Partido de los Trabajadores Socialistas

Buenos Aires
19 de abril de 2019

La Verdad Obrera N° 304

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Con los pies en la fuente

20 Nov 2008   |   comentarios

La pesadumbre invade mis pensamientos, más amargos aún porque ellos me llevan a coincidir con quien nunca hubiera deseado hacerlo. Vivimos en un mundo de locos y ese desvarío social afectó hasta la propia esfera de la Justicia.

“A la Corte se le soltó la cadena”, declaró un dirigente de la CGT. Y es menester reconocer, aunque poco guste, que esos “muchachos”, lamentablemente son un mal necesario y a veces suelen estar en lo cierto.

Pues, ¿en que pensaba la Corte Suprema al dar la posibilidad que cualquier “cabecita negra” pueda ser delegado y promover la subversión sindical? Cuando consciente de su error se proponga remendarlo, posiblemente ya sea tarde.

Concederle ese atributo a una masa insolente y proclive a los excesos es sencillamente un disparate.

Están quienes suponen que el zurdaje podría meter la cola y promover delegados y algunos sindicatos ingobernables. Pero aunque esta posibilidad sea cierta, no deja de ser secundaria.

El principal peligro reside en la masificación de la cuestión.

Si esa raza de haraganes, mal llamada fuerza laboral, sacara provecho de la medida, la economía del país se iría a pique. Surgirían las estrategias para no trabajar y poder dedicarse libremente a la vagancia. En una fábrica de cien obreros, los sediciosos crearán al menos diez sindicatos. De la noche a la mañana, más de la mitad del plantel tendrá licencia gremial y los que no, harán abuso de vacaciones pagas o de partes médicos inventados que deberán ser aceptados.

Así llegará un día en que el descontrol invada la vida privada del ciudadano decente: la cocinera, la mucama y el jardinero formarán un sindicato en la casa de la familia Quintana. Inmediatamente surgirá otro en la de los Bulrich y en la de los Pérez Echegoyen.

En las calles del “El Carmel”, donde antes reinaba la paz y la quietud, brotarán manifestaciones del servicio doméstico y hasta no faltará tilinga, a la cual nunca le conocimos la voz, que se atreva a decir; - ¡“Hágalo usted, señora”!.

Fue en estos días, mientras leía un matutino, cuando divisé al jardinero sumergir por un instante sus pies en la piscina. No me atreví a reprenderlo. Por esta vez pase, pero la próxima llamo a “los muchachos” del sindicato para que tomen cartas en el asunto.

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