Partido de los Trabajadores Socialistas

Buenos Aires
24 de noviembre de 2017

La Verdad Obrera N° 530

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La Segunda Internacional (I): La extensión del movimiento socialista entre las masas 

11 Jul 2013 | El movimiento obrero a través de su historia se ha organizado internacionalmente para enfrentar a los capitalistas y luchar por una sociedad libre de explotación y opresión poniendo en pie cuatro Internacionales. En esta sección de LVO presentamos una serie de artículos sobre esta historia, con sus debates, sus luchas y sus lecciones. Esta cuarta entrega trata sobre la fundación de la Segunda Internacional, sus comienzos y el surgimiento de las distintas estrategias en su seno. Clickeá sobre la imagen para ampliarla   |   comentarios

La construcción de Partidos Socialistas en distintos países

Como vimos en el número anterior de La Verdad Obrera, luego de la derrota de la Comuna de París, pasaron 17 años para que la clase obrera tuviera la fuerza necesaria para poner en pie una nueva Internacional.

 Los años siguientes a la disolución de la Primera Internacional se caracterizaron por la reorganización del movimiento obrero europeo y, en este sentido, fue muy importante la construcción de partidos socialistas en los distintos países del viejo continente. El más importante de ellos sería el alemán. Luego del fracaso de la revolución burguesa de 1848, el mariscal Otto von Bismark intentaba modernizar Alemania, de forma burguesa y desde arriba, impidiendo la intervención activa de los sectores populares en la resolución de los problemas nacionales. Bismark pretendía mantener a los obreros de su lado para contener a los junkers (terratenientes). El Partido Obrero Socialdemócrata de Alemania surgió en 1875 cuando se unificaron la Asociación General de Trabajadores Alemanes de Ferdinand Lassalle y el Partido Socialdemócrata de Trabajadores, dirigido por los marxistas Augusto Bebel y Wilhelm Liebknecht. La unificación se llevaría a cabo en un Congreso realizado en la ciudad de Gotha. (ver recuadro)

Luego de la fusión, el Partido Socialdemócrata aumentó considerablemente su caudal de votos. En 1878, intentando frenar el avance de la socialdemocracia entre los obreros alemanes más avanzados, el gobierno de Bismarck sancionó las “leyes antisocialistas” que prohibían todas las organizaciones del Partido Socialdemócrata y las organizaciones obreras de masas, suspendía la publicación de las prensas obreras y establecía represalias contra los militantes socialistas, sometiendo a los dirigentes del Partido Socialdemócrata a la persecución policial. Pero en lugar de aplastar al partido marxista, lo templaron y aumentaron su popularidad entre los obreros. A pesar de que el partido estaba ilegalizado, sus miembros podían presentarse como candidatos en las elecciones y esto le permitía a la socialdemocracia tener representantes en el parlamento. En este sentido, el avance electoral fue acompañado por la lucha clandestina que generó admiración en el extranjero por el éxito logrado en la combinación del trabajo legal e ilegal, es decir, en las tareas planteadas frente a la persecución. En esta etapa, el partido fue tomado como ejemplo en distintos países. Esto no dejaba de tener un importante problema, la dirección política del partido se encontraba en el exilio y se corría el riesgo de que la dirección cayera en manos de sus representantes parlamentarios, los únicos que públicamente podían hablar en su nombre.

A comienzos de la década de 1890, con el fin de las “leyes antisocialistas”, derogadas por la presión del movimiento obrero el 1° de Octubre de 1890, este partido, que había estado diez años en la clandestinidad, pasó a ser el Partido Obrero Socialdemócrata Alemán y adopta un nuevo programa conocido como El Programa de Erfurt, elaborado por Karl Kautsky, que a diferencia del Programa de Gotha tenía bases estrictamente marxistas. Se transformó en un movimiento gigantesco que llegó a tener un millón de afiliados y decenas de diarios propios que se publicaban en toda Alemania. Desarrolló una enorme vida cultural, social y política a su alrededor, inclusive existían hasta coros que eran parte del Partido. Pero esta enorme actividad política, social y cultural no apuntaba aún a quebrar el régimen capitalista ni a protagonizar procesos revolucionarios.

