Partido de los Trabajadores Socialistas

Buenos Aires
22 de junio de 2017

La Verdad Obrera N° 411 (solo en internet)

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El odio contra los inmigrantes y el “patriotismo” en la Semana trágica

27 Jan 2011   |   comentarios

En enero de 1919 tuvo lugar en Buenos Aires una de las luchas más heroicas de la clase obrera argentina: la Semana Trágica. Las jornadas en las que los obreros se adueñaron de la ciudad se inician con la huelga en los Talleres Vasena, una fábrica metalúrgica ubicada en Nueva Pompeya, uno de los principales barrios obreros de Buenos Aires. El 2 de diciembre de 1918 unos 2.500 trabajadores se declaran en huelga por el aumento de los salarios y la jornada de ocho horas -la guerra mundial había encarecido notablemente el costo de vida y los salarios se mantenían estancados-. Los huelguistas recibirán en respuesta la persecución de sus activistas y una brutal represión. La muerte de cinco obreros el 7 de enero de 1919 será el detonante. Se declara la huelga general y miles de obreros salen a las calles donde se enfrentan con la policía.

Sin embargo, la política del gobierno radical no llega a calmar a la burguesía. A pocos días de iniciadas las jornadas, las fuerzas de la oligarquía se ponen en movimiento, desencadenando una salvaje represión paraestatal, que será apañada por el gobierno y alentada por la prensa y la Iglesia mediante una campaña contra el “peligro soviético” y la inmigración masiva. Las clases dominantes temían que se repitiera en Argentina la experiencia rusa de 1917. Monseñor De Andrea, el principal referente de la derecha de la Iglesia Católica, escribirá en La perturbación social contemporánea, “¡Es la ola roja!”, y solicitará la ayuda del “elemento sano de la población”. Los diarios conservadores dejarán correr la versión de que se prepara una conspiración revolucionaria, organizada por extranjeros, y alentarán la persecución de activistas obreros. Las comunidades ruso-judía y catalana serán el principal blanco de ataque y los pedidos de control de la inmigración y de expulsión de inmigrantes irán en aumento.

Los “Defensores del Orden” -una organización antiobrera y ultranacionalista- crean con el correr de los días, patrullas de civiles armados, que apuntan fundamentalmente contra las comunidades, provocando pogroms, torturando y asesinando a obreros, especialmente judíos. Las comisarías se transforman, con el consentimiento del gobierno radical, en los cuarteles generales de estas patrullas, que reciben órdenes de antiguos oficiales de las Fuerzas Armadas. Los hijos de los grandes burgueses toman los autos de sus familias e irrumpen en los barrios de inmigrantes para llevar a cabo lo que denominan “la represión ejemplar a los rusos”. La campaña contra el inmigrante indeseable repercute especialmente en sectores de clase media, que durante las jornadas se alistan en los “comités de autodefensa”. Mientras los obreros enfrentan la brutal represión policial –la policía tiene la orden de “tirar y luego averiguar”–, la misma escena se repite en todo Buenos Aires: se allanan conventillos y se queman libros y muebles al grito de “mueran los judíos, mueran los maximalistas”. La sangrienta represión dejará un saldo de cientos de obreros muertos y miles de heridos.

Sin embargo, la inmigración indeseable no será un asunto nuevo a fines de la década de 1910. La formación de un proletariado consciente, organizado y combativo a comienzos del siglo había dado lugar a la promulgación de leyes que permitían la expulsión fácil y rápida de los extranjeros considerados peligrosos. Al mismo tiempo, los acontecimientos desarrollados del otro lado del océano, en particular la Revolución Rusa, alimentaban el temor de la oligarquía y de la clase media frente a la presencia del obrero extranjero y politizado, potencial agente de la “conspiración”. “¿En qué se diferencia lo acontecido (…) de los escándalos terroristas de Rusia?” preguntaba a sus lectores un diario conservador ante una huelga ferroviaria. Esta especie de histeria de clase y los renovados temores y prejuicios hacia la inmigración masiva se expresarán con ímpetu durante el mes enero de 1919 y alentarán la aparición de estos grupos ultranacionalistas y antiobreros aglutinados en los “Defensores del Orden”, y más tarde, a partir del 19 de enero, en la “célebremente” conocida Liga Patriótica.

Este movimiento nacionalista y xenófobo reunirá a representantes de la industria, eclesiásticos, oficiales del ejército, partidos conservadores y legisladores radicales entre los que se encuentra Leopoldo Melo, el abogado de los dueños de los Talleres Vasena. La iniciativa recibirá dinero y apoyo de empresarios, terratenientes, la prensa y empresas extranjeras. Todos acuerdan en estimular el “sentimiento de argentinidad” y cooperar con las autoridades en el “mantenimiento del orden público”, evitando la destrucción de la propiedad. En los años siguientes la Liga Patriótica perseguirá a activistas, organizará grupos de rompe-huelgas y tendrá un rol destacado en la represión que el gobierno radical llevará a cabo contra los trabajadores en la Patagonia y la Forestal. Como señala el historiador David Rock, “Hacia 1919 el ‘patriotismo’ se había convertido en una ideología de clase”. Como se puso de manifiesto en la Semana Trágica, éste será expresión del feroz odio de clase de la burguesía argentina contra los trabajadores.

Hoy, aunque todavía no vivimos acontecimientos de la magnitud de aquella gran gesta obrera, podemos observar nuevamente cómo la burguesía utiliza los medios de comunicación para fomentar el odio clasista a través de la xenofobia y el racismo contra los sectores populares cuando éstos se ponen en movimiento y luchan por sus necesidades. Si ayer eran los obreros sindicados como “judíos pro-rusos”, hoy son los bolivianos y paraguayos, el “subsuelo sublevado” que tomó el Parque Indoamericano. La única fuerza capaz de enfrentar a la clase dominante y sus aliados reaccionarios es la clase trabajadora, desarrollando una alianza obrero-popular, con la fuerza suficiente para vencer.

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