Partido de los Trabajadores Socialistas

Buenos Aires
24 de octubre de 2017

La Verdad Obrera N° 548

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HACIA UNA NUEVA INTERNACIONAL (II)

El combate contra el Frente Popular en la Revolución Española

21 Nov 2013 | Como adelantamos en la nota anterior (LVO 546), en el Estado Español es donde la política de “frentes populares” desplegó más ampliamente su carácter contrarrevolucionario. Trotsky combatirá esta política al mismo tiempo que buscará orientar a los miembros de la Oposición de Izquierda española para construir un partido revolucionario que pueda llevar la revolución a la victoria.   |   comentarios

La llegada al poder del Frente Popular en 1936, se da en el marco de un proceso revolucionario que venía desarrollándose desde 1931, cuando cayó el viejo régimen monárquico y se instauró la “Segunda República”.

Para la burguesía, la lucha por la república debía limitarse a la instauración de las elecciones y la igualdad formal de los “ciudadanos” frente al Estado, y así sostener lo que podía de la vieja estructura del país de los reyes y la iglesia frente a la acción de las masas. Al contrario, para los trabajadores y los campesinos la república no podía limitarse a esto, tenía que resolver sus demandas más sentidas.

La clase obrera y las tareas democráticas de la revolución

En primer lugar, la cuestión agraria, que implicaba confiscar las grandes propiedades de tierras en beneficio de los campesinos pobres. También había que separar a la iglesia del Estado, terminar con la dominación del clero que tenía un enorme peso, expropiarles sus riquezas y entregarlas al pueblo. Estaba planteado el problema democrático de la autodeterminación nacional, las grandes mayorías del pueblo vasco así como de los catalanes tenían que tener el derecho de organizar su vida nacional en forma independiente del gobierno central de Madrid. Otra gran tarea era la liberación de Marruecos de la opresión imperialista española.

La burguesía y los representantes políticos de la nueva República eran enemigos de este programa democrático. Pero esto no era evidente para las grandes mayorías, había que demostrarlo en la experiencia. Trotsky le planteaba a la vanguardia obrera, que tenía que ser la más decidida combatiente por aquel programa democrático y así conquistar a la masa obrera y a la mayoría de los campesinos. Cuanto más decidida fuese la clase obrera en esta lucha, más rápidamente iba a lograr que la república democrática se identifique en la conciencia de las grandes masas con la república obrera.

La burguesía contra la revolución

Desde principios de los ’30, la burguesía había hecho todo lo posible para ponerle fin a la revolución y contenerla en los marcos del nuevo régimen burgués, pero no pudo terminar con las tendencias revolucionarias.

En octubre de 1934, ante la entrada de 4 ministros derechistas al gobierno, las centrales obreras lanzan la huelga en toda España. La cobardía del partido socialista hace que el movimiento fracase en Madrid y dure sólo un par de días en Barcelona. Pero en la cuenca minera de Asturias, la huelga se vuelve lucha insurreccional. Obreros y campesinos toman más de 70 cuarteles de la temida Guardia civil, desarmándola. Aislada del resto del país, “la Comuna de Asturias” es derrotada por el ejército republicano bajo las órdenes del general Franco. Empieza un gobierno reaccionario que mete presos a más de 20 mil luchadores y cierra la prensa de los partidos de izquierda, el llamado “Bienio Negro”.

Frente Popular: recurso de conciliación de clases

Luego de dos años de reacción, la revolución no había sido derrotada. Sin embargo, la burguesía contaba con un gran elemento a su favor: las direcciones de las principales organizaciones obreras sostenían una estrategia de colaboración de clases.

En enero del ‘36 se conforma el Frente Popular. El Partido Comunista y el Partido Socialista (PSOE) se unen a un sector minoritario de los burgueses republicanos. A pesar del poco peso real que tenía este último sector, todo el programa del frente se adapta a sus exigencias. Éste aclaraba que “los republicanos no aceptan el principio de nacionalización de la tierra y su entrega gratuita a los campesinos”, así como también rechazaba la nacionalización de la banca y el control obrero.

De esta forma, surge un frente político encabezado por los más importantes partidos de izquierda pero que defiende lo esencial del programa que la burguesía.

Para justificar esta política se la presentaba como la unidad de todos aquellos que decían defender a la república contra el fascismo. Pero lo cierto era que la república burguesa ya había dado todo de sí, lo que había por delante era el enfrentamiento abierto entre la revolución y la contrarrevolución.

