Partido de los Trabajadores Socialistas

Buenos Aires
24 de noviembre de 2017

La Verdad Obrera N° 536

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La Tercera Internacional

La Tercera Internacional (II). La construcción de partidos revolucionarios y la táctica del frente único

29 Aug 2013 | El movimiento obrero a través de su historia se ha organizado internacionalmente para enfrentar a los capitalistas y luchar por una sociedad libre de explotación y opresión poniendo en pie cuatro Internacionales. En esta sección de La Verdad Obrera presentamos una serie de artículos sobre esta historia, con sus debates, sus luchas y sus lecciones. Esta novena entrega refiere al 2° y 3° congreso de la Internacional Comunista y a las principales batallas políticas encabezadas por los revolucionarios frente a las tendencias “oportunistas” y “ultraizquierdistas” en los partidos.   |   comentarios

El movimiento obrero a través de su historia se ha organizado internacionalmente para enfrentar a los capitalistas y luchar por una sociedad libre de explotación y opresión poniendo en pie cuatro Internacionales. En esta sección de La Verdad Obrera presentamos una serie de artículos sobre esta historia, con sus debates, sus luchas y sus lecciones. Esta novena entrega refiere al 2° y 3° congreso de la Internacional Comunista y a las principales (...)

l primer Congreso, en el que se fundó la Tercera Internacional, no elaboró las condiciones precisas de admisión de los Partidos que la integrarían. En ese momento, en la mayoría de los países sólo existían tendencias y grupos comunistas. El Segundo Congreso de la Internacional Comunista, realizado en Petrogrado en julio 1920, se reunió en condiciones muy distintas, ya que durante el año que separó ambos congresos, en la mayoría de los países comenzaron a ponerse en pie partidos y organizaciones comunistas. 

 Esto se dará en un contexto en donde los desastrosos resultados de la guerra imperialista, la bancarrota de la burguesía y de sus aliados, los partidos socialdemócratas, el triunfo de la heroica clase obrera rusa, la guerra civil que duró los tres años siguientes a la toma del poder y la extensión de la revolución a nivel internacional, generaban un despertar en la conciencia de clase de las masas trabajadoras. El papel traicionero, jugado por los partidos de la Segunda Internacional, era cada vez más claro y, muchos viejos líderes reformistas, para no perder influencia entre las masas, solicitaban su afiliación a la Tercera Internacional, sin haber revisado sus posiciones. Esperaban conservar, sin embargo, una “autonomía” que les permitiese proseguir su antigua política oportunista o “centrista”. Eso hacía que la nueva Internacional se encontrase amenazada por la “invasión” de grupos que aún no habían roto con la ideología de la Segunda Internacional.

Segundo Congreso y el combate contra el oportunismo

Por este motivo, en el Segundo Congreso se determinaron 21 puntos que establecían las condiciones de ingreso a la Internacional Comunista (IC). Se criticaban duramente las posiciones ambiguas y vacilantes de los sectores centristas (que oscilaban entre la reforma y la revolución) y exigían, a los partidos que querían ingresar, romper completamente con el reformismo. Toda la propaganda y agitación que realizaban los partidos tenía que tener un carácter comunista. Los reformistas debían ser apartados de todos los puestos de responsabilidad. El partido debía combinar el trabajo político legal con el ilegal, o sea poder intervenir tanto en aquellas actividades permitidas por el régimen como en aquellas que estaban prohibidas y que eran necesarias para la revolución. Con respecto a los sindicatos, los comunistas debían ingresar a ellos para convertirlos en formaciones de combate contra el capitalismo y escuelas de comunistas. No podían quedarse por fuera de estas organizaciones de masas, dejándolas en manos de los jefes oportunistas que colaboraban con la burguesía. También se discutió sobre el parlamentarismo y la participación en elecciones; y sobre la cuestión agraria y colonial. En una época de guerra civil encarnizada (ver recuadro), el partido revolucionario sólo podía desempeñar su papel si estaba organizado bajo el principio del centralismo democrático, que implica por un lado, el derecho de sus miembros de discutir y cuestionar la orientación política del partido, y por otro lado la necesidad de una organización altamente centralizada para actuar en la lucha de clases contra la burguesía y su Estado.

Los partidos de la Segunda Internacional habían mantenido débiles contactos entre sí, la Tercera Internacional, en cambio, planteará el principio del partido mundial construido sobre la base de una teoría y práctica comunes y la meta de lograr una dirección revolucionaria internacional común.

