Partido de los Trabajadores Socialistas

Buenos Aires
17 de diciembre de 2017

Nacional

PANORAMA POLITICO

Kirchner y Lavagna, frente al FMI

15 Aug 2004 | El Presidente y el ministro de Economía deciden cada paso ante la negociación externa. Quieren consolidar el frente político interno. Y buscan sostener la economía en crecimiento. La tregua externa es muy precaria.   |   comentarios

La tregua con el FMI no ha tenido la capacidad de ocultar otras cosas. Una: la tensión entre el Gobierno y el organismo no desapareció y podría sufrir un espasmo en cualquier momento. Dos: si así ocurriera, podría desvanecerse el vaticinio de Roberto Lavagna acerca de que las conversaciones se retomarían con naturalidad a fin de año.
¿Acaso una ruptura? Esa posibilidad no anida en ninguna de las cabezas del poder, pero la más pequeña avería durante los meses venideros forzaría a las partes a buscar una salida de emergencia para que el incendio no incinere este paréntesis.
Existe una tercera observación que apunta, en especial, a la realidad doméstica pero que no se puede soslayar: en esta instancia difícil, crítica, parece haberse reforzado la amalgama política original entre Néstor Kirchner y Lavagna.
La sensación de inestabilidad que caracteriza aquel paisaje está acicateada por varios vientos. En un tramo de la semana anterior, cuando el ministro de Economía dobló la apuesta y pospuso hasta enero la discusión con el FMI, la prolongada negociación estuvo a un tris de volar por el aire.
España no forma parte del poderoso Grupo de los Siete. Pero su papel en relación con la Argentina, en esta crisis, viene resultando providencial. Dos conversaciones de Kirchner con el premier socialista, José Luis Rodríguez Zapatero, permitieron tender un puente de campaña con el director del FMI, Rodrigo de Rato. Este hombre de la escuela económica ortodoxa, ex ministro de José María Aznar, se encargó de aplacar la bronca de los burócratas por el reto argentino.
De Rato, en su estreno, parece navegar aguas de la ambivalencia. No le quitó el cuerpo al catálogo de nuevas —o mejor dicho, viejas— exigencias que el organismo planteó a la Argentina. Algunas llegaron a desencajar al Gobierno, como la demanda de otra compensación para los bancos y la idea de fijar un umbral alto de aceptación para que la negociación con los bonistas resulte convalidada.
Pero fue el mismo director español quien, al final, entendió las ventajas de un armisticio. Se amontonaron razones de variado tipo: la actualidad del FMI no es sencilla con tres naciones emergentes frágiles que concentran más del 60% del capital que tiene distribuido por el mundo. Se trata de Turquía, Brasil y la Argentina.
¿Para qué, ante semejante cuadro, hacer detonar una de esas crisis?, persuadió a sus dirigidos. También incidieron las cuestiones personales: De Rato no querría empujar hacia el barranco un problema que su antecesor, el alemán Horst K˜öhler, condujo con muñeca apta en tiempos aún más borrascosos que los de hoy.
La última palabra todavía no está dicha. La tregua ha sido establecida en los hechos y de palabra: ahora se busca la manera de traducirla sobre un papel aunque el trámite se presenta enmarañado porque los expertos no encuentran antecedentes históricos y jurídicos para apuntalarla.
Habría que reparar, con recurrencia, en la voluntad política y no fue en ese aspecto desabrida la señal que Lavagna recogió de Washington en las últimas horas.
La estrategia pergeñada por el Gobierno no está a resguardo de otras hostilidades. Por lo pronto, el FMI ya lo corrió con la vaina en dos ocasiones: obligó el año pasado a anticipar seis meses la discusión por la deuda privada, luego de haber asegurado que el tema no integraría la agenda bilateral; ahora pretendió superponer ese conflicto con la revisión de las metas de este año y el debate sobre las previsiones para el 2005.
El Gobierno parece difícil de asir, como si se tratara de un cuerpo enjabonado. Primero privilegió al FMI y relegó a los bonistas: eso generó recelos y sospechas entre unos y otros. La última semana torció sus favores a los bonistas y colocó en un segundo plano al FMI, al que, de todos modos, seguirá abonando vencimientos. La prioridad política sería, en lo posible, mantener a cada uno por su andarivel.
¿Pero aceptará mansamente el FMI que la Argentina cierre un acuerdo con los bonistas sin su intervención? No hay antecedentes de un episodio así. Para el organismo significaría, sin dudas, un traspié político y otro motivo de cuestionamiento a una existencia que está en crisis.