El partido revolucionario como problema estratégico

La burguesía una y otra vez había intentado en vano derrotar a la revolución. La clase obrera española, organizada en partidos y sindicatos, contaba con un enorme empuje revolucionario. Sin embargo, llegaba a los momentos decisivos de la revolución con una debilidad estratégica fundamental: se encaminaba a los enfrentamientos decisivos detrás de direcciones del PC o el PSOE que respondían a los intereses del enemigo de clase. No había forjado en el período previo un partido revolucionario que agrupase a lo mejor de la vanguardia obrera.

Esta había sido la principal preocupación de Trotsky durante todo el proceso. La Oposición de Izquierda española contaba con un pequeño grupo dirigido por Andrés Nin y Juan Andrade. Trotsky, desde el inicio de la revolución, buscó incesantemente dotar a la Oposición española de tácticas para que se convirtieran en un partido de vanguardia con influencia en sectores de masas, que pudiera llegar preparado en el momento más elevado de la revolución.

En el ’31 les propuso llamar a la unidad bajo un programa revolucionario al Partido Comunista, que aún oscilaba entre una estrategia reformista y la revolución. Pero Nin rechazó esta alternativa, lo que en los hechos dejó tranquilo al PC para poder hacer pie en el Estado Español donde, para ese entonces, aún no contaba casi con fuerzas organizadas.

En el ’34 vuelve a plantear otra táctica. En el marco de la situación que dará lugar a la Comuna de Asturias, decenas de miles de jóvenes del PSOE marchan por Madrid con pancartas de Lenin y Trotsky proclamando la necesidad de una nueva Internacional, la Cuarta. Trotsky le plantea al grupo de la Oposición entrar al Partido Socialista con las banderas revolucionarias desplegadas para fusionarse con esos jóvenes y sentar las bases para un partido revolucionario. Otra vez, el grupo español se niega.

En su lugar, el grupo de Nin busca un atajo, intentando resolver la debilidad a la que había llegado producto del sectarismo, con una política oportunista. Así, relega las banderas de la IV Internacional para formar un partido común con el Bloque Obrero y Campesino cuyo confuso programa, en el mejor de los casos, carecía de un planteo claro de independencia de clase. De esta fusión oportunista surge el POUM, Partido Obrero de Unificación Marxista.

Mientras tanto, aquella juventud del Partido Socialista, que marchaba con los retratos de Trotsky la termina ganando el stalinismo. El POUM no será una alternativa al Frente Popular encabezado por el stalinismo, apoyando el programa del frente electoral de colaboración de clases. Trotsky atacará esta política y denunciará la traición del POUM.

Gobierno de Frente Popular y alzamiento fascista

En febrero, el Frente Popular gana las elecciones por amplio margen. Sin embargo, el objetivo de frenar la revolución no sería fácil porque, frente al triunfo que consideraban propio, las masas pasaron a la acción. Contra los intentos de mantener el control por parte del Frente Popular, las multitudes fuerzan las cárceles para liberar a los presos sin esperar ninguna ley que lo sancione. Los campesinos toman las tierras haciendo caso omiso al programa del Frente Popular, que declaraba no aceptar este tipo de acciones. Son muchas las fábricas en las que se impone el control obrero de la producción.

La burguesía llega a la conclusión de que no se podía acabar con el movimiento revolucionario en los marcos de la democracia. Bajo esta conclusión, la burguesía y la iglesia se alistan para derrotar a la revolución por las armas y prepara un golpe militar fascista.

El 18 de julio se concreta el levantamiento militar encabezado por Franco. Pero una vez más la clase obrera, a pesar de la pasividad del Frente Popular, hace fracasar los planes de la burguesía. Las tropas de Franco son derrotadas por los trabajadores en las principales ciudades (como en Madrid, Barcelona, Bilbao y otras). Entonces comienza la guerra civil, que divide al país en dos: de un lado, las regiones donde el golpe había tenido éxito quedan bajo el control de los fascistas; del otro, aquellas regiones donde el golpe es derrotado y se mantiene la república y el gobierno del Frente Popular.

Guerra civil y revolución

El Frente Popular, siguiendo su lógica de “democracia contra fascismo”, ordenaba a las masas no afectar ninguno de los intereses de la burguesía para mantenerla como aliada en la guerra para enfrentar al fascismo y defender la república. Decían: “primero la guerra después las reformas sociales”. También para que los imperialismos “democráticos” (Francia e Inglaterra) no se asustaran. Lo cierto es que la burguesía ya estaba con los fascistas de Franco, que recibieron además pleno apoyo de Hitler y Mussolini. Como decía Trotsky, vía mediación de los estalinistas, socialistas y anarquistas, la burguesía había subordinado al proletariado sin siquiera molestarse en participar del Frente Popular.