Los políticos oportunistas y los conciliadores atacaron violentamente las 21 condiciones de adhesión a la Internacional Comunista. Y aquellos a quienes el Segundo Congreso impidió ingresar, trataron de formar (a principios de 1921) la Internacional Dos y Media, algo así como una internacional con una posición oscilante entre la revolución y la traición abierta. La Internacional Dos y Media proclamó la unidad de los revolucionarios y los reformistas en una misma internacional. Pero la historia no había dejado lugar para una solución a medias. La Internacional Dos y Media fue aplastada por la lucha entre la Segunda y la Tercera Internacional. Sus elementos revolucionarios llegaron a la Tercera Internacional. Sus cabecillas burócratas se reunificaron (en el Congreso de Hamburgo) en 1923 con la Segunda Internacional. En todos los países del mundo en que existían organizaciones obreras se dio el mismo proceso: los comunistas se separaban de los reformistas y se constituían como sección de la Internacional comunista.
 

Tercer Congreso: hacia la conquista del poder, por la conquista previa de las masas 

Para cuando se hizo el tercer congreso (junio de 1921) los problemas eran nuevos. La IC tenía 50 secciones en ciudades de todo el mundo, contaba con algunos partidos europeos masivos en los países más industrializados; pero la contradicción era que el triunfo de la revolución en Europa occidental se atrasaba. Entonces, surgieron discusiones sobre cuáles eran las tareas principales de ese momento.

 Luego del triunfo de la revolución rusa y las primeras revoluciones en algunos países de Europa ganó lugar, en ciertos sectores de la internacional, la idea de que, por las secuelas mismas de la Guerra, que aún seguían afectando a las masas, seguía planteada la posibilidad de la toma del poder del proletariado como tarea inmediata. Como ya vimos en la nota anterior, en Alemania (1918-19), los comunistas no habían podido tomar el poder, pero el movimiento había derribado a una monarquía; o en Italia donde se desarrolló el Bienio Rojo (1919-20), que fueron dos años de aguda lucha de clases en donde los trabajadores llevaron adelante importantes huelgas, tomas de fábricas, etc.; o como en Hungría y Baviera (1919), donde el proletariado logró durante un tiempo tomar el poder. Aún luego de la derrota de estas experiencias, la esperanza en una rápida victoria de la clase obrera no había desaparecido. Por eso, para teóricos como Luckács (dirigente húngaro que estaba exiliado de su país después de que se había perdido la revolución), debido a la etapa imperialista del desarrollo capitalista que se encontraba en crisis mortal, existía “una actualidad universal de la revolución proletaria”. Para él y otros miembros de la Internacional (italianos, alemanes y españoles) la revolución estaba “a la orden del día”. Pero estos comunistas omitían el análisis concreto de las situaciones, que podían variar, entre momentos de auges o muy alta lucha de clases, donde está planteada la toma del poder, con momentos de calma o retroceso de esas luchas, que pueden incluir derrotas de la clase obrera y recuperación de la burguesía. Es decir, dentro de una época (grandes periodos históricos) que había inaugurado la era de la revolución proletaria, las guerras imperialistas y las crisis; no todas las situaciones (tiempos más o menos prolongados) eran idénticas.

 La burguesía demostró mayor capacidad de resistencia de lo que se había creído. Su fuerza consistía sobre todo en que los “socialtraidores”, los partidarios de la socialdemocracia o socialistas de la Segunda Internacional, que durante la guerra combatieron contra el proletariado, después de la misma, eran los mejores sostenes del capitalismo tambaleante. En todos los países en que la burguesía ya no podía seguir siendo dueña de la situación, pasó el poder a los socialdemócratas. Además de esto se sumó una relativa recuperación económica (que duró poco) producto de planes de empleo para los soldados que volvían de la Guerra.

Lejos de todo esquematismo, para Lenin y para Trotsky, había que pensar los problemas concretos de cada situación de cada país. Por eso, el Congreso examinó ante todo la situación de la economía mundial y abordó luego el problema de la táctica requerida para la nueva situación. La burguesía se fortalecía, al igual que sus servidores, los socialdemócratas. El momento de las victorias relativamente fáciles obtenidas por la Internacional Comunista en el curso de los años inmediatamente posteriores a la guerra, ya había pasado. Mientras se esperaban nuevos combates revolucionarios, había que reconstruir y fortalecer los partidos y conquistar las posiciones de los reformistas (como en los sindicatos) mediante un trabajo tenaz en las organizaciones obreras. La ocupación de fábricas en Italia (1920), la huelga de Checoslovaquia, la insurrección de marzo en Alemania (1921), demostraron que los partidos comunistas, aun cuando combatían manifiestamente por los intereses de todo el proletariado, no podían derrotar a las fuerzas unidas de la burguesía y de la socialdemocracia, cuando no contaban tras de sí con la mayoría de la clase obrera, así como con las simpatías de las grandes masas del pueblo pobre. En el caso de Alemania en 1921, la acción prematura de la dirección del partido comunista alemán permitiría a la burguesía asestar un importante golpe a la vanguardia proletaria (ver recuadro).

