pretenden una sociedad sin hambre e impunidad. Sólo los trabajadores, con un partido revolucionario a su frente, emprendiendo una lucha decidida contra la opresión imperialista y sus aliados capitalistas nativos, pueden iniciar un verdadero camino revolucionario.

5. Partido revolucionario y centrismo

La burguesía tiene en todo momento dirección centralizada. Tiene gobierno nacional, gobiernos provinciales, partidos, cámaras empresarias, parlamento, justicia, policía, fuerzas armadas. Todas estas instituciones están atravesadas hoy por una de las crisis más profundas de la historia nacional, pero esto agudiza el instinto contrarrevolucionario de los capitalistas. Para poder triunfar, para evitar los nuevos engaños, trampas y ataques que lanzará la burguesía, además de construir organismos democráticos de las masas en lucha, hemos explicado a lo largo de este documento por qué es indispensable un estado mayor del ejército de los explotados: un partido de trabajadores revolucionario e internacionalista, que recoja lo mejor de la experiencia leninista y de los marxistas revolucionarios que la continuaron. Sin embargo, en la historia del movimiento obrero no sólo han existido partidos reformistas y revolucionarios, sino también partidos centristas, que oscilan entre posiciones revolucionarias y posiciones reformistas, confusos en sus programas y principios, burocráticos (y a veces ultraizquierdistas) en sus métodos, conciliadores en su política. El peligro de los partidos de este tipo es que los giros hacia posiciones abiertamente reformistas los dan en los momentos decisivos, y si tienen peso pueden traicionar el proceso revolucionario.

La Guerra Civil española (1936-39), momento más elevado de un proceso revolucionario que se inició en 1931, y tan cercano a la tradición política de nuestro país, nos muestra un ejemplo elocuente: el POUM. El Partido Obrero de Unificación Marxista agrupó a los mejores dirigentes y milicianos socialistas revolucionarios, influyó en el movimiento obrero y dirigió sectores importantes de las milicias, pero apoyó al Frente Popular y entró a su gobierno, cuando era necesario oponer una alternativa a la traición del stalinismo y el anarquismo que se negaron a romper con la burguesía "republicana" e impidieron avanzar en el único camino posible de triunfo frente al franquismo: la revolución obrera. Igualmente no le perdonaron su pasado trotskista y sus gestos de independencia frente al gobierno republicano: el stalinismo asesinó a Andrés Nin, máximo dirigente del POUM.
En los inicios de la revolución en 1931, Trotsky defendió el programa que debían levantar los comunistas revolucionarios españoles y propuso la "unidad de las filas comunistas", es decir, la unidad de los sectores que respondían a las diferentes alas en que estaba dividida en ese momento la III Internacional (la dirección oficial stalinista, la oposición de izquierda y la oposición "de derecha"). Por supuesto, ninguno de estos sectores se había pasado aún al bando contrarrevolucionario, como lo haría pocos años después la dirección stalinista al facilitar con su política el ascenso del fascismo en Alemania. Al inicio del proceso revolucionario era importante crear una fuerza política revolucionaria potente, con libertad de discusión interna y centralismo en la acción. Proponía una lucha política "abierta y honesta", "una discusión amplia y fructuosa de los problemas cardinales de la revolución", apelando a la experiencia del Partido Bolchevique antes y después de la Revolución de Octubre en Rusia, donde tendió a aglutinar a todos los grupos afines con su política en esos momentos más allá de las divergencias pasadas. No proponía, por supuesto, crear un partido centrista, confuso en su programa y sus métodos, como después sería el POUM. Precisamente la batalla que planteó en el "31 le permitió señalar las debilidades fatales que tendría la fundación del POUM (en 1935), basado en concesiones políticas al ala derecha. Hoy tenemos ese desafío: evitar que la respuesta al sectarismo sea la construcción de un partido centrista que termine claudicando en las tareas necesarias para el triunfo del proceso revolucionario.