El segundo Partido Socialista en importancia de la Internacional fue el francés, que después de la represión de la Comuna de Paris enfrentó una difícil etapa, los dirigentes que no fueron asesinados tuvieron que exiliarse. Recién en 1879, con la amnistía que dictó el gobierno, pudieron comenzar a reorganizarse y conformar la Federación de Trabajadores Socialistas. A su vez, durante la década de 1880 se sentaron las bases y se construyeron partidos obreros y socialistas en Dinamarca, Suecia, Bélgica, Austria, Suiza e Italia. Surgieron además grupos marxistas en Finlandia y Rusia. En Estados Unidos se organizó el Socialist Labor Party (Partido Socialista del Trabajo). Y en Inglaterra surgió el Nuevo Sindicalismo, una organización de grandes masas de obreros no calificados, que se encontraba a la izquierda de los viejos sindicatos. A fines de 1880 existía una importante cantidad de partidos nacionales en los cuales la influencia marxista era predominante. La clase trabajadora había aumentado su cantidad por el crecimiento económico que se había dado hacia fines del siglo XIX. Esto implicaba que tanto por el avance político como numérico el movimiento obrero se había convertido en una importante fuerza internacional y que necesitaba una organización a nivel internacional. 
 Después de la disolución de la Primera Internacional, Marx y Engels continuaron realizando las funciones del Consejo General. Justo después de la muerte de Marx, el movimiento obrero internacional se desarrolla con fuerza y, en 1886, se plantea el problema de formar una nueva Internacional. Engels participa de su fundación tres años más tarde y, en calidad de escritor y consejero, toma la más activa participación en el movimiento obrero de casi todos los países de Europa. Como no hubo Comité Central hasta 1900, el viejo Consejo General, de varios miembros de distintos países, estaba ahora personificado en su figura. En sus últimos años, además de continuar la tarea teórica del socialismo científico aconsejaba a cada partido marxista nuevo que surgía.

La fundación de la Segunda Internacional

En 1889 se cumplía un siglo de la Gran Revolución Francesa ese mismo año en medio de los festejos por el centenario, se realizó en París el congreso que daría nacimiento a la Segunda Internacional. Una de sus primeras resoluciones fue la de proclamar el 1° de mayo como el Día Internacional de los Trabajadores y apoyar la lucha por la jornada de 8 horas.

Los primeros años fueron de profundos debates políticos entre los que planteaban que el movimiento obrero debía tener como dirección un partido y los que creían que éste debía ser dirigido por los sindicatos. El nudo de la diferencia era: si lo determinante en la lucha de clases era la lucha económica, es decir, el logro por mejoras en ese terreno; o la lucha política, es decir, la conquista del poder. Otra importante discusión fue con los anarquistas, quienes se oponían a la acción política y parlamentaria y que practicaban actos de terrorismo y hacían un fetiche de la huelga general. En 1896 se excluyó a los antiparlamentarios y se adoptaron reglas que sólo admitían partidos políticos socialistas y sindicatos. En los diez años siguientes, la Segunda Internacional no dejó de crecer, la cantidad de votos aumentaba de elección en elección, las organizaciones obreras se extendían en los distintos ámbitos de la vida social de los trabajadores, los salarios aumentaban, se conquistaban leyes laborales, la miseria perdía terreno aunque no desaparecía, esta mejora de la situación parecía imparable. Todo este “ascenso” era el reflejo de la expansión del capitalismo a nivel internacional, que había atenuado temporalmente las contradicciones socioeconómicas en los países más desarrollados económicamente, a costa de la expoliación a los países coloniales y semicoloniales, punto que desarrollaremos en una próxima nota.

En sus congresos, los dirigentes socialistas de distintos países debatían en torno a los principales problemas de la política mundial, elevando permanentemente el nivel teórico y pensando en clave internacional, haciendo que los grandes temas que afectaban a los trabajadores fueran patrimonio común de los obreros más avanzados de todos los países. 