 Por eso el Congreso lanzó la siguiente consigna: “¡Hacia las masas!, es decir, hacia la conquista del poder, por la conquista previa de las masas, en su lucha y en su vida cotidiana”

En cambio, los sectores izquierdistas de la Internacional, tenían una visión esquemática y no distinguían las distintas situaciones que se iban desarrollando en los distintos países. Planteaban que la táctica de la época era “de ofensiva” determinada por acciones parciales contra el Estado y sus fuerzas represivas. Creían que estas acciones, combinadas con la difusión de las ideas comunistas ,harían avanzar la conciencia de las masas para la toma del poder. Abandonando la tarea fundamental de ese momento, que era “ganarse a las masas desde adentro”, en los centros estratégicos del proletariado industrial. Esta visión desde afuera de las masas, los llevó a oponerse a intervenir en las elecciones parlamentarias y a todo trabajo en los sindicatos de masas; y a impulsar la fundación de “sindicatos rojos” (sindicatos paralelos en los que sólo interviniesen revolucionarios o trabajadores influenciados directamente por ellos). 

Para enfrentar estas tendencias, el congreso adoptó determinados criterios para el desarrollo de los jóvenes partidos comunistas. Lenin y Trotsky se oponían a quienes con acciones “izquierdistas” arruinaban posibilidades futuras en países en los que faltaba preparar mejor a los partidos, y no medían correctamente las relaciones de fuerza; eso podía retrasar los objetivos de la Internacional Comunista, que era la extensión de la revolución en Europa para instaurar Repúblicas de los Soviets en los países centrales. Ambos, en sus discursos y documentos, plantearon sugerencias valiosas en particular sobre el trabajo legal y el ilegal; sobre todo en cuanto a la flexibilidad que debían tener los partidos en poder cambiar de un trabajo a otro, la organización de la prensa del partido, la creación de células (equipos) estructurados en las fábricas, etc.

 Por eso, la orientación que ganó la votación ampliamente en este Congreso, fue la que refería a “la táctica del Frente Único” con las organizaciones de masas.
 

Frente Único

 Tanto Lenin como Trotsky planteaban que, sin perder de vista el objetivo de los partidos comunistas de dirigir la revolución proletaria, la tarea de ese momento era lograr ganar a la mayoría de la clase obrera para conquistar las fuerzas necesarias para derrotar a la burguesía y su Estado y tomar el poder. Es decir, debía ponerse en pie partidos independientes, con un programa claro y, si bien no siempre estaba planteada la toma del poder, en esos momentos la lucha de clases no desaparecía. Ante la necesidad objetiva de la unidad en las acciones de las masas obreras, tanto para defenderse frente a los ataques del capital, como en la ofensiva contra éste; la táctica del Frente Único estaba planteada en todos los países donde el Partido Comunista no había aún alcanzado extender su influencia a la mayoría de la clase trabajadora.
Los comunistas debían apoyar la consigna de la mayor unidad posible de todas las organizaciones obreras, que tuviesen incidencia en las masas, en cada acción de lucha por sus intereses contra la burguesía. El Partido Comunista no debía aparecer como un obstáculo en la lucha cotidiana de los trabajadores, sino todo lo contrario, debían demostrar que los comunistas son los únicos que harían todo lo posible para ganar esas luchas aunque fuesen parciales, y de esta forma ganarse la confianza de los obreros que pertenecían a las organizaciones reformistas. El Frente Único suponía llamar a acciones, dentro de determinados límites, con las organizaciones reformistas, ya que éstas representaban aún la voluntad de fracciones importantes de los trabajadores en lucha. Esta era la mejor manera de mostrar que los reformistas sabotearían la lucha y así ganar a sectores de masas, en pos de preparar al partido para cuando la toma del poder estuviese planteada nuevamente. Como dice Trotsky, siempre como organización independiente, “los comunistas participan en el frente único pero no se disuelven en él en ningún caso”. Justamente en la acción era donde las grandes masas debían convencerse de que los revolucionarios luchaban mejor que los otros, que eran más valientes y más decididos, y de que era necesario levantar un programa revolucionario.

Esta fué una discusión fundamental, como veremos en la próxima entrega, que seguirá en el siguiente Congreso y que servirá para comprender la pérdida de la estrategia revolucionaria, a partir del Quinto Congreso, es decir, después de la muerte de Lenin.

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