En nuestro país, existen hoy varias organizaciones que reivindican la construcción de un partido revolucionario, cada una de las cuales ha logrado cierto peso en sectores de la vanguardia. El PO influencia un sector del movimiento de desocupados (codirige el Bloque Piquetero con el MTL del PC), además de militar en las asambleas barriales, en sectores sindicales y en el movimiento estudiantil. El MAS posee, a pesar de sus divisiones (la última de las cuales condujo a un sector de sus dirigentes y militantes a unirse con Zamora), influencia en dirigentes importantes de sindicatos como la UNTER o los mineros de Río Turbio. Desde el PTS hemos concentrado nuestro esfuerzos en sectores del movimiento obrero y así logramos influir decididamente en la experiencia de los obreros de Cerámica Zanon y el Sindicato Ceramista (SOECN), que luego a su vez influyeron en otras experiencias de empresas ocupadas y puestas a producir bajo control/administración obrera, como Confecciones Brukman de Capital. Además actuamos en el movimiento estudiantil y las asambleas populares. Entre el PO, el PTS y el MAS mantenemos una presencia política independiente de los partidos patronales y de los reformistas. Además existen decenas de pequeños grupos que se reivindican socialistas y revolucionarios.
Son parte también de los sectores más destacados de las luchas de nuestro país, miles de dirigentes y activistas obreros y desocupados que por ahora se mantienen en una posición que podría considerarse como de "sindicalistas (o piqueteros, en el caso de los desocupados) combativos", ya sea actuando de forma independiente o como parte de movimientos de desocupados organizados.

De conjunto, todo el sector señalado agrupa a 10 o 20 mil dirigentes y militantes que hemos peleado codo a codo en las jornadas revolucionarias de diciembre, que hemos apoyado e impulsado a los sectores más combativos del movimiento piquetero contra los que entraron a los Consejos Consultivos (CTA-CCC), que dimos aliento y promovimos a los sectores antiburocráticos del movimiento obrero y a la heroicas obreras y obreros de Brukman y Zanon que inauguraron la tradición del control y administración obrera, que combatimos en las asambleas barriales contra la CTA y los centroizquierdistas que querían subordinarlas a los CGP y los "presupuestos participativos" o alejarlas de la lucha política, que nos hemos opuesto a la trampa electoral. Todos podríamos ser parte de un amplio proceso de discusión y acción para la formación de ese gran partido de trabajadores revolucionario que necesita la clase obrera, la palanca para mover desde sus cimientos a la Argentina. Nadie puede arrogarse hoy el título de "el" partido revolucionario ya constituido en la Argentina, pues sería negar la realidad y desmerecer la noble causa de construir un verdadero partido revolucionario que organice a decenas de miles y dirija a millones.

Las diferencias entre los partidos que nos reivindicamos de la lucha por la revolución obrera y socialista son más notorias en el caso del MST que mantiene desde hace años una alianza político-electoral con el PC en Izquierda Unida, alianza que perdura a pesar que el PC ha sido impulsor de políticas frentepopulistas como el Frenapo con el banquero Heller (hoy presidente de Abappra) y permanente defensor de la dirección de la CTA. El MST ha logrado cierta presencia electoral y cuenta además con militancia en las asambleas barriales y en el movimiento estudiantil, y posee algunos dirigentes gremiales. Pero Izquierda Unida, su "espacio político" preferencial, lo ubica confundido con la izquierda reformista, como se expresa en su práctica política netamente electoralista: aún antes que estuvieran definidas las características de las elecciones, principal política del régimen para desviar el proceso revolucionario, el eje de su política fue proponer una "fórmula presidencial" encabezada por Luis Zamora, es decir, entrar por anticipado al juego electoral que pretende el gobierno. ¡Y ellos sostienen que las jornadas del 19 y 20 de diciembre fueron una revolución! El MST debe abandonar este curso y romper con IU.

