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Lenin y la historia del Partido Bolchevique - SEGUNDA CONFERENCIA (Parte II)

El Qué Hacer

22 Jun 2006 | Presentamos en este número, la segunda parte de la IIº Conferencia del ciclo que Christian Castillo y Emilio Albamonte, dictaron en el verano pasado, sobre Lenin y la Historia del Partido Bolchevique. En este caso, se analiza la importancia de los debates planteados por Lenin en su obra Qué Hacer, publicada en 1902.   |   comentarios

En Qué hacer. Problemas candentes de nuestro movimiento, Lenin desarrolla las ideas antes expresadas en el artículo ¿Por dónde empezar? y en Carta a un camarada. Fue escrito entre el otoño (nuestra primavera) de 1901 y febrero de 1902, siendo su primera edición de marzo de 1902. Es sin duda uno de los textos claves del marxismo revolucionario, pero es en general un libro mal leído, tanto por sus defensores como por sus detractores. Por los problemas que plantea su análisis, se podría hacer un seminario ¡sólo con esta obra! En esta conferencia nos remitiremos solamente a algunos puntos importantes.
El carácter polémico del texto está expresado desde el parágrafo elegido para iniciar el libro. Allí figura una cita de una carta de Lasalle a Marx, de 1852, donde se afirma: “La lucha interna da al partido fuerzas y vitalidad; la prueba más grande de la debilidad de un partido es la amorfia y la ausencia de fronteras bien delimitadas; el partido se fortalece depurándose”. Esto, justamente, para señalar que los obreros socialdemócratas no debían descuidar los puntos en debate entre las distintas corrientes que se reclamaban del POSDR.
El Qué hacer fue escrito en medio de un período de rápido crecimiento industrial en Rusia. En la primera conferencia1 veíamos que para principios del siglo XX el proletariado se encontraba altamente concentrado: 1.155.000 obreros en sólo 458 compañías. Pero también existía un fuerte crecimiento de la actividad huelguística, aunque hasta el año 1903 –en el que se dio un importante viraje– todavía predominaban las huelgas económicas. Las huelgas crecieron enfrentando las consecuencias de la crisis industrial que se dio entre1900 y 1903.
En el momento en que escribe Lenin, entonces, debe combatir contra un sentido común, que al interior de la socialdemocracia planteaban los economistas, que sostenía que a los obreros que participaban de las huelgas económicas no había que plantearles la necesidad de elevarse a la lucha política revolucionaria contra la autocracia porque esto no era comprendido por el obrero medio, que a esta necesidad llegarían los obreros luego por sí mismos, espontáneamente, como un resultado del proceso de luchas. Por eso, teóricamente, uno de los aspectos centrales del Qué Hacer es la relación entre espontaneidad y conciencia, desarrollada en el segundo capítulo. 
Originalmente, todos los iskristas sostenían las mismas posiciones planteadas por Lenin en el Qué hacer. Luego, los cinco miembros del Comité de Redacción que se pasaron al menchevismo comenzaron retrospectivamente a atacar los planteos de Lenin en este texto.2
Allí, en primer lugar, Lenin plantea el carácter relativo de lo que consideramos “espontaneidad” y formula su célebre apreciación que “lo espontáneo es la forma embrionaria de lo conciente”, en el sentido que nuevas luchas “espontáneas” parten de un nivel superior a las anteriores, de las que ya han sacado aprendizajes y un cierto nivel de conciencia superior al estadio anterior. Compara aquí las huelgas que se dieron a partir de 1894 y cómo fueron un progreso respecto a los motines protagonizados anteriormente por el proletariado. Dice Lenin: “En las huelgas de los años ‘90 vemos muchos más destellos de conciencia: se presentan reivindicaciones concretas, se calcula de antemano el momento más conveniente, se discuten los casos y ejemplos conocidos de otros lugares, etcétera. Si bien es verdad que los motines eran simples levantamientos de gente oprimida, no lo es menos que las huelgas sistemáticas representaban ya embriones de lucha de clases, pero embriones nada más. Aquellas huelgas eran, en el fondo, lucha tradeunionista, aún no eran lucha socialdemócrata; señalaban el despertar del antagonismo entre los obreros y los patronos; sin embargo, los obreros no tenían, ni podían tener, conciencia de la oposición inconciliable entre sus intereses y todo el régimen político y social contemporáneo, es decir, no tenían conciencia socialdemócrata. En este sentido, las huelgas de los años ‘90, aunque significaban un progreso gigantesco en comparación con los ‘motines’, seguían siendo un movimiento netamente espontáneo”.
Esto es muy interesante para pensarlo no sólo en relación al pasado, sino en relación a los fenómenos a los cuales nos enfrentamos hoy. Si uno ve las luchas del movimiento obrero en Argentina desde el 2004 hasta nuestros días y las compara con las rebeliones que hubo durante la década de ’90, efectivamente las luchas actuales son más sistemáticas, más organizadas, se elige mejor al enemigo –esto si los comparamos con el Santiagueñazo u otros levantamientos que fueron “preparando” la rebelión de diciembre del 2001, a su vez realizada con un alto grado de espontaneidad-; pero, las actuales son huelgas tradeunionistas, meramente sindicales.
Luego Lenin, siguiendo a Kautsky3, realiza su discutida afirmación señalando que la conciencia socialista es introducida al proletariado “desde afuera”, a partir de la acción de los “intelectuales” revolucionarios. Y aquí se combinan dos discusiones: una de carácter histórico y otra de carácter teórico. Lenin toma una cita de Kautsky, para señalar que, históricamente, el movimiento socialdemócrata tuvo esta característica, que Marx y Engels provenían de familias burguesas o pequeñoburguesas y el origen del socialismo científico en tanto teoría y programa no surgió de la espontaneidad de la clase obrera, sino a partir de una relación que establece la intelectualidad radicalizada alemana con el movimiento obrero, y una reelaboración de las tesis de los socialistas utópicos –en el terreno de la política y el programa socialista-, de la economía política inglesa –en el terreno del análisis del desarrollo capitalista- y de la filosofía alemana –en el terreno de los principios generales que va a tomar el nuevo materialismo dialéctico, desarrollado por Marx y Engels. 
A la vez, esto mismo podía señalarse con respecto al marxismo ruso. Los primeros marxistas rusos eran, efectivamente, intelectuales. Recordemos lo que habíamos señalado en la primera conferencia, que Plejanov, cuando estudiante, había pertenecido al movimiento narodniki, al ala izquierda de los populistas. Vera Zazulich, lo mismo: había sido una estudiante radicalizada que participaba de atentados contra los funcionarios del régimen zarista y era una gran heroína popular. Ambos, al encontrarse en el exilio, se hicieron marxistas cuando entraron en contacto con la socialdemocracia, la IIº Internacional.
Por eso aquí, Lenin señala que en la infancia del movimiento, los que toman las banderas del socialismo son los intelectuales. Analizando el desarrollo del marxismo ruso señalaba: “Hemos dicho que los obreros no podían tener conciencia socialdemócrata. Esta sólo podía ser traída desde fuera. La historia de todos los países demuestra que la clase obrera está en condiciones de elaborar exclusivamente con sus propias fuerzas sólo una conciencia tradeunionista, es decir, la convicción de que es necesario agruparse en sindicatos, luchar contra los patronos, reclamar al gobierno la promulgación de tales o cuales leyes necesarias para los obreros, etc. En cambio, la doctrina del socialismo ha surgido de teorías filosóficas, históricas y económicas elaboradas por intelectuales, por hombres instruidos de las clases poseedoras. Por su posición social, los propios fundadores del socialismo científico moderno, Marx y Engels, pertenecían la intelectualidad burguesa. De igual modo, la doctrina teórica de la socialdemocracia ha surgido en Rusia independiente por completo del crecimiento espontáneo del movimiento obrero, ha surgido como resultado natural e ineludible del desarrollo del pensamiento entre los intelectuales revolucionarios socialistas. Hacia la época de que tratamos es decir, a mediados de los años ‘90, esta doctrina no sólo era ya el programa, cristalizado por completo, del grupo Emancipación del Trabajo, sino que incluso se había ganado a la mayoría de la juventud revolucionaria de Rusia”. Lenin escribe: “no puede hablarse de una ideología independiente elaborada por las mismas masas obreras en el curso de su movimiento”. Y aclara en una nota al pie que “esto no significa, naturalmente, que los obreros no participen en esta elaboración. Pero no participan en calidad de obreros, sino en calidad de teóricos del socialismo, como los Proudhon y los Weitling”.
Más abajo plantea que no hay posibilidad de ideologías intermedias: o ideología socialista o ideología burguesa, y que librado el proletariado a la espontaneidad es aquella última la que se impone: “Pero, preguntará el lector: ¿por qué el movimiento espontáneo, el movimiento por la línea de la menor resistencia, conduce precisamente al predominio de la ideología burguesa? Por la sencilla razón de que la ideología burguesa es, por su origen, mucho más antigua que la ideología socialista, porque su elaboración es más completa y porque posee medios de difusión incomparablemente mayores. Y cuanto más joven sea el movimiento socialista en un país, tanto más enérgica deberá ser, por ello, la lucha contra toda tentativa de afianzar la ideología no socialista, con tanta mayor decisión se habrá de prevenir a los obreros contra los malos consejeros que protestan de ‘la exageración del elemento consciente’, etc”. Y aclara también en una nota al pie: “Se dice a menudo que la clase obrera tiende espontáneamente al socialismo. Esto es justo por completo en el sentido de que la teoría socialista determina, con más profundidad y exactitud que ninguna otra, las causas de las calamidades que padece la clase obrera, debido a lo cual los obreros la asimilan con tanta facilidad, siempre que esta teoría no ceda ante la espontaneidad, siempre que esta teoría supedite a la espontaneidad. Por lo general, esto se sobreentiende, pero Rabocheie Dielo lo olvida y lo desfigura. La clase obrera tiende al socialismo de manera espontánea; pero la ideología burguesa, la más difundida (y resucitada sin cesar en las formas más diversas), es, sin embargo, la que más se impone espontáneamente a los obreros.”
Es claro que estas definiciones de Lenin son parciales y hay que verlas en su contexto histórico y en el marco de la lucha política que está planteada contra el economismo y su planteo de rebajar el programa revolucionario al estado de la conciencia del obrero medio y renunciar a la agitación y a la educación políticas del proletariado. El mismo Lenin va a señalar luego que muchas de las polémicas realizadas en contra de Qué hacer no tienen sentido ya que discuten contra aspectos de sus afirmaciones que fueron superados históricamente. Decía en el prólogo a En doce años, publicada en 1907: “El error principal de los que hoy polemizan con Qué hacer consiste en que desligan por completo esta obra de una situación histórica determinada, de un período concreto del desarrollo de nuestro partido que ha pasado hace mucho (...) Qué hacer es es el compendio de la táctica iskrista y de la política iskrista en materia de organización durante los años 1901 y 1902. Un compendio, ni más ni menos.”
Después veremos como en 1905, en pleno proceso revolucionario, Lenin apela a la espontaneidad revolucionaria de la clase obrera en términos que resultan desconcertantes para quien hace una lectura mecánica, libresca, del Qué hacer.4 Así mismo, la historia de la clase obrera ha mostrado, antes y después del Qué hacer, que la acción revolucionaria de los trabajadores es capaz de llevarlos más allá de una “conciencia tradeunionista” (febrero-junio de 1848; la Comuna de París; los soviets en 1905 y 1917; y decenas de ejemplos en las revoluciones del siglo XX). 
Ahora bien, pero más allá de lo que plantea como un rasgo histórico particular de los orígenes del movimiento socialista y del marxismo ruso, en épocas donde no hay radicalización, donde no predominan entre los trabajadores las tendencias revolucionarias, prima la lógica de la relación entre conciencia y espontaneidad que plantea Lenin en el Qué hacer (como en parte en la Argentina actual). Sobre todo en tiempos donde el marxismo viene de vivir su más grande crisis histórica (aunque sin olvidar que la actividad del partido se ve mediada por las instituciones reales donde actúa la clase obrera, como los sindicatos, etc.). 
No hay, insistimos, una relación lineal entre marxismo (“conciencia socialista”) y clase obrera: ésta, en tiempos en que no hay revolución, sólo puede elevarse de un nivel de conciencia tradeunionista a uno revolucionario por la actividad conciente de los marxistas. En épocas revolucionarias, la mecánica entre el “afuera y el adentro” cambia, y el partido debe desarrollar su acción a través de los organismos revolucionarios que las masas crean con su lucha. Con la existencia de una situación revolucionaria, cuando las masas tienden a protagonizar acciones revolucionarias por sí mismas, el rol del partido cambia. Ya no se trata de elevarlas a una lucha política que están protagonizando sino de ganar su dirección para encaminarlas a la conquista del poder. 
Otro aspecto a destacar de lo planteado en el Qué hacer, ligado al anterior, es la relación que Lenin establece entre “política tradeunionista” y “política socialdemócrata”, entendidas como “sindicalismo” y “política revolucionaria”. En el capítulo 3, Lenin –polemizando con Martinov- aclara que no es cierto que siempre los tradeunionistas desprecien la política, sino que la ven como un complemento de su acción sindical, como la lucha en el parlamento por reformas sociales. “Cabe preguntar: ¿en qué debe consistir la educación política? ¿Podemos limitarnos a propagar la idea de que la clase obrera es hostil a la autocracia? Está claro que no. No basta con explicar la opresión política de que son objeto los obreros (de la misma manera que era insuficiente explicarles el antagonismo entre sus intereses y los de los patronos). Hay que hacer agitación con motivo de cada hecho concreto de esa opresión (como hemos empezado a hacerla con motivo de las manifestaciones concretas de opresión económica). Y puesto que las más diversas clases de la sociedad son víctimas de esta opresión, puesto que se manifiesta en los más diferentes ámbitos de la vida y de la actividad sindical, cívica, personal, familiar, religiosa, científica, etc., ¿no es evidente que incumpliríamos nuestra misión de desarrollar la conciencia política de los obreros si no asumiéramos la tarea de organizar una campaña de denuncias políticas de la autocracia en todos los aspectos? Porque para hacer agitación con motivo de las manifestaciones concretas de la opresión es preciso denunciar esas manifestaciones (lo mismo que para hacer agitación económica era necesario denunciar los abusos cometidos en las fábricas)”. Por el contrario, para Martinov la lucha política se reducía a un desarrollo de la lucha económica: “¡Así pues, tras la pomposa frase de ‘dar a la lucha económica misma un carácter político’, que suena con ‘terrible’ hondura de pensamiento y espíritu revolucionario, se oculta, en realidad, la tendencia tradicional a rebajar la política socialdemócrata al nivel de política tradeunionista! (...) La socialdemocracia revolucionaria siempre ha incluido e incluye en sus actividades la lucha por las reformas. Pero no utiliza la agitación ‘económica’ exclusivamente para reclamar del gobierno toda clase de medidas: la utiliza también (y en primer término) para exigir que deje de ser un gobierno autocrático. Además, considera su deber presentar al gobierno esta exigencia no sólo en el terreno de la lucha económica, sino asimismo en el terreno de todas las manifestaciones en general de la vida sociopolítica. En una palabra, subordina la lucha por las reformas como la parte al todo, a la lucha revolucionaria por la libertad y el socialismo. En cambio, Martínov resucita en una forma distinta la teoría de las fases, tratando de prescribir infaliblemente la vía económica, por decirlo así, del desarrollo de la lucha política. Al propugnar en un momento de efervescencia revolucionaria que la lucha por reformas es una ‘tarea’ especial, arrastra al partido hacia atrás y hace el juego al oportunismo ‘economista’ y liberal.”
Como vemos, para Lenin la lucha por la hegemonía del proletariado y por construir un partido enraizado en la clase obrera es algo opuesto al “obrerismo”, es decir al desprecio de las luchas contra el régimen, protagonizadas por otros sectores sociales. “Tribuno del pueblo” o “secretario de tradeunion”, esta oposición resume, para Lenin, la diferencia entre el sindicalista y el obrero comunista revolucionario.
Un último punto a destacar es la importancia que le asigna Lenin a la superación de los métodos primitivos de organización y la necesidad que el periódico juegue el papel de “organizador colectivo”, término también muchas veces entendido formalmente. Es indudable que el estudio del Qué Hacer es fundamental para todo militante marxista revolucionario, pero, insistimos, siempre y cuando este estudio se realice distinguiendo entre lo que tuvo de correcto en cierto momento histórico (como las particulares condiciones de ilegalidad que imponía la lucha contra la autocracia) y no es aplicable mecánicamente a circunstancias diferentes y aquello que mantiene plena vigencia, trascendiendo el momento en que fue escrito.
En el próximo punto, desarrollaremos en qué consistió la división entre mencheviques y bolcheviques al interior del POSDR.
 
1 En relación a la primer conferencia de este ciclo, dada por Emilio Albamonte, y publicada en cuatro entregas sucesivas en La Verdad Obrera Nº 187, 188, 189 y 190.
2 En el próximo artículo desarrollaremos esta división, entre bolcheviques y mencheviques, que se produce en el IIº Congreso del POSDR.
3 “Muchos de nuestros críticos revisionistas consideran que Marx ha afirmado que el desarrollo económico y la lucha de clases, además de crear las condiciones necesarias para la producción socialista, engendran directamente la conciencia de su necesidad (...). En este orden de ideas, la conciencia socialista aparece como el resultado necesario e inmediato de la lucha de clase del proletariado. Eso es falso a todas luces. Por supuesto, el socialismo, como doctrina, tiene sus raíces en las relaciones económicas actuales, exactamente igual que la lucha de clase del proletariado; y lo mismo que esta última, dimana de la lucha contra la pobreza y la miseria de las masas, pobreza y miseria que el capitalismo engendra. Pero el socialismo y la lucha de clases surgen juntos, aunque de premisas diferentes; no se derivan el uno de la otra. La conciencia socialista moderna sólo puede surgir de profundos conocimientos científicos. En efecto, la ciencia económica contemporánea es premisa de la producción socialista en el mismo grado que, pongamos por caso, la técnica moderna; y el proletariado, por mucho que lo desee, no puede crear ni la una ni la otra; de la ciencia no es el proletariado, sino la intelectualidad burguesa: es del cerebro de algunos miembros de este sector de donde ha surgido el socialismo moderno, y han sido ellos quienes lo han transmitido a los proletarios destacados por su desarrollo intelectual, los cuales lo introducen luego en la lucha de clase del proletariado, allí donde las condiciones lo permiten. De modo que la conciencia socialista es algo introducido desde fuera en la lucha de clase del proletariado, y no algo que ha surgido espontáneamente dentro de ella.” Karl Kautsky, Neue Zeit, 1901-1902, XX, I, núm. 3, pág. 79.
4 Nosotros, en elaboraciones anteriores del PTS, hemos señalado estos límites en nuestros trabajos sobre “estrategia soviética”, que están en la revista Estrategia Internacional Nº 4/5, para mostrar como Lenin cambia con la experiencia de 1905 y ve a los soviets como un elemento complementario (y no alternativo) al partido en la organización revolucionaria de la clase obrera. Uno es la expresión más acabada del frente único de las masas en lucha; el otro, la organización de la vanguardia revolucionaria del proletariado.
 
