Partido de los Trabajadores Socialistas

Buenos Aires
23 de octubre de 2017

Argentina ¿Y ahora qué?

24 Dec 2001   |   comentarios

La noticia recorrió el mundo esta semana: ¡Argentina está que arde! El abuso había colmado la copa, y la gente salió a la calle. Se desbordaron años de acumulada injusticia y se produjo el milagro de la clonación social que multiplicó por miles los genes piqueteros.
La filosofía neoliberal había consolidado su dominio en la sureña República, por vía de una victoria ideológica que se expresaba en el aplauso al modelo no solo por parte de los victimarios sino también de las víctimas. El mercado sería el gran árbitro del progreso, la iniciativa privada sería su locomotora, todos serían empresarios, la política era la economía misma, el Estado pasaba al museo de la historia; mientras, la propiedad privada, y muy especialmente la de las empresas transnacionales, era la única realidad posible. El país tendría un peso tan fuerte como el dólar norteamericano, y con ese boleto estaría entrando al primer mundo. Crecieron los gigantescos supermercados, donde los más alucinados pasaban el día entero sumidos en las delicias del paraíso consumista. Las clases medias vivieron la ilusión de la estabilidad, hasta que le llegaron a ella también, con toda su brutalidad, la desocupación y la inseguridad.
En tanto el peso se mantuvo a la par del dólar, a costa de la venta alegre e indiscriminada de cuanto se pudo, y del crecimiento de un enorme polo de pobreza, y las clases medias no fueron demasiado afectadas, funcionaron los afeites de la democracia representativa, los políticos hicieron lo que les venía en ganas en su papel de administradores del naufragio nacional, mientras descargaban sobre el pueblo los efectos nefastos de sus acciones.
La vigilancia se mantiene porque el peligro no ha pasado.
La esquizofrenia de los gobernantes, expresión elocuente de esa mezcla de irresponsabilidad, indignidad e impericia, tuvo una de sus máximas expresiones en la insólita decisión del extraviado De la Rúa, ya en medio del inminente estallido, de enviar hombres y pertrechos a Afganistán para apoyar la aventura belicista norteamericana, corriendo —¡además!— con todos los gastos. ¿Cómo explicarían semejante barbaridad a los millones de argentinos que hoy no tienen qué comer, en el hipotético caso de que alguien del gobierno que ya no existe se hubiera considerado en el deber de hacerlo?
Los políticos, que han cavado la tumba económica de Argentina repitiendo los versos aprendidos del consenso de Washington e invocando una prosperidad que nunca llegó, se han quedado sin partitura. Y si algo descalifica a un político es no tener nada qué decir. De la Rúa, Cavallo y comparsa se quedaron sin discurso y se tuvieron que ir por la puerta trasera con el rabo entre las piernas. El pueblo los obligó a dimitir.
Pero la historia está ahí. El modelo depredador que hoy muestra sus vergüenzas, comenzó con la dictadura militar, continuó con las democracias limitadas, tuvo su fase desenfrenada en los dos gobiernos justicialistas de Carlos Menem quien entregó a De la Rúa un país agotado, vendido, descapitalizado, endeudado, repleto de desocupados, vulnerable y al borde del desastre que finalmente se precipitó. De la Rúa y su gobierno no son los únicos, ni los principales culpables, sino el neoliberalismo, las transnacionales y sus verdugos financieros que empezaron el saqueo de Argentina cuando muchos de los que ahora salieron a la calle buscando justicia aún no habían nacido. No nos olvidemos que Cavallo, uno de los principales arquitectos del desastre argentino, y sin duda el más connotado, compartió caricias de radicales y justicialistas en las últimas dos décadas.
Ahora el Congreso de la Nación deberá decidir si convoca a elecciones en los siguientes 90 días o busca un Presidente de repuesto para completar el mandato inconcluso del desdichado De la Rúa. Pero el partido que es mayoría hoy en el Congreso es el de Menem, cuya ejecutoria rebautizó su color político con el nombre de "injusticialismo". La iglesia está en manos de Lutero.
Si hay elecciones, los políticos tradicionales comenzarán los trajines electoreros, los medios se llenarán con nombres y discusiones que bordearán la esencia, tratarán de imponer la imagen del ¡ahora sí!, cada uno de los estados mayores de la contienda electoral ofrecerá villas y castillos, pero en su inmensa mayoría tendrán delante sus propios intereses y no estarán dispuestos a jugarse nada por un pueblo al que, en el fondo, no representan.
Hay, sin embargo algo nuevo en el panorama social argentino. La gente comenzó a perder el miedo visceral que con cruel esmero entronizaron las dictaduras militares. El pueblo probó nuevamente su fuerza y buscará salidas. La politiquería y la demagogia probarán otra vez sus engañosas artes, pero nada será igual.









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