Es necesario que juntos todos los partidos, grupos y dirigentes que nos reivindicamos de la lucha por la revolución obrera y socialista, iniciemos una discusión para establecer las bases programáticas y de práctica política (fundada en el centralismo democrático) de un partido de trabajadores revolucionario unificado internacionalista. Si convocamos a un gran congreso para fundar ese partido, podemos despertar el entusiasmo de decenas de miles, el temor de contrarrevolucionarios y reformistas, y atraer a las organizaciones y luchadores que se proponen honestamente un "cambio social" pero aún no levantan abiertamente las banderas de la revolución socialista. Es conocido que tenemos claras diferencias entre el PTS, el PO y el MAS, así como con los compañeros que hemos denominado "sindicalistas combativos", y mucho más con el MST. Venimos actuando desde hace muchos años. Con el PO venimos teniendo profundas diferencias. Por nombrar las centrales, consideramos que subestiman la lucha por la construcción de organizaciones democráticas de frente único de las masas en lucha (de tipo "soviético"), que su autoproclamación los ha llevado a políticas conciliadoras con los reformistas (como su participación en el Foro de San Pablo en los "90, su alianza con el caudillo populista Parajón en Tucumán, o sus llamados a la "unidad de la izquierda" sin claros límites clasistas) y a una hostilidad manifiesta hacia el PTS (negativa a la propuesta formulada el año pasado de Bloque de la Izquierda Obrera y Socialista). Por estas diferencias nosotros los hemos calificado como centristas y ellos nos critican en muy duros términos. Es evidente que entre nosotros no hay diplomacia. Con el MAS también hemos diferido en múltiples aspectos. Por ejemplo hoy, el MAS ha lanzado un llamado a formar un Movimiento o Partido de Trabajadores, pero establece bases programáticas no claramente revolucionarias (no se señala el objetivo de la revolución obrera y socialista, se presenta el programa como una integración de los programas de lucha de los movimientos actuales sin definir demandas transicionales y estratégicas) y la forma de organización parece alejada de un partido de acción revolucionario, por lo cual incluye en su llamado a Luis Zamora junto a las organizaciones que nos reclamamos socialistas revolucionarias. Pero debemos encarar la discusión. Si se ha iniciado un proceso revolucionario, debemos poner las diferencias a la luz de las nuevas experiencias, frente al tribunal de los trabajadores y estudiantes de vanguardia, y frente a las masas, ya que en múltiples episodios nos han visto combatir juntos y en los próximos acontecimientos juzgarán nuestra capacidad y disposición para formar una dirección revolucionaria.

Tenemos que discutir abiertamente las bases principistas y programáticas comunes que permitan una intervención revolucionaria en la lucha de clases. Por esto, y como primer paso, proponemos formar ya una Comisión de Acción y Discusión con los siguientes objetivos:

a) Abordar el debate sobre:
- El programa transicional revolucionario, por ejemplo en relación a la utilización de la consigna de Asamblea Constituyente o la lucha por la estatización bajo control/administración obrera.
- La política para avanzar en una relación orgánica de la vanguardia con las masas, en particular con la clase obrera.
- La construcción de organismos democráticos de frente único para la lucha de masas (en perspectiva de consejos obreros).
- La independencia de clase y las alianzas político-electorales.
- La construcción del partido mundial de la revolución socialista.

b) Acordar la intervención común en todos los terrenos de la lucha de clases posibles, tanto nacional como internacional. Lanzar en forma inmediata una campaña permanente contra la masacre del ejército sionista sobre el pueblo palestino y en defensa de Irak frente al imperialismo.

c) Preparar, en base a los avances que puedan verificarse en los puntos anteriores, un congreso para la fundación de un gran partido de trabajadores revolucionario e internacionalista unificado, y su respectiva organización juvenil revolucionaria.

Construir ese gran partido de trabajadores revolucionario facilita pero no resuelve la lucha por las masas. Será necesaria una lucha redoblada en el seno de las masas, lo cual incluirá también tácticas comunes en el caso que los sindicatos u otras organizaciones tiendan a romper con el régimen político, como señalamos antes.

Construir ese gran partido de trabajadores revolucionario será también un impulso importante para la reconstrucción del partido mundial de la revolución socialista, pues sería un golpe formidable para todos aquellos grupos que se consideran parte de la tradición revolucionaria de la III Internacional antes de su degeneración y de la IV Internacional fundada por León Trotsky. Dar una respuesta común a un proceso revolucionario como el argentino es un punto de apoyo muy importante para el reagrupamiento de los revolucionarios a nivel internacional.

Estamos convencidos que un partido así, aunque al comienzo sólo pueda reunir sólo varios miles de compañeros, encontrará un camino hacia las masas trabajadoras, hacia los millones que aún no han roto definitivamente con el peronismo y la burocracia sindical, hacia los que trabajan en las grandes empresas, fábricas y bancos, hacia los que tenemos que ganar para dirigirnos hacia una revolución obrera y socialista victoriosa.
 
 
 











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