Partido de los Trabajadores Socialistas

Buenos Aires
11 de diciembre de 2017

Nacional

PROTESTAS Y DISTURBIOS DURANTE LA VISITA DE RATO

La calle también inquieta al FMI

01 Sep 2004   |   comentarios

Rodrigo Rato, el jefe del FMI, pasó por la Argentina para descifrar su realidad y no conocerla solamente por comentarios o versiones de terceros.
Pudo haberse ido, por dos razones, con una imagen más o menos fidedigna: oyó argumentaciones homogéneas, en especial referidas al crecimiento y al superávit fiscal, de parte de Néstor Kirchner y de Roberto Lavagna. Verificó, a la vez, que el desorden callejero es, con certeza, uno de los problemas políticos más serios que enfrenta el Gobierno.
Esta impresión, en verdad, la traía en sus valijas. Hubo en su comitiva cantidad de previsiones que no se recordaron cuando, en tiempos todavía más difíciles, aterrizó en Buenos Aires su antecesor, el alemán Horst K˜öhler. Estuvo a un tris de mudar el alojamiento no bien supo en vuelo que un grupo duro manifestaba en las puertas del hotel.
Tan dispuesto parecía Rato a pasar su estancia argentina en medio de incomodidades, que recurrió a una ironía y a una risa breve cuando una bomba de estruendo estalló en la planta baja del Ministerio de Economía y tajeó, por un instante, su diálogo con Lavagna.
El español no fue el hombre hosco e intratable con que se ha construido su fama. Pero hizo honor, en cambio, a su tenacidad y su condición de discípulo de la escuela económica ortodoxa: planteó una tras otra –superávit, tarifas de privatizadas, reformas estructurales– las demandas que han venido recitando los delegados del FMI.
Y dejó claro, además, que ningún horizonte despejado aguardará a la Argentina el año próximo si, previamente, no cierra un acuerdo por la deuda con los acreedores privados. "¿Qué hará el FMI si eso no ocurre?", le preguntó varias veces, casi como latiguillo, a Lavagna.
El problema mayor es que las partes no tienen la misma visión sobre lo que podría significar un acuerdo. El ministro no orilló cifras pero remitió a la carta de intención firmada con el FMI que menciona, como fórmula política, un "volumen sustentable". Rato piensa, como todo el organismo, que la aceptación de la última oferta argentina no podría estar muy por debajo del 80%.
El director del FMI también trasuntó que su papel político en este conflicto no es sencillo. Debió explicarles el lunes, en la víspera de su partida, a un grupo numeroso de países (nórdicos, Bajos y Austria) los motivos del viaje. Está sometido a los desacoples que el caso argentino provoca en el Grupo de los Siete: allí Italia milita para ahuyentar la chance de cualquier entendimiento.
Rato es, ante todo, un economista. Pero nunca anda divorciado de los avatares políticos e, incluso, tiene cierta sensibilidad para indagar sobre temas escabrosos. Estuvo por años, codo a codo, con el ex premier y líder del PP español, José María Aznar. Ese tacto lo llevó a eludir delante de Kirchner la más mínima referencia a algo que no tuviera que ver con la economía y con la negociación. Pero el director del FMI se salía de la vaina por rascar en la política y recoger datos verosímiles acerca de la meneada gobernabilidad. La pregunta se la disparó a Lavagna.
Rato llegó impactado por dos artículos publicados en el exterior (Financial Times y Herald Tribune) donde el texto era innecesario ante la elocuencia de las fotos: ellas exhibían una fila de piqueteros con el rostro cubierto, palos en apresto de combate y el perfil del Congreso asomando detrás de sus espaldas.
Quizá por ese motivo no lo alarmaron ni sorprendieron los episodios de ayer. El Gobierno los enfrentó con acierto y determinación después de haber caído, otra vez, por momentos, en una suerte de vacío: ¿Por qué fue tan débil la resistencia inicial en la Plaza? ¿Por qué no hubo previsión en el hotel donde se alojó Rato?
El Gobierno creyó que las movilizaciones estarían reducidas a las quejas por la detención del jefe piquetero Raúl Castells. Pero los incidentes fueron originados por grupos extremos que, al parecer, no están bajo la mirada fina de ninguna Inteligencia del Estado.
Episodios menores, pero violentos, se repiten con más asiduidad de lo que se sabe: días atrás, en el Camino del Buen Ayre, fue tiroteado personal judicial y policial que impidió el secuestro de camiones que trasladan al CEAMSE alimentos en mal estado desechados por comercios y supermercados. Hubo evidencias de que habría actuado el Polo Obrero.
Lavagna explicó a Rato que la política en la Argentina es una cosa y las imágenes callejeras que circulan por el planeta, otra distinta. Habló de la autoridad del Presidente, del funcionamiento del Congreso, de la disciplina peronista y de las reformas de fondo –por ejemplo, la renovación en la Corte Suprema– que tantas veces se reclamaron para mejorar la calidad institucional.
Buscó neutralizar, de esa manera, la información sesgada que el poder sospecha que Rato recibe de la línea burocrática del FMI. Puede que eso sea así: pero el Gobierno requerirá más que de simple retórica para convencer al mundo que las cosas no son como se ven.
 
 

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