Partido de los Trabajadores Socialistas

Buenos Aires
15 de diciembre de 2017

Nacional

CRISIS EN LA SEGURIDAD: EN FOCO

Los legisladores adoptan un clima menos permeable ante Blumberg

30 Aug 2004   |   comentarios

Sucedió con el Gobierno nacional, aun más ruidosamente con la Gobernación bonaerense, y también con dirigentes de los distintos partidos. El Congreso tampoco podía dejar de replantearse la relación con Juan Carlos Blumberg, al compás de la evidente politización de su accionar que mostró el episodio de su tercera concentración.
Alrededor de su primera convocatoria las dos Cámaras habían mostrado a su respecto una actitud culposa, transformada luego en una condescendencia que escapaba a los marcos institucionales. Hasta el punto de que los acompañantes de Blumberg, en el Senado, se habían sentido autorizados a impedirle a un acreditado el uso del palco de prensa del recinto. 
Y, en Diputados, el propio Blumberg pensó que podía pedir la palabra para responder a una intervención, la del diputado Luis Zamora, que no le había gustado.
Para entonces, las mayorías de las dos Cámaras, sin demasiado debate previo, impulsaron leyes que se correspondían sin grandes mediaciones o cambios con las exigencias de Blumberg.
El jueves pasado, cuando ingresó al Congreso para entregar su nuevo petitorio, el espíritu con el que fue recibido en el Salón Gris del Senado ya no era el mismo.
Aunque estaban acompañados por sus colegas radicales, fueron los jefes del PJ –Daniel Scioli y Miguel Angel Pichetto, por el Senado, y Eduardo Camaño y José María Díaz Bancalari, por Diputados– quienes mostraron mayores resistencias a los planteos de Blumberg, sin llegar a la frontalidad del ministro de Seguridad bonaerense, León Arslanian.
Le entregaron una carpeta para demostrarle que la mayor parte de sus peticiones iniciales ya se habían traducido en leyes; le insinuaron cordialmente que reformas del sistema electoral como la eliminación de las listas sábana son más complejas que su formulación como título, defendieron también el accionar del Consejo de la Magistratura. En síntesis, mostraron escasa permeabilidad a sus reclamos.
Entre una situación y la otra habían mediado varias precisiones objetivas: las diferencias establecidas por Blumberg entre el caso de su hijo Axel y el de Sebastián Bordón, asesinado por policías mendocinos; sus encendidas objeciones a alguien "de la casa" muy respetado, María del Carmen Falbo; las declaraciones en las que reveló que hasta 1999 era partidario del voto calificado: su descalificación de la lucha de las organizaciones de derechos humanos, minutos antes, y su insinuación de que el corte del Puente Pueyrredón de ese mismo día formaba parte de una conspiración contra la pasividad de su convocatoria, y no la medida de exigencia de todos los días 26 de investigación exhaustiva de otros asesinatos alevosos, los de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán.
La nueva actitud del Congreso no implica, por lo menos en general, una muestra de malestar por el contenido político e ideológico de esas precisiones.
Plantea, en cambio, en los códigos de los hombres de los aparatos partidarios, otro mensaje. Si la idea de Blumberg es traducir su capacidad de convocatoria en un instrumento de disputa política, deberá –entienden– conquistar los espacios con la lógica tradicional de esa disputa.
 
 

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