Partido de los Trabajadores Socialistas

Buenos Aires
17 de octubre de 2017

La Verdad Obrera N° 466

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SEMINARIO “EL MARXISMO DE LEÓN TROTSKY”

La revolución permanente

15 Mar 2012 | Síntesis del segundo encuentro del seminario “El marxismo de León Trotsky”, organizado por la Juventud del PTS y dictado por Christian Castillo, dirigente nacional del PTS. Podés seguir las grabaciones del Seminario por TvPTS   |   comentarios

“Revolución permanente” es un término empleado en primer lugar en la Revolución Francesa por los jacobinos en 1793. Posteriormente Karl Marx lo retoma para explicar la dinámica de las revoluciones de 1848 y señalar que el proletariado debe sostener una lucha independiente de la burguesía y la pequeño-burguesía, como puede leerse en textos como La lucha de clases en Francia de 1848 a 1850 y luego en la famosa Circular (o Mensaje) del Comité Central a la Liga de los Comunistas (1850).

Trotsky retoma este concepto alrededor de las discusiones que se abrían sobre la revolución rusa, enriqueciéndolo y otorgándole un sentido novedoso. Lo principal de su concepción está formulada poco antes de la revolución de 1905, que es la que le permite sintetizar su punto de vista en Resultados y Perspectivas, un texto muy importante. Allí sostiene una tesis “herética”, que revoluciona las polémicas en el marxismo. La burguesía liberal rusa es incapaz de liderar la revolución democrática, este rol solo puede ser jugado por el proletariado acaudillando a las masas campesinas. Llegado al poder, el proletariado no se detendrá a las puertas de la propiedad privada, sino que avanzará en transformaciones de tipo socialista. El rol de la huelga general y la aparición de los soviets en la revolución de 1905 reforzarán sus ideas. Entre 1905 y 1917 quedarán confrontando tres grandes concepciones de la revolución rusa hasta su realización en 1917: la concepción menchevique, la bolchevique y la de Trotsky.

Tres concepciones de la revolución rusa

Los mencheviques planteaban que la revolución rusa era una revolución burguesa y que la dirección la iba a tener la burguesía liberal, opositora al zarismo, que se agrupaba en el partido kadete (siglas en ruso del Partido Democrático Constitucionalista). Para ellos no había que asustar a la burguesía levantando consignas radicales y fomentando la revolución agraria, ya que el destino de la revolución dependía de lograr que la burguesía la encabezara, contra la autocracia. El proletariado debía ser tan sólo su aliado, para conquistar un régimen democrático que permitiera la organización sindical y política de la clase obrera como en la Inglaterra o Francia de la época.

Por el contrario, Lenin opinaba que la burguesía liberal no era revolucionaria, sino que su política era negociar una reforma constitucional con los nobles y el zar (la autocracia) que llevase a una monarquía constitucional. Para Lenin la burguesía liberal era absolutamente hostil a la revolución, que debía realizarse contra ella. Entonces, el “bloque” revolucionario se conformaría por el proletariado y el campesinado y en esa relación, el campesinado era la gran mayoría de la población. Al momento de la revolución rusa, el proletariado era sólo el 16% de la población económicamente activa y su clave pasaba por lograr la alianza con el campesinado, desatando la revolución agraria y su enorme potencialidad revolucionaria, junto con impulsar la lucha de las nacionalidades oprimidas por el zarismo.

Lenin opinaba que, por el peso del campesinado, ese gobierno revolucionario no iba a poder avanzar en un primer momento en transformaciones de tipo socialista. Por lo que el resultado inmediato de la revolución sería una “dictadura democrática de obreros y campesinos”, que todavía no fuese más allá de la propiedad privada, pero barriera el Estado zarista, entregara la tierra a los campesinos y abriese un camino para el desarrollo del capitalismo ruso “a la norteamericana”, es decir, a ritmo acelerado construyendo un poderoso mercado interno. En ese marco, el proletariado iría avanzando y podrá hacerse del poder posteriormente. Esta formulación de Lenin era en cierto modo “algebraica”, señalaba el bloque revolucionario, pero no quién iba a ser la clase dirigente, si el proletariado o el campesinado.