Además habría que observar la conducta que cabe a los miembros del Grupo de los Siete. Alemania, Italia y Japón fogonean una solución para los bonistas, aunque esa postura de los gobiernos —fundada en motivos de política interna— entra en colisión con el FMI. Londres cree, con franqueza, que nuestro país es, para sus intereses, irrecuperable. Washington se ha enfriado, pero no desea en esta época electoral incierta ninguna sorpresa desagradable en la región.
El Gobierno se interroga si la fórmula de haber desdoblado la oferta a los bonistas, con una propuesta en Dubai en setiembre del 2003 más tarde mejorada, fue un acierto o un error. "Habría que haber hecho una sola, sin guardarse nada", se le escuchó reflexionar al Presidente. Cree que los acreedores privados son todavía reticentes porque aguardan algo más.
Alfonso Prat-Gay, el titular del Banco Central, aporta otras razones. Estima que la nueva propuesta no fue bien desarrollada en los medios financieros internacionales. Aunque está seguro también de que queda madera por tallar: se detectó que varios fondos de inversión volvieron a comprar bonos argentinos después del default. Esos mismos grupos son los que asesoran a miles de bonistas damnificados: ¿Los instarán a rechazar, sin más, la oferta argentina mientras, a la par, apuestan por la rehabilitación del país?
El escenario es de incertidumbre y no se visualizan sobre él puntos de coincidencia. El Presidente cree que una aceptación del 45% de la oferta argentina sería razonable para salir del default; Lavagna calcula que, tal vez, un poco más. Pero el FMI no se aparta de un volumen que oscila entre un 70% y un 80%.
Ese será otro capítulo de la gran pelea. Lavagna parece el comandante de la nueva ofensiva y su presencia en la línea de fuego lo torna quizá, bajo una lupa política, más vulnerable. Pero el ministro no ha sido lanzado a ninguna aventura: cada palabra suya, cada gesto, cada acción, cuenta con el respaldo de Kirchner.
El ministro ha tenido en este Gobierno tres etapas. Le llevó meses destripar la áspera personalidad del Presidente, capaz de cambiar un reproche por un elogio o una broma en un santiamén. También debió adecuarse a un estilo obsesivo, minucioso con la agenda económica, que contrasta con la acostumbrada laxitud que, en ese terreno, mostró siempre Eduardo Duhalde.
Lavagna vivió sobresaltado el lapso en que Kirchner hizo de la política una gimnasia permanente de confrontación. Le resultó incómoda, sobre todo, la refriega con el caudillo bonaerense pero evaluó que aquel estilo no ayudaba a una nación necesitada de prestigio en el mundo y a una recuperación económica que demanda aún de muchas garantías.
Aquellos tiempos algo cambiaron. Kirchner ha disminuido los niveles de su fácil exasperación y ese resuello parece haber chorreado sobre la escena nacional. Lavagna, cada vez que puede, ensalza el giro presidencial y se exhibe confortable trabajando junto a él.
De hecho, el grueso de las últimas medidas de Gobierno surgió de sostenidos conciliábulos entre el Presidente y el ministro. Entre ellos resolvieron el aumento a los jubilados, que pretende volcar sobre el mercado una masa de 1.500 millones anuales. También el tándem —asistidos por Alberto Fernández y Carlos Tomada— definió el modo progresivo en que se aplicará un aumento de salarios.
Ambas cosas tienen que ver con una necesidad social muy postergada. Pero apuntan además a incentivar el consumo como una receta para no dejar decaer el crecimiento de la economía. Falta el soporte de la inversión genuina, que escasea. Pero esa es una ayuda que la Argentina no tendrá hasta que no se modifiquen muchas cosas, entre otras el estado de default.
El Gobierno requiere de una economía en alza y de un frente interno político y social aquietado para afrontar este tramo de la puja con el FMI. Un hombre del área económica —que no es Lavagna— le propuso al Presidente una reducción de impuestos para alentar el consumo. Kirchner sacó cuentas y estimó que representaría una merma de casi 1.600 millones en el superávit fiscal. "Es la carta más poderosa que tenemos para pulsear contra el Fondo", comentó.
Kirchner es en esta hora un hombre extremadamente cauteloso, que mide cada paso, que atesora el capital político que tiene. Quizá lo haga porque ya conoce qué sucede cuando se lo derrocha.

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