Al contrario de los stalinistas, Trotsky sostenía que la clave para derrotar a Franco era llevar adelante las demandas sociales avanzadas. Sólo la revolución era capaz de desatar la fuerza social necesaria para ganar la guerra. Los revolucionarios debían decir a los campesinos “las tierras son vuestras” y a los obreros “las fábricas son vuestras”, para que de ambos lados de las barricadas éstos tomen en sus manos la lucha contra el ejército de Franco. Pero para esto, había que romper con la política del Frente Popular y enfrentar a la burguesía.

Al calor de los enfrentamientos surgieron los comités y milicias populares, creando en los hechos una dualidad de poderes al interior del bando republicano, entre el debilitado poder de la burguesía y el ascendente poder obrero. El Frente Popular hacía todo lo posible para desactivar los elementos de autorganización y regimentar las milicias. Pero para lograrlo tuvo que enfrentar a cara descubierta a las fuerzas de la revolución.

La insurrección contra el Frente Popular

En Barcelona, los estalinistas y el ejército republicano montan una provocación contra la vanguardia. El 3 de mayo de 1937 desalojan la central telefónica, en manos de los anarquistas de la CNT (Conferencia Nacional del Trabajo), desde el comienzo de la guerra civil. Estalla la insurrección, se levantan barricadas en toda la ciudad con duros enfrentamientos. No era un combate entre republicanos y fascistas, sino de la contrarrevolución burguesa y estalinista contra el proletariado catalán. Sin esperar las directivas de sus dirigentes, los militantes anarquistas y del POUM se juegan en las barricadas, junto al pequeño grupo de trotskistas (llamados bolcheviques leninistas) que llaman a formar “comités de defensa revolucionarios” en todas partes.

Trotsky plantea la política de conformar un gobierno obrero, como exigencia al POUM y los anarquistas de que tomen el poder en Barcelona, transformarla en un bastión de la revolución proletaria y llamar a los trabajadores y los campesinos de todo el Estado Español a que se levanten en su defensa. Se jugaba el destino de la revolución que aún podía triunfar.

Pero los dirigentes anarquistas de la CNT y de la FAI (Federación Anarquista Ibérica), siguiendo el programa del Frente Popular de mantener “en todo su vigor el principio de autoridad”, llamaron junto a la dirección del POUM a que los trabajadores depongan las armas y abandonen las barricadas.

El ala izquierda del anarquismo, “Los Amigos de Durruti”, junto a algunos poumistas y los trotskistas, resistieron en las barricadas. Pero la insurrección fue derrotada, no por el poderío militar de las Guardias de Asalto y stalinistas, sino por la traición de los jefes de la CNT, seguidos por la dirección del POUM. La victoria del ejército republicano sobre los trabajadores de Barcelona fue el preámbulo de la derrota de la república en manos de Franco que se concretaría definitivamente en 1939. Con la derrota del proletariado español se abre el camino, a su vez, al inicio a la Segunda Guerra Mundial.

Para triunfar era necesario un partido revolucionario

La clase obrera y los campesinos españoles dieron sobradas muestras de heroísmo revolucionario. Una y otra vez se levantaron contra la burguesía, derrotaron en las principales ciudades al golpe de Franco y lo combatieron en la guerra civil, para terminar alzándose en armas contra el propio Frente Popular. Sin embargo, no existió un partido revolucionario capaz de llevar toda esta fuerza revolucionaria a la victoria.

“Es cierto –decía Trotsky- que en el curso de una revolución, es decir, cuando los acontecimientos se suceden a un ritmo acelerado, un partido débil puede convertirse en un partido poderoso, con la única condición de que comprenda con lucidez el curso de la revolución y de que posea cuadros probados que no se dejen exaltar por las palabras o aterrorizar por la represión. Pero es necesario que un partido de estas condiciones exista desde mucho antes de la revolución en la medida en que el proceso de formación de cuadros exige plazos considerables y que la revolución no deja tiempo para ello”. (“Clase, partido y dirección”)

Las lecciones de la revolución española serán parte de las bases fundamentales sobre las que se fundará en 1938 la IV Internacional.

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