Trotsky tenía pleno acuerdo con Lenin en que la burguesía liberal era enemiga de los intereses revolucionarios, a diferencia de la visión menchevique, pero se diferenciaba de Lenin en que para él los campesinos no podían ser una clase dirigente de la revolución, porque eran incapaces de tener un partido independiente: o hacían de auxiliares de la burguesía, como había ocurrido en la revolución francesa, o de auxiliares del proletariado. Su conclusión era que la revolución, en principio democrática por su oposición al zarismo y por tener que resolver el problema de la tierra, iba a ser en este caso liderada, no por la burguesía, sino por el proletariado, por las condiciones de transformación del capitalismo mundial y las condiciones específicas del desarrollo de la propia Rusia: la burguesía rusa era incapaz de hacer la revolución burguesa. Por la propia dinámica de la llegada al poder del proletariado esta revolución iba a convertirse en socialista, sin necesidad de una etapa intermedia.

La época imperialista y la revolución

La concepción de Trotsky tomaba como punto de partida el estado del mundo capitalista. Justamente la revolución rusa de 1905, precedida por la guerra entre Rusia y Japón, coincidía con el gran cambio del capitalismo, el pasaje a una época imperialista.

Lenin definía cinco rasgos fundamentales del imperialismo: 1) la concentración de la producción y del capital se ha desarrollado al punto de crear grandes monopolios decisivos en la vida económica; 2) se fusionan el capital bancario y el industrial y dan lugar al capital financiero; 3) comienza un periodo de fuerte exportación de capitales, y no solo de mercancías, por lo que se produce la instalación de fábricas en las colonias y semi-colonias; 4) los monopolios capitalistas se reparten la influencia sobre el mundo; 5) ha culminado el reparto territorial del mundo entre las potencias capitalistas más importantes.

La consecuencia es que un puñado de potencias colonialistas en la época imperialista tienen que vérselas con que el mundo ya está repartido en el momento en que emergen nuevas potencias. Esto lleva a mayores contradicciones y al enfrentamiento de las potencias imperialistas por el reparto del globo, porque las que llegan tarde quieren sacarle las colonias a las que llegaron temprano a la dominación del mundo. La existencia del imperialismo genera una división entre naciones opresoras y oprimidas. Existen colonias, países donde el gobierno es puesto directamente por el Estado imperialista, y semicolonias, estados formalmente libres, pero dominados políticamente, por pactos políticos y militares de subordinación a las potencias imperialistas, y económicamente por la influencia decisiva del capital extranjero.

Para Lenin, esto implicaba una determinada política. En una guerra entre un estado burgués opresor y un estado colonial o semicolonial, el proletariado defiende la causa nacional del estado oprimido. El internacionalismo no es ser neutrales en las guerras nacionales, sino definir en primer lugar si hay un campo progresivo. Entre Estados burgueses, el campo militar que debe tomar el proletariado se define por la nación oprimida contra la nación opresora. Somos siempre derrotistas de los imperialistas y luchamos del bando de las naciones oprimidas, por su causa justa contra la opresión colonial, pero manteniendo independencia política de la burguesía, por eso nos colocamos en la trinchera de la nación agredida contra el imperialismo, Estuvimos por la derrota imperialista en Irak, Afganistán o en la guerra de Malvinas, a la vez que planteábamos un programa independiente de esos regímenes opresores, para que sea la clase obrera la dirección del combate antimperialista.

El proletariado y la revolución permanente

Como señalamos, las tareas que la burguesía había llevado adelante contra el feudalismo en otro momento ahora solo podía realizarlas el proletariado. Es entonces cuando Trotsky dice que la revolución democrática se entrelaza desde el principio con la revolución socialista. Esa es la primera gran formulación de la revolución permanente: no hay etapas estancas en las cuales la historia es como una escalera que todos los países tienen que seguir de modo que primero hacen revoluciones burguesas, como fue la francesa, liquidan el feudalismo, se desarrolla el capitalismo y después en el futuro se continuará el socialismo.

