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Economía

Las consecuencias de una nueva devaluación

08 May 2008 | Por Paula Bach   |   comentarios

Desde el mes de marzo, la patronal industrial concentrada de la UIA venía reclamando al gobierno una nueva devaluación del peso. Esta demanda se puso claramente en escena ante la reciente crisis de gabinete que culminó con la salida del ministro de Economía Martín Lousteau. En el número 1 de EconoCrítica explicamos que la devaluación operada en el año 2002, había permitido tanto a los exportadores como a los industriales que venden en el mercado interno, obtener un fuerte aumento de las ganancias.

La clave del mecanismo para los exportadores consiste en que obtienen dólares por sus ventas y pagan costos (tanto salarios como insumos, tarifas, etc.) devaluados, porque están en pesos.

A su vez, quienes producen para el mercado interno, se ven beneficiados porque el dólar alto los protege de la entrada de productos importados. Sin embargo, la inflación, en la medida en que aumenta los costos pagados en pesos, actúa licuando estas ventajas. Una nueva devaluación del peso, que por ejemplo estableciera una relación de $4 por dólar, les permitiría a los exportadores recuperar competitividad en el intercambio internacional de sus productos, y en la medida en que encarecería en términos de pesos las mercancías importadas, reforzaría las barreras a la entrada de los productos que vienen del exterior.

Devaluación e inflación

Sin embargo, este mecanismo contiene una contradicción que mina sus propias ventajas. Toda devaluación produce una disparada inmediata de los precios, es decir, es inflacionaria. En primer lugar porque se incrementan los precios de los bienes finales importados. Todos los bienes que no se producen en el país son adquiridos a precios internacionales los cuales se vuelven más caros en términos de pesos si la moneda nacional se devalúa. En segundo lugar, sucede lo mismo con los precios de los bienes intermedios importados, es decir de los insumos necesarios para la producción local de bienes finales. Los precios dolarizados de los insumos provocan un aumento de costos que los empresarios buscan recuperar incrementando el precio final de los bienes que producen. En tercer lugar, aumentan los precios de los bienes que se producen internamente pero que también se exportan (bienes transables). Esto resulta claro hoy con los productos de origen agropecuario. Ningún industrial o empresario querrá vender sus productos a precios tres, cuatro o más veces menores de lo que pueden venderlos internacionalmente. La consecuencia es que retacean la venta interna por lo que la demanda termina excediendo la oferta y el precio de los bienes que se exportan, aumenta en el mercado interno. Este fenómeno adquiere más fuerza cuando en el mercado, unos pocos grupos empresarios concentran el total de la oferta es decir, en mercados oligopólicos como sucede en la Argentina y como es la norma en el sistema capitalista actual.

No obstante, la ventaja de la devaluación para los capitalistas reside en que la inflación, en términos generales, no se produce en la misma proporción que la depreciación del peso. El nivel de inflación que se desata tiene mucho que ver con la situación en la que se encuentra la economía en la que se produce la devaluación. En una economía que está en recesión con alta desocupación, la inflación impulsada por la devaluación va a ser menor que en una economía que se encuentra en crecimiento. A su vez, no será lo mismo si el crecimiento es débil que si el crecimiento se produce a tasas elevadas y con un descenso de la desocupación como es el caso de la Argentina actual.

Por ejemplo en Argentina, la devaluación de 2002 que llevó la relación de $1=1 dólar a aproximadamente $3 por dólar en el promedio anual, es decir, una devaluación del 200%, produjo una inflación del 40% durante ese mismo año. En la diferencia entre la devaluación y la inflación es donde se encuentra una de las ventajas para los empresarios.

Salario: un “precio” sin “poder de oligopolio”

Sin embargo existe una ventaja adicional que es en realidad la clave de este “juego”. Hay un precio fundamental que no tiene “poder de oligopolio” en el mercado. Ese “precio” es el salario de los trabajadores que muy lejos está de elevarse automáticamente según los aumentos de precios. Ese “precio” tan particular siempre pierde una enorme tajada en todos los procesos devaluatorios convirtiéndose en un factor fundamental de la ventaja capitalista de la devaluación y de lo que llaman la “competitividad” internacional. Por ejemplo en el 2002, mientras se desató una inflación del 40%, el salario sólo creció un 8%, con lo cual perdió un 32% de su poder adquisitivo. Esa pérdida del 32% que en gran parte fue posibilitada por la gran desocupación imperante, se convirtió en rentabilidad inmediata para los capitalistas y es un elemento clave del incremento de la “competitividad” internacional ya que permite enfrentar productos fabricados con salarios paupérrimos como los que se pagan en China.

Pero aún peor que en 2002 cuando la economía se encontraba en una profunda recesión, una devaluación hoy, en el contexto de un crecimiento promedio de más del 8%, con una inflación que ronda el 30% anual, las presiones inflacionarias serían mucho mayores. Los salarios desde el punto de vista de su poder de compra, serían condenados a una nueva caída real (además de la ya sufrida en los primeros meses del año que ronda el 10%) para garantizar la recuperación de las ganancias empresariales. No en vano el “control de los salarios” es el broche de oro de todas las “salidas” que se plantean desde los distintos sectores burgueses. Pero la desocupación hoy es mucho menor que en 2002 y no está escrito que los trabajadores vayan a soportar semejante ataque. Una nueva devaluación incentivaría la lucha de clases ya que los trabajadores tienen hoy mucho más poder de acción (a pesar del freno de la burocracia sindical) para defender su salario real.

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