Partido de los Trabajadores Socialistas

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Jueves 18 de Diciembre de 2014
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Revoluciones y procesos revolucionarios en los siglos XIX y XX

El Bienio Rojo italiano

01 Oct 2004 | “Uno de los miembros de la delegación italiana, recién regresado de la Rusia soviética, contó a los obreros de Turín que la tribuna destinada a recibir a la delegación en Kronstadt estaba adornada con la siguiente inscripción: `¡Viva la huelga general turinesa de abril de 1920!´” Antonio Gramsci, El movimiento turinés de los consejos de fábrica   |   comentarios

Italia en la primera guerra mundial

A comienzos del año 1915, el gobierno italiano del liberal Giolitti impone el ingreso de Italia en la primera guerra mundial, con el objeto de recibir alguna tajada de la carnicería imperialista.
Las tremendas calamidades que ello trae para las masas trabajadoras italianas, repercuten notablemente en el descenso de su nivel de vida. El salario había disminuido 35% y escaseaban varios artículos de primera necesidad como comestibles y ropa, mientras que la jornada laboral se había extendido bajo el pretexto de la “producción para la defensa”.
Asimismo, la onda expansiva de la revolución rusa que desembarcó con toda su fuerza en Europa, contribuyó -al igual que en la revolución alemana1- al despertar del movimiento obrero y de sus acciones independientes. La noticia de la Revolución de Febrero y Octubre de 1917 fue recibida en Turín con gran alegría y entusiasmo. Miles de obreros se lanzaron a las calles en solidaridad con sus hermanos rusos y, durante cinco días, combatieron a la policía con fusiles, granadas y ametralladoras, organizando barricadas y trincheras. “Hacer como en Rusia” era la frase más coreada en las calles que identificaba como un faro, cual debía ser el camino de la lucha de los obreros contra el capital.

Oleadas de huelgas

El primer movimiento reivindicativo de posguerra se desarrollará en pos de la jornada laboral de 8 horas. Se sumarán luego, las movilizaciones y disturbios a raíz de la escasez de artículos básicos de consumo con múltiples saqueos en las principales ciudades y la ocupación de campos por parte de campesinos pobres en el norte y sur del país.
Italia reunía, hasta ese momento, uno de los proletariados más importantes del continente europeo. Unificado en grandes concentraciones fabriles, los trabajadores italianos habían edificado poderosas organizaciones sindicales como la CGL (Confederazione Generale del Lavoro [Confederación General del Trabajo]) y fuertes partidos políticos como el PSI (Partido Socialista Italiano) que organizaba a miles de obreros. Sin embargo, la alta concentración del capital monopolista con importantes conglomerados proletarios urbanos, se amalgamaba con relaciones feudales atrasadas en el campo.
Estas características hacían de Italia uno de los eslabones más débiles y con más contradicciones del capitalismo imperialista del momento.
En 1918 gigantescas huelgas obreras inundan las ciudades de Florencia, Ancona, Bolonia, Palermo, Milán, Roma y Nápoles, paralizando toda la producción y el comercio, dando lugar al comienzo de una oleada ascendente de huelgas que se desarrollará durante los años siguientes.
En julio de ese mismo año se desarrolló una huelga general de solidaridad con la Revolución Rusa, amenazada por la intervención de las principales potencias imperialistas, que fue una gran muestra del internacionalismo y la combatividad del proletariado italiano.
En 1919, las huelgas por aumentos de salarios se generalizan, elevándose a 1881 en todo el país. En ese mismo año, la expansión de la CGL pasa de 250.000 miembros que tenía antes de la guerra, a 2.200.000 afiliados.
Luego de dos años de posguerra, las conquistas obreras producto de las huelgas eran importantes: ascenso de los salarios reales, jornada de 8 horas, vacaciones pagas, convenios colectivos de trabajo y reconocimiento de las comisiones internas, que eran listas de candidatos del sindicato en cada fábrica que pronto se transformaron en organismos de reivindicación obrera y lucha clasista reconocidos por los capitalistas, base de los posteriores consejos obreros.