Uno de los debates más importantes fue el de la relación entre reforma y revolución. En el Congreso de Dresden en 1903, Bebel, Kautsky y Rosa Luxemburgo derrotaron al sector dirigido por Bernstein (revisonistas), que impresionados por las “conquistas” y ante la ausencia de revoluciones en los 30 años que habían pasado desde la derrota de la Comuna de Paris, proclamaban que ya no había que luchar para conquistar el poder sino que la tarea eran las reformas graduales que “abrirían el camino al socialismo”. El ala izquierda, a su vez, se opondría al intento de conciliar los antagonismos de clases y repudió la colaboración con los partidos burgueses.
Rosa Luxemburgo, en su gran obra Reforma o Revolución (1900), ya había tirado abajo la teoría y la política de Bernstein, planteando que: “El mismo Bernstein ha formulado con claridad su punto de vista cuando escribió: ‘la meta final, no importa cuál sea, no significa nada; el movimiento lo es todo’ ”. Para ella, esa frase describe con agudeza la esencia del reformismo “bernsteiniano”, que opone la lucha por las reformas a la perspectiva de la revolución social. Rosa Luxemburgo comienza su obra con una pregunta seguida de una respuesta clave: “¿Debemos oponer la revolución social, la transformación del orden existente, última meta a la que aspiramos, a las reformas sociales? Por supuesto que no. La lucha diaria por las reformas, por el mejoramiento de la condición de los trabajadores dentro del sistema social y por las instituciones democráticas, ofrece a la socialdemocracia el único medio de tomar parte activa en la lucha de clases al lado del proletariado y de trabajar en dirección a su objetivo final: la conquista del poder político y la supresión del trabajo asalariado. Entre las reformas sociales y la revolución, existe para la socialdemocracia un lazo indisoluble: la lucha por las reformas es su medio; la revolución social, su fin”.

En esos años la socialdemocracia no dejo de crecer, en 1904 se realizó en Amsterdam un nuevo Congreso, en el que participaron 444 delegados de distintos países. Treinta años después de la derrota de París, ese puñado de revolucionarios exiliados y perseguidos había puesto en pie un movimiento mundial. Era el punto más alto de la Segunda Internacional y un triunfo para las ideas del marxismo. La Internacional sería aún mayor cuando, un año después, estalló la primera Revolución Rusa, en la cual la joven clase obrera de ese país demostró ante el mundo su valentía revolucionaria, cuestión que desarrollaremos en el próximo número.


El Partido Socialdemócrata Alemán y la Crítica al Programa de Gotha

Ferninand Lasalle (1825-1864), era un gran dirigente político del proletariado, pero era oportunista, y negociaba con Bismark un lugar dentro del régimen para el partido. Este le hará una serie de concesiones que ponen al partido obrero ante la disyuntiva de integrarse a la normalidad del régimen y pelear por reformas dentro de él o mantenerse bajo una perspectiva revolucionaria.

En 1875 se realiza en Gotha un Congreso en el que se unifican los discípulos de Lasalle y los marxistas, pero es en el proyecto de programa donde los seguidores de Marx hacen una serie de concesiones de principios a los lasalleanos, como afirmar que “La fuente de toda riqueza es el trabajo”, una idea burguesa a la que Marx y Engels critican señalando que la fuente de toda riqueza está en la naturaleza y que el trabajo sólo la extrae y la procesa. Marx critica duramente este programa, por encarnar más la herencia oportunista de Lasalle que las ideas revolucionarias. En su Crítica al Programa de Gotha, golpea a los lasalleanos por reformistas, porque además plantea la idea errónea de que el proletariado debe luchar por establecer un “Estado libre”, como si se tratara de emancipar al Estado, al contrario para Marx: “la libertad consiste en convertir al Estado de órgano que está por encima de la sociedad en un órgano completamente subordinado a ella”.

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