Trotsky decía que en Rusia se daba una configuración particular: la burguesía era muy débil económica y políticamente, y además cobarde, por la forma en que se desarrolló el capitalismo en Rusia. El capitalismo no se desarrolló por un desenvolvimiento endógeno, orgánico, por la diferenciación del campo ruso y las ciudades, donde fuera desarrollándose progresivamente una burguesía, sino que el capitalismo se había desenvuelto de la mano del capital extranjero, creando un fuerte proletariado y una burguesía débil. Eso daba a Rusia una peculiaridad: el proletariado, aun siendo minoritario respecto de los campesinos, era proporcionalmente más fuerte que la burguesía.

Este análisis toma en cuenta dos dimensiones: 1) el mercado mundial y cómo el capitalismo ruso y su industria se desarrolló mediante la asociación del zarismo con el capital financiero inglés y francés; 2) un análisis de la especificidad de la formación social rusa, donde el proletariado es ya lo suficientemente fuerte, aunque minoritario en el conjunto de la nación, para liderar a los campesinos, voltear al zarismo y llegar al poder. El proletariado “no se va a detener a las puertas de la propiedad privada, sino que va a avanzar sobre ella”.

En Resultados y Perspectivas Trotsky señala que como Rusia es un Estado económicamente atrasado de conjunto, la supervivencia de la dictadura proletaria va a estar condicionada por el desarrollo de la revolución europea, principalmente la alemana.

La época imperialista produjo un cambio: ya no hay solo un proletariado lo suficientemente maduro para tomar el poder, la posibilidad de revoluciones proletarias, en el centro, como era en la época de Marx, sino también en la periferia. Trotsky inaugura una idea muy importante: las masas de los países semicoloniales y periféricos no tenían que esperar la lucha del proletariado de los países centrales, sino que podían lanzarse a la conquista del poder y comenzar la construcción del socialismo.

Trotsky, en la conferencia de Copenhague en 1932, siguiendo lo que había planteado en su “Historia de la Revolución Rusa”, da cuenta de las condiciones que se dieron para la victoria de la revolución de octubre de 1917: 1) la podredumbre de las viejas clases dominantes feudales dominates; 2) la debilidad política de la burguesía, que no tenía ninguna raíz en las masas populares; 3) el carácter revolucionario de la cuestión agraria; 4) el carácter revolucionario del problema de las nacionalidades oprimidas; 5) el peso social que ya había adquirido el proletariado; 6) la experiencia de la revolución de 1905 y los Soviets como una forma de organización de doble poder;7) la guerra imperialista que agudizó todas las contradicciones; 8) la existencia de un partido revolucionario (los bolcheviques). Las siete primeras condiciones no hubiesen bastado para el triunfo de la revolución proletaria, fue esencial la existencia del partido bolchevique.

Revolución permanente e internacionalismo

La teoría de la revolución permanente vuelve a estar en debate cuando empieza el proceso de burocratización en la URSS, después de muerto Lenin, momento en que Stalin y otros, como parte de la lucha contra Trotsky, ponen sus concepciones pasadas en discusión, para tratar de contraponerlo con Lenin, aprovechando discusiones que habían sido saldadas por la experiencia de Octubre.

La disputa va a llevar finalmente a la última formulación que hace Trotsky de la teoría de la revolución permanente, entre 1927-29, para dar cuenta de los problemas estratégicos de la revolución socialista internacional, agrupándoles en tres grupos de ideas.

La primera, ligada a la formulación de 1905, trata del tránsito de la revolución democrática hacia la socialista, o el transcrecimiento, según señala Mandel, de la revolución democrática en socialista: en los países de desarrollo burgués retrasado, coloniales o semicoloniales, en ciertas circunstancias, puede llegar el proletariado al poder antes que en los países avanzados. A ese núcleo central de la tesis, Trotsky agrega: siempre que el proletariado lidere al campesinado y que su vanguardia esté organizada en un partido revolucionario. Esto quiere decir que sin que el proletariado gane al campesinado, sin la fuerza de la revolución agraria, no se puede pensar seriamente en la posibilidad de la revolución. En China por ejemplo, sin que el proletariado se uniese al levantamiento de las masas campesinas, la revolución no podía triunfar. La lucha en las naciones atrasadas la dirige el proletariado acaudillando a los campesinos, expulsa al imperialismo, liquida a los terratenientes y en ese proceso avanza en transformaciones socialistas.
El segundo aspecto es lo que llama “la revolución permanente como tal”. Una vez que se toma el poder empieza un proceso de revolución interna en todos los planos de la vida social: la educación, la familia, la cultura, la producción tecnológica, la organización de la economía. El proletariado toma el poder político y empieza a reorganizar la sociedad sobre otras bases. No hay un estado de equilibrio, sino un estado de transformación permanente de la vieja organización social.

El tercer aspecto de la permanencia de la revolución es su carácter internacional: Rusia primero, y los países atrasados, coloniales y semicoloniales después, podían en ciertas circunstancias llegar primero que las naciones capitalistas avanzadas a la dictadura del proletariado y al triunfo de una revolución socialista, pero nunca antes que ellas a la consumación de la sociedad socialista y al comunismo, cuestión que depende de la conquista de las fuerzas productivas más avanzadas legadas por la sociedad capitalista. 
Desde aquí, Trotsky enfrentó la reacción ideológica y teórica del estalinismo con su “teoría del socialismo en un solo país”, que decía que Rusia, pese a su atraso, podía avanzar por sí misma al socialismo. Trotsky decía que Rusia podía dar muchos avances en la construcción socialista, pero seguía siendo un Estado relativamente atrasado, su productividad del trabajo era infinitamente menor que la de EE.UU., Francia y Alemania. Para avanzar hacia una sociedad sin clases, sin Estado y sin dinero se necesita derrotar al imperialismo en los centros por eso hablamos de un proceso de revolución socialista internacional.

El estalinismo oponía, al transcrecimiento de la revolución democrática en socialista, la doctrina de la revolución por etapas, que decía que como la revolución era burguesa, antiimperialista, antifeudal o democrática, el proletariado no podía plantearse la lucha por el poder, que no se podía saltar esta etapa. Entonces, había que tener una política de colaboración con el sector progresista de la burguesía. La revolución por etapas es la estrategia que plantea que el proletariado se tiene que subordinar a un sector de la burguesía.

La teoría de la revolución permanente desarrollada en un contexto de lucha estratégica particular entre el stalinismo y la oposición de izquierda trotskista, planteaba puntos centrales en la estrategia de la revolución proletaria internacional. Sin embargo, trascendió el momento histórico donde fueron realizados estos debates. No es una teoría de 1927-29 que se agotó, es una teoría actual, contemporánea, que hace a los debates sobre la estrategia de la revolución hoy. Ser trotskista implica la convicción de que se puede tomar el poder en cualquier lugar donde el proletariado esté más o menos desarrollado y a la vez de que el triunfo final del proyecto comunista por el que luchamos depende de la derrota del imperialismo en el plano mundial.

El socialismo no es una sociedad para organizar la miseria, sino para conquistar para el proletariado las fuerzas productivas ya creadas por el capitalismo y ponerlas al servicio de la satisfacción de las necesidades humanas y no de las ganancias de los monopolios. Contra los que nos dicen “el comunismo fracasó”, nosotros decimos “no hubo nunca comunismo en el mundo”. Para que haya comunismo, tenemos que liquidar el imperialismo norteamericano y es necesario que la clase obrera tome el poder en EE.UU. y en los principales países de la Unión Europea.

La internacionalización de las fuerzas productivas es la que da base material a nuestra convicción internacionalista, no es simplemente un problema ético o moral por el que apoyamos las luchas en el mundo, sino porque si no se derrota al imperialismo no podemos avanzar en liquidar toda forma de explotación y opresión y empezar a construir una sociedad que salte del “reino de la necesidad al reino de la libertad”. Por eso luchamos no solo por construir partidos revolucionarios en cada país, sino una Internacional revolucionaria, reconstruyendo la Cuarta Internacional fundada originalmente por Trotsky y sus compañeros de lucha en 1938.

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