Los consejos de fábrica

La ciudad de Turín, edificada alrededor de grandes fábricas automotrices, era el centro industrial más importante de toda Italia y reunía la flor y nata de la clase obrera italiana.
La fábrica automotriz FIAT de Turín vio el surgimiento, en agosto de 1919, del primer consejo de fábrica que abrió el período conocido en la historia como el bienio rojo italiano.
Los consejos eran organismos de autoorganización obrera que se componían de representantes elegidos por asambleas por sección de la planta y por todos los obreros, estuvieran o no afiliados al sindicato. Así describe Antonio Gramsci la originalidad de los consejos: “... la única institución proletaria que, por nacer precisamente allí donde no subsisten las relaciones políticas de ciudadano a ciudadano, allí donde no existe para la clase obrera ni libertad ni democracia, sino sólo las relaciones económicas de explotador a explotado, de opresor a oprimido, representa el esfuerzo perenne de liberación que la clase obrera realiza por sí misma...”.
Sus funciones iban desde el control del personal técnico, el despido de empleados que se muestren enemigos de la clase obrera, al control de la producción de la empresa y de las operaciones financieras.
Los consejos se generalizan vertiginosamente por todo Turín constituyéndose en cada una de las fábricas de la ciudad.
En abril de 1920, se desata un conflicto menor por cuestiones de horario que va a abrir las puertas al verdadero problema de fondo: el poder obrero en las fábricas.
Los obreros se lanzan a la huelga que se extiende rápidamente por toda la zona del Piamonte, involucrando a medio millón de ellos. A la cabeza de éstas se ponen los consejos obreros que organizan cada detalle a la perfección y rubrican su funcionamiento al máximo como dirección del proceso.
La Cofindustria (organismo que agrupa a los industriales italianos) responde con un intento de cierre masivo de fábricas (lock-out) que, ante el convulsivo escenario, fue como arrojarle nafta al fuego ya que miles de obreros se movilizan a lo largo y ancho de Italia ocupando sus fábricas y concentrando los medios de producción de los principales centros económicos en sus manos. Los consejos de fábricas promueven la gestión obrera de la producción, como respuesta ofensiva al ataque de las patronales.
La burguesía, presa del pánico y del peligro de perderlo todo, firma un acuerdo en donde los trabajadores obtienen importantes ventajas reivindicativas. No obstante, gobierna un sentimiento de derrota entre la clase obrera italiana ya que el 27 de septiembre de 1920, con ayuda de miles de soldados del ejército del gobierno burgués de Giolitti, las fabricas son desalojadas y el movimiento obrero manifiesta cabalmente sus límites para transformar la correlación de fuerzas establecida espontáneamente, en un cambio en la situación política general.

Las condiciones de la victoria

El proceso revolucionario italiano fue uno de los muchos ascensos revolucionarios de masas que se desarrollaron luego de la primera guerra mundial.
Sin embargo, hay que destacar que la apertura de situaciones revolucionarias no es sinónimo de revoluciones propiamente dichas. Las primeras están constituidas por una serie de elementos objetivos –Lenin los resume en: crisis de dominación de la burguesía, profundización de las penurias de las clases oprimidas y, ante esto, creciente actividad de las masas– y sólo se transforman en revoluciones cuando sucede un trastocamiento violento de la correlación de fuerza entre las clases, producto de una acción revolucionaria de masas que destruye y “hace caer” al viejo régimen.
Desde ese punto de vista, la situación revolucionaria italiana en donde no hubo un intento insurreccional de la clase trabajadora de dislocar el aparato militar de la burguesía y terminar definitivamente con su gobierno, no fue una revolución en el sentido clásico del término.
También, a diferencia de las revoluciones rusa y alemana en donde los soviets eran un frente único de masas que reunía a obreros, soldados y campesinos, los consejos italianos quedaron supeditados a las fábricas con composición puramente obrera, sin proponerse constituir una alianza orgánica con el campesinado pobre y las masas explotadas de la ciudad para lograr su hegemonía y conformar un verdadero doble poder.
El PSI fue uno de los grandes responsables de esta derrota ya que, inscripto en la tradición reformista de la segunda internacional, separaba tajantemente las luchas de carácter económico y político como si fueran compartimientos estancos.
Si bien tanto Gramsci como Bordiga y otros, dieron la lucha con diferencias por superar el encorsetamiento reformista que imponía el PSI y constituir una dirección revolucionaria, no lograron nunca su objetivo.
Durante los convulsivos años 1919 y 1920 que sacudieron a Italia, la ausencia de un partido revolucionario que levantase una estrategia insurreccional para la toma del poder y luchase por la hegemonía del proletariado sobre el resto de las clases subalternas convirtiendo los consejos de fábrica en Soviets que agruparan también a los campesinos pobres, hizo que la oportunidad histórica fuese desaprovechada.
La falta de decisión de los dirigentes socialistas de ganar en las calles para concretar la revolución, encontró su contracara en la audacia contrarrevolucionaria fascista que tomo el poder luego de la marcha sobre Roma, avanzando en reestructurar autoritariamente el Estado y persiguiendo brutalmente al proletariado y sus organizaciones.

1 Ver “¡Pan, libertad, y paz! La Revolución Alemana de 1919” en LVO 147.

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