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Glosario
 
Economistas. Ver LVO Nº 190 y 191
 
Lasalle, Ferdinand de (1825-1864). Político socialista y pensador alemán. En 1845 se afilió a la Liga de los Justos. Durante su participación en la revolución alemana de 1848, por la que fue encarcelado, entabló amistad con Karl Marx, quien polemizó con muchos de sus planteos, como su concepción del estado, su defensa de la “ley de bronce del salario” y su adaptación a la política de Bismarck –el canciller prusiano artífice de la unificación alemana. 
 
Menchevismo. Los mencheviques (en ruso “minoritarios”) eran la facción moderada del POSDR, que se escindió en 1903 a raíz de disputas políticas e ideológicas con los bolcheviques (en ruso “mayoritarios”), liderados por Lenin. Aunque la ruptura original, durante el IIº Congreso del POSDR, fue por cuestiones en apariencia “organizativas”, como la definición en el estatuto del partido de quienes eran considerados militantes o la composición del nuevo comité de redacción del periódico Iskra, ambas fracciones fueron enfrentándose fundamentalmente en torno a la actitud a asumir frente a la burguesía liberal. Los mencheviques sostenían que puesto que en Rusia estaba planteada una revolución democrático burguesa el liderazgo de la misma le correspondía a los partidos de la burguesía liberal, con los cuales el proletariado debía buscar una alianza en la lucha contra la autocracia zarista. La separación del partido fue definitiva en 1912.

Martinov, Alexander (1865-1935). Menchevique de derecha antes de 1917 y, posteriormente, enemigo de la Revolución de Octubre. En 1923, entró al PC y fue uno de los principales artífices de las teorías stalinistas que justificaban la subordinación del proletariado a la burguesía “progresiva”.
 
Tradeunionismo. Alude a las Trade Unions que es como son llamados los sindicatos en Gran Bretaña. El concepto de tradeunionismo es utilizado como sinónimo de sindicalismo.
 
Proudhon, Pierre Joseph (1809-1865). Filósofo político y revolucionario francés. Provenía de una familia de artesanos y campesinos. Su obra más conocida es ¿Qué es la propiedad?, de 1840. Marx polemizó con sus concepciones en el libro Miseria de la Filosofía.
 
Weitling, Wilhelm (1808-1871). Obrero socialista alemán. Con un ideario comunista religioso, se unió en Londres a la Liga de los Comunistas en 1844, pero en 1846 rompió con Marx. Posteriormente fundó en Nueva York la Liga de la Emancipación entre sus compatriotas